jueves, 10 de enero de 2008

Riquelme vs. los Sea Monkeys


Boca Juniors perdía 3 a 0 y el partido se deslizaba hacia el final. La voz en la radio describía el andar de Riquelme sobre el césped con una duda: ¿cansancio o desidia? El tipo, sentado cómodamente a la sombra en aquel domingo infernal, dijo que cansancio no podía ser. Los automóviles estaban detenidos por la barrera baja. Nadie tocaba bocina, nadie tamborileaba los dedos en la puerta, nadie acomodaba -una y otra vez- el espejito retrovisor, nadie parecía estar apurado. La pregunta llegó como un rayo: ¿desde cuándo había empezado, para mí, la idea de un mundo cada vez más vertiginoso, seducido por la velocidad? En lo primero que pensé fue en los Sea Monkeys. No solamente pensé: recordé la tarde en que recorrí 30 km en tren para adquirir mi respectivo set de vida instantánea en la galería Harrod's. Esa noche, sin saberlo, entraba en mí la idea de que lo veloz es deseable, incluso, por sobre lo estético. Lo que hizo el tipo, sentado cómodamente a la sombra en aquel domingo infernal, no fue solamente creer en la disyuntiva del locutor radial, sino opinar que lo que le pasa a Riquelme no tiene que ver con un momento de declive físico por el cansancio, sino aseverar que su problema es la lentitud. Poco importa la sutileza, la belleza, la pausa y la reflexión, el toque profundo, el movimiento preciso: si no es veloz no es bueno.
Como buen muchacho pasando de la niñez a la adolescencia, preparé la pecera, puse el agua, seguí las instrucciones y volqué el primer sobre en el interior del recipiente de vidrio. Esperar. Tenía que esperar hasta el día siguiente para que el preparado para purificar el agua hiciera efecto. Las horas de la noche, en comparación con esa inmediatez, me resultaron una digna representación de un modo de la eternidad. Los Sea Monkeys no sólo eran instantáneos. También eran amaestrables, simpáticos, divertidos y los más inteligentes crustáceos del mundo. Quizás el paso de las horas, lentas como Riquelme, y la oscuridad de la noche me hicieran navegar en el sopor donde un mundo de felices Sea Monkeys danzaban en el agua con la gracia de Esther Williams. A la mañana, salté de la cama, vi el agua purificada y un aire de beatitud impregnó el ambiente, mi propia habitación, donde iba a oficiar de dios para decir hágase la vida y que la vida se hiciera. No fue tirar huevos y hacer Sea Monkeys, pero a los pocos segundos unos puntos blancos empezaron a hacer su aparición. Diminutos, sin caras alegres, ni brazos, ni forma de caballito de mar, sino un vulgar punto blanco, una farsa, una decepción. Al día siguiente, estaban casi todos muertos. Eso daba por tierra mi plan de ser un gran criador de bichos instantáneos llegados en bolsitas selladas desde los mismísimos Estados Unidos. Esa primera decepción de lo inmediato en relación al futuro no hizo más que indicarme -en su lectura après-coup como gusta decir mi dama- que debía desconfiar de lo hiperveloz, de lo que no deja lugar a la reflexión, de lo que celebra el atributo de la velocidad por sobre todos los demás.
En este mundo en que apenas se atisba el elogio de la reflexión y la contemplación, el ocio creador, por sobre la vorágine de la hiperinformación, me quedo con Riquelme y su lentitud estética, con su respeto y su buen trato para con lo que constituye la razón de su vida. Y es de esperar verlo en algún sueño, haciendo goles con todos y cada uno de los fallidos Sea Monkeys de la historia. O dicho de otro modo, poder saltar el el abismo que hay entre "está lento" y "es talento".

Enviado por Alfredo Di Bernardo (42,5º en Santa Fe) hallado en:
"Los (sin)sentidos de Jota" ( http://jmvirtual.blogspot.com/ ).