martes, 25 de mayo de 2010

Silsh: Festejos de un bicentenario particular



Bicentenario es la palabra que en estos días encabeza carteles, titulares, muestras, foros, medios, reuniones, encuentros y cuestiones variopintas.
Doscientos años de historia se lee por allí, aunque mi lectura de 1810 haya sido a través del Manual del alumno bonaerense, con el mural del cabildo rodeado de paraguas o por aquellas figuritas que debía recortar de la revista Billiken, como primer indicio de que había otra historia antes de mi nacimiento.
Bicentenario de la patria, se escucha. Flamean banderas, se escarapela el corazón y las pantallas se engrandecen al canto de multitudes.
Por los bordes de estas fechas, se desparrama un olorcito a plasticola en papel crepé para enmarcar el lugar donde quedó pegada infancia-y-madurez de esta mujer cincuentenaria que escribe. La que lleva un bache como sello de fábrica. La que sale sin paraguas a mojarse la cara de emociones diversas.
Claro que no se trata del bicentenario de la tierra, este: mi festejo. No, nada de eso.
La alegría es más personal, generacional quizás. Es la que transita del otro lado de la piel y reúne pedazos, ata los hilos, remienda el colador que late, cierra heridas de la propia historia.
Desde un palco monumental armado junto al Obelisco, donde se recuerdan los comienzos del rock nacional, me llega la voz de Lito Nebbia. Las notas van tomando la forma de una aguja de crochet; reúne cada hilacha, las entreteje y cierra espacios. Notable sanación. Me está devolviendo "mi" vida, sin saberlo.
Como si estuviera parada en una larga fila agitando un documento frente a una ventanilla de algún organismo público, diciendo: "soy del 58" y ante ese grito, me devolvieran las hojas faltantes de mi historia, la pertenencia.
Quienes forman parte de este rango generacional, no necesitan detalles. Conocen de este vacío que nos marcaron a fuego sólo por haber nacido en ese tiempo y espacio. El haber crecido "recortados", como si nos faltara una pierna como al Diego. Así nos formamos, así nos armamos con todas las ganas, con todos los ideales por cumplir, con el sueño a pleno pero cercenados de la posibilidad de patear al arco.
Nos tocó esa oscura sentencia en el bolillero de la vida y tuvimos que hacer malabarismos para saber que estábamos, que éramos, que existíamos (aunque fuéramos monitos ciegos, sordos y especialmente: mudos)
Jugábamos a la rayuela para alcanzar el cielo, mientras cubríamos las tapas de "Rayuela" o de "Violín y otras cuestiones" ignorando los motivos, pero sabiendo que "algo" nos era vedado en el mundo (en mi caso, a ese "algo" lo hice mascota y desde entonces arrastré "el bache" conmigo)
Hace un tiempo, algo empezó a cambiar. Una escuadrilla trabaja día a día para lograr encerrarlo, cerrarlo.
Parece que van a borrarnos las oscuridades, que también nosotros vamos a poder ver la pantalla en colores. Que el Bicentenario será una excusa para cantar apretaditos en un mismo patio de las distintas escuelas.
Intento apartar motivos, mantener la mayor imparcialidad de que sea capaz para dejar de lado palabritas peligrosas como política e ideología, pero no hay caso. La realidad es imposible de tapar: nada ocurre por generación espontánea.
Es menester reconocer que las acciones que se van llevando a cabo desde los sectores gobernantes (contrarios a aquellos que nos robaron la identidad) están acomodando las estanterías, limpiando las malezas entre las baldosas, restaurando paredes, sacándole brillo a las estatuas y tratando que el fiel de la balanza se oriente hacia el lado de la justicia.
El país sigue en su camino de preparar el salón de actos para que podamos reír, brindar, entonar un mismo himno amuchados bajo un mismo cielo azul, donde suene la campana para avisarnos que ahora tendremos nuestro recreo para tocar la libertad.
Tantos festejos, tantas palabras asociadas a la patria, me llevan y traen por un corredor tenebroso donde, no tan lejana, se deja ver una pequeña luz.
Como ella, esta celebración que reúne voces (y me susurran al oído) con ese grupo de músicos que desfilan sobre el escenario de la Av. 9 de Julio, me suben a "la balsa" a través de la música que "me pertenece por derecho propio de juventud", mientras se suceden acciones que restañan el pasado, que atraviesan caminos internos hacia la alegría, que restituyen "valores que supimos conseguir", presiento que se empiezan a limpiar las heridas pero, ahora, sin curitas.
Cientos de hilos se atan, rearman el mallado interior, se une pasado y presente para lograr el puente necesario sobre este bache profundo que nos dejaron siniestros personajes. Ese agujero negro que impedía mirarnos y reconocernos en nosotros mismos.
No sé si terminará la reconstrucción, ni sé qué pasará mañana. No sé si la negritud volverá a cubrirnos, pero hoy soy feliz y quiero disfrutarlo.
Los bordes del agujero comienzan a cicatrizar, las emociones se van acomodando y ahora sí, ahora creo que puedo empezar a morirme en paz con la historia. Es mi propio bicentenario el que quiero festejar. La devolución de mi propio pasado, de reintegrarme los pedazos que anduvieron desperdigados por el universo generacional, mi bandera cotidiana.
Si me dan tiempo para recuperar los pasos, si puedo unirlos a mi sombra para caminar liviana, con la sonrisa ancha, posiblemente alcance la completud.
Mientras la hendija se siga abriendo y el rayito de sol se desparrame por los rincones, voy a intentar guardarlo por si llegan las épocas de vacas flacas y necesite del recuerdo. Pero hoy, hoy voy a celebrarme la memoria.
¡Feliz bicentenario a quien le toque ser parte de este brindis!

Silsh
(Silvia Spinazzola)