miércoles, 5 de diciembre de 2007

María Eugenia Caseiro: Poemas

Poema con maracas.


Que se hombren las maracas
que se hombren

y fracturen con ritmo clandestino

mis caderas de mujer.

Que se hombren las maracas

que se hombren

hoy con música fragosa

y masculinen mi piel.



Camaleón sin lazos.


Ese camaleón que nos habita

cuando estamos tan lejos de la casa

crece, no escatima ni una lágrima

apoyado en la corteza de los hombros.

que se han vuelto un parapeto

en el destierro

doble cárcel con brillo de pellejo verde.



Partir.


Volar con zapatos silenciosos

cuando el trono de mis piernas se desplome

en la inercia alguna vez carruaje

en que se pierda el reflejo

malogrado de mis vueltas.

Saber que floreció el carrusel

en el jardín de mis Evas

cuando todos los ombligos de mis hijos

sean árboles y frondas con sus frutos

y hasta sus nidos de pájaros

me cobijen en la tierra.



Desamparo.


Con vestidura de pestes y escarpines viejos

como sabandija o como verso oscuro

sólo la ruptura tiene don de abrigo.


Y es que la ausencia con su anchura de tiniebla

se desgaja a los pies de cualquier calle

rumiando la llave al carcelero de la eternidad

como el perro de la mala suerte

intentando la limosna

hueso cifrado de tumultos.



Coyunturas.


Cómo sujetar este antifaz

que resbala recorriéndome los huesos

hasta el póstumo grillete de la espalda.


Cómo acentuarle las facciones si se escurre

y en otra carrera inteligible

en que apenas soy un nudo, su garganta

me arrebata la memoria

donde yacen laberintos que recurren.


Cómo posponer la brevedad

en el tracto de las sienes

si un troquel de sombras nos dibuja

y es auténtico ese hueco en la mirada.


Y es tan torpe este latido

sin la máscara

que se funde en el engrudo de mi ser.



Perxistencial.


Aún queda la memoria

piélago interior de tiempo,

y está a salvo aquel lugar donde el olvido

no alcanzará jamás las curvas del reloj,

aunque cierre amargamente la cortina

esa infausta eternidad

que es siempre noche.



Maldición.



Me copia interminablemente

el retoño donde prolifero

hasta los retratos.


Si en el fondo

como esa medida en que corro

- sangre vieja -

no estuvieran

las mujeres que me asaltan,

borraría la arcilla del linaje.


Pero abundo sin saber qué hacer

lluevo sinfín como costumbre

lanzada eternamente sobre los espejos.



Voces.


Esa voz que fractura la sombra

y deja por detrás

un humo tan pesado

como si le crecieran piernas

que nos quieren alcanzar

llega, al parecer, desde la noche.


Un cordón invisible sostiene algo de luz,

pero la carga trazada por el miedo

enfunda en barullos otra voz

y por mucho que intente raspar la telaraña

ese agudo silencio, que es de plomo,

corta intenciones en el aire.



Escrivdente.


Era de un dolor abandonado

la caligrafía, aquella dosis

altamente peligrosa

en que apostaba

como un viento enredándosele al cuerpo

la música garabateada

que le salía de los dedos.


Sólo aquel aterrador silencio

le alentaba.



Velada.


Acaso aclimatarse a la contradicción

que aúlla en un retazo de sus ojos

es dejarse lleva por el acaso.

Arrancar el cadáver de raíz

cuesta larga digestión

y en un mechón de la historia

en que enmudece la piel

tendrá que conformarse

sin que surja entre escombros

el abrazo.



Esmalte.


Era novísima y dichosa

invadida de luz

como Eva derramada

en la carátula de la existencia.


Los dientes del espejo

querían arrancarle el corazón,

lanzarlo al caldo de los días,

clausurarle el paraíso entre las uñas.




La otra.


La otra frente a mí se da la vuelta

y una torre de pájaros colapsa.


En su cabeza la fecha pierde el límite

permitiéndole al fin que sea mañana.


Desde sus manos, mis manos

no cesan de copiar pájaros muertos.



María Eugenia Caseiro ©
buhowriter@hotmail.com