jueves, 17 de diciembre de 2009

Rubén vedovaldi: Creación, miseria y mercado del arte


Imagen: http://www.neurona-salvaje.blogspot.com/

CREACIÓN, MISERIA Y MERCADO DEL ARTE
Por Rubén Vedovaldi

La poliédrica piedra, la policroma trama de la belleza, de la paz, de la libertad, de la justicia y del amor me interesa desde hace años, como hombre y como poeta que se cree más sensible a la vida y a la creatividad que al negocio de la destructividad y la muerte.
Yo he podido desarrollar, aún con esfuerzo de mis maestras y de mi familia y mío propio, el maravilloso hábito de la lectura, con el interés creciente en lo literario: dramaturgia, cuentos, novelas, poesía. Durante más de cuarenta años he leído miles de libros.
Y desde hace quince años cuento con una computadora propia, cosa que no tenía Homero cuando escribió LA ILÍDA y LA ODISEA ni Moisés cuando necesitó poner por escrito en libros la historia sagrada y jurídica de su pueblo y de su dios.
Miguel de Cervantes no tuvo siquiera una secretaria o una práctica birome o máquina de escribir de esas que nosotros usábamos en el siglo XX.
El genial e infeliz Antonín Artaud no tenía siquiera muchas veces un cuaderno a mano y la punta de un lápiz para infundirse algo de luz en su locura, rodeado de enfermos mentales, de gente que no comprendía su necesidad extrema y que le rompía los lápices o le destrozaba lo escrito cuando al pobre escribir era lo último que le quedaba y en eso se le iban el alma y la vida cuando el infierno del electroshock o los dolores del cáncer le daban un poco de respiro en el psiquiátrico.

Yo y muchos otros hoy podemos acceder a variadas propuestas de formación cultural, a instrumentos y medios de expresión; un buen piano, una guitarra, un taller donde esculpir, dibujar o pintar; un lugar y un grupo donde hacer teatro, un coro donde integrarnos para cantar, un ballet, un grabador, una filmadora, una revista, etc.
Puedo más o menos regularmente darme tiempo y espacio personal para sentir, para pensar y para sintetizar por escrito en la pantalla una pregunta, un párrafo, unos versos, una carta, cuando siglos atrás a muchos eso les costaba la vida.
Puedo experimentar que, más allá de su valor objetivo, cuyo juicio está fuera de mi alcance, no se pierde esa aventura de sentir y pensar en versos, sino que parte de ella deviene forma comunicable y entra en formatos que llegan a otros; un disco, un libro, un video, etc.
Y entre esos otros lectores, inter-actuantes u oyentes, no pocas veces nos llega comentario sobre lo que uno escribió, sobre lo que uno lee por radio, o lo que uno pudo ir a decir en algún espacio de televisión por cable o en una mesa pública de poesía.

Pero la historia del arte es una galería interminable de malentendidos, de intentos frustrados, de planes inconclusos y borroneos y tachaduras y enmiendas y olvidos y actos fallidos que no logran dar plena expresión a su idea o ideal, mil intentos y un invento, como dicen.
Lo que después otros explotan como cultura es antes una galería de tipos anónimos que se rompieron el alma para lograr una obra en piedra u otra materia y que vivieron y murieron en la miseria. Y cantidades y calidades increíbles de obras que se destruyeron por terremotos, por inundaciones, por invasiones de fanáticos religiosos; por robos, por caer en manos que lo encierran en una caja fuerte como si fuera oro o diamante, o abandonan y dejan deteriorar, o se destruyen artistas y obras por bombardeos en tantas guerras.
Detrás de lo que hoy millones de consumidores pueden sentarse cómodamente en un sillón de su living a disfrutar como películas o libros o discos compactos de blues en equipos que hoy suenan con la más alta fidelidad, detrás de esa diletante fortuna nuestra está el infortunio de miles de negros esclavos cuyo único consuelo era cantar Gospel en la escuela evangélica dominical, o escuchar al pastor leer pasajes de la Biblia.
Negros con las espaldas destrozadas por la esclavitud y el látigo y el racismo que caían a saco de noche sin avisar a la cabaña o barraca o choza o casucha e incendiaban y acribillaban y degollaban y ahorcaban, violaban y quemaban vivos a sus padres y hermanos.
De esa escuela de arte viene el blues, de esa universidad del horror viene el jazz,
de manos estropeadas por trabajar desde niños picando piedras o cosechando en el campo para el amo, o talando bosques o revolviendo tachaos de basura para buscar algo que comer o vomitando sangre y dientes y tripas contra las paredes del calabozo o retorciéndose de cirrosis hepática en un hospital de pobres, tiritando con el cuerpo quemado por el delirium tremens del alcohol que tomaban para aliviar su condena.
De haber sido arrancados del África y amontonados entre ratas en la bodega de un barco esclavista portugués, holandés, inglés o francés, sin comida durante días, sin el agua suficiente para beber durante muchas horas, encadenados en la oscuridad hedionda, teniendo que oler el cuerpo enfermo de otro encadenado a su lado o el cuerpo muerto de otro o el alma rota del que llora impotencia hasta morir. De no tener otro futuro ni presente que cadenas, látigos, palos, llamas o balas, de todo eso viene el blues a la garganta y al corazón de ese negro mal dormido y andrajoso que se sienta en un cajón destartalado arrojado a la basura por la sociedad de consumo, y hace de miseria maravilla, y sopla una flauta y nos toca el alma con algo que no podemos poner en palabras, o escarba entre las cuerdas del banjo o de la guitarra o contrabajo un sentir que viene de lejos y nos desgarra.

Nuestra cultura del orden, de los cánones clásicos o iluministas impuestos por la civilización de Europa occidental, necesita una buena dosis de esa raíz salvaje, de ese grito destemplado, de ese bailotear como si lo estuvieran quemando o como si tuviera diablos en el cuerpo.
Y más aun, necesitamos soñar como negros, besar, acariciar y hacer el amor como si nos estuviéramos quemando vivos o tuviéramos diablos salvajes en el cuerpo.
Estas cosas me hizo sentir y pensar haber visto en un film documental de Martin Scorcese y Wim Wender sobre los años treinta y el músico negro J.B.Lenoir, sobre Skipy, sobre la cantante negra Casandra Wilson y tantos otros pioneros del blues.
Porque todavía hoy, en las afueras del luminoso hiper-shopping del city center, lejos de las Catedrales Financieras con su avaricia delirante por las movidas de los depósitos,
más hacia la periferia todavía hay vida salvaje, indiecitos que comen de los basurales, que duermen en los basurales, indias y negras que paren hijos en los basurales de nuestra sociedad de consumo, y que cuando logran reponerse de los golpes de la Inquisición o del Ku Flux Klan, de los golpes de la policía o del patrón esclavista o del cafishhio prostitutor o el negrero explotador y del que les vende la droga más sucia, todavía hoy, en las peores condiciones, esos arrojados a miseria se ponen a bailar, a formar murgas, a cantar, a disfrazarse, a dibujar, a pintar, a escribir versos, a crear arte y cultura que otros haremos moda y explotaremos, que otros podremos comprar y vender, como comodity.
Ahí están haciendo sus tinajas y telares después que desde hace siglos los venimos corriendo de todas partes, les rompemos sus telares y les imponemos morirse de hambre o vestir nuestras ropas y modas bajadas de los barcos, venidas de las grandes textiles de la revolución industrial, de Florencia, de Inglaterra.

No hemos logrado un “Orden Mundial” que incluya a todas las artes, a todas las manifestaciones culturales, y sobre todo, a los artistas, a los creadores, a los que todavía tienen que pasar la gorra si quieren hacer teatro, o si quieren hacer su música en los subtes, en los trenes, en la vía pública, hasta que viene el policía municipal y…
Ellos aprenden de niños esos juegos malabares con palotes y pelotas y nosotros los miramos sentados dentro del auto. A veces al pasar les tiramos migajas o les ofrecemos unos pesos por una chupada de pene y después los dejamos más sucios y abandonados que antes y seguimos nuestro negocio, porque no tenemos tiempo ni para el amor ni para el sexo.
O peor aún, les mentimos nuestra Biblia o les vendemos las ilusiones de nuestros partidos políticos o de nuestros tristes deportes olímpicos y nuestros blancos sorteos de la danza de la blanca fortuna y orgasmo de loterías y casinos de los blancos y sus blancas líneas de cocaína.

Hemos dejado que Tanguito se reventara muy solo y triste en este mundo abandonado
y después cantamos El amor es más fuerte mirando la película de su vida y agonía espantosa.
Hemos dejado que Charly Parker muriera espantosamente, y era un genio no menor que Mozart o Beethoven o Piazzolla.
Hemos dejado que Violeta Parra, que Van Gogh, que Alejandra Pizarnik, murieran en la impotencia, en la incomprensión, en el infierno de no reconocer su sensibilidad expuesta como fractura.
Hemos dejado morir en los basurales o barriales a millones de negros que cantaban, que tocaban maravillosamente el piano, la trompeta, el saxo o la guitarra.
Alguien los llevaba a grabar o los filmaba, les tiraba cuatro dólares y con esos registros hacían millones en el mercado blanco. La barbarie sigue dando de comer a la civilización. Los exhibimos como animales de zoológico y hacemos dinero con todo eso.
Hemos dejado que más de un Favaloro se pegara un tiro sabiendo que no vamos a cambiar, que siempre la vamos a ver cómodamente sentados en la tele-platea de los que tenemos lo poco o mucho que tenemos, en la cómoda banca de los que podemos, lo poco o mucho que podemos en un mundo donde mil millones de rotosos no pueden ni sobrevivir y todos los días mueren de hambre no en sentido figurado sino en sus propias carnes consumidas por la desnutrición y el abandono y las pestes.
Algunos blancos civilizados, como Martin Heidegger o Jean Paul Sartre, pueden sentarse a pensar hasta desarrollar todo un sistema filosófico, o desarrollar todo un análisis de interpretación del psicoanálisis freudiano, como Jacques Lacan, Algunos logran un subsidio, una beca a tiempo, un premio, una cátedra, una chapa oficial de esto o lo otro, el concurso que salva una obra de arte y permite a un artista seguir creando.
Algunos logran dedicarse a la investigación científica ¿Con libertad y amor y serenidad de conciencia? ¿Sin tener que someterse a lo que les manda investigar una empresa privada o un Estado controlador o manipulador o una Fundación supuestamente interesada en el desarrollo de las Ciencias y las Artes?
Los más mueren alcohólicos, alguien pone en sus manos un paquee de drogas y les encaje una patada en el culo y los mandan a traficar antes que ayudar a completar su escolaridad y darles empleo digno y salario digno o ayudarlos a desarrollar plenamente su capacidad y vocación como deportista, como artista, como investigador, ingeniero, médico o filósofo.

Nos preocupa nuestra inseguridad, no la que le hemos endosado con el saqueo colonialista de Asia, África y América.
Algunos hemos podido darnos un espacio y un tiempo para sentir y poner por escrito lo que pensamos, lo que vivimos y deseamos o tememos, con la esperanza de que nunca falten otros que van a vernos bailar a nosotros, que van a escuchar nuestra música, que van a cantar con nosotros o que van a leer nuestros versos. Pero allá en las afueras hay agua podrida, hay olor a peste, aires de muerte, fuegos de Guerras cada vez más sucias y masacres y catástrofes que nunca se acaban y en donde se siguen quemando vivos millones de niños que nunca llegaran a vivir no digo plenamente, ni siquiera con la mínima dignidad.

Rubén Vedovaldi