domingo, 23 de noviembre de 2008

Cristina Villanueva: Varios textos varios



Corazón de oro

Todos le aconsejaban que se casara con él. Para ellos el tenía un corazón de oro, ella lo sentía un poco frío. Le encantaba el pelo que le caía sobre la frente y sobre todo el del pecho, una curiosa selva. Se casaron. Un día, para sorprenderlo, entró en el estudio sin golpear. En el escritorio estaba el limpia metales, en la mano de él la pequeña gamuza, apenas visible detrás del vello del pecho, el cierre que abierto mostraba el sello dieciocho quilates, bien a la izquierda. Comprendió que lo que no le gustaba de él, era esa siniestra falta de metáfora.





Botella al mar

Nosotros contamos las historias

Entre los árboles
Una hamaca desliza el aire. Un hombre lee. Una mujer inventa selvas. Los monos festejan la vida de las frutas. Una pareja funda un mundo en la piel del otro.
Un terrateniente calcula cuanto va a ganar con el desmonte.

Entre las nubes
Alguien se esconde del mundo. El cielo ensaya almohadas blancas. Los bebés sueñan con la suavidad de su fuente de vida. Las madres cuelgan manteles. Los amantes derrochan sabanas insurrectas. Los niños se asoman a la ventana de una pintura o un cielo.
Los que no duermen pasean sus ovejas. Los cocineros hacen copos de nieve sobre la tarta de limón para imitarlas.
Ellos arrojan los desechos.

Entre las aguas
Las sirenas estrenan sus cantos. Todos recordamos nuestra primera casa. Un hombre bucea su soledad. Una mujer envía la botella con el mensaje. Los naúfragos buscan la esperanza entre los restos húmedos.
La bandera roja de los corales cae herida.
Ellos ahogan la belleza.

En la tierra
Los granos de oro del maíz buscan bocas.
Ellos siembran el hambre.
Nosotros con hojas de árbol en la voz, con gotas de cielo en la voz, con agua en la voz, contamos las historias.
Ellos cuentan la plata.




Pequeñas fugas
(Juguemos en el bosque)


Médanos donde enjuagar fiebres
Envoltura de arena para la revuelta del mar.
Y niñas que sorbían verano,
en un jardín de picaflores
amigos que tomaban su
leche de azúcar de nuestras manos.

A veces un viento oceánico.

Casi siempre el sol.


Un camino de fiesta hasta llegar al mercado.
El tiempo se acurruca en mi regazo, moroso,
con ese olor de enredadera.
Algunas veces tomábamos el té en Cariló en una casa que tenía ovejas subidas en la cabeza para peinarle el césped...

Los árboles nos hacían reverencias.
Todavía nos escondíamos con éxito de los lobos,
Después de los exilios del silencio,
mis hijas con remeras rojas desenvuelven su infancia yo les traduzco el mar.

Nos citamos a la orilla de aquellos veranos, hasta contarnos todas las historias.



Para brillar

Nos acompaña la música del lenguaje.
Que se abre, nos apalabra.
y
Descansamos en girasoles rubios.
Hasta contarnos todas las historias.


Cristina Villanueva
libera@arnet.com.ar