sábado, 31 de octubre de 2009

Los textos de Mario Capasso



Flores

Convencido de las dificultades de un acceso carnal más o menos rápido, quise probar si la convencía por el lado de la belleza romántica y de la caballerosidad.
Le llevé un ramo de flores y se lo entregué apenas abrió la puerta.
Ella lo recibió y me hizo pasar.
Ya en el interior de su hogar, qué original, dijo.
Se expresó, además, con palabras de agradecimiento.
Me ofreció una silla en la sala, que no era muy grande, más bien todo lo contrario.
Ella, después de dos o tres frases comunes, a las que contesté de la manera más común posible, sugirió poner las flores en un florero.
Dijo confiar en que todavía le quedara uno libre y que, si yo le concedía un permiso provisorio, ella saldría unos momentos de la sala y lo traería enseguida.
A su regreso, toda contenta por el hallazgo, manifestó que había tenido un día ajetreado, muy movido, creo que dijo, pero eso no le importaba en absoluto y no quería convertir su pasado reciente en una excusa, remarcó con una sonrisa. A continuación, comentó que la brevedad de la vida la tenía apesadumbrada y que yo no me iría de allí sin antes tomar una linda copita de licor y sin haberme acostado con ella, aunque sea un ratito, dijo.


Butaca

En el cine de mi barrio existía la butaca más incómoda del mundo. Yo solía sentarme en la de al lado. Iba casi todos los días, después del colegio. Nunca vi allí una película completa, pero me divertí mucho en el cine de mi barrio, que ya no existe, existe tan solo la incomodidad de su recuerdo, que no tiene fin.


La mujer de mi vida

Cómo olvidarla.
Nos conocimos un 9 de setiembre. Bien pronto rompió con el amante de entonces. Él, de algún modo, había posibilitado nuestro encuentro, aunque jamás quiso aceptar el hecho, se perdió como un polvo en la tormenta. De esa manera, sin interferencias ni remordimientos, ella y yo nos enredamos en un juego de risas y lágrimas, donde cada uno daba lo mejor, mezcla de candor y pasión.
Aquel primer encuentro sólo puedo evocarlo a través de sus palabras, tantas veces me lo refirió que acabó impregnando mi conciencia con su relato. Ella contaba de su amor a primera vista o decía presentirme y amarme desde antes, desde siempre. Exageraba tal vez, pero me gustaba oírla. Contame, le decía, y sellaba mi ruego con un beso.
Su cuerpo, que tan bien conocí, me dio a beber los jugos más sublimes y a su lado me hice hombre. En las primeras épocas la despertaba a horas despóticas y ella se entregaba sin reparos para saciar mi hambre ingobernable.
En la casa, como una esclava, sometía su voluntad a mis caprichos. Y por las calles, tomados de la mano, ambos parecíamos chicos. La gente nos miraba jugar a querernos, dueños de las plazas y los parques.
Pero los años pasaron como un canto que apresuraba las notas. Todo tiene un final y yo, atraído por fuerzas misteriosas, me fui alejando, me fui alejando, lentamente, inexorablemente. Aún recuerdo su gesto de cansancio en aquella tarde. Parecía una mujer muy vieja, el cuerpo apoyado en el marco de la puerta. Ella lloraba y yo partía, descreído de su llanto, confiado en sonrisas que prometían otros cuerpos, otros sabores, otros juegos.
A lo largo de mi huida conocí mujeres diferentes. Y a todas les mentí que las quería. A veces, un vago sentimiento de traición me recorría el cuerpo y amenazaba disminuir mi empuje, pero conseguía seguir adelante y las otras me creían o fingían creerme, me gritaban su fe en la cara o me la confirmaban de espaldas. Hasta que el día menos pensado la mentira era descubierta y yo aferraba mi decepción a su figura. La imaginaba en la puerta, como una novia que esperara en un altar de mármol y paciencia.
En algunas ocasiones volvía a verla, mas todo había cambiado entre nosotros. Ella hacía preguntas y yo me refugiaba en mi disfraz de señor preocupado en asuntos importantes. Separados por la mesa, la miraba envejecer y dejaba correr las horas.
La última vez me pareció notar en su cara el signo de la enfermedad que no tardaría en matarla. Pero eso lo pensé después; en ese momento, indiferente y fatal, reincidí en la vanidad de suponerla eterna.
El teléfono sonó esa madrugada y yo corrí como si aún fuera aquel joven. Pero su tiempo había quedado atrás.
Desde entonces, dos veces al año visito la tumba. Dos citas para enfrentarme con su foto y los fantasmas. Una, en el día de su cumpleaños, cuando el gentío de enero se va y abandona las flores que se resecan al sol y sólo los gatos buscan la sombra. Y otra vez, en días como hoy, cuando las flores se encarecen y ya no caben y son tan bellas como inútiles, pues no pueden expresar los silencios de antes.
Cómo olvidarla.
Ya voy para allá. No sé para qué pero dentro de un rato estaré con ella, en el cementerio, preguntándole lo que ya sé o debería haber sabido. Así, a solas entre la muchedumbre, cada tercer domingo de octubre.

Mario Capasso
http://www.textos-en-escombros.com.ar/