domingo, 8 de junio de 2008

Mónica Russomanno: Perra con ruedas


Una amiga adhería a la frase “la mujer que sabe cocinar tiene que ocultarlo”, una millonaria ejecutiva dijo hoy que las mujeres son buenas en los negocios pero después, para explicar su éxito comercial, dijo “pienso como un hombre”.

Crecí en una biblioteca libre, donde yo sacaba los libros que me llamaban desde los anaqueles. Todos estaban escritos por hombres. Yo pensaba que si quería escribir, debía hacerlo como si fuese un hombre y buscar un seudónimo al estilo de George Sand.

El feminismo trajo muchas conquistas y significó un avance en importantes temas, permitió accesos vedados y abrió numerosos espacios y armarios cerrados desde siempre. Pero nos quitó la inocencia de mostrar la ternura a flor de ojos, la piel que se estremece por una tristeza etérea. Tenemos que pensar como hombres si queremos un lugar de los conquistados tan duramente. Eso nos han dicho.

Una mujer exitosa no puede permitirse la ternura, la vulnerabilidad, la emoción fácil y sincera. Eso nos muestran las mujeres exitosas y sus pares masculinos quienes les exigen conductas masculinas.

Sin embargo, hace un tiempo vi una película en la que moría un perrito y lo enterraban en la nieve. El suelo estaba congelado, lo taparon con nieve y nada más. Al final, contra toda lógica, cuando llega la primavera vemos cómo se derrite la nieve, vemos un mechón de pelo que queda expuesto, vemos, contra toda lógica, si, que el perrito se levanta, se sacude, se aleja trotando con esa felicidad alocada de las criaturas pequeñas. Y una llora, y sonríe, y siente que el mundo a veces puede ser redimido con un milagro. Contra toda lógica.

La directora de esa película de la que no recuerdo el nombre era, claro, si, era una mujer. Y filmó una cosa de mujeres. No pudo resignarse a dejar morir el perro en el relato ya que podía evitalo.

Y también es de una mujer el remate del film en que un hombre va a hacer sacrificar a su perra, vieja y enferma, para que no sufra. Se lo dice a la amante, quien lo acaba de despedir para que ya no vuelva. Cierra, ella, la puerta. La vemos en su departamento, sola, muy sola, alelada por la soledad reconcentrada que le espera. Vemos cómo corre hacia la puerta, vemos cómo alcanza al amante en la escalera. Una piensa que se asustó, que se arrepintió, que le va a decir que va a seguir siendo la otra, la segunda, la trampa. Pero le dice, solamente esto, le dice que necesita hacerle una pregunta. Nada más, no escuchamos ni vemos el final de la conversación en la escalera. Termina la escena.

Después un cartel nos advierte que han pasado seis meses. La mujer trota en una costanera. La cámara la deja pasar, y vemos, detrás, a la perra de su ex amante corriendo feliz con esa sonrisa que tienen los perros cuando corren, y corre con las orejas voladizas y con un aparato de rueditas atadas a la cadera. Cómo no llorar en el cine, en el camino de vuelta a casa, cómo no llorar ahora que lo escribo.

La directora de esta película de la que sí recuerdo el nombre, “The Savages”, es, y claro, si, es una mujer. Cosa de mujeres el filme. Cosa de mujeres. Trata de padres, hijos, soledades y renuncias. Trata del mundo real y de cómo hacerse cargo de ordenar un poco el pequeño mundo de las pequeñas vidas. Cosa de mujeres, ciertamente, la de ordenar las gavetas y las repisas, hacerse cargo de los niños y los ancianos. Enjugar lágrimas.

No hay nada reprensible en ser tiernas, en ser vulnerables, en dejar que el mundo nos conmueva. Renegar de una misma hace que los espejos reflejen monstruos. Nos mata lentamente, insidiosamente, de a poco y desde adentro. Si es el amor, si es la ternura la que nos define. Una mujer jamás estará sola. Siempre encontraremos una planta, un gato, una perra con ruedas a quien amar, mientras recogemos pedazos de vajilla, colocamos fotografías en los portarretratos y tendemos la cama.

Y a mucha honra.

Mónica Russomanno