sábado, 10 de noviembre de 2007

Mónica Russomanno: Alberto Pereyra

Alberto era un niño en campo de mandarinas, niño entre niños de risas veloces y cabellos duros de polvo y río de llanura. Palangana y agua calentada en las ollas que limpiaban los cuerpitos morenos en fila, tan parecidos todos, los siete hermanos y la princesita, la niñita de trenzas el corazón de papá la muñequita de ojos oscuros.
Alberto era uno entre los “nosotros”, uno en el montón que iba a la escuela, uno entre los que ordeñaban las vacas en la madrugada de escarcha. Uno de los Pereyra era Alberto, el tercero. Y así se llamaba él mismo, el tercero de los Pereyra, y no hacía falta más para situarse en el mundo en esas épocas, cuando proporcionarse una genealogía y una justificación era decir “soy el tercero de los Pereyra”, y agregar si venía al caso “y vivo allá a tres kilómetros al oeste de la forrajería”, dedito apuntando a la casa llena de camas, la casa de la cocina generosa y el jardín de mamá y los árboles de cítricos que atraían las comadrejas.
Alberto fue el niño entre los niños, el hermanito confundido en el montón, el tercero. Uno de los que saltaban del armario para asustarla a la Susana, uno de los que le robaban a papá un cigarrillo negro para fumarlo allá en el montecito con asco y algún amigo. Uno de los que se alisaba el pelo para ir al baile los sábados, primero demasiado chiquito, después demasiado tímido. Pero siempre uno de los que iban, uno de los que hacían, uno más de la bandada de los Pereyra que celaba a la Susana con su vestido de falda peligrosa y tanto pretendiente en alpargatas.
El problema vino cuando Alberto no fue más un niño entre los niños, cuando los hermanos se fueron emparejando y fueron dejando la casa en yunta, fueron trayendo hijos que repetían los pelos chuzos y las sonrisas de antes, y hasta la Susana se fue a la ciudad a estudiar.
El tercero de los Pereyra fue deviniendo en el hijo de los Pereyra. El único que seguía allí en la casa, haciendo lo que podía con los animales y el campo, demasiado para uno solo ahora que el padre ya empezaba a mostrar el paso de los años en la espalda encorvada.
Vino la soledad y las maledicencias. De a poco lo fue persiguiendo la murmuración de la gente del pueblo, y una vez escuchó de lejos “el puto”. Era demasiado limpio, era demasiado amable, se supo que se planchaba las camisas, y alguno alguna vez había visto o había creído ver que miraba a algún muchacho en la despensa.
Alberto se ocupaba de sus padres. Los otros fueron haciendo su vida y haciendo hijos. El hombre triste les preparaba un asado cuando venían a la casa. Nadie le preguntaba nada para no incomodar, y él casi no hablaba. Para los Pereyra ahora ya no era el tercero, ahora era el tío. Solterón, agregaban a veces como si hiciera falta agregar algo.
No tuvo amor en ese tiempo largo. Sufrió en una época por un peón del otro campo, pero desde lejos y con la certeza de que sólo le estaba permitido hablarle del tiempo o la parición de las vacas. Hizo todo lo que la desesperación le impuso, buscar pretextos para acercarse, pasar como al descuido; todo lo que la necesidad le impuso hasta que la burla le congeló el alma. “Che, acá el Pereyra te busca”, risotadas. El calor y el color que le subieron a la cara lo dejaron para siempre del otro lado del alambrado.
Alguna vez fue a la ciudad e incurrió en besos culpables, se sentía sucio, feo, torpe, extraño, ignorante. Quería que lo advirtieran pero se moría de miedo de que lo mirasen con desdén. Algún encuentro le dejó tema para pensar en su cama solitaria en el campo. Y para llorar, sobre todo, y para anhelar, más que nada.
Primero murió el padre, una noche de agosto en que hacía tanto frío que la costura de los pantalones, congelada, desollaba los muslos. Unos años después, la madre.
Entonces se volvieron a juntar todos los hermanos y había que vender para repartir.
Alberto tenía cuarenta años, su ropa cabía en un bolsito junto con las fotos y el peine. Susana le ofreció quedarse en su casa por un tiempo, pero en la habitación de los chicos mucho lugar no hay, un tiempito nomás y me los mirás mientras nosotros trabajamos. Podés usar tu parte de la herencia para hacerte una piecita en el fondo, también. Niñera gratis, empleado, cocinero. Tío solterón. El tercero de los Pereyra, alguien sin definición ni puesto propio, una extensión estéril de la familia. Alguien que se utiliza y sirve y después se presta a otro o se deja en un rincón para que se vaya apagando.
Y casi cae Alberto. Casi dice que si y vuelve a vivir de prestado. A punto estuvo, y la sorpresa fue cuando iba a decir si y dijo no. Él mismo se aturdió de pura sorpresa y puro miedo y mucha ilusión que le saltó desde el estómago y le llegó a los ojos alelados. Duro del miedo dijo que no y se fue con el bolso y la raya al costado, prolija, y el saco de botones grandes, y los zapatos de pasear por el pueblo.
La billetera en el bolsillo trasero del pantalón, una revista, las caras de los padres en un álbum de cuero. Unos dibujos de los sobrinos con el agujero de haber estado pinchados en el ropero.
Se tomó el tren y se fue a la ciudad, pero a la grande. A la de veras, a esa ciudad de rascacielos y tiendas y teatros, la ciudad de la noche iluminada donde uno no es ni el tercero de los Pereyra ni el tío solterón. La ciudad donde uno no es nadie, puede ser todo, donde la sombra no es fiel.
Se podría pensar que no podría contra la vorágine, las multitudes, el inabarcable trabajo de buscar medio de vida y habitación. Pero él había podido abandonar la casa, el pueblo, y ahora que estaba solo tenía el temible abismo y la maravillosa libertad. Nada que perder.
Hizo lo que sabía hacer, se hizo cuidador de ancianos. Las manos morenas de venas en relieve lavaron brazos lechosos y pusieron cucharas en bocas desdentadas. Comenzó, de a poco, a ser feliz.
Y lo conoció a Mario. Enfermero.
Al principio no creyó que fuera cierto que uno de veras pudiese amar y ser amado. No a los cuarenta y uno, no sin experiencia, no con los pelos canosos y el hablar lento de campesino.
Él, que era el tío solterón, el tercero de los Pereyra, ahora es Alberto. Y Alberto y Mario son esos que cada noche se abrazan un instante que dura entre dos segundos y una década, maravillados por ellos mismos, escandalosamente acostumbrados a la placidez del amor.
Ahora Alberto Pereyra es Alberto.



Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Publicado en "Inventiva Social", Noviembre de 2007
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