domingo, 7 de octubre de 2007

Mónica Russomanno: Las hamacas de Firmat

Se mueven solas las hamacas en la plaza, se hamacan las hamacas, pero
sin niño montado, sin niña, sin madre o padre que las empuje, se diría que
sin propósito.
Un hombre detiene el baile de una de las hamacas para sacarle una foto,
la hamaca, diligentemente, reanuda su balanceo. Las filman, las miden, las
huelen, las vigilan. Las hamacas se siguen hamacando a si mismas, sin niño
visible, sin mano fantasmal. Sólo se cantan quedo a sí mismas mientras
transcurren los espantos, los asombros y las indiferencias. Salen por la
televisión, hablan de ellas en la radio, veo la noticia al abrir mi correo
en internet.
Las hamacas de Firmat se hamacan, se hamacan, y no saben que se hacen
famosas.
Probablemente, se sienten solas. Y no es la Virgen que se aparece en
una mancha en la pared, no es el Jesús que sangra en un altar ni los pasos
en la escalera donde murió, y aún no lo sabe, el abuelito.
No, las hamacas no tienen ningún mensaje. Al menos el mensaje no es
evidente. Qué puede significar un juego infantil que se juega a sí mismo.
Qué quiere decir esa ausencia de niños en esas tres porfiadas hamacas de
Firmat. Ellas no lo dicen. Se mueven hacia atrás y hacia adelante. Es el
único lenguaje que poseen, efectúan su signo incomprensible, empeñosamente,
dibujando una y otra vez tres pequeñas curvas en el aire que no guarda
escritura.
Un anciano se acercó el otro día en el geriátrico, y me dijo con enorme
convencimiento algo que no pude entender. Le dije que si, que si, y él se
fue vacilante con su gorra de fieltro y una sonrisa desdentada. Un nene
lloraba en la escuela, y no pude saber por qué. No supo decirlo, quién sabe
qué pasa en su casa, qué angustia difusa se le extiende alrededor y él no
sabe por qué necesita llorar, pero llora. Una planta se secó y no le faltaba
agua ni luz pero se empecinó en ir muriéndose de a poco. Un perro me miró en
la calle, y parecía que quería decirme algo; los ojos eran demasiado humanos
en esa inhalación, en ese instante previo a la palabra. Pero no pudo decirme
nada.
Puedo intentar poner palabras a los silencios o a los sonidos que no
logran transmitir un significado. Puedo inventar. Pero no puedo saber.
Los ancianos, los perros, los niños, todos nosotros nos balanceamos,
nos hamacamos, escribimos en el aire con el anhelo. Tratamos de poner
palabras al silencio.
A veces nos escuchan, nos huelen, nos miden o nos vigilan. Y, algunas
veces, cuando el viento es favorable y alguien se detiene un momento para
mirarnos a los ojos, nos comprenden. Esa es la verdadera maravilla.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com