domingo, 21 de febrero de 2010

Homenajes: Eduardo Kimel


Imagen: Arnaldo Pampillon


Un luchador de la libertad


La perseverancia de Kimel en la defensa de la libertad de expresión, quien había sido condenado por calumnias por un juez que no investigó la masacre de los sacerdotes palotinos, derivó en la despenalización de calumnias e injurias en casos de interés público.

A los 57 años falleció el periodista y escritor Eduardo Kimel. Kimel fue el impulsor de la eliminación de los delitos de calumnias e injurias en casos de interés público. A raíz de su investigación sobre el asesinato de tres sacerdotes palotinos y dos seminaristas en 1976 durante la dictadura, que publicó como La masacre de San Patricio, se le inició un juicio y lo condenaron por calumnias a un juez. Su perseverancia detrás de la defensa de la libertad de expresión llevó a que, después de cerca de dos décadas de idas y vueltas judiciales, se revocara el fallo y recientemente se promulgara una ley que despenaliza la figura de calumnias e injurias en casos de interés público.
Tras una vasta carrera periodística, Eduardo Kimel se desempeñó en los últimos años como editor responsable en la agencia alemana DPA. Pero su logro más importante fue consecuencia de su lucha por la libertad de expresión. “Este proceso fue muy largo pero valió la pena. No por una cuestión personal, sino por lo que tiene que ver con la memoria colectiva. En estos años hubo muchos compañeros que me acompañaron”, aseguró Kimel en 2006 cuando presentó su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Al año siguiente, la CIDH falló a su favor y en noviembre del año pasado el Congreso sancionó la ley que despenaliza las calumnias e injurias en casos de interés público. Habían pasado ya largos años desde la publicación de su libro La masacre de San Patricio que le valió una denuncia por calumnias e injurias de parte del juez Guillermo Rivarola y finalizó en 1995 con una sentencia de un año de prisión en suspenso y el pago de veinte mil pesos (la misma cantidad en dólares en tiempos de la convertibilidad).
El libro se publicó en 1989 y contenía una investigación en la que Kimel recogió más de cincuenta testimonios de fuente directa y relataba el asesinato de tres sacerdotes –Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau– y dos seminaristas –Salvador Barbeito y Emilio Barleti– de la orden palotina el 4 de julio de 1976 por una patota militar en plena dictadura. Allí detallaba la investigación de la causa por parte de la justicia que encabezaba el juez Rivarola y que nunca llegó a echar luz sobre los hechos. En su investigación –que más tarde se hizo película también– el periodista se pregunta: “¿Se quería realmente llegar a una pista que condujera a los victimarios?” y asegura que “la actuación de los jueces durante la dictadura fue, en general, condescendiente, cuando no cómplice del régimen dictatorial”. Además Kimel destaca que “en el caso de los palotinos... una serie de elementos decisivos para la elucidación del asesinato no fueron tomados en cuenta” y concluye: “La evidencia de que la orden del crimen había partido de la entraña del poder militar paralizó la pesquisa, llevándola a un punto muerto”.
En 1991 Rivarola inició la causa contra Kimel por calumnias e injurias y en 1995 la Justicia condenó al escritor, pero al año siguiente la Cámara de Apelaciones anuló el fallo y lo absolvió. Sin embargo, fue la Corte Suprema (la de la mayoría automática en tiempos del menemismo) en 1998 quien aceptó un nuevo recurso del juez, revocó el fallo, lo giró a la Cámara y condenaron nuevamente a Kimel. A fines del 2000, el CELS y el Centro de por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil) demandaron al Estado argentino ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por “violar el derecho a expresarse libremente y utilizar ‘los delitos contra el honor’ para criminalizar la labor de la prensa. En 2006 la Comisión decidió presentar el caso ante la CIDH en 2006 luego de que las sugerencias que había realizado al Estado no fueron escuchadas y en 2008 emitió el fallo a favor del periodista.
Luego de una larga enfermedad, Eduardo Kimel falleció el miércoles por la noche y fue enterrado ayer. La secretaría de Derechos Humanos de la Nación difundió un comunicado en el que destacó que “la lucha judicial de Kimel por hacer efectivo el derecho a la información fue decisiva para que durante el año 2009 se convirtiera en ley la eliminación de los delitos de calumnias e injurias, en casos de interés público”.

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Cuando un amigo se va... Eduardo Kimel: un hombre de ley

En memoria de la muerte del periodista argentino Eduardo Kimel, hombre clave en la lucha por la libertad de prensa en Argentina y América Latina.

Por Omar Mouzakis

Un poco de historia

En 1989, Eduardo Kimel publicó el libro La masacre de San Patricio, en el que se investigaba el asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos por parte de esbirros de la última dictadura, hecho ocurrido el 4 de julio de 1976 y perpetrado en la iglesia sede de esa congregación, cita en el barrio de Belgrano.

La rigurosa investigación de Kimel ponía en tela de juicio la actuación de las autoridades encargadas del proceso judicial, y personalmente la del juez Guillermo Rivarola. En 1995, el sinvergüenza del juez, que no había encontrado a nadie culpable por la masacre, en cambió demandó a Kimel por calumnias e injurias.

Kimel apeló y gano, pero la Corte Suprema adicta al menenismo desestimó la apelación y ratificó el fallo del juez, que consistía en una condena de un año de prisión en suspenso y al pago de una indemnización de 20.000 dólares, por parte del periodista.

Kimel siguió empecinadamente adelante y presentó su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que tras 17 años de proceso falló a su favor:

Dijo entonces, Eduardo:

"Este proceso fue muy largo pero valió la pena. No por una cuestión personal, sino por lo que tiene que ver con la memoria colectiva. En estos años hubo muchos compañeros que me acompañaron, pero quiero recordar especialmente a mi esposa, Griselda Kleiner, ya fallecida. Ella estuvo al lado mío, jamás me abandonó. Era una luchadora social, cordobesa, protagonista del “Cordobazo”.

De nuevo, ahora

No sé, la sensación es extraña, Eduardo. Tener que escribir una nota sobre vos hablándote en tiempo pasado. Me niego. Reconocer que estés muerto más que duro, es para mí un ejercicio casi grotesco, un algo que no tiene lógica ni explicación. Porque es un absurdo pensarte muerto. Y encima así, de repente, dejándonos a todos con tres cuartos de narices.

¿No será otra de tus humoradas, esta? ¿Una muestra más de ese, tu sarcasmo, que sabías disparar como dardos que dejaban estupefacto a tu interlocutor?

Y encima yo escribiendo una nota sobre vos, en la que quiero dejar constancia de lo mucho que te quiero y de lo mucho que te admiro como persona, como amigo, como compañero, como hermano de la vida, como hombre íntegramente comprometido con las mejores causas, como pensador de criterio, como talentoso periodista y como maestro de futuros periodistas (ojalá haya aunque sea uno que alcance alguna vez así fuese la altura de una uña de tu estatura de saber y de tu gigantesca integridad ética).

¿Ves? Hablo en tiempo presente.

Y escribo esta nota sobre vos.

La escribo consciente de que esta vez la devolución que tantas veces tuve de tu parte, esta vez no es posible. No tendré la suerte de que la corrijas y la edites antes de ser publicada; preciando la justa medida a cada párrafo, intercalando en su lugar la coma omitida, rasurando el exceso de adjetivación, o de sequedad o desmesura, o elogiando la frase que encontraste adecuada.

De vos no tengo recuerdos, me niego a tenerlos: tengo presencia, tengo ejemplos, tengo tu afecto siempre franco, renovado y explícito. Tengo el eco de tu voz profunda, casi de la de un cantor de sinagoga; la imagen de tu andar desmañado, casi a los tropezones; el sonido estentóreo de tu risa; sigo compartiendo con vos los almuerzos de los sábados, sentados a la “mesa de los periodistas” en el fondín de la calle Junín, casi Santa Fe, que servían como prólogo a tu programa en “La voz de las madres”, en la cual yo también levanto una pequeña tribuna gracias a tu generosidad.

Hablando de Madres, conocí a la tuya, Eduardo. Una altiva y digna dama judía, sabedora también de genocidios, destierros y discriminaciones ¿Sabés que te compara con el soldado Carrasco? Dice que fue necesario el sacrificio del soldado Carrasco para terminar con el servicio militar obligatorio, del mismo modo que fueron necesarios 17 años de padecimientos de tu parte para que la libertad de expresión ganase la batalla de ver eliminadas las sanciones penales por los delitos de calumnias e injurias.

Tiene razón, tu vieja.

A instancias del Poder Ejecutivo, a poco de concluir el 2009, la derogación de las sanciones penales para los delitos de calumnias e injurias se convirtió e ley.

La propia presidenta Cristina la llamó Ley KIMEL. Así será conocida para siempre.

Estabas orgulloso; te llamé, te felicité, hicimos una nota celebratoria en “La voz de las Madres”. Unas noches después brindamos, y los dos y otros amigos levantamos también la copa por Griselda.

Te extrañaré horrores, hermano. La vida te extrañará horrores.
Siempre que me pregunten diré: Eduardo Kimel fue un hombre justo, un hombre sabio, un tipo tierno y afectuoso que a veces encubría su ternura con un gesto huraño. Fue un hombre alegre. Y apasionado. Gran polemista. Sarcástico. Irónico. Jamás necio ni sectario.

Eduardo Kimel, serás siempre mi hermano.

Omar Mouzakis
Escrito por Corresponsales El Paradiario 14
http://www.elparadiario14.cl/admin/render/noticia/19183