domingo, 2 de noviembre de 2008

Mónica Russomanno: Desde después

No tengo nada para decir de mi vida precedente. El pasado ya fue, frase admirablemente simple y terriblemente cierta.
Los psicoanalistas nos hacen buscar las raíces de las tragedias en los años que se nos borran allá lejos, en recuerdos casi míticos, en fotografías que viran al cyan. Y tienen razón, también. Allí en los pañales de la primera infancia se encuentran quizás las premoniciones que anunciaban las desesperaciones, los odios y la traición que nunca esperamos pero que llegó como llega la lluvia del estío, irremediable, imposible de soslayar.
Claro que buscar los signos desde el ahora es fácil, esos signos se encuentran porque el después les dio sentido. Si conozco quién cometió el asesinato, entonces las señales que se acumulan en la novela son evidentes. Y si veo la pistola en la mesita de luz, sé que será usada en algún momento y que alguien va a morir.
Pero en la vida hay muchas mesitas de luz, muchos cajones, pocas pistolas que se disparan. La bala alcanza a veces al que estaba justo pasando por la vereda, ajeno al sentido trágico de la historia.
Los economistas no tienen mayor dificultad en explicar las crisis una vez que ocurrieron. Los políticos dan razones de los triunfos y fracasos en forma inobjetable. Los sociólogos acumulan vectores que llevan indefectiblemente a la situación de hoy.
Ninguno es tan claro, sin embargo, con respecto al mañana. El porvenir sigue mostrándose esquivo e impredecible. Alguno acertará porque las teorías son muchas y divergentes. El acierto se ve con el tiempo, las equivocaciones se desechan y olvidan.
Al que triunfa le gusta creer que su logro se debe a que hizo las elecciones correctas, y el que fracasa se siente conminado a pensar que ese fracaso le estaba destinado y lo merece.
Explicar la propia historia desde el ahora es atender a lo que sí tuvo consecuencias visibles, borrando las otras infinitas posibilidades. Explicar el pasado desde el hoy es desatender completamente al azar que golpea y golpea con esas olas que destruyen o construyen porque sí, porque el conductor del camión se durmió, porque esa persona estaba en ese lugar en ese justo instante, porque lo dije cuando podría no haberlo dicho.
Explicar el pasado es un acto de fe en una cierta lógica del Universo. Es un acto de arrojo, es simplificar hasta que la madeja se nos vuelve hilo y se torna comprensible.
Pero la comprensión no es certeza. La verosimilitud no es verdad.
Explicar las cosas desde el después es peligroso. Necesario, claro, pero peligroso. Cristaliza estalactitas de discurso, nos hace olvidar que los dioses no se avienen a la lógica de sumas y restas de los hombres.
Un escritor dijo que la luz del desastre que ocurrió en su vida le hizo encontrar su propia naturaleza. Me impactó la frase, la encuentro bella como un panel de metal bruñido. No sé si creo en ella. Dudo de la necesidad íntima de las felicidades tanto como de los dolores; éstos son el ápice de una caterva de resultados más o menos probables o posibles. La propia naturaleza ¿Y cuál, me pregunto, quién puede decir cuál es la propia naturaleza? La propia naturaleza es ese yo incógnito que se revela en el estilo personal de afrontar las marejadas.
Tengo mucho para decir de mi vida precedente. No tengo nada para decir de mi vida precedente. No merezco completamente ni la fortuna ni el infortunio que me deparan los vaivenes de la luna que atrae las aguas. No mereció el tirano quizás morir rodeado por sus hijos y sus nietos, ni mereció el héroe la indignidad y el olvido. Aunque, desde el después, podamos explicarlo. Hoy, no tengo mucho para decir.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com