domingo, 9 de diciembre de 2007

Walter Rago: Algunos textos

Si entonces…

Si la poesía sirviera para impermeabilizar el techo que gotea, si pudiéramos preparar para los eternamente amargos salsa de capullos de ternura, si ante un desfile de escribanos pudiéramos arrojar desde las terrazas paquetitos de lavanda que al rozarlos los convirtieran en honestos anarquistas…Si las fronteras se fueran convirtiendo lentamente en un mito inexplicable…Si la esperanza nos mojara desbordante como juguitos sexuales…Entonces… ¿Me invitarías a saborearte en tu casa o voy a tener que seguir escribiendo estos mensajes en el aire?





Pertenencia


Esperaba una noche sin nubes. Colocaba el telescopio en la terraza. Les señalaba en detalle las cuatro estrellas. Ellos no veían nada. Insistía. Les mostraba el brillo de unas y de otras. Él las veía ¿por qué ellos no? Entre las miles de estrellas, se podía ver claramente la figura que formaban. Al rato se iban todos, hastiados de algo que se había repetido tantas veces.

Costaba reconocerlo, pero quizás tuvieran razón, la cruz del sur ¿qué podía estar haciendo en la noche de Berlín?



Normalidad


Realizados los censos, identificadas las costumbres típicas, graficadas las estadísticas, decretadas las pautas y ya cumplidas las campañas correctivas, casi todos en la comunidad han sufrido algún tipo de amputación. El problema con los investigadores de la normalidad es que se convierten rápidamente en cirujanos.




Cigüeñas


Desde el piso 18, sobre la avenida Rosario, descubre que todos los atardeceres, pasan cigüeñas volando desde el río hacia el sur (quizás Villa Lugano). Tienen un movimiento pausado y elegante. Nadie le cree.

Sin embargo, los mismos que no le creen, suelen conversar apasionados sobre resultados de encuestas, tasas de interés bancario y otros miles de artilugios de fantástica invención.

Cuando le pasan estas cosas vuelve a su casa y observa largamente una azalea o acaricia la piel de su tortuga y para tratar de entender este mundo, mira la televisión durante horas, apagada, por supuesto.




Los mil y un engaños


Cuando la hermosa Sherezada salvó su vida narrando al rey, noche tras noche, maravillosos cuentos y postergando la ejecución a la que estaba condenada, no imaginó las consecuencias de su astucia.

Desde entonces, cuando los sultanes, reyes, presidentes y poderosos de toda especie, ven llegar el final de sus días sentenciados por los pueblos, consiguen salvar el pellejo contándonos los más maravillosos e insólitos cuentos, noche tras noche, año tras año, gobierno tras gobierno…





Palabras en los bolsillos


El último otoño, entre las plantas del Parque, brotaron palabras. Son de todas las clases y texturas. Todos nos sorprendimos y mientras muchos las apartaban con el pie con indiferencia o las arrojaban en los cestos, otros comenzamos a juntarlas. Cuando llené una bolsa, las llevé a casa y las guardé con cuidado en cajitas y botellas. Me gusta desplegarlas, tomar mate mirando una crisálida o un pigmento. En el espejo del baño tengo colgada un laud y en el living dejé flotando tres, una almendra, una transparencias y un astrolabio. Con el tiempo nos dimos cuenta que todas las palabras que crecieron son diferentes, no hay dos que se repitan, esto originó un trueque espontáneo, con la vecina del segundo piso cambiamos una cadencia por un trópicos. A veces las preferimos por el significado o por lo que evocan o simplemente por el sonido, tengo por ejemplo una kwispel, me enteré que es holandesa y me gusta su música. Cuando salgo siempre llevo un puñado en los bolsillos, para poder mirar un vitraux antes de entrar al trabajo o dejar una revelación en las góndolas del supermercado.

Esta mañana nos levantamos con gran ansiedad, dicen que en los árboles del Parque han florecido miles de letras. Con mis amigos ya planeamos armar algunas frases y colocar una fiesta de la luna llena y una luz de campito de girasoles para que todos las vean, iluminando ahí, en medio del asfalto.




Ahora somos verdes.


Aunque no lo creas, en los tiempos del abuelo, muchas personas torturaban a los canarios encerrándolos en pequeñas jaulas que colgaban en sus propias casas. Otros mataban a piedrazos a los pajaritos, tirándoles con una honda, porque sí, por desprecio, simplemente. Claro que en la misma época, los chicos jugaban libres y sin temor con sus pelotas y bicicletas en las calles de los barrios que parecían el patio común de todos los vecinos.

Eso era antes, mucho antes de nuestros tiempos, en que respetamos y cuidamos a los pájaros que ahora se mueven entre nosotros libres y sin temor, mientras algunos encierran a los chicos en las jaulas de sus propias casas, sin bicicletas ni patios y hay quienes los matan en las calles de los barrios, porque sí , por desprecio, simplemente.





Mientras tanto.


El rojo aleteo resplandeció sobre un fondo de esperanzas y senderos con abrazos. Pero del otro lado ya estaban tendidas las fuertes trampas de metal y las suaves telarañas de algodón. El aleteo se apagó, aunque continuó luchando hasta extinguirse. El Cazador disfruta de su triunfo a panza llena pero desde entonces sabe que su oficio no es eterno y ha comenzado a guardar muy despacito en un baúl, sus trampas y telarañas, sus armas, sus himnos, sus plateados cerrojos. Dicen que lo van a jubilar porque piensan reemplazarlo por una invención extraordinaria y terrible.

Mientras tanto, nosotros continuamos regando el pasto y cuidando las alitas. ¿Crecerán?




Walter Rago
acaestawalter@yahoo.com.ar