domingo, 23 de noviembre de 2008

Malva Flores y las palabras de Rocío Cerón



Rocío Cerón


Alguna vez Rocío Cerón me comentó, palabras más palabras menos, que los "poetas de mantel" estaban liquidados. Se refería a los poetas acostumbrados a leer a la manera tradicional, frente a un público -cada vez más exiguo- que asistía al acto como a la representación de una liturgia empolvada. (Todo esto, aclaro, son mis palabras. Es decir, el recuerdo que sus palabras me produjeron). Lo que sí es real y verificable es el trabajo de Rocío, no sólo como promotora de poesía o editora del Billar de Lucrecia ("proyecto para y por la poesía escrita en Latinoamérica por autores nacidos a finales de los sesenta y la década de los setenta", avisa la presentación de su blog). Su trabajo más interesante es, sin duda, la conformación de su propio lenguaje poético.

Como yo nací a inicios de los sesenta, no tengo más remedio que hablar como "poeta de mantel" sobre Imperio, el último libro de Cerón, en el cual leemos: "Un hombre en fuga se aferra a cualquier cosa". Ese hombre, esa fuga, ese verso, devienen columna vertebral de un poema que nos habla de una patria lejana, construida por los ojos, como quiere su autora, pero también por la voz.


Varias preguntas surgen de inmediato: ¿Quién es ese hombre? ¿a qué cosa se aferra en su huída?, ¿cuál es el imperio? Y, finalmente, ¿por qué ver la poesía como una interrogación? Ya lo dice el epígrafe de Virgilio que anticipa la lectura de este poema largo: Somos arrastrados por los presagios
y los presagios, como los oráculos, deben ser descifrados. No otra es la tarea del poeta y su herramienta, la palabra poética, es toda ella, un código cifrado que hunde sus raíces en el espacio movedizo del oráculo, en su capacidad analógica para saber que esto, es también aquello; que la tercera persona es también la primera.

A ese código sin embargo, podemos acceder mediante la revelación que ese mismo entramado del lenguaje produce, siempre y cuando entre el que escribe y el que lee se establezca un hilo sensorial, sonoro, pero también una enramada de sentidos cuya trama no es otra que la historia. La historia de las palabras, la historia cotidiana, pero también la Historia, con mayúsculas. Esa que nos recuerda siempre que somos fundadores y testigos de la guerra, pero también que engrosamos los números de su daño colateral.

Este nuevo, viejo imperio que cada día se construye, se nos hace visible a través de cinco estancias de una misma patria desolada, pues aunque geográfica y culturalmente no sea la misma, es una sola la estancia emocional del dolor y la batalla, sinónimos tal vez para una misma pérdida.

Un Imperio, lo sabemos, no se construye sin ellos. Sin embargo, Rocío nos va proporcionando datos precisos, distribuidos en las cinco partes que conforman su reino de palabras, y que el atinado y hermoso texto que le ofrece el poeta chileno Raúl Zurita, nos ayuda a dilucidar mediante el establecimiento de sus coordenadas.

Pero, importa en realidad saber dónde ocurrieron las cosas, en qué arena se derramó la sangre, quién fue el testigo de aquel destazadero. Importa acaso dónde murió un hermano, cómo era el padre ausente, cuál el color de los ojos de una madre o quién quería un cuerpo, "un gesto un espacio de asueto no un arma balanceando sobre el pecho su filo para cambiar la historia". ¿Vale saber si es Palestina, Israel, Corea, o acaso el luminoso jardín de nuestra infancia?: "Un cuerpo son cien cuerpos / cien cuerpos son un cuerpo", nos dice Rocío Cerón y nos hace comprender que no importa quién, cómo, cuándo o dónde. Todos somos uno y la respuesta es uno mismo. Lo que importa es el cuerpo, el cuerpo es la patria que naufraga y lo único a lo que puede aferrarse el hombre, su única tabla de salvación, es el lenguaje universal de la poesía.

"Expresión histórica de razas, naciones, clases. [La poesía, ha dicho Paz] niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito".

Pero es necesario resistir. "Insistir en el pasado" dice la autora y establece así una distancia entre el "hoy sin mérito" y "la memoria que clarifica"; entre la tangible figura de una madre que "entraba a la cocina, en busca siempre del comino," toda ella "pecho, amor y leche tierna", y la "líquida modernidad donde todo se figura y nada toma forma".

Pero, ¿de veras es modernidad el ahora?. En verdad sólo ahora ¿"los hombres construían Templos, adoratorios para el tintineo metálico"? La poesía suspende el tiempo y en ese mismo instante se abre a la ventana de lo intemporal, es decir, de algún modo también, de lo permanente. La búsqueda del lenguaje poético es entonces la opción de resistencia, la oportunidad de vencer a la historia. Por eso, lo dice muy bien Rocío: "De levante iremos hacia otra casa –canto– donde seremos guarida de palabras de un campo fértil, de una piedra que funda al consuelo".

No es otra la facultad del poeta pues sabe que su palabra no sirve para construir naciones, no firma acuerdos de paz y ni siquiera levanta los ladrillos de alguna fortaleza. No sirve, tampoco, para eludir los presagios, convertidos en sangre. Sirve para ensanchar el horizonte, para que este "mundo de derruidas lozas, de fosas atestadas de sangres", sea aquel: el que nace en la mirada y se vuelve palabras porque aún ahora, nos recuerda Rocío, "las palabras pesan más que el mundo".

Malva Flores
Fuente: http://malvaflores.blogspot.com/