jueves, 13 de mayo de 2010

Norberto Ayalón: Las necesidades de los filántropos



Por Norberto Alayón *

Miembros de Ideas del Sur, la productora de Marcelo Tinelli, se presentaron en Colonia Uriburu, en la isla Apipé, de la provincia de Corrientes. Según una dirigente local, lo hicieron como “supuestos empresarios canadienses quienes les comunicaron a los pobladores que las 237 familias que vivían ahí se tenían que ir a la brevedad, porque ellos habían comprado las tierras. Y que si no se iban, los desalojarían por la fuerza, además de derrumbar con topadoras sus casas y la escuela del pueblo”.
El “gracioso” episodio de engaño era para el programa Showmatch y consistía en filmar la angustia de los habitantes ante el inminente e irreversible desalojo de sus tierras. Como compensación por el sufrimiento, el programa les donaría una lancha para viajar hasta la localidad de Ituzaingó, gesto que la productora define como una “acción solidaria”.
¿A quién benefician más los supuestos actos filantrópicos? ¿Al que reciba o al que da? En este caso, el que da obtiene un objetivo beneficio económico. Y además la autocreencia de que hizo una obra de bien, lo cual empalaga –con frecuencia– el espíritu de los fuertes de billetera. Y el que recibe, primero debe soportar un perjuicio mayor (el miedo, la inseguridad por tener que abandonar y perder lo propio) y luego se hace acreedor a una compensación ínfima en relación con el daño previamente recibido. Y encima el menoscabo por haber sido víctima de una acción de mofa, que lo puede dejar con una sensación de impotencia y de eventual inferioridad hacia el futuro.
Los isleños son usados para un experimento mediático degradante, pero que proporciona buenos frutos al abusador de la inocencia de la gente. Y contribuye a construir y a fortalecer, en toda la sociedad, un hecho perverso y regresivo: que algunos sectores sociales no tienen acceso a los derechos y que sólo pueden recibir alguna dádiva por la vía de procederes indebidos que los lesionan aún más y los reducen a la categoría subhumana de individuos pasibles de ser burdamente timados por otros “poderosos” y de ser expuestos públicamente para el desdén, la risa, el regocijo o la conmiseración de otros.
Ya se ha dicho demasiado sobre programas como Showmatch, pero también hay millones de personas que lo ven regularmente y hasta legitiman un accionar que se supone chistoso. Tal vez se produzca un cierto fenómeno de regocijo o alivio ante la desigualdad y las carencias que puedan sufrir otros. En definitiva (por suerte, tal vez piensen), hay otros que están peor que uno. O será aquello del “muerto que se ríe del degollado”.
Este tipo de acciones constituye una forma más de consolidar y reproducir –desde su esencia– la vigencia de sociedades desiguales y la naturalización y el convencimiento de la férrea inmutabilidad de la desigualdad. Unos “tienen” y aparentan repartir solidariamente a los más débiles, y otros están exentos de derechos, padecen los problemas, son objeto de burla pública, y encima hasta deben quedar agradecidos con los “magnánimos filántropos” que los eligieron para la diversión televisiva.
Como siempre decimos, la historia –y ahora también el actual episodio– demuestra que los “filántropos” necesitan más a los pobres, que los pobres a los “filántropos”.


* Trabajador social. Profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).
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