lunes, 29 de septiembre de 2008

La señora y su séquito


Los medios son una representación de lo real, más allá incluso de las intenciones de quienes los protagonizan. A través del discurso mediático quedan de manifiesto posiciones, antagonismos, juicios y prejuicios. Sin embargo, poco se debate sobre los medios y casi nada en los propios medios con sentido autocrítico.

Por Roberto Follari *
Sus ademanes aristocráticos no impiden que se haya convertido en una tradición
casera y casi barrial, familiar para las clases medias como el dulce de leche y el mate.
Sus almuerzos son una institución establecida y han hecho de la banalidad
centrada en las buenas formas una marca de origen. A esa hora en que la urgencia
alimentaria llama a evadir el pensar, suele ser bienvenida la futilidad distractiva
que caracteriza su programa.
Sin embargo, la Señora cree que no todo es trivialidad, y se decide –de vez en
cuando, entre encuentros dedicados al espectáculo– a enfrentarse a cuestiones de
fondo: el paro patronal agropecuario (que ella no llama así, por cierto), la seguridad ante el reciente triple crimen. Y no siente que la ignorancia sea un
obstáculo para enfrentar esos desafíos: con desmesura y audacia nos espeta su
singular modalidad de interrumpir a los comensales para insuflar sus comentarios,
aun cuando se trate de temas que no son fáciles siquiera para los especialistas.
Un largo camino recorrió esta muchacha desde que hacía cine como miembro del par de
hermanitas hasta sus actuales inquietudes por las cuestiones trascendentes. Camino
con más luces que libros, más cócteles que conferencias, más divertimentos que
estudio. Nada de ello le impide demostrar –a cada paso, como si fuera una
obligación– que la trivialidad es más grave cuando se ejerce sobre cuestiones no
triviales.
“¿Se viene el zurdaje?”, preguntó con aire casual al entonces recién electo
presidente Kirchner, sin que se supiese si ignoraba la brutalidad del apelativo, o
lo había usado con plena conciencia. Ya desde entonces prefiguraba cuál sería su
relación con un gobierno que –desde su mirada– se hacía intolerablemente
progresista, alejado de la gente que ella suele frecuentar en salones y reuniones
sociales.
Hace unos días, reiteró en su programa la presencia de la denominada “Mesa de
Enlace”; estaban tres de sus miembros, junto al inefable De Angeli. Allí la Señora
desgranó el repertorio de su sapiencia: se escandalizó porque hay niños con hambre
en el Chaco, como si esto fuese nuevo o –mejor dicho–, como si los índices de
pobreza e indigencia no hubieran bajado en los últimos años, y subido brutalmente en
los tiempos de un Menem al que la Señora solía festejar. O como si la Sociedad
Rural, cuyo representante estaba sentado a su lado, no hubiera prohijado cientos de
planes económicos elitistas y antipopulares que han fomentado el hambre y la miseria
entre las capas más pobres de nuestro país.
El módico institucionalismo de Eliaschev lo llevó a cuestionar a De Angeli por los
cortes de ruta; la Sra. se mostró azorada. Quedaba entre dos fuegos: su rechazo por
las acciones callejeras directas (cuya tradición popular le resulta intolerable) y
su agrado cuando esas acciones van contra lo que desaprensivamente llamó “el
zurdaje”. Se mantuvo impávida cuando con su estilo no muy ilustrado, el hombre de
Gualeguaychú afirmó: “No estaríamos aquí si no hubiéramos cortado las rutas”. Siguió
un módico señalamiento de la Señora tratando de cerrar filas, ante la advertencia de
una notoria fisura en el frente unánime de admiración agropecuaria que había invitado a su atildada mesa.
Perla mayor fue la pregunta a Buzzi, de si De Angeli no le está haciendo sombra. Con
su rebuscado campechanismo el líder de la Federación Agraria –devenido en furgón de
cola de la Sociedad Rural–, por teléfono suelta: “Si Alfredo es más bueno que el quaker...”. La Señora festeja esa ocurrencia nada espontánea. No le parece extraño
que tan benigno retrato sea el de quien comandó cientos de cortes de rutas a la
fuerza y declaró tener escopetas y carabinas para responder a quien pudiera
oponerse.
En ese espacio de oquedades se juega la conciencia de cierta clase media argentina
actual. Argumentos vacíos, ideologías arcaicas que los justifican. Creencia de que
hay ciudadanos de un lado, y “acarreados” del otro. Vocinglería que puede
justificarlo todo si va contra un gobierno que es acusado de “zurdaje”. Y –la Señora
como metáfora del país–, lágrimas de cocodrilo sobre la pobreza, mientras se
colabora a sostenerla. Un ritual de apariencias cuidadas, bajo las cuales yacen la
superficialidad y el más ramplón de los sentidos comunes.

* Profesor e investigador, Universidad Nacional de Cuyo.

Fuente: Diario "PáginaI12", 24.09.2008
http://www.pagina12.com.ar/