domingo, 7 de octubre de 2007

Miriam Cairo: Alguien sostiene un suspiro

I.

El tono de este texto no es recomendable. Pero tampoco es una opción la intransigencia de aquellos que tienen el consentimiento de una multitud.

II.

La felicidad de ellos se transporta en un carruaje tirado por linces, seguido de estruendosos tambores, pífanos y panderos. Mi felicidad, en cambio, viene en taxi y con una tristeza a cuestas.

III.

La felicidad de aquellos llega siempre a la misma hora, todos los días de sus vidas. Por su parte, mi felicidad llega cuando puede y es preciso asirla en ese instante, antes de que se evapore su mínimo suspiro. No conoce a mis vecinos. No atiende el teléfono fijo. Sus pasos dejan huellas invisibles en mi jardín y escondo su aliento en el aire que respiro.

IV.

El carruaje tirado por linces, conduce a la felicidad de los otros, hasta que la muerte los separe, en cambio mi felicidad dura hasta que el próximo taxi la retire. Aquel carruaje empuja una felicidad tan absoluta, tan obvia, que ninguno de quienes la poseen atina a verificar si está viva. Pueden pasar toda una vida durmiendo con su cadáver en el costado de la cama porque en esa falta de vitalidad encuentran el alivio que necesitan.

V.

La felicidad de los otros ostenta una impávida naturaleza de molusco. El recorrido de sus días es una línea recta. Su atadura es un cordón umbilical inextinguible. En su territorio, nunca se hunden los cielos ni emergen los abismos. No hay ni siquiera un pliegue en la corriente inmóvil de sus días. La felicidad que poseen es tan inocua que no necesita preservativos.

VI.

A ellos, ningún sueño impúdico los sobresalta. Jamás les ha hecho falta tampoco, apoyar los talones contra un mueble para embestir con más fuerza un ano ceñido. Nunca han padecido un fuego abrasador que les dilate las pupilas, ni han encontrado un motivo febril que les haga perder el colectivo. Aclaro esto como una advertencia a muchas cosas improbables que se nos pudieran ocurrir: la máquina perfecta de esa felicidad no se masturba en las tardes de domingo.

VII.

Por su parte, a mi felicidad le gusta la música y el vino. En el mundo de los otros, esto es bien notorio, pero los otros no saben hasta

qué punto este placer puede convertirse en un encantamiento. A mi felicidad urgente, la desvisto al son de la garganta de Martirio. Mi felicidad me obsequia la imagen desnuda de su cuerpo y el olor inflamado de sus ingles. En mis huecos mantecosos, ella derrama el jarabe del olvido. Como una pluma flota en la punta de mi lengua. Bebemos lágrimas, sudores y orines. En pocos segundos ya no quedan rastros de aquella cotidiana y tranquilizadora necrofilia.

VIII.

El duro esqueleto de la felicidad de los otros es imperturbable. Nada lo rompe. Ni una tristeza lo derrumba. Ni una sospecha de infidelidad lo resquebraja. Se sostiene a sí mismo como una armadura mental. Quien posee esa clase de dicha forma parte del mundo. Tiene los dos pies enterrados en el mundo. Todos los relojes giran en torno a sus horas. Su poderío es extraordinario. Ni siquiera necesitan decir algo encantador, lúbrico o festivo, porque las palabras que prefieren petrifican el glacé antes de que se chorree por debajo del ombligo. Mi felicidad, en cambio, me quita los pies del mundo y me hunde el enterito de modal hasta el abismo.

IX.

Cuando llega a casa, mi felicidad se hace fuerte. Se reconoce a sí misma. Se permite la propia luminiscencia. Bebe mi vino, se desnuda y no tiembla. La pesada osamenta de la felicidad ajena se vuelve fina y volátil. La felicidad de los otros es de arena. Y por más golpee la pared con la cabeza, por más que chille detrás de la puerta y nos quiera inhibir con el resplandor de su alianza perpetua, mi felicidad no se inmuta. No profana el momento en que es reina.

X.

La gran felicidad de los otros, que sea para los otros. Yo sólo quiero la mía, la pequeña y resplandeciente mía, la que inhala mis efluvios de amor y perdición, la que sofoca mis temblores finales con nuevos comienzos.

Hay un mundo que está donde está ella y un mundo fuera de ella. Pero fuera de ella, el mundo con sus lloronas, sus consortes y sus bellas durmientes, ni siquiera es una cosa fiable o valedera.


Miriam Cairo
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