martes, 1 de enero de 2008

AZOGUE Y FALTA




Por Mónica Russomano


El azogue se colocaba detrás de los cristales para que la límpida superficie duplicase el universo. La falta es eso que no está, que podría estar, que quizás alguien puede darme para que algo se complete o enriquezca.
Los ojos de Marilyn Monroe, los ojos de María Callas, los ojos de James Dean. No tanto los ojos como las miradas, esas miradas que cautivaron, atraparon, mantuvieron en vilo los corazones, la atención, la memoria de un público que se sintió mirado, abarcado, estremecido.
Dicen que la Callas podía cortar la respiración de todo un auditorio, un inmenso auditorio, cuando abría los ojos y los fijaba con intolerable fijeza en los espectadores. Hemos visto esa sensual forma de ver con los párpados entrecerrados de Marilyn, y la desafiante mirada de James Dean que hacía suspirar a las adolescentes, temblar a las ancianas.
Quien nada dice permite que el otro diga. Quien ofrece oscuridad pone en la imaginación todas las claridades.
Ellos, que no veían, que compartían una miopía que les desdibujaba el mundo, enfocaban la imperfecta mirada un poco más atrás, más lejos, más profundamente. Sin ver, proporcionaban la hermosa ilusión a los otros de ser vistos en una intimidad perfecta y desnuda. Miradas que no ven, pero que se dejan mirar. Como los ojos inmóviles de las antiguas fotografías que nos siguen atentamente por el cuarto de paredes empapeladas, como los ciegos ojos de las estatuas, como los ojos ciegos de los barnizados retratos al óleo, de los daguerrotipos que han sido hechos para que, mirándolos, nos miremos. Ojos espejo, estanques vacíos que reflejan los cielos que los observan.
Nada decían, sus ojos. Poco veían, esos ojos. Pero se dejaban mirar y confeccionaban sabiamente el ardid de azogues y pozos que duplican las lunas. Creaban las tramoyas necesarias para que lo difuso abarcase a cada uno personal, punzantemente.
Hay quien utiliza el ardid de lo intangible para el engaño, y miente interés en esa mirada crepuscular que no nombra y puede, por lo tanto, ser apropiada por cada incauto que se siente amado, incluido, protegido por la particular preocupación, falsa preocupación, del encantador de serpientes que lanza su red para atrapar adoradores, quizás votantes. El vacío discurso que diestramente permite que cada uno escuche lo que desea oir, los vacíos rostros gigantescos en los carteles.
Pero quedémonos con los ojos de Marilyn, de Jeamos Dean, de la Callas. Guardemos la crepuscular maravilla de ser mirados por quien no ve, la excepcional cualidad del lenguaje de decir más para quien lee, de uno, que está leyendo, que de quien escribe. No siempre es horroroso que las palabras sean polisémicas o que los sonidos resuenen en cada cabeza con diferentes ecos.
Esas miradas estaban hechas para ser miradas, y para estremecer por reflejo de los anhelos de los espectadores. Y las canciones, las canciones están hechas para que otras voces las enriquezcan, y mi espíritu, este, mi espíritu, está hecho para que el tuyo le preste luz.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com