lunes, 29 de septiembre de 2008

Desde Paraguay: Escribe Delfina Acosta



¿QUÉ ES LA POESÍA?

“ ¿Qué es la poesía? ” suele decir la gente. He oído preguntar a adolescentes enamorados en cuyas venas se precipitaba el fuego de los pastizales encendidos, a hombres de buena fe, a monjes sentados en la cumbre de la soledad y todavía sedientos de más distancia, al científico que decidió tapiar su existencia con cuatro paredes en la búsqueda perfecta de lo que se llama invento, a monjas que cubrían el anhelo de caridad del mundo cavando día tras día, en la tierra del patio del claustro, la fosa que habría de acunar su propio esqueleto.
Y nadie supo responder. Los bosques y las llamas de los bosques y la lluvia y el río lavando la cabellera de las piedras intentaron responder a la pregunta con un ruido como de mar en parto. Como de estrellas cayendo.
¿Qué es la poesía? quiso saber de nuevo la gente. Y muchos curiosos se acercaron al poeta, para oír de su boca la revelación, que siglo tras siglo les fue robada a su ilusión.
Y hubo un silencio.
Y cayó un alfiler al suelo y fue como si un rayo se desparramara sobre las calles.
Y el poeta siguió callado.
Y fue su silencio - por fin - el ojo de la cerradura por el que entró la luz del sol.


LA ARAÑA DE ORO

Como a las tres de la tarde, mis vecinos venían apareciendo por casa. Era la hora de los pájaros rojizos.
Adolfina iba al rancho de la vecina, doña Pablina, para hablar sobre pomberos, porque quedarse callada a la hora de las apariciones le daba tos.

No quedaba nadie en el hogar. Estaba pues a mis anchas, y mis amigos, dueños de la ausencia, se sentaban cómodamente sobre las sillas, alargando las piernas, y reclinando las cabezas sobre el pensamiento de una mala acción que nos pudiera entretener.

Los jueves hacía sorteos de algunas (pequeñas) pertenencias de mi madre. La suposición de una reprimenda estaba lejana pues era mujer distraída; la fecha tenía para ella el áurea de una máquina diabólica que nunca estaba a su alcance pues cada día preguntaba: ¿Qué día es hoy?
Cuántas zonceras desaparecían en un santiamén: monedas bolivianas, un monedero viejo, pinzas para las cejas, pañuelos de colores, cintos pasados de moda, etcétera, etcétera, etcétera.

Mi hermana, Leny, no se metía en mis travesuras, pues me llevaba cinco años; además consideraba que mis empeños eran carentes de invención; pero enfrentados a los juegos solitarios que mi padre imponía, mis entretenimientos, por su sola desobediencia a la regla, eran la mar de divertidos.


Revisando las pertenencias de mi madre, encontré un prendedor de oro con forma de arácnido, de patas rojas y gran tamaño. Era como la vieja araña que solía dejar caminar por mi brazo cuando me quedaba sentada y silenciosamente escondida detrás de un banano, mientras mis amigos me perseguían por la plantación.

Decidí jugar a los sorteos.

Les pedí a mis compañeros de hazañas que escribieran sus nombres en un pequeño pedazo de papel y lo doblaran varias veces hasta convertirlo en una bolita.
Las bolitas fueron echadas en una cesta.


- No hagan trampas. No anoten sus nombres dos veces - les advertí. Es que ellos eran tramposos sin cura. Pero - precisamente - aquellas trampas suyas le daban una carátula de mafia al juego, haciéndome sentir el riesgo de que me entretenía con mis propios adversarios.
Cuántas veces nos trenzábamos en discusiones violentas, acusándonos los unos a los otros de cometer fraudes; bajo la amenaza de un castigo, les exigía que jugaran ajustándose a ciertas normas. Mas he aquí que las trampas superaban sus promesas de obediencia y acabábamos envueltos en palizas que por su propio entrevero se convertían en otro juego más.
Zas, un tirón del cabello a Felicita, provocaba sus risas.

Otro tirón más fuerte, le hacía reir y llorar.

Los tirones de pelo nos llevaban a la verdadera alegría de la niñez.

Llegó el momento de sortear el prendedor con forma de araña.
Revolví las bolitas y puse los ojos en blanco.


Inocencio, uno de los hermanos mellizos, sacó la bolita de papel de la cesta, con sus ojos vendados y cerrando sus narices.

Matías, dando golpazos a una vieja palangana, imitó un redoblar de tambores, muy a propósito con el golpe de suerte que caería sobre el afortunado ganador del sorteo.

Y todos ponían los ojos en blanco, y el olor del limonero era fuerte, y las flores se abrían como frutas. No recuerdo ya quién ganó.

La cosa es que hubo trampa, como de costumbre, y se armó un lío tremendo.

Calma, que aquí nadie sale perdiendo - dije.
Decidí, entonces, que quien adivinara el número que tenía en mente, se llevaría la araña de oro.

Otra vez los ojos en blanco. Nuevo redoble de tambores.
¡El trece! - gritó Amada. Ganó. En realidad, no había pensado en ningún número, pero había resuelto premiar a Amada, para afirmar mi arbitrariedad.

A la noche, y a la noche siguiente, y durante el año, y durante todos los años que pasaron, mi madre no se dio por enterada de la ausencia de su prendedor.

Me hubiera gustado que supiera y me diera al menos un tirón de oreja. Pero así era ella. Una mujer distraída y ausente en la tierra, mientras su hija crecía en malicia, picardía y maldad.


Delfina Acosta
delfina@abc.com.py