domingo, 18 de noviembre de 2007

Mónica Russomanno: La mirada que ve

Selvakumar vive en el Estado meridional de Tamil Nadu, en la India.
Delgado, moreno, Selvakumar trabajaba su arrozal.
Llevaba o era llevado por una de esas vidas que transcurren bajo el
sol y contra la lluvia, una existencia de jornadas repetidas y previsibles
sucesos hasta que, hace quince años, Selvakumar dio en matar a dos perros.
Cruelmente mató a sus dos perros, los lapidó. Nadie dice por qué mató a los
perros, ni tampoco dicen por qué, luego de lapidarlos, colgó los cadáveres
de un árbol.
Giraron los cadáveres hinchados en Tamil Nadu. Yo no los vi, pero los
veo ahora, tan tristes los dos perros, tan solitarios.
Este hombre Selvakumar matador de perros, asesino de canes, este hombre
oscuro fue de inmediato castigado con señales de los dioses. Dificultades
para hablar, oir y caminar. Los médicos no le dieron explicaciones para su
condición porque la ciencia nada sabe de perros pudriéndose al sol ni de
venganzas arrojadas desde los espíritus animales contra los que se ha
cometido ofensa.
Hubo de sufrir Selvakumar su castigo y al no poder oir ni hablar ni
caminar como antes lo hiciera, imitaba de a poco la situación de muerte que
había, él, ocasionado a los perros de su campo, que habían, morosamente,
girado pendiendo de las sogas que ató a los inocentes cuellos peludos.
No pudieron los médicos aliviar sus males, y quince años los sufrió en
medio de inútiles lamentos y tardío arrepentimiento.
Fue un astrólogo el que le dio explicación para su extraña enfermedad.
Dijo que los espíritus de los perros difuntos habían vuelto para
aparecérsele y lanzarle un maleficio.
Agregó el remedio, ya que los videntes y los magos no se quedan en el puro
diagnóstico sino que con presteza ofrecen antídotos. La maldición, dijo el
astrólogo, no terminaría hasta que el hombre se casara con una perra.
Cosas más extrañas han sucedido en la India, cosas más extrañas suceden
en la vasta tierra de los hombres.
Buscó esposa Selvakumar y la halló en Selvi, una perra de cuatro años
de color canela, con atractivos ojos ribeteados en negro como las bellas
mujeres hindúes de enigmáticos gestos.
Quiso escaparse Selvi antes del matrimonio, pero adornada con flores y
envuelta en un sari la llevaron las mujeres al templo del distrito de
Sivagangawas. Un sacerdote ofició el matrimonio religioso. Veo la fotografía
de Selvakumar y Selvi, aquí, colorida y pintoresca.
Un amigo del novio explicó que la boda sirve sólo para alejar la
maldición, que luego el flamante marido piensa buscar una verdadera esposa.
Me pregunto qué maldiciones atraerá sobre su castigada cabeza este
farsante, que reprendido por asesinato, renueva su afrenta a los espíritus
animales tomando por esposa a la hembra que piensa desechar luego de haber
cumplido el fin previsto.
Selvakumar cree, como todos los hombres, que la naturaleza olvida, que
puede ser engañada, y que los crímenes cometidos en su contra no hallarán
irremediablemente su castigo.
Selvi mira con sus bellos ojos almendrados a Selvakumar en la
fotografía. Debajo del colorido sari, rodeada de flores, Selvi mira
atentamente a Selvakumar.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com