martes, 31 de agosto de 2010

Luis Eduardo Barud: Temido, denigrado y vengativo



“El Puma” se subió los pantalones y arrancó puteando al baño. Intuyó que el golpe dejó una secuela tan grave, como para joderle la vida definitivamente. Ocurrió seis meses atrás, cuando levantaban un toro que acaban de comprar en Belén, para subirlo al camión que lo llevaría hasta Tucumán.
Justo en el momento que el Puma Riveros le pasó el lazo por la cabeza, el toro levantó las astas y lo enganchó en los testículos. Tuvieron que operarlo de urgencia. El doctor Colmenares le dio el alta un mes y medio más tarde.
-Empezá de a poquito Puma, que tenemos que ver como evolucionó…trató de persuadirlo para que asumiera la gravedad del caso.
En cuanto estuvo en condiciones fue a La Milanesa, el prostíbulo más famoso de Catamarca. Allí se refugiaban las mujeres que llegaban de Perú y Chile, rumbo a los cabarets de Buenos Aires. También recalaban muchas tucumanas, marcadas por la policía.
Chichí, una deslumbrante morocha veinteañera, era casi la amante del Puma. Ninguna mejor que ella podía sacarle la duda sobre su futuro, a él que si algo le gustaba, era alardear sobre sus proezas sexuales.
Dos horas más tarde y sin ahorrar ningún esfuerzo, la Chichí se vistió sin decir nada. Miró de reojo a su viejo cliente, concentrado en sus maldiciones mientras se levantaba los pantalones y buscaba los soquetes debajo del camastro. La escena tenía olor a tragedia.
La mujer intentó todo, sin lograr que el Puma pudiera tener su reencuentro pensado.
Se pasó la mano por la cabeza alisándose el pelo y le devolvió el puñado de billetes que él puso sobre la mesa.
-Tomá la plata negra, vos no tenés la culpa, la puta que lo parió…dijo fastidiado.
Nunca el Puma, anduvo tan decaído. Era un tipo con fama de duro, hecho en el límite entre el trabajo y el delito. Acostumbrado a la pelea.
Tenía fama de robar ganado en la madrugada y haberse enfrentado a tiros con un pelotón de gendarmes, cerca de Vinchina en La Rioja.
Le gustaba andar con el sombrero colgando en la espalda y una pistola en el cinto. Su inseparable 45 milímetros, había dado cuenta de más de un hombre, según las mentas nunca comprobadas.
Estuvo preso en Salta casi seis años, por una muerte en Cerrillos, como consecuencia de un tiroteo en que derivó el negocio por la venta de diez cebú. Nunca se aclaró del todo lo sucedido, el Puma cargó con el cadáver.
Era un tipo duro, del que se decía que tenía una familia en Santa María y otra en Belén. Tres hijos por un lado y cuatro por el otro. Se vanagloriaba de coleccionar mujeres jóvenes, por los piringundines catamarqueños.
Era de su gusto escuchar historias en las que las mujeres, quedaban maltrechas luego de una noche intensa de sexo en los brazos del Puma.
De golpe toda esa mitología sexual del Puma, pasó a ser recuerdo. Nada podía resultar más insoportable para una personalidad narcisista como la de él, que una falta de erección. Se trataba de una humillación impensada, hasta aquella jornada en que el toro se negó a subir la rampa y él de puro guapo nomás como había sido toda su vida, saltó al brete para tirarlo de frente. Una locura, sin remedio.
Cuando despertó una enfermera le cambiaba el suero que colgaba a la orilla de su cama. El doctor Lizandro Páez Hermoso, un reconocido cirujano especialista en urología, le explicó la complejidad de la operación. El cuadro fue verdaderamente muy grave y en varias ocasiones estuvo al borde de la muerte.
El médico le comunicó que su virilidad, cuando menos, se vería mermada. Era muy grave la lesión que lo dejó vivo de milagro. De vuelta en Catamarca, Colombres le ratificó las sospechas.
El Puma recibió la noticia sin ánimo y con ganas de demostrar que era posible revertirlo. Esperó el fin del tratamiento, pensando en la Chichí, la mujer con la que tenía la esperanza de pasar una situación difícil, como la que en definitiva le tocó vivir.
Luego del primer paso, impotente en brazos de su amada prostituta, la situación se repitió en varias oportunidades. El Puma cambió hasta el carácter.
Con el problema superándolo en toda su dimensión, decidió emprenderla al Instituto de Urología de Capital Federal. Esa era su verdadera esperanza. Si no conseguía en ese lugar revertir la cruz que cargaba sobre sus espaldas, pensó en terminar el sufrimiento tirando de un gatillo a centímetros de su cabeza.
Para colmo de males, su fama de hombre débil en la cama, se fue expandiendo por los pueblos norteños. El Puma, cambió la vieja fama de macho irresistible, por la impotencia que arrancaba risas malditas de sus detractores. Su vida se encerró en un callejón sin salida.
El taita de los burdeles catamarqueños pasó de golpe, por obra y gracia de sus detractores, a ser “La tigresa” Riveros. El apodo, dicho con maldad lo desequilibró definitivamente. Corrió como un reguero de pólvora. Quien había sido el guapo, tanto con el revólver como con en la cama de sus mujeres, pasó injusta y falazmente al terreno de la sospechas.
La burla tuvo un efecto tan fuerte como su fama de rudo, recorriendo la provincia hasta los confines de cada pueblo. La denigración comenzó a estragar, la imagen del Puma Rivero. Se desmoronó su prestigio en los andurriales de Belén. Fue por meses la comidilla del pueblo.
Una tarde de abril de 1957 viajó a la Capital Federal. Al día siguiente en el consultorio de Pueyrredón y Santa Fe, se sentó ante el médico Máximo Contreras, un reconocido especialista porteño.
El Puma llevaba una carpeta con los estudios. El médico de unos 70 años, se pasó la mano por la frente. Meneó al cabeza de un lado a otro y lo desayunó sin anestesia.
-Señor Riveros, la operación le causó daños irreversibles…dijo Contreras.
El experto le explicó claramente que se tocaron partes vitales, tal vez por impericia, pero que ocasionaron un daño irreversible.
Salió del consultorio desorientado y sin rumbo. Caminó buscando un bar donde ahogar las penas con alcohol. Se emborrachó tanto, que durmió en la entrada de un edificio, sin tener conciencia donde se encontraba.
Paseó su desgracia por Buenos Aires un día más y tomó directo un tren a Tucumán. Urdió la venganza, con la brutalidad de un estilo sin piedad, cultivado durante una vida.
El 29 de abril el tren atracó en la estación central de Tucumán. Eran cerca de las once de la mañana y partió al Mercado de Abasto, en busca del “Gitano” Moreno, un viejo hampón dedicado a la venta de citrus a Bolivia.
Le comentó durante el almuerzo que necesitaba un lugar donde preparar un golpe y un escape. El Gitano tenía todo al alcance de la mano.
Lo mandó a una casa en la Ciudadela, detrás de la cancha de San Martín y le preparó un lugar en el camión que salía la noche siguiente, para Santa Cruz de la Sierra.
El martes por la mañana San Miguel de Tucumán despertó conmocionado. El afamado médico Páez Hermoso, yacía en un charco de sangre en el ingreso a un galpón, ubicado en la calle Crisóstomo Alvarez, a la vuelta de su consultorio donde guardaba su auto. Estaba desgarrado con las víceras afuera y muerto de una puñalada en el pecho. Le sacaron los testículos con una navaja y se los pusieron en la boca.
-Una venganza mafiosa, reconocieron con obviedad los primeros policías en llegar al lugar del hecho. Todos se inclinaron por un negocio de contrabandistas.
Batieron a todos los informantes, sin resultados. Un dato los llevó hasta el Gitano Moreno. No estaba dispuesto a pagar semejante precio, por una locura que ni siquiera conocía. Explicó el trato con el Puma Riveros, para preservar su negocio.
Esa misma noche se comunicaron con el control fronterizo de Humahuaca, para pedir que detengan el camión y sus ocupantes.
-En ese camión va el Puma Riveros, el asesino del doctor…ordenó el jefe de investigaciones.
-El camión ya pasó jefe hace una hora…. le informaron desde el puesto jujeño. En rigor de verdad el camión no había aparecido por allí.
Entrada la madrugada cerca de las dos, todo el destacamento compuesto por cinco hombres esperó sobre la ruta al camión del gitano, con sus dos ocupantes.
Los anoticiaron que lo buscaban por un crimen. El Puma pareció entregado, hasta que el sargento a cargo del operativo, los sentó ante sí para saber como podían arreglar.
Le dio la totalidad del dinero con el que pensaba mantenerse en Bolivia y entregó el que llevaban para los gastos del viaje. Siguieron hasta perderse en territorio boliviano.
A su vuelta el chofer, declaró a la Policía no saber a quien llevaba. Dijo que el Puma se bajó apenas pasaron la frontera y lo perdió de vista. El caso se cerró.
Mucho tiempo después el jefe de Policía, contaba la historia en reuniones sociales, señalando que perdieron al asesino del doctor Páez Hermoso por apenas una hora.

Luis Eduardo Barud