domingo, 7 de octubre de 2007

Raúl Zibechi: Un muerto que no para de nacer

ALAI AMLATINA, 05/10/07, Montevideo.-
Lejos de la opción ideológica o del “consumismo burgués”, a 40 años de su muerte, para una porción significativa de jóvenes el Che parece representar la resistencia al conformismo.

Tiene sólo 20 años y ninguna camiseta con la imagen del Che en su
ropero. Pero cuando tuvo que concurrir al programa de tevé Locos por
Saber representando a su liceo, se decidió por el desafío. Pidió
prestada una remera con la emblemática imagen a un amigo y se presentó
con su mejor sonrisa ante las cámaras. “Fue por rebeldía”, razona
Yamandú. “El programa lo auspicia la secta Moon…”. No hace falta dar más
detalles. En las culturas juveniles las palabras sobran y las imágenes
no necesitan explicaciones. La contundencia del gesto de Yamandú lo dice
todo.

Entre los jóvenes la imagen del Che aparece asociada a una concepción
mestiza de rebeldía, alejada de cualquier filiación política u opción
partidaria. Quizá sea Maradona, con su Che tatuado en el hombro que
enseña con desafiante orgullo, el mejor ejemplo de esa rebeldía
espontánea lindante con el desafío. Para quienes suelen leer la vida en
clave ideológica, ese mestizaje resulta incomprensible; condenable por
ecléctico, poco sólido, incoherente. Sobre todo cuando la efigie del
guerrillero parece intercambiable con la de personajes como Bob Marley,
otro icono habitual de laos decorados juveniles, con quien comparte un
aura de provocación y rechazo al doble discurso.

Maxi, 22 años, estudiante de sociología, tiene por el contrario una
visión diferente del personaje que en forma de pegotín luce en su
matera. “Es el símbolo de la revolución, de la entrega, del sacrificio
por una causa”, explica en un lenguaje que no ahorra conceptos. Este
caso representa una inequívoca construcción que hace de la coherencia su
razón de ser. Aún así, Maxi combina la ideología con los afectos, una
combinación que se ha mostrado imbatible en el imaginario juvenil.

Entre ambos extremos, por decirlo así, viven muchos Che: desde la chica
que enfatiza en la “estampa”, hasta el “porque sí” incrédulo que no
entiende porqué haría falta una lógica que explique un gusto, una opción
estética o una afinidad política. Ahí radica, quizá, la fuerza de la
imagen que Ernesto Guevara trasmite a generaciones que no vivieron el
clima de confrontación de los sesenta y los setenta, pero tampoco
conocen detalles de la vida del guerrillero, más allá del constante
“murió peleando” o “dio la vida por sus ideas” que repiten unos y otras.
Puede sospecharse, aunque es difícil encontrar quien lo formule de ese
modo, que el Che es sentido como un héroe, más cultural que político, en
el sentido partidario del término. De ahí que en tantos lugares aparezca
junto a otros “héroes” vinculados a la música y al deporte, en general
varones que vivieron a contramano de lo establecido.

En todo caso, preguntar a los jóvenes por razones a la hora de saber los
motivos de una elección –como hizo este cronista- es casi herejía que se
paga con indiferencia. El historiador peruano Alberto Flores Galindo
observa en su país cómo la imagen del Che acompaña a las estampas del
Señor de los Milagros o a la Virgen del Carmen. Concluye que se trata de
“la reelaboración de un personaje histórico desde la cultura popular”,
lo que explica que se lo emparente con vírgenes y santos, y no de una
herencia de los sesenta como en ocasiones se pretende. Quizá esa
reelaboración popular explique porqué en el Río de la Plata, el Che
aparece en las tribunas donde las barras bravas agitan banderas manyas o
tricolores. Qué otra cosa podría ser el Che en estos pagos sino un icono
asociado al fútbol.

Si fuera cierto que estamos ante una reelaboración popular-juvenil de un
mito, asentado en un personaje histórico que en sólo cuatro décadas
sobrevuela invicto desde la crisis del socialismo real hasta la
dificultad de las izquierdas a la hora de cambiar el mundo, sólo sería
comprensible desde el interior de esa cultura, desde sus códigos, modos
y formas de vivir el presente. Es en este sentido que la expansión de la
iconografía del Che no puede sorprender a nadie. ¿Podrían acaso los
jóvenes mitificar algún futbolista cuando asistimos al estrepitoso
fracaso del principal deporte nacional? Dicho de otro modo, ¿hay algo de
heroico en nuestra sociedad, en sus gobernantes, en sus intelectuales,
en sus artistas, que merezca convertirse en icono, en representación de
los sueños de los adolescentes? Mientras esto siga siendo así, y quizá
aún aunque cambie, la imagen del Che seguirá sonriendo en el imaginario
juvenil.


Raúl Zibechi
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ALAI - 30 AÑOS