domingo, 11 de mayo de 2008

Mónica Russomanno: La casa gana


En China el juego era el juego de una ronda de hombres acuclillados en el polvo, apostando por piedritas, pájaros peleadores, cartas, dados. Una ronda de hombres que apostaban muchas veces el trabajo de sus mujeres en los arrozales, la comida de sus hijos. Forma parte de la literatura china la desgracia de los hombres intentando recibir fortuna de los dioses, y consiguiendo la destrucción de su vida y la de su familia.

Pero era un negocio pequeño ese el de la ronda de hombres en el polvo con sus monedas entre los dedos. Ahora llegó la civilización para ayudarlos a que el fracaso adquiera proporciones épicas.

Están prohibidos los casinos en todas las ciudades de China, salvo en Macao. En Macao, entonces, se construyeron las ciudades del juego. Enormes, inabarcables, aterrorizantes edificios calcados de los que al otro lado del mundo iluminan la noche en Las Vegas. Faros que atraen polillas que se achicharran en la lámpara.

Y llegaron las desnudistas de piernas largas, para que los chinos puedan apreciar las pieles doradas, los cabellos rubios, la estatura de esas mujeres de California, de Texas. Para que aprendan, los chinos, a despreciar a sus mujeres, avergonzarse de ellas que lucen tan espantosa, tan irremediablemente orientales. Y llegaron los espectáculos de travestis para sacudir un poco tanta tradición, y los auditorios gigantescos se ocupan para cantantes extranjeros, a veces para cantantes chinos que hacen, cómo no, música occidental.

Una mujer china se ocupó de las compras para la construcción del casino “The Venezian”. Con una enorme sonrisa y orgullo, decía a la cámara que ella gasta el dinero como si fuese propio, lo menos posible, lo más barato que se pueda conseguir sin bajar la calidad. Y dijo, la ejecutiva china, que por suerte el trabajo sigue siendo barato en China, que un mes de trabajo de un obrero chino equivale en dólares a una hora de trabajo de un obrero en EEUU. Sonreía con su cara chata y sus ojos rasgados, sonreía con el cabello negro y lacio. Sonreía mientras sus amos la desprecian unánimemente y sus compatriotas se siguen hundiendo en la miseria de la pérdida de la dignidad.

No fue un pueblo que haya tenido una vida simple y fácil. Explotados por los japoneses, por sus amos feudales, siempre en una subsistencia paupérrima. Pero al menos no tenían que avergonzarse de sí mismos. Escuchaban ópera que hablaba de ellos con su propia melodía, se pintaban las caras con las máscaras de los antepasados.

Acuden en tropel a los casinos con sus billetes doblados, con las monedas sonando en los bolsillos, las bocas abiertas frente a los frescos de los techos, cielorrasos altos, tan altos que es imposible. Pinturas enormes, brillantes, frescos falsos en los techos, frescos de papel fotográfico, cuentitas de colores para los nativos.

La ejecutiva china sonreía a la cámara, los ojos y los labios pintados, vestida con un trajecito sastre. Qué horrible máscara, qué espantosas vestiduras. Les dará a sus hijos, al llegar a casa, el beso del traidor.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com