domingo, 13 de diciembre de 2009

Eduardo Dalter



La llama y el fotógrafo

Pobrecita; pero así, nadie
la azota
ni la hiere; sólo debe andar
disfrazada
como algunos de nosotros
-en su caso
con un sombrero
rojo
y una felpa bordada
sobre el lomoº,
y así toda la tarde, en el
borde
más arbolado de la
plaza,
donde tantas gentes
cruzan, conversan,
o se bandonan
pensativas
en los bancos de madera,
hasta que alguien
desea tener una foto
de su niño
con una llama reluciente
decolores,
y entonces todos se
arraciman
y sonríen, y la llama, por
un momento
libre del cordel,
posa compasiva,
indiferente y bella
para siempre.


Vamos, Pueblo...

Desde aquel niño que iba
por las trochas
entre Oruro y Cochabamba
y se perdía
en la lejanía con sus llamas
hasta estos
años, estas contingencias,
en que se debe
escuchar, en voz rabiosa,
"tumben
al indio", hay una dura mar popular
que ondea sentida desde
El Alto
a las fronteras. Una diaria
historia
vibra desde los pechos y
los soles
milenarios a las honduras
polvosas
de las minas y hasta los
verdes
más íntimos, laboriosos
y soleados,
bajo un flamear de memorias
heridas, de brazos y de
augurios.

Eduardo Dalter
de "Cuatro momentos"
Ediciones del Nuevo Cántaro
Buenos Aires, agosto de 2009