jueves, 1 de noviembre de 2007

Homero Manzi: 100 años

Algunos poemas no publicados en vida por Manzi.



POEMAS INÉDITOS
(por Homero Manzi)


Rosedal

Rosedal,
paisaje de peluquería
cursi como una pérgola
o como un paquete de masas con cinta azul y blanca.
Tal vez por eso mi aventura infantil te despreció

[inclemente.
Y con malandrines prefería las arcadas del puente
donde pernoctan vagos filosóficamente.
....................................................................................
...........

Yo, cabalgando en un Ford modelo antiguo
hacía ruborizar a tus rosedales,
pero tus mujeres te vengaban por encima del hombro.

Rosedal,
con tus banquitos eunucos pintados de merengue,
donde posan seguras las nalgas
tres vírgenes largas
porque siempre son tres las flacas incontaminadas.
Yo de puro atorrante
te pondría faroles
y casitas de lata
y zaguanes oscuros con humedad de besos
y perfumes de albahaca.
Y en tus paredes planchadas al rodillo
pondría un organito, un rengo,
una esquina,
un boliche y una muchacha.
Rosedal,
Parnaso decadente
donde duermen las musas
cien veces benditas de los Intendentes.

Cada vez que contemplo tu lago
sarcófago de fetos y de un descuartizado
siento unas ganas locas de adornarlo con tachos
latones
botas viejas
con una cama jaula
con una escupidera
igual que en los fanales de Pompeya.



42 versos a la Facultad de Derecho

La Facultad de Derecho es una casa vieja.
La trajeron —pretendo— de Lovaina o de Lieja
en una tarde fría y otoñal,
y en la ciudad ruidosa
fue un asombro ojival.
En su torre, doliente como un sueño inconcluso,
dialogaron sus noches porteñas y los vientos
con silbidos de jarcias y con lamentos
de gatos lunáticos y confusos.
Una luna porteña, que remontó en la esquina,
barrilete nocturno de arrabal,
caloteó dos palomas en Puente Alsina
y las tiró por su ventanal.
Palomas proletarias que hicieron nido con sus ladrillos,
igual que en los tejados de las aldeas,
igual que en la techumbre del conventillo.
Y la extranjera consistorial
ensayó un paso en la cuerda floja de la emoción,
cuando la plateada galleta marinera
con corazón de pan
le tiró las monedas de su amor,
y en la resurrección sensiblera le brotó un corazón
que en sístoles de huelgas
y en diástoles de gritas
efectúa la cardíaca revolución.
Corazón que practica
la leyenda hipocrática de dormir a la izquierda,
hecho con las estrías de cien muchachos locos
que sueñan con la paz
y que hacen la simbiosis
—pampeanamente rara—
de Yrigoyen y Marx.

..............................................................................
Pero está cerca el día de los tejados muertos,
el día de la buena ración,
cuando se vuelen las palomas
y se detenga el corazón.
Entonces esa luna de arrabal
se quedará en el cielo del almacén,
y la extranjera consistorial
volverá a ser un asombro municipal.
Que así no sea.
Amén.




Buenos Aires colina chata

Sobre una colina chata
Garay trazó cuatro vientos.
Por un costado la pampa,
al otro lado el riachuelo
y el río contra la espalda
y contra el pecho el desierto
con su horizonte de paja
y su techumbre de cielo.
Garay trazó diez manzanas
sobre un cuadrado perfecto,
y el sitio de las campanas
y el lugar de su gobierno
y las casas capitanas
y los tejados modestos
y el ámbito de la plaza
para los grandes recuerdos.
Garay trazó con su espada
la forma de un pueblo nuevo.
¿Cómo era la pampa aquella
sin gauchos y sin cencerros,
sin chinas, ranchos ni huellas,
sin boliches ni puesteros...?
¿Sin un mazo de baraja,
sin el grito de un resero,
sin un fogón y una casa,
sin un mate y sin un cuento...?
¡Sólo era una pampa, pampa
con un desierto desierto,
con su horizonte de paja
y su techumbre de cielo...!
Qué raro que se quedaran
los españoles aquellos,
atados a las distancias
clavados a los silencios.
Tal vez porque ya eran otros,
distintos a los primeros.
Tal vez porque ya eran criollos
a fuerza de sufrimientos.
Porque llegaron del norte
inaugurando senderos,
madurados por los soles
y las lluvias de febrero.


Hombre

¿Eres cientos de vidas, o una vida?
¿Una sola infinita y dolorida?
¿Eres dueño del mundo en que transitas
o el mundo es una gruta donde habitas?
¿Andas entre flores y el paisaje
sin poner el perfume y el celaje?
¿Creaste una deidad omnipotente
para que manejara tu presente
y tu pasado y lo que nunca ha sido,
lo muerto, lo vital, lo presentido?
Cruzas frente al espejo de tu espejo
y no eres el reflejo de un reflejo.
Manejas tardes y también mañanas
y ríos y amapolas y ventanas
y lágrimas y sombras y canciones
y juncos y fatigas y emociones
y guerra y paz y prados y ciudades
y juventud y ancianidad y edades
y libros y banderas y armonías
y das luna a la noche y sol al día.
Mides los mundos que tú hiciste mundos
con teoremas exactos y profundos.
Trabajando en tu nada y en tu todo
pintas blanca la nieve y negro el lodo.
Prescribes lo moral y abres caminos
y ponderas valores y destinos.
Juzgas para esta vida y otra vida.
Ésta fugaz y la de allá dormida,
sobre un tiempo sin tiempo —fuego o nube—
y dices que el mal rueda y el bien sube.
Corres como un gigante desolado
con fuerzas que tú mismo has convocado
y de pronto, cortando tu carrera,
te blasfemas, te lloras, te veneras,
te conviertes en cientos de millones
que maldicen o rezan oraciones
y te cambias el rostro en cada suerte
y vuelves a la vida y a la muerte
con una vanidad empecinada
hecha de polvo, de ceniza y nada
y aguardas rosa de la mano amiga
y de la mano sin amor ortiga.
Pero sabes que todo está en tu sueño:
ortiga y rosa, soledad y leño.
Eres trágico así y eres culpable.
Si eterno, te defines deleznable.
Si santo, buscas torpes tentaciones.
Si valiente, te ensucias con pasiones.

Eres trágico así y eres absurdo
cuando te vistes con el gesto burdo
y abismas en fracaso abominable
el bien, de cuya norma eres culpable
y cuando hieres con tus propias manos
tu propio corazón en tus hermanos
y descargas la furia de tus brazos
sobre el propio dolor de tus pedazos
y destruyes los sueños de ti mismo,
lanzando lo que es tuyo hacia el abismo.
¿Cómo puedes herir a la criatura
que es una imitación de tu figura?
¿Cómo puedes gozar del cataclismo
si está hecho todo en carne de ti mismo?
¿Si el cielo, la perdiz y la cabaña
salieron desde el fondo de tu entraña?
¿Si la bestia que pace y los pastores
tienen tu amor y tienen tus dolores?
Hombre que todo lo soñaste un día,
no puedes solazarte en la agonía.
Y no puedes mentir que son mil vidas
ajenas a tus manos atrevidas.
Eres uno, el primero, el que hizo todo.
Blanca la nieve blanca y negro el lodo.
El que duerme en las hondas sepulturas
y despierta después en las criaturas.
El creador de sí mismo, el propio dueño.
El responsable de su enorme sueño.
Deja tu vanidad empecinada
hecha de polvo, de ceniza y nada,
y vuelve a ser el ángel legendario
que hizo la cruz y que labró el rosario.
No puedes ver morir con sorda calma
las cosas que pariste con el alma.
Nada menos que tú, que eres poeta
y fuiste tu factor y tu profeta.
Nada menos que tú, que de tan noble
trajiste hasta tu casa el pez y el roble.
Y que hiciste infinita la medida
para encoger tu imagen y tu vida.
Y que al solo fervor de tu mirada
dibujaste los cosmos en la nada.
Y que al solo temor de hacerte malo
nombraste un juez y le entregaste el palo.
¡Cómo puedes fraguar maldad y muerte
si hiciste a Dios para no ser tan fuerte...!



Jardín zoológico

Si yo tuviera un sánguche de queso,
un jarrito de lata,
un guardapolvo blanco,
treinta condiscípulos y un chocolatín,
en un coche expreso del Anglo,
haría una excursión al Jardín.

Mi maestra de humildad enlutada,
(así la recuerda el corazón)
acentuaría el impulso cotidiano
del neurasténico coscorrón.

Maestrita malhumorada
por culpa de la soltería,
pero sin embargo humana
como una hermanita.

Queremos ir contigo
y no con la directora,
que casi siempre es una señora
mayestática e incomprensiva.

Tú irías con los zapatos gastados,
yo con los trompudos de charol
y el flaquito del banco de al lado
con los pantalones remendados
en forma de desilusión.

Yo quisiera que vayan todos,
todos los que fueron ayer,
con los mismos trajecitos,
con el mismo orgullo
y con la misma sencillez.

Pero pido tan sólo una cosa,
una cosa que está en la garganta.
Permiso para ir con el flaquito
y cederle la ventana.

Para no reírme de sus pantalones
y para esconderle el brillo de mi botín
y para darle medio sánguche de queso,
igual que Carlitos Chaplín.

Si yo tuviera treinta condiscípulos
y una maestra y un chocolatín,
iría de nuevo al Jardín.
Entonces el purrete que llevo en mi hombría,
mataría a aquel hombre que hubo en mi niñez.



María

Heroína de tango, te llamabas María.
Tenías ojos negros y ganas de soñar.
Me contabas historias que entonces te creía,
y hasta me hacían llorar.

Para mi adolescencia eras la Magdalena
del pecado inconsciente y del padre borracho.
Por eso tu palabra me llenaba de pena.
¡Es que era un buen muchacho...!

Te besaba en las manos, te recitaba versos
y te leía cuentos de Gogol.
Y cuando abandonábamos aquel antro perverso
íbamos a los parques a ver nacer el sol.

Una vez me pintaste la miseria de tu hogar.
Y al verme entristecido,
en un golpe de histeria te pusiste a llorar.

Te consolé juntando las palabras más buenas
y te ofrecí la salvación
y te hablé de una vida serena
donde se unían tu nombre y mi ilusión.

No volví a verte más desde aquel día.
Te perdiste en la sombra y vanamente te busqué.
Pensé en tu desamor, en tu falsía,
te maldije y lloré.

Heroína de tango, la vida dura,
me fue quitando aquella ingenuidad.
Pero he vuelto a creer que eras pura
y a saber que tuviste piedad.



Douglas Fairbanks

Era un galán jocundo
que se casó una tarde
con la novia del mundo.
Había nacido en Denver City,
capital de un estado
que el Arkansas alegra,
corriendo entre cañones
trazados en la piedra.
Fue jugador de bolsa,
estudiante de minas
e intérprete de Shakespeare.
De su ciudad natal
que humedece el South Fork
pasó de un salto
al cielo de New York.
Y trajo de su Denver,
tierra de la ilusión
donde van los enfermos
que sufren del pulmón,
la limpieza del aire
y hasta la pretensión
de haber vivido en Araphoe
donde el pecho descansa
y la poesía roe el corazón.

Tenía “sex appeal” español.
Es decir brillante la mirada,
el caminar magnífico
y una flor en la risa.
Una flor decorada
con pétalos de dientes
y nácar de dentífrico.
Se enamoró tres veces
y se casó otras tantas.
Una vez con la madre del muchacho
que prolongó su estampa.
Otra vez con la novia de todos.
Mary Pickford, la dulce,
y la quiso a su modo.
Un modo de magnate
con castillo de piedra
escondido en la tarde
entre muros de hiedra.

Trabajó en cien películas
vestido de corsario
escalando ventanas
con músculo ligero
y gastando el florete
en los pechos falsarios
y sacando el sombrero
y haciendo el saltarín.
Porque en su estilo,
era un poco mosquetero
y un poco bailarín.
Nuestra infancia lo evoca
con las manos en guantes,
que parecían charol,
marcando con “zetas”
de su seña infamante
la frente del traidor.
Pero eso era en la pantalla
donde el amor se cumple
y la amistad estalla.
En la vida privada
era exuberante
que amaba el esplendor
de las cosas brillantes.
A su casa llegaban
y eran agasajados,
príncipes sin destino
y reyes destronados
y condesas y aristócratas
de las tierras demócratas
—hubo algún argentino—
que ilustra su moderno blasón.
Y también se asomaba
desparramando “splín”,
la sonrisa cansada
de Carlitos Chaplín.
Chaplín, que no gustaba
de ejercer ese boato,
y que no era corsario
y no era bailarín,
con un chiste muy fino
lo dejó turulato
y le mostró de golpe
su sueño de aserrín.
Douglas tenía el eterno
deseo de viajar
y juntando canciones
dentro de la victrola
y una corte de amigos,
se lanzaba a la mar
donde lo hacían soñar
los vientos y las olas.

Para ser como Drake
le faltaba fierez
si le sobraba empaque.
Lo traicionaban la sonrisa
y el afán de la luz.
Y, tal vez, el dinero
y la mala cabeza.
Porque se hastiaba mucho
y porque estaba viejo
y porque con crueldad,
la verdad del espejo
le presentaba arrugas
profundas en la piel,
con actitud histérica
cometió el disparate
de romper el consorcio
con “la novia de América”.
¡Y pedir el divorcio...!
¡Y casarse otra vez...!

Su gesto fue el contraste
de lo que no se espera.
Y entonces se hizo al mar
buscando aturdimiento
y desde la distancia
le mandaba a su nuera
—Joan Crawford— cien consejos
de sano entendimiento.
¡Douglas dando un consejo...!
¡Pobre...! ¡Ya estaba triste...!
¡Pobre...! ¡Ya estaba viejo...!
Para ser fiel en todo
y epilogar en fuerte
brincó un salto mortal
y cayó con postura final
ante el umbral de la muerte.

Denver City,
donde canta el South Fork,
lo espera con su tierra
para brindarle osario.
Porque no es en Los Ángeles
y tampoco en New York
donde debe dormir
con gesto de corsario.
Es en la capital del Colorado
donde van los enfermos
que sufren del pulmón.
Entre cuencas hulleras,
bosques, rocas y nieves.

En el Condado de Araphoe
donde están los lectores
que lloran por Poe.
Y donde, a veces, llueve.
Donde reina un silencio
de alfombra de aserrín.
Donde una tarde de éstas,
revoleando el bastón,
llegará la tristeza
de Carlitos Chaplín
a despedirlo en nombre
de la generación
de niños que lo vimos
alegre y saltarín
escalando balcones
para marcar con “zetas”
rojas a la traición.



La muerte de Quiroga

La gente le previene y él no les hace caso
y piensa mientras muerde su labio sin bigote,
—¡No han nacido los machos que me salgan al paso,
ni se templó la daga que me corte el cogote...!—

“Pucha con este Ibarra siempre tan desconfiado
y con esa manía de endilgarme un consejo,
nada menos que a mí que empecé de soldado
y llegué a general regalando pellejo”.

Le asustan a la gente que lleva en el cortejo,
con cuentos de camino y crímenes villanos,
como ser, las memorias de aquel sangriento viejo
que galopó dos leguas, las tripas en las manos.

—¡Déjense de pavadas y enganchen la galera...!
por cuenteros y maulas les metería una soba.
¿Qué quieren, que a mis años pida la escupidera
y me quede en Santiago masticando algarroba...?—

La mañanita brilla con un sol de verano.
A la vieja del mate le tiembla hasta la espuma.
Ella tuvo un valiente que partió con Belgrano
hasta que lo tripearon los cuervos de Ayohuma.

“Siempre los cordobeses metiéndose en la fiesta.
No se les puede dar ni un chiquito de lazo.
Si son como esas moscas que zumban en la siesta
y escapan en cuantito lo ven mover un brazo”.

Los algarrobos gozan en el viento temprano.
El carruaje está listo y listo el contingente.
Quiroga revolea su vicuña riojano
y vivando su apodo lo despide la gente.

Hay un poco de pena en el coro apagado.
No es un grito violento sacudiendo el estío.
Es un viva de muerte, con un eco enlutado
que se pierde sin alma en la arena del río.

Un arreador trenzado de afinada puntera
refusila chasquidos sobre el aire del anca
y las yuntas sacuden la lujosa galera
y se escucha el quejido de la rueda que arranca.

“¡VIVA EL TIGRE...!” le gritan Ibarra y sus mesnadas.
Ya Quiroga está sordo a ese viva ladino
y mira sin mirar dos nubes coloradas
que ensangrientan el fondo de su cielo argentino.

El coche cruza el campo repechando albordones,
después de hacer un bado cejeador en el río
y costea las chacras de dorados melones,
que maduran al fuego de los hornos de estío.

Una paisana asoma con su alforjón peruano
tranqueando al contrarumbo de la ilustre galera
y al ver de qué se trata saluda con la mano
y haciéndose a un costado, bajo un mistol espera.

Entra un polvo de arena que los párpados cierra.
A Facundo, entre sueños, le trabaja una idea.
“¡Para qué tanto miedo si no estamos en guerra...!
¡Si aura es hombre de paz y no busca pelea...!”

“¿Acaso no está allá comandando las cosas
Juan Manuel, su compadre, su aparcero, su hermano...?
¿Acaso no comprenden que si él le pide a Rosas
el favor de un castigo, le va a dar una mano...?”

De pronto le pregunta con burla y de sorpresa
al Coronel Ortiz que le tiembla el camino.
—¿Moriremos los dos en tierra cordobesa
o seguiremos viaje como cualquier vecino...?

El coronel contesta de manera evasiva
él ha oído decir que en Córdoba es la cosa.
Por algo en Buenos Aires en forma persuasiva
les quiso dar escolta don Juan Manuel de Rosas.

—No se escribe la historia con sangre de gallina...
¿no entiende, coronel, que le estoy dando soga...?
No ha de haber en la patria una mano argentina
capaz de asesinar a Facundo Quiroga.

Se apacigua su orgullo en ese enorme alarde.
Contento de sí mismo reclina la cabeza
y se tira a la sombra propicia de la tarde
con un aire de tigre que regusta la presa.

Baraja los recuerdos el Tigre de los Llanos.
Desfilan los lanceros tras la bandera negra
y le brindan aplauso los pueblos soberanos
que buscan el perdón de su tropa altanera.

Y vuelve a hacer arreos en estancias salvajes
y se llena de fuego su cuatrera demencia,
mientras sus milicianos van pechando el vacaje,
que se clava en las patas y se afirma en querencia.

Él es un general de machete y espuela,
con nalgas para el trote y sangre de pelea;
no como el manco Paz, contador sin abuela,
que le ganó dos manos peleando a la europea.

Y evoca aquel instante cuando en un largo pliego,
don Juan Manuel de Rosas le anotició en detalle,
de la trágica muerte del Coronel Dorrego
y el motín decembrino del faccioso Lavalle...



Poema

Soy un obrero de tristeza.
La esconderé detrás de todas las carcajadas
y cuando nadie me vea seré con ella.

Un muchacho se tiró desde una esperanza.
Nadie quiso reírse de su cadáver.
Tan sólo un poeta no le tuvo lástima.

El hombre estando solo es estoico.
Si no, se moriría de pena.

La soledad es la altura de uno mismo
y la desilusión es un vértigo.

Hay un mejor equilibrio: la muerte.
Y hay una mejor dulzura: el reposo.

Hay cosas que recordamos no haber dicho nunca
y palabras cada vez más nuevas.

Con eso se puede hacer tristeza
sobre la dulzura agonizante de un amor
o sobre el amor en equilibrio mudo.

Pero algún día por París o por Pekín o por Leningrado,
lamiendo la pared con la sombra,
no me acordaré de tu nombre.

Tan sólo un sonido,
o una copa, o una palabra,
o cualquier ruido vacío,
puede resucitarte en amor.

Entonces serás amarga.



Si una vez


Si una vez, pensaras en la sinrazón de los resortes
que mueven esos gestos donde se afirma tu importancia.

Si una vez, te miraras en el espejo desnudo de la naturaleza
y pudieras salir de las formas que te envuelven
para medir las líneas de tu caricatura elegante.

Si una vez, pudieras hacer el balance de tus ideas
para comparar su saldo con la sabiduría de las estrellas,
de los pájaros, de las hierbas.

Si una vez, el monstruo estúpido de tu razón
pudiera asomarse al misterio de la eternidad.

Si una vez, pudieras ver la suciedad insaciable de tus manos
y fueras capaz de sentir náuseas ante el espejismo del oro.

Si una vez, solamente, compararas la tormenta artificial de tu carne
con la limpia fecundidad de las bestias.

Si una vez, te pudieras transformar en el juez y en el verdugo de tus culpas.

Si una vez, las lágrimas de tus ojos te alcanzaran para llorar tus errores
y tus palabras fueran suficientes para pedir perdón.

Si una vez, en la soledad de tu propia conciencia pudieras sentirte
el más humilde y el más malo y el más incapaz y el más inútil.

Si una vez, sintieras la sed de todo lo que te falta
y la repugnancia de todo lo que te sobra.

Si una vez, frente al misterio de Dios, pudieras descifrar su mensaje.

Si una vez, pudieras cerrar los ojos, sin encender en el alma
la envidia, el deseo, la ambición, el egoísmo.

Si una vez, te dijeran que no supiste querer a tu madre,
a tu padre, a tu hijo, a tu hermano, a tu amigo.

Si una vez, fueras capaz de dar la razón a los que llamas tus enemigos.

Si una vez, pudieras entrar en la luz de la santidad sin una palabra en los labios.

Si una vez, tus ojos creyeran sin ver y tus oídos tuvieran fineza
para escuchar la voz del corazón desnudo.

Si una vez, no sintieras horror ante la muerte por amor al placer de la vida;
o si sintieras amor a la vida sin necesidad del horror a la muerte.

Si una vez, te pudieras olvidar de tus triunfos, y de tus derrotas...
habrías justificado tu existencia.



Monedas de poeta

Quise ahorcarme en la trenza de tu cigarro rubio
cuando desde tus labios cargados de secretos
recordé la cortada por donde iba mi infancia
destrozando la suela de mis zapatos nuevos.

Yo no soy el ideal de tu sabiduría,
mitad galán de cine y mitad pugilista.
Soy un poeta moderno que ambula por las calles
evocando mis sueños, que son disconformistas.

Sin embargo te quiero porque sé que en tu vida
hace falta un muchacho que te cante pavadas
y que ponga perfume de poeta en la nafta
de tu coche lujoso, de tu coche sin alma.

Un muchacho humilde, sentimental y bueno,
que justifique el brillo vano de tus monedas,
comprándote con ellas montones de paisajes
montones de paisajes y un anillo de piedra.

Que te lleve por todas las calles apartadas,
que te cante tragedias de novios y de celos
y que al pasar contigo debajo de los árboles
aproveche la sombra para robarte un beso.

Un muchacho que un día, de tonto o de loco,
cuando menos lo pienses, vuele de tu existencia,
dejándote en un sobre, encima de la mesa,
unas cuantas mentiras... monedas de poeta.



Reminiscencia

Alrededor del alma gira y gira la historia
de un inútil recuerdo. (Inútil y querido).
Se fue por los caminos de la mala memoria
y retorna a mis versos como un niño perdido.

Era (la reconstruye vaga reminiscencia),
una dulce muchacha (prefiero dulce y triste).
Tenía, lo supongo, el temblor de la ausencia.
(Tengo que suponerlo, puesto que ya no existe).

Era (y hablo en pasado perfecto e imperfecto),
el vuelo fatigado que se posó en mi nido.
El tener pocos años fue mi enorme defecto
y mi culpa, la culpa de amontonar olvido.

Tal vez fue la más triste o fue la más sincera.
Tal vez la que me hubiera colmado de alegría.
Tal vez la que en el manso suceder de la espera
destejía en la noche los telares del día.

El mínimo rumor de su paso sin ruido
la trajo blandamente hasta un rincón cercano.
Con presencia de arena yo sé que la he tenido
y sé, también, que luego, se me fue de la mano.

Después busqué su vida en sórdidos intentos,
repitiendo su nombre, recordando sus ojos
y cavando en la tierra de mis remordimientos
con la mala esperanza de encontrar sus despojos.

Pero no es ni la luz que de pronto se apaga
y titila en el fondo de la noche perdida.
Es una estrella muerta, una estrella que vaga
más allá de ese cielo, más allá de esta vida.

Andará sobre el polvo que transitó mi paso.
(Caminos extraviados. Calles de pueblos viejos).
Y habrán de acompañarla en la hora del ocaso
las heladas imágenes que dejó en los espejos.

Estará acurrucada al lado de los días
que, sin duda, he vivido pero que no memoro,
junto con las palabras que una vez fueron mías
y los paisajes muertos por los que a veces, lloro.



Fuente: Homero Manzi y su tiempo de Horacio Salas/ Eurindia.galeon.com
http://ar.geocities.com/webratacruel08/enverso08.htm