domingo, 3 de febrero de 2008

Un cuento de Victoria Aloisio


El hijo

Por las mañanas, la gente del barrio de Belgrano, ve caminar a una joven mujer oriental, hermosa, tarareando una canción de cuna en idioma chino. Se detiene siempre en la puerta del supermercado, entra pidiendo leche para su bebé. Los nuevos dueños, no saben como sacársela de encima pero igual cumplen con el pedido, le dan un litro de leche. La joven tiene en sus brazos un muñeco vestido de celeste.

Muchos, al verla, le inventan una historia. Yo puedo contarles la que sé.

Era muy pequeña cuando su familia tuvo que emigrar a Argentina. Al llegar vivieron en la pensión de un barrio dónde habitaba la mayoría de los que habían inmigrado de aquel país.

Los padres la enviaron a un colegio argentino, pero ella apenas pronunciaba palabras en español y los compañeros del colegio se burlaban. No era mejor lo que le esperaba al llegar a la pensión, su madre la obligaba a cocinar y limpiar, después tendría tiempo para dedicarle a la escuela. La chica esperaba a la noche. Sola, sentada en un rincón de la cocina limpia se sentaba a leer y estudiar, a hacer las tareas de la escuela. Se acostaba tarde. Muchas veces se quedaba dormida en el colectivo que la llevaba al colegio. Llegaba tarde y era amonestada por la maestra.

Pero no le estaba permitido sentir ira o frustración, los sentimientos tenía que esconderlos detrás del biombo, decía su madre. Y la vida continuó de esta manera hasta que la tradición reclamó a la familia un lugar entre las del mismo origen. Para ese entonces la chica estaba empleada en un supermercado.

El dueño, un hombre que hablaba poco, la eligió como nuera. Quizás por los rasgos de su rostro, por la piel blanca, los labios gruesos, el pelo lacio renegrido. Sobre todo porque parecía tener buenas caderas para engendrar.

Su familia no podía rechazar esta propuesta, aunque la chica no conociera al novio, no podía oponerse.

Sin embargo y a pesar de una mejor posición económica, no era distinta la situación del hijo mayor de los dueños del negocio. El muchacho, que pasaba largas horas en cuclillas rezando, parecía estar ausente del mandato paterno de continuar la descendencia. Estaba como perdido, decía haber sido elegido por la religión para salvar a los seres a través de la meditación.

El día de la ceremonia, la chica se fue colocando los tres vestidos que la familia le compró. Como ritual de la tradición los fue cambiando con el paso de las horas.

Luego de la fiesta los mandaron a la habitación de arriba del supermercado. El tiempo transcurría, el matrimonio no se consumaba.

Cuatro meses después la chica le contó a su madre que su esposo no la había tocado. Siguiendo la tradición, la madre notificó lo que pasaba a la familia del novio. El padre obligó al muchacho a tener relaciones, sino dejaría de mantenerlo. Nueve meses después, nació el tan esperado el hijo varón.

Pero al ver al bebé, el padre desapareció. Lo buscaron en los templos y en varios sitios pero no lo hallaron.

Al no aparecer el esposo, la chica volvió a la casa de los padres. El suegro asintió su pedido, pensó que la abuela podría ayudar a criar al nieto con más sabiduría.

Pasaba horas acariciando la piel de ese niñito y contándole las imágenes de un tiempo mejor. Cuando los farolitos de una plaza se encendían, allí un grupo de jóvenes se encontraban haciendo oír las voces de las apuestas. Los vendedores ambulantes, coloridos y sonrientes, estaban sentados en el cordón de la vereda. Era una fugaz visión de la época que había sido feliz.

Estaba obligada a ir, todas las mañanas, con el niño a la casa de los abuelos. Le molestaba cumplir con esa orden. Los suegros no querían que trabajara, pretendían que el bebé creciera bien alimentado, una madre cansada no podría nutrirlo.

Mientras le daba de comer, aparecían las imágenes de las pocas veces que pudo ir al cine, las contaba con los dedos. Usaba la magia del cine para sostener una posible ilusión.

Una mañana, los abuelos le ofrecieron dinero para quedarse con el niño y criarlo. Se negó a entregarlo.

A veces no dormía o se despertaba de un sueño en el que el abuelo le escondía al bebé. En su mente, escuchaba voces que murmuraban que esta familia era mala, habían comprado su vientre porque necesitaban un varón para continuar la descendencia del apellido. A la familia le interesaba más este niño que el paradero de su hijo desaparecido.

Una tarde, agotada de oír tantas voces en su cabeza, pidió a su madre que cuide del niño. Salió a la calle sin rumbo fijo. Caminando se encontró frente a un cine, se escurrió entre la gente para ver una película de amor.

Al regresar por la noche, encontró a su madre llorando, entre hipo e hipo, le contó que le habían quitado al bebé de sus brazos.

La chica corrió a la casa de los abuelos, llovía y la noche era tan oscura que apenas se distinguían los edificios. Buscaba la puerta del departamento. Tocó y tocó, sus piernas temblaban. Un silencio sordo le respondía.

Corrió una cuadra, cruzó la calle hasta llegar al supermercado, tenía la persiana baja. Comenzó a golpear la puerta, en su cabeza los golpes retumban. Luego vio un cartel, decía: “cambio de dueño”. Sus brazos bajaron al lado del cuerpo, la cabeza se inclinó escondida en sus ojos vacíos. Sólo el silencio de la noche escuchó un llanto ahogado.

Mientras la ciudad se despereza desganada, entre los ecos del agua que lava las veredas, el día se dispone a comenzar. Una mujer oriental cruza la calle flotando en otra dimensión, lleva un muñeco vestido de celeste y un envase de leche. Un coche arriba a toda velocidad, se escuchan gritos. Un hombre baja, se acerca.

-¡Cuidado!, ¿te das cuenta que por poco te mato junto a tu hijo?-.

El sol baña el empedrado, en él queda derramado un litro de leche.


Victoria Aloisio, agosto de 2007
victorialo@fibertel.com.ar