domingo, 27 de enero de 2008

HOMENAJE: DON ATA, 100 AÑOS


Por Patricio Féminis
Publicado en Revista Sudestada Nro.44

De Atahualpa, el mayor trashumante que pisó estas tierras, se desconocen no sólo el misterio que encierra su obra, sino sus pesares cotidianos, la obsesión que lo arrastró incansablemente por los escenarios del mundo. Aferrado a su guitarra y sus vivencias, ajeno a cualquier encasillamiento, su historia y su canto se proyectan hacia Latinoamérica. Opinan Juan Falú, Roberto Chavero, Pedro Aznar y José Ceña.


Encorvado sobre la mesa de su habitación en París, entrada la madrugada, Julio Cortázar no se sentía conforme con el tono del texto que pensaba enviar por carta al día siguiente. Mareado de sueño, dudaba, no le convencían las frases, le parecían sin cadencia. “El árbol ya cortado, no lo claves en tierra, porque su copa seca no atraerá a los pájaros. Al río que discurre, no le levantes diques... al hombre desterrado no le hables de su casa; la verdadera patria, caro lo está pagando. El río, el hombre, el árbol, caro lo están pagando”, terminó Julio de leerse, y agregó dos palabras para completar la idea. Ahora sí, se dijo, más o menos, podía gustarle al maestro.

“Estimado Don Ata, le mando esta pavadita que me surgió sin pensar, como me salen a veces las cosas, desde que llegué aquí...”, mintió Julio, algo ansioso, los ojos achinados, mientras finalizaba las breves líneas. Firmó en un solo trazo y dobló la carta cuatro veces, alisando cada uno de los bordes con el pulgar. Tomó el sobre de papel madera, la guardó dentro y se arrojó pesadamente sobre la cama. A través de la ventana sucia, la noche parisina se veía repleta de luces. Contó con la mente, en apenas un instante de silencio, los minutos que lo separaban del barrio Mont-Rouge, donde vivía Atahualpa, cuando no andaba de viaje por el mundo: fue perdiéndose en cada una de las calles, con los ojos cerrados, imaginando el ruido de sus zapatos sobre el empedrado, los correteos por las transversales. Repentinamente, saltó de la cama en busca del sobre, y en un movimiento se lo acercó a los ojos: en el destinatario, se dio cuenta Julio, había escrito otra cosa: la dirección de la que había sido su casa en Buenos Aires, antes del exilio, una década atrás. Rompió el sobre de un tirón, releyó su poema y volvió a la cama. Se lo llevaría personalmente.

“Se debería contar la historia cultural argentina de un modo más interesante, como la vida de Gustavo Leguizamón o Atahualpa Yupanqui, que pusieron en cuestión o como problema en sus músicas y letras al mismo país, este enigma que llamamos Argentina”, declaró hace un año la cantante Liliana Herrero. Ese enigma, o una parte decisiva de él, es el mismo Yupanqui, el poeta nacido en Pergamino en 1908. La honda mirada, que abarcó varias culturas en su guitarra y miles de canciones, y se volvió el mayor referente del folklore argentino. El hombre, que denunció los pesares de la tierra y fue presa del exilio constante. La palabra, aún desconocida: a lo largo de entrevistas y onomásticos, se vuelve sobre Atahualpa; se amontonan citas, frases hechas, homenajes. Aseguran que perdura en la memoria del pueblo, pero hoy sólo se percibe una débil luz, una tibia presencia. En el imaginario social, el aporte de Yupanqui al desarrollo de una música plenamente popular, se erige como un espectro borroso, una rápida excusa al silencio, siempre lejos de la historia que protagonizó. El olvido, como un camino lleno de pozos, se le apareció en la vida de Atahualpa casi en forma constante, se le metió bajo los pies y amenazó con interrumpirle el rumbo. Y él siguió, con paciente inquietud, a caballo de una búsqueda, un deseo libertario. Ajeno a todos. “Donde sienta un chiflido amistoso, ahí me apeo, doy las gracias y pelo la guitarra. Si nada me dicen, sigo caminando, que es quizá el signo determinante de mi destino: caminar, caminar siempre. El hombre anda sobre la tierra. Y cuando se siente muy cansado, busca refugio debajo de ella”.

Cuando todavía era Héctor Chavero, pasó su juventud de pueblo en pueblo, por los Valles Calchaquíes, Jujuy, Tucumán. Su obsesión era entender el sentir del hombre americano: allí estaba la raíz, el devenir de los pueblos. Tierra adentro, trabajó en la zafra, en las minas, en la cosecha: sin destino, había entendido del dolor del indio, una de las mitades de su rostro. Los recuerdos, sabía, volverían en forma de coplas y era urgente robarle tiempo al tiempo para darles forma. “Además de los viajes que hizo, por la huella de las diferentes expresiones musicales en las cinco regiones musicales de la Argentina, se fue encontrando con culturas, hábitos, leyendas. Él no solamente iba a buscar; además estaba ofreciendo”, explica el músico José Ceña. Esas historias lo perseguían, le robaban el sueño, y él las recibía, las entonaba, les buscaba palabras. “Dicen que lo que yo hago es poesía. Vaya a saber: lo que procuro es incorporar mi voz a las viejas voces populares, en lo posible, imitándolas porque me encanta esa forma de decir del argentino que fue mi abuelo y el abuelo de mucha gente; esa levadura de pueblo de poquito antes de aparecer el siglo. Eso procuro decirlo a mi manera”, explicaba Yupanqui.

Versos en la penumbra

De chango, allá en Roca -provincia de Buenos Aires-, su padre lo llevaba de un lado a otro por su trabajo en el ferrocarril: él lo obsrvaba e imitaba sus gestos, su mirada altiva, sus silencios como puestas de sol. Héctor revolvía con avidez los dos baúles llenos de libros, en donde había obras de Schopenhauer, el Inca Garcilaso, Echeverría, Alberdi, José María Arguedas. Eran incontables los volúmenes: él los revisaba, los dejaba acumularse, se le encendían en las manos. Se dejaba seducir por las líneas interminables; incorporaba las inflexiones, los cambios de ritmo, cada palabra nueva. De los baúles nacían historias, reflexiones sobre el hombre que repensaba durante horas, extrañamente parecidas a las de los criollos del pueblo. Se le pegaban en la piel los versos, y Héctor oía las páginas. “Todo lo iba tomando de un puñado de libros que tenía mi padre, que no se podía decir que llegaran a ser una biblioteca -escribió, años después-. Leía, sin sistema ni mucho orden, lo que el mundo iba escribiendo. Pero se terminaba todo cuando oía una guitarra, tocada por un paisano o por alguien que pasaba por el pueblo ganándose la vida”.

“Fuiiii, véngase para acá”, chifló su padre, y Héctor se disculpó, salió corriendo y atravesó las vías. Detrás suyo seguían cantando y bebiendo; las coplas parecían murmullos en la noche. En su habitación, abrió el baúl y leyó en voz alta, con las milongas todavía frescas en su mente. Se recostó en la cama, y las páginas amarillentas se multiplicaron en sus ojos celestes. Afuera, pensaba, estaban diciendo las mismas cosas. “Cantaban de noche y sólo algunas veces me llevaba mi padre, a las nueve. A la diez, cuando se estaba poniendo linda la reunión -yo tendría siete, ocho años-, a volar para casa. Y en casa yo tocaba la guitarra con dos cuerditas y me daba los conciertos para mí solo”.

La guitarra le hablaba, intuía Héctor; ella no lo esperaba; comenzaba a vibrar la madera y sus dedos obedecían, obscenos y cómplices. Aferraba su guitarra como una cuna, inmensa, y se iba en ella, sentía que se mecía debajo suyo, y no podía dejar de temblar. La aferraba con firmeza, se desperezaba y no temía desquitarse con ella. En eso recordaba, plantaba la guitarra a un costado, contra la pared, y se concedía un viaje con la mente, de vuelta hacia la calle. “Mientras a lo largo de los campos se extendía la sombra del crepúsculo -recordó en el ’64, en su libro El canto del viento-, las guitarras de la pampa comenzaban su antigua brujería (...) con sus historias de duelos criollos, de rebenques fatales, de carrera brava, de malones y cautivas, de caballos moros y bayos, con sus trovas de amor galano, donde campeaba el eco de la literatura del siglo XVIII. Pasaban los cantores con sus voces, con sus versos fuertes, plenos de rebeldía, fustigadores de toda injusticia. Letras que denunciaban el abuso y la explotación del pobrerío”.

No se animaba a decirlo, a buscar la palabra justa que detuviera sus ideas, a pronunciarlas en voz alta; apenas sabía cómo ubicar esos pensamientos en su boca. Algo indescifrable, entendía, casi oculto. ¿Para qué, por qué razón volver ruido un reguero de sensaciones? No se le ocurría cómo, y elaboraba frases con la mente, las dejaba hacer, las esperaba. No toleraba las dudas, repetía para sí, mientras templaba la guitarra de nuevo. Si la certeza del silencio colma el silencio, razonaba: la guitarra parecía oler a roble, y las voces de la noche volvían en una travesía libre, cuando menos las esperaba...

Al alba

El tren se zarandeaba y los pastizales se encimaban contra las ventanas, como si fueran a meterse dentro. Héctor temblaba aferraba la mano de su padre, quien lo calmaba con historias de otros hombres, de voces antiguas, tal vez, viejos amigos suyos. Allá en el País Vasco, narraba, la euforia recorría las ciudad de tanto en tanto, las mujeres y sus novios iban de la mano y la historia se aceleraba; los obreros y los campesinos desfilaban por las calles: se miraban, en silencio, o mantenían la vista al horizonte. El tren aumentaba su marcha y Héctor pensaba, meditaba los recuerdos de su abuelo que le contaba su padre, y no podía dejar de temblar: allá afuera estaba el monte, mudo, oscuro. No sabía si llegaban a Santiago, a San Miguel de Tucumán, pero el cosquilleo le subía por las piernas. La mano de su padre sobre su hombro era demasiado pesada pero no dijo nada, sin interrumpir, y marcó un ritmo con dos dedos, sobre el asiento demacrado.

“Por un tiempo, nomás”, le había dicho su familia. Fueron 15 años los que Héctor Chavero pasó en Raco, Tucumán, con su familia, lejos de aquellas voces pampeanas que habían sido su universo, su obsesión cotidiana, su primera escuela. Era agosto de 1917, y Héctor se mimetizaba con esos paisajes novedosos, con los sonidos que creía escuchar allá afuera, en la tarde desconocida, confundidos con el traqueteo del tren. En El canto del viento, repasando aquella época, escribió: “Cuando apuntó el alba, la tierra tucumana, como adivinando todo el amor que habría de despertar en mí, tendía sus praderas verdes, idealizaba el azul de sus montañas y levantaba su mundo de cañaverales para recibir a un chango de escasos diez años, que llegaba desde la lejana pampa (...) con el corazón ardiendo como una brasa en el pecho, y una pequeña guitarra en la que florecía tímidamente una vidalita”.

¿Adónde iba?, Héctor no lo sabía. Se mimetizaba con el paisaje, con los sonidos que emergían ya en la ruta y lo arrastraban por cada calle, en donde encontraba ritmos y voces. Sentía pudor, antes que fervor, por los misterios de la tierra. La idea de patria, que venía madurando hacía tiempo, le resultaba un puente hacia los antepasados, todos paisanos. “Cuando uno hace mención a cosas importantes en la vida de un artista de su trascendencia, piensa en detalles importantes. Y quizás son pequeños detalles. En Yupanqui, eran todos detalles de la vida rural”, define el músico José Ceña.

Ya convertido en Atahualpa Yupanqui, no olvidaría a sus maestros, hermanado a otras culturas. “Me gustaba la pampa sin alambrado. Eso fue creando en mí un infinito horizonte de libertad, donde no hay valla que detenga el viento”, describía Atahualpa. Cuando regresó a Tucumán a fines de los ’30, la Segunda Guerra Mundial estallaba en Europa, y Yupanqui no demoró en declararse en contra del fascismo, al que no veía tan lejano. Al llegar a Raco, sufrió un desencanto con los estancieros, con quienes había compartido viejas y largas tardes: “Entonces me doy cuenta que la intención era no facilitarme la llegada a mi pobre rancho de las cumbres de Raco -contó-. Era un descuidar la amistad, fastidio, repudio a mi condición de criollo. Ellos se sentían muy argentinos, muy partidarios de Facundo y de Juan Manuel de Rosas. Por ese lado, rumbiaban ellos. A mí no me molestaba. Yo estaba con el pueblo, con el más golpeado, con el que tenía alpargatas y muchos sueños”.

Ya de noche, abandonó su caballo monte arriba, luego de un rodeo por un camino empinado. Cuando llegó, recuperó su máquina de escribir y jamás regresó a Raco. “Queda en mi memoria, como un viejo, torturado y dulcísimo recuerdo”, confesó después. Dos zambas, Viene clareando, y La añera, reflejaron esa época: volvía Atahualpa a los caminos, desasido de lealtades, siempre en marcha. Con sus penas se alejaba, el hambre otra vez recorriéndole los labios, inmerso en una época en que el fuego, como la sangre en Europa, corrían demasiado rápido.

En sus viajes por el Noroeste, Yupanqui había palpado la miseria de los obreros de los ingenios, los indios privados de su identidad. Las injusticias que había visto, junto a la irrupción del fascismo en Europa, habían modificado la idea que tenía de lo nacional. Cada vez más a la izquierda, buscaba un lugar para materializar sus ansias libertarias. Veía que nuevas voces sostenían el ritmo de la historia: todavía resonaba la caída de la España republicana en manos del fascismo, y el espíritu bélico andaba demasiado cerca. La libertad era una búsqueda permanente, entendía Atahualpa, y tomaba conciencia de que la persecución iba a ser su sombra. “Él sabía que su principal escucha era el hombre común, y decía: ‘si yo estoy en un rancho guitarreando con los paisanos, nadie va a decir estamos entre gauchos, porque es redundar sobre una circunstancia cabal’. Yupanqui era consciente de esto, y le produjo un gran sufrimiento”, explica Ceña...

La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº44 - Noviembre de 2005
http://www.revistasudestada.com.ar/



LOS HERMANOS
Milonga
(A. Yupanqui- Pablo del Cerro)

Yo tengo tantos hermanos
que no los puedo contar.
En el valle, la montaña,
en la pampa y en el mar.

Cada cual con sus trabajos,
con sus sueños, cada cual.
Con la esperanza adelante,
con los recuerdos detrás.

Yo tengo tantos hermanos
que no los puedo contar.

Gente de mano caliente
por eso de la amistad,
Con uno lloro, pa llorarlo,
con un rezo pa rezar.
Con un horizonte abierto
que siempre está más allá.
Y esa fuerza pa buscarlo
con tesón y voluntad.

Cuando parece más cerca
es cuando se aleja más.
Yo tengo tantos hermanos
que no los puedo contar.

Y así seguimos andando
curtidos de soledad.
Nos perdemos por el mundo,
nos volvemos a encontrar.

Y así nos reconocemos
por el lejano mirar,
por la copla que mordemos,
semilla de inmensidad.

Y así, seguimos andando
curtidos de soledad.
Y en nosotros nuestros muertos
pa que nadie quede atrás.

Yo tengo tantos hermanos
que no los puedo contar,
y una novia muy hermosa
que se llama ¡Libertad!