domingo, 2 de noviembre de 2008

Rubén Vedovaldi: Acerca de poema y poetas



Me preguntan cómo sabemos si un poema es bueno y esa pregunta me provoca esta reflexión. Tengo ya 57 años de edad y todavía no sé qué condiciones debe reunir un hombre para ser considerado bueno. ¿Podría yo opinar, con cierta probabilidad de profundizar en un aporte válido, qué requisito, qué procedimientos, qué tratamiento, recursos o virtudes debe reunir un poema para ser considerado bueno? No lo sé, y aún así estoy siempre arrojado a ser hombre y cada vez más urgido a devenir poeta.
La pregunta apunta a un ejemplar y tal vez haya que considerar no un poema en particular sino toda una poemática,
decodificar no un cromosoma sino todo el mapa genético.
Justamente, desde hace cuarenta años me fascina este arte y oficio porque me abre a toda la libertad al no darme ninguna receta infalible. Pero esa libertad nos puede llevar a la más absoluta incertidumbre.
Si alguna vez hubo un modelo indiscutido de versificación, -aquella poética de Aristóteles o la de Boileau- ya no los hay. Ni siquiera hay una teoría del universo unificada, como en tiempos de Newton. Y eso nos pone siempre al borde entre el deber y la libertad, entre saber y creer, entre lo hecho y lo por hacer, entre la impresión y la creatividad o la dispersión.
Tal vez la poesía sea un viaje de la desilusión a la esperanza, corregido por la realidad.
Parafraseando a Heráclito podría pensar: ningún lector atraviesa dos veces el mismo poema.
Pongamos el acento en el epos de nuestra ars poyética, o en lo que Víctor Redondo llama don de cántico y otros llamaban la melopeya, lo pongamos en la fanopeya, que los japoneses llamaban satori, y otros llamaban iluminación o vaticinio o predicción o revelación, epifanía o mistagogia o elijamos la logopeya, como Roberto Juarroz; o la alegropeya, ese perderse para encontrarse de Leopoldo Marechal. Privilegiemos el testimonio, o tendamos al símbolismo, al anti-arte dadá, al fluir surreal, al conceptismo, muchas veces el autor será el último en ver objetivamente y reconocer un buen poema propio.¿Y cuánto tiempo puede mantenerse uno firme en una opinión sobre poesía? ¿Cuánto tiempo lleva elaborar toda una poemática, un sistema propio?
Tampoco creo que alcancemos la verdad absoluta o última a la hora de juzgar una página de otro autor. Yo necesito leer la obra completa de alguien para apreciar mejor un poema en particular. Y necesito poner cada nuevo escrito mío en contexto con los otros míos, o a la lectura crítica de otras personas, para no entusiasmarme demasiado o para no subestimarlo. El que habla en mi no termina en mí.

Lo que sí he aprendido leyendo y escribiendo poesía es que no hay palabra poética y palabra prosaica, así como no hay forma escultórica y forma no escultórica, color pictórico y color no pictórico, gesto escénico y gesto obsceno, tema obligado y tema inconveniente.
Me pregunto: ¿Por qué nos siguen conmoviendo algunos poemas de Góngora, de San Juan de la Cruz, de Shakespeare o de Whitmann o los sonetos de Petrarca, o los versículos de EL CANTAR DE LOS CANTARES del rey Salomón y ya no nos conmueve ese libro que nos ha regalado un poeta amigo la semana pasada? ¿Y por qué otras veces sucede todo lo contrario?
Necesito someter un poema o un autor a la prueba de leerlo una vez en silencio y otra vez en voz alta y aún siento que accedo mejor a su "espíritu" si, inclusive, lo copio a mano.
Cada verso, cada estrofa, deben calzar, como un rompecabezas, en la estructura del poema.
Hay que aprender cómo ubicar los adjetivos y los verbos, cómo transponer las palabras respondiendo a una estructura mental que ya está a priori en el autor y urge el proceso de creación.
Esa estructura o partitura o musicalidad no es normativa y general, sino que cada página pide su respiración y su música.
Hay genero, porque no hay generalidad.

La escritura en versos, como ninguna otra, está dictada por el ritmo y la musicalidad del estrato fónico, aliada a una imagen intensamente reveladora que intentamos poner en sentido o concepto y palabras.
La musicalidad dispone las palabras y los silencios inter-estróficos.
En un buen poema el tratamiento del lenguaje está por encima del tema.
A partir del estallido del lenguaje por fisión psíquica, no se puede escribir poesía siguiendo un consenso generalizado de “cómo se debe escribir poesía”
Lo general, como lo Inconsciente, está obligado a pactar con el yo, la persona, el sujeto hablante.
Es más difícil escribir un poema corto que un poema largo y lo más difícil para los poetas de occidente es lograr un buen hai-ku.
Algunos llegan a dominar la forma del soneto, pero si el soplo divino no viene del espíritu del autor, la forma es apenas la carátula, la máscara, pero lo vivo es el pie y no la horma del zapato.
Un poema no es bueno por inentendible, en un buen poema han de estar las claves para que pueda ser gozado sin necesidad de referencias externas, sin que el lector tenga que ir a leer otro libro para poder degustar la página que tiene delante.
Un buen poema debe bastarse a sí mismo.
Un buen poeta evita el mal gusto pero no a costa de inhibir la expresividad.
Un buen poeta va contra sus propios principios en cada nuevo desafío; romper en el poema de hoy el camino hecho en el poema de ayer es la mejor manera de no repetir.

La poesía aspira a su autonomía. El que busca espiritualidad en los versos está confundiendo el domicilio.
El que cree que la poesía es pretexto para tener relaciones sexuales, está discando número equivocado.
Nunca escribir versos para quedar bien con la familia, con la tradición, con la religión o con partido político. Y menos, escribir para quedar bien con personas ricas y poderosas.
El que piensa que el poeta tiene el deber de denunciar o de hacer discurso parlamentario, como un poder legislativo, está confundiend mester de poesía con deberes y derechos de ciudadanía.
Algún colega me propone que, si el poeta no puede generar esperanza, al menos no aumente la desesperanza del lector. Si la desesperanza aumenta, será por otras causas, no culpemos de ellos al poeta.
Otros vienen al poema a buscar la suma puresa de no sé qué. El que viene a la poesía en busca de pureza, se equivoca de casa; que estudie química, que vaya al laboratorio.
Si el lector cree en una doctrina, sea esta social, política, económica, religisa, metafisica o pseudocientífica, poca cosa podrá hacer la poesía allí. La poesía no es otra creencia.
No hay mala poesía. Si es mala no es poesía. No hay poesía enferma o anti-poesía, no hay crítica destructiva.
El verso no tiene fronteras, pero es la mejor frontera contra la indiferencia, la insignificancia, el miedo, el odio, la ignorancia
o la idiocia pandémica.
La poesía, como creatividad, como todo arte creativo, no está en contra de nadie. La pulsión de muerte sí está en contra de cada uno, el egoísmo es enemigo del amor a uno mismo y a los demás, y crear es salir de uno mismo.
El habla va delante y la escritura va detrás pero la escritura no es la sombra del habla.
Es la boca del hombre la que da vida al diccionario y no el diccionario a la boca del hombre.
El buen poeta dice más con el blanco de la página, con los espacios interestróficos, que con sus versos, pero tiene que decir; no puede vender hoja en blanco, que para eso está el librero.
Antes del poema, el silencio no significa. Después del poema, el silencio es políglota.
La poesía no es anarquía. Cada poema crea su orden, más bello o más terrible, dentro del orden y desorden contextual, pero, una cosa es el orden, otra cosa es la realidad y otra cosa es la poesía
La poesía no es madre o hija de la lengua o del habla, sino amante. Cuando una poética se convierte en la esposa oficial de una lengua, ya es poesía muerta, ya el orgasmo se ha vuelto carne podrida.
Lo que un buen poema me dice a mí, difícilmente le dirá a otros lectores. como la atracción o repulsión sexual, .
Voy a ser subjetivo: un buen poema es para mi CADÁVERES, de Nestor Perlongher, de su libro ALAMBRES.
Otro que me parece buen poema es UNIÓN LIBRE, de André Bretón.
Otro que vuelvo a leer y lo sigo sintiendo es AULLIDO, de Allen Ginsberg.
EN UNA ESTACIÓN DEL METRO, de Ezra Pound.
Y me sigue gustando el libro PAROLES de Jacques Prévet, como en mi primer adolescencia.
Y me gusta LA TIERRA BALDÍA, de Eliot.
Eliot, justamente, dijo: “Los poetas nuevos imitan, los poetas viejos roban y los malos poetas estropean lo que roban.”

Me interesa la poemática que aporte a la autonomía del género, el poema que no sea subalterno o muy tributario de la historicidad, de la religión, la mística, la mitología, la filosofía, la metafísica, el cine, la canción, la pornografía o la propaganda política, ya que para eso está el género ensayo u otros soportes.
Busco como lector la capacidad de ruptura epistemológica, la condensación sémica, el grado de transgresión más que el acatamiento a mi canon o al canon supuestamente consensuado. Por eso me han fascinado un Rimbaud, un Artaud, un Lamborghini, un Emeterio Cerro, un Arturo Carrera pero también me gusta las letrísticas de Leonard Cohen, de Liliana Felipe.
En mi infancia sentí una paroxística conmoción leyendo el NOCTURNO de José Asunción Silva o el Poema XX de Pablo Neruda, ROMANCE SONÁMBULO o LLANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍA de Federico García Lorca o EL CUERVO de Edgard Allan Poe.
Hace muchos años escribí un poema muy extraño, bajo el fuego de beberme una botella entera de ginebra pura en un día, y todavía aquella página me sigue pareciendo sostenible, pero no aconsejo a nadie esa receta ya que el alcoholismo ha agriado y aún matado a más de un buen poeta y a millones de hombres.
Alguna lejana vez, a la luz de un cigarrillo de marihuana, creí que estaba escribiendo algo trascendental, pero al releerlo tiempo después ya no me pareció así.
Autores hay que han escrito sus poemas más maduros a la edad más temprana y otros que han logrado sus mejores páginas en su última etapa autoral.
¿El poeta afina al hombre o el hombre, al convivir, afina y entona al poeta?

Particularmente, no escribo en la tribuna ni en el santuario, sino en la cocina de mi casa, que es también mi cocina literaria
y por eso necesito dársela a probar a otros, aunque sea de a cucharadas.
No creo en la fórmula alquímica, no creo en el misterio sino en el oficio, pero el poema empieza donde termina el oficio.
¿Y qué es más difícil, reconocer un buen poema o encontrar y reconocer a un buen poeta?
Hay muchos que escriben versos pero hay muy pocos poetas y muy pocos lectores de poesía.
Hay todavía poca poemática y mucha fashion y marketing para la feria, el recital o el reportaje.
Finalmente, a la doxa individual, aunque la practico en mi escritura, prefiero cotejarla en la mesa abierta entre las opiniones y discusiones de otros autores y lectores.
En todo caso, no olvidemos esto que bien dice Boris Vian: “Dejar la literatura en mano de los críticos literarios es tan suicida como dejar la paz en mano de los militares.”

Rubén Vedovaldi