domingo, 2 de noviembre de 2008

Delfina Acosta: Muertos obedientes


Pensativo lector: No me mueve sino la intención de acercarle una de las historias de mi niñez, para alejarlo de sus antojos y hacerlo reír (ojalá) con mis diabluras.
Se discute desde la antigüedad sobre la educación que a los niños hay que impartir ya en la casa como en los recintos públicos. Pues atienda usted, uno debe acercarse a los chicos como a las palomas, con delicadeza y ternura, para que no se espanten. Esa es la verdad.
Considere el lector mi mala crianza, pero sepa, antes de juzgarme, que mi existencia, como la de muchos niños del campo, ha sido feliz mediante la ignorancia de la buena conducta y del aseo.
Vivía en una casa grande, ubicada sobre una colina del pueblo, a pocos pasos de un camino de polvo que llevaba al cementerio.
Íbamos mis amigos y yo al camposanto, durante las siestas calurosas del verano. Allí hacíamos tumulto, que era la degeneración propiamente dicha de la infancia; nos pasábamos por alto a nosotros mismos y jugábamos a los poderes de los animales, lanzándonos gruñidos, rebuznos, rugidos, graznidos o ladridos, según las bestias que representábamos.
No le temíamos a los cuernos de las vacas, que solían pastar en la loma, y por malditos y por provocativos, les arrojábamos piedras en los cogotes. Con el tiempo, aquellos animales, al vernos llegar, se alejaban del lugar levantando polvareda.
No podíamos sentirnos contentos siguiendo las normas que rigen habitualmente los entretenimientos dentro de las habitaciones de un hogar. Es que crecimos en la distracción de los mayores, sin madre ni padre que nos castigaran, ni rogaran por nuestro destino.
Nos gustaba la comedia de los muertos obedientes.
De pie frente a la cruz mayor del cementerio, invocábamos a los espíritus del sitio, con amenazas de que si no salían a mostrarnos su pálida tez, o al menos su gusano, los condenaríamos a perpetua inmolación en el infierno.
- Que pase al frente Don Molinas - ordenaba yo.
Y Renato, con voz de muerto, si los muertos hablaran, contestaba: “En estos momentos estoy haciendo la siesta”.
Cuando nos enterábamos de que alguien había fallecido, ya estábamos junto a la fosa abierta, aguardando la llegada del cortejo fúnebre.
Nos producía fascinación observar la descompostura de algún pariente, que con los ojos en blanco, caía pesadamente sobre el suelo, para recuperarse después de ser arrastrado hasta la sombra de algún panteón donde le hacían oler perfume.
En una ocasión, Malú, quien siempre desayunaba aire, pues era esqueleto y barriga cargada de lombrices, largó un gas estruendoso mientras el cura párroco reflexionaba - solemnemente - sobre la paz de la vida después de la muerte. Recuerdo el silencio ofendido y espeso de los familiares del difunto ante la cruz mayor.
En fin, que éramos torcidos de mente, peligrosos y malvados, no lo sabíamos. Y si lo sabíamos, no alcanzábamos siquiera a considerar la razón de nuestra maldad, pues nos creíamos con derecho de librar las batallas y las guerras que se nos antojaran por el sólo hecho de ser niños.
El juego se justificaba, para nosotros, por el mismo juego. Nuestra ley era jugar por jugar.
Eso sí: las niñas nos fuimos haciendo finas, audaces y doctas en la hipocresía.
Un domingo por la mañana, Rosa y yo fuimos a conversar con la Madre Superiora del colegio de monjas de Villeta. “Quiero ser monjita porque San Antonio se me aparece en la pared de la letrina”, le dije a la religiosa, dándole codazos a mi amiga.
“Yo quiero conservarme virgen”, habló ella.
“Pero son muy pequeñas. ¿Están ustedes bien de la cabeza?” nos contestó la hermana Directora, advirtiendo nuestra caradurez.
“Mi mamá es atea. Dice que usted se besa con el cura, que no se baña nunca y que es chismosa”, recité. Entonces una bofetada me cambió el color de la cara.
Rosa Caballero partió a los quince años a la Argentina.
Ah... los recuerdos de mi niñez. Tan maldita que era. Tan mal intencionada. Tan lista para hacer pasar la fechoría por la buena intención.
Pero ahora vine a cambiar, parece.
En realidad no lo sé...
Tengo por sentado que al morir voy a reencontrarme con mis amigos de la infancia.
Nos veremos la cara y moriremos de la risa.

Delfina Acosta
delfina@abc.com.py