domingo, 27 de abril de 2008

Fernando Luis Pérez Poza: Un viaje a Isla Negra (Sardegna)

VIAJE A ISLA NEGRA (SARDEGNA)

Casas de ojos azules y corazón rojo. Constelaciones que por la noche se derraman por la montaña y pueblan las laderas, pero que a la mañana te permiten tomar un café en ellas. Transatlánticos que surcan la isla tierra adentro, entre los árboles, amparados en la oscuridad. Y la amistad a flor de piel, brotando del manantial profundo del corazón. Así, con estas palabras podría definir enteramente mi último viaje a Sardegna para compartir unos días con el poeta argentino Gabriel Impaglione y la escritora italiana Giovanna Mulas.
El paladar todavía guarda el gusto a la torta de limón de Gio, a los raviolis rellenos de espinacas y los culurjones de queso y hierbabuena de Pina. El mate se ha instalado en mi vida y ya no puedo pasar sin él a la hora del desayuno. El hígado casi termina "canaunizado" a golpe de Cannonau de Sardegna, un vino exquisito de color rubí, con un perfume intenso y reminiscencias a ciruela madura y moras salvajes, pero fuerte, que remueve sin pudor el subconsciente y te hace reír como un niño. ¿Y para qué mencionar el licor de mirto? El mejor digestivo que nunca nadie haya patentado y que dosifico (la botella que me regalaron) como si fuera el elixir que te proporciona una condición de eternidad.
Mi alma poética todavía sigue asomada al balcón que, desde la cocina de la casa de Giovanna, proyecta su mirada larga, de quince kilómetros, sobre el Mediterráneo. Y... ¿qué decir de los monstruos? Los cuatro hijos de Gio a los que Gabriel ha bautizado con ese nombre cariñoso y a los que ella obligaba cada noche a dar un beso al papá Fernando, con toda la carga sentimental que eso pueda tener.
Lanusei es un "paese", pueblo, de montaña, que cuenta con alrededor de seis mil habitantes, en la provincia de Ogliastra, Sardegna, Italia. Un lugar privilegiado para contemplar el cielo. También hay tumbas de gigantes, monumentos funerarios megalíticos, únicos en el mundo, con una forma tan alargada que tranquilamente podrían haber albergado el cuerpo de un cyclope transiberiano, por decir algo que se va más allá del entendimiento cotidiano.
Lo más extraño es que allí se venden los libros de poesía a quince euros. Sí. Es así. No pongan el grito en el cielo ni se rasgen las vestiduras libreras. Eso convierte aquello en un paraíso para el editor o para el autor vendedor de libros. Con quince euros en Italia no se hace mucho, pero al menos se compra un pedazo de queso, un par de barras de pan y se aspira a que el tendero, si es como el de Lanussei, te regale algún detalle gastronómico sardo: Un tío en toda regla que tanto cuelga una ikurriña de su casa como la bandera sarda o la enseña del Barsa y te da todo lo que tiene. Esa misma actitud la poseen todos sus habitantes y se vuelcan en una marea de solidaridad, como si ese concepto de ayuda a los demás fuera una vieja reminiscencia que ha permanecido vigente en los pueblos de montaña a pesar de la geografía cutre que nutre el ánimo de la actual población terrestre.
Casas de ojos azules y corazón rojo. Esa fue la impresión que tuve cuando me llevaron a comer a un chalet de unos amigos, a pie de playa, en un lugar cercano a Tórtoli. Mirabas por la ventana y el azul trepaba a la retina, el horizonte se alargaba hasta donde ya no llegaba la vista mientras un limonero te cegaba de amarillo. En la puerta, un árbol muy especial, cuyo fruto servía en la antigüedad como sistema de medida para los kilates de los diamantes.
Sí, en realidad todo es así, la vida es un diamante en bruto, que debemos tallar, que debemos medir, que debemos tasar. Hay quien logra darle a su vida un montón de kilates y hay quien la convierte en una puta mierda. Yo prefiero ser de los primeros, como Gabriel, como Gio, como el belgo-argentino Lucas Debonnet que me acaba de visitar en Pontevedra. Gente con el corazón en la mano y el bolsillo roto. Yo quiero ser como Fiorella Giovannelli y su marido Mariano, de Aprilia, Roma, que han estado de visita por aquí y hacer que todo el mundo saboree la vida como si fueran sus spaguettis al dente y su salsa de tomate.
Me recuerdo en el mirador de Lanussei. Noche profunda. Gabriel me dijo: "Aquello de allí es la constelación de Ardana" y "aquello otro el transatlántico de Arbatax". Me estaba hablando de su poesía y la ecuación de las palabras que aquella mañana había leído en sus libros "Carta de Sardinia" y "Explicaciones con mar", las dos obras en edición bilingüe que ha publicado desde su llegada a Italia, comenzaba a resolverse. Lo curioso es que uno, a la mañana siguiente, podía tomar el café en Ardana, lo que por la noche parecía una constelación y no era más que un pueblo, o navegar en un vaso de cerveza en Arbatax, en el puerto, ajeno ya a su condición de luminoso transatlántico nocturno.
Las rocas en Sardegna son rojas, pero también hay playas de piedras negras y de todos los colores. En cinco minutos uno puede pasar del paisaje extremeño al gallego y del gallego al volcánico desesperado. En una de ellas tomé una piedra negra para enviarle a mi amigo mexicano el poeta Roberto Resendiz, impenitente coleccionista de esos objetos materiales. Lo malo es que aunque piense que es una piedra preciosa, o al menos llena de tonalidades, nunca consigo meterla en un sobre para enviársela, tal vez porque me gusta tanto que no puedo desprenderme de ella. Es una piedra mágica, tengo miedo de que se rompa el "bieneficio" que de un tiempo a esta parte me favorece. Es una piedra negra con vetas de acantilado por donde, quizá, se despeñan todos los silencios y se abre el abismo de la suerte.
Sardegna es un país distinto al mío pero donde la gente no siente demasiado diferente. Si me apuran hasta podría llegar a decir que me enamoré de una sarda que se sentó a mi lado en el avión. Era bajita, como casi todos los sardos, pero su corazón latía al ritmo que yo deseaba. Venía del entierro de su abuela. Tal vez por eso no intenté rajarle las venas y me limité a darle una tarjeta y decirle que deseaba que me visitara, cuando en realidad me habría apetecido saltarme todo el protocolo y quedarme a dormir aquella noche en Barcelona con ella. No lo hice y ahora me arrepiento, como quizá me arrepentiré cada segundo de esta vida en la que deje escapar un segundo de amor. Pero somos humanos y aquí estamos, aferrados a un destino incierto, colgados de un infinito cierto, atrapados en una soledad demasiado acompañada.

Fernando Luis Pérez Poza
Junio 2007
http://www.eltallerdelpoeta.com/