domingo, 26 de octubre de 2008

María Victoria Arias: El pacto (*)


(*) El siguiente texto nos llegó como comentario al homenaje que le realizamos a Alejandra Pizarnik. Como consideramos que es de un interesante contenido lo extaemos y lo publicamos por separado. Hacemos llegar a María Victoria Arias nuestras felicitaciones.


Alejandra, no me queda otra posibilidad más que leerte desde tu muerte, como un final que el autor decidió componer para abrir la novela. Entonces, vos, personaje, sos un fantasma mientras te leo, hueca, intangible.
¿Estuviste viva alguna vez, Alejandra? Te veo agónica, fluyente hacia la nada.
Todos vivimos porque hacemos un pacto. Fingimos que existimos. Nos aferramos a esta ficción que llamamos vida. ¿Vos no quisiste o no pudiste pactar? ¿Te llamaban las sombras? ¿Dejó de escribirte nuestro autor? ¿O te rebelaste y quisiste ver qué había fuera del libro? Entonces, ¿vivís en otro lado? ¿En qué grieta?
Creo captarte en los espacios que rodean a tus palabras delgadas, breves, punzantes. ¿Verdad que sí, que estás viva? Pero hay que saber verte, presentirte entre las sombras como un fulgor oscuro, como un silencio que opaca a los ruidos del mundo.
Yo te veo, Alejandra. Participo de tu ceremonia aérea, de lo que das cuando la palabra cesa.
Yo también busco capturar lo que no se puede decir, lo que no existe.
Hace frío. No te vas.
Antes, la nada. Ahora el siempre abierto manantial de espejos que horadan el espesor de los muros que nos han impuesto.
Vivir es no dejarse morir.
Creer en esa paloma repetida que me rodea en esta plaza, la única, la eterna y multiplicada.
Es brillar con un grito calado en esta noche que ya llega y quiere aplastarme y construye un esqueleto para desplazarme.
Es decir. No me voy aunque las estatuas se diluyan, aunque el camino se abra en otro y otro y otro y nuestros pies lloren por la incertidumbre.
Ruedan los golpes de ayer, se van. Quiebra la mano levantada, la que te hería. Piedras y piedras se han hundido en la liviandad de cosmos, acusaron con dagas que por suerte no cruzaron la puerta girante.
Desciende, todo desciende. Lloras. Nueva sed corre, lejos. Mirar así, como ahora, sabiendo que tras ese cristal tu niño juega, sonríe. Sabrá vivir porque le has enseñado bien el pacto, no dejas que las sombras le den la mano.
Aunque te duela, las sombras no le darán la mano.
(a Alejandra Pizarnik)

María Victoria Arias
ariasvictoria_13@yahoo.com.ar