lunes, 21 de julio de 2008

Homenaje: Andrés Fidalgo

Andrés Francisco Fidalgo (1919). Poeta y ensayista. Abogado, defensor de presos políticos y gremiales, por lo que padeció persecución y cárcel. Es padre de la poeta Alcira Fidalgo Pizarro, desaparecida durante la dictadura. Fue colaborador de la revista "Hoy en la Cultura" (Bs. As.) y de otras editadas en el noroeste argentino. En 1972 obtuvo el Premio Quinquenal de Poesía. Imprescindible es su trabajo "Panorama de la literatura jujeña" para el entendimiento del desarrollo de la misma en la región. Su poética está hecha con garra, nervio y una profunda reflexión; no se va en vaguedades ni se solaza en "lo poético"."Una marca en la memoria" es uno de sus más importantes poemarios. Falleció en Jujuy el 21 de julio de 2008.

Uno de sus poemas:

LOS ALQUIMISTAS


Desde lugares diversos
llegaron en grupos ruidosos,
hediendo
con verdadero mal olor
de críos sin cambiar,
de adultos apartados del agua
y de agria coca fermentada.

(El colorido exterior, lo pintoresco,
el exotismo,
quedan para "uso oficial exclusivo"
del turismo).

Se derramaron por los surcos
en largo río gredoso,
con la vivaz mirada del pájaro
momentáneamente libre;
machetearon, deschalaron, cargaron,
y no de sol a sol
según figura en las planillas,
sino inhumanamente,
desde la cinco de la escarcha
hasta el anochecer con su relente.
Luego, como si nada,
prepararon
picanteadas sabrosas; cantaron y bailaron.
Bebieron
cualquier cosa que trajera
noticias quemadoras del alcohol;
se mancharon
hasta las fibras íntimas,
hasta lo intransferible de
"la criatura divina".
Y entre fugaces enardecimientos
se acoplaron
marido y mujer, los concubinos,
desconocidas con desconocidos...
Así, de modo vario
cumplieron
su obligación de proletarios:
dejar la nueva fuerza del trabajo
que continuará el ciclo.
Por último,
durmieron confundidos
hombres sudorosos
con perros con mujeres con pulgas con chicos
(en galpones de barro
por los cuatro costados),
para levantarse
y proseguir girando
triturados
en el trapiche inmenso.
Al fin, un claro día
sacudido a pitadas
y gritos de alegría,
se fueron
más sucios y enfermos
que cuando vinieron.

Pero de todos ellos quedó una montaña,
con millones de kilos de azúcar
angelicalmente blanca.

(Información enviada por Stella Maris Taboro)