domingo, 2 de marzo de 2008

Sandra Russo y los vínculos en la era líquida

Sandra Russo
Imagen: Juan Pablo Margutti


Unos amores difíciles
Vivimos en el tiempo de los amores efímeros, pero añoramos el flirteo. Los vínculos son fatalmente frágiles, pero el sufrimiento por amor sigue siendo algo muy duro. En su nuevo libro Amar y flirtear, Sandra Russo elaboró un contrapunto entre Adam Phillips y Zygmunt Bauman, aceptando la fatalidad de la época líquida, pero apostando aún a algunos sentimientos sólidos.



Por Violeta Gorodischer
“Llorarás más de diez veces por amor, romperán más de diez veces tu corazón”, dice Leo Mattioli en una de sus canciones más conocidas, esa que todavía sigue sonando en la tele, en la radio y en más de una fiesta que se despacha a mitad de la noche con la cumbia romántica a todo volumen. Un mensaje que ya es familiar no sólo por la popularidad de la letra sino porque se multiplica también en los discursos masivos sobre el amor: desde la telenovela y el bolero, hasta las películas de Hollywood, las canciones pop, la ópera e incluso la narrativa contemporánea. Siempre, de una u otra manera, se sufre. “Quizá cierto malestar de época esté relacionado con el hecho de que no existan discursos para auxiliarnos sobre nuestras preocupaciones amorosas, o mejor dicho: los discursos circulantes provienen del folletín, del bolero, Montaner, esas cosas mejores o peores, pero que lo único que dicen es lo mismo que sabemos: el amor hace sufrir”, plantea Sandra Russo, periodista y escritora, autora del flamante libro llamado ni más ni menos que Amar y flirtear, donde se propone tomar el toro por las astas y sumergirse de lleno en los vínculos amorosos actuales. Así, con el firme propósito de llevar a cabo una reflexión profunda, Russo trata de establecer una unión (o más bien contrapunto) entre Phillips y Zigmunt Bauman, autores que supo seguir con fruición y que, según cuenta, le cambiaron los paradigmas por completo. En líneas generales, el planteo es más o menos así: si en Amor líquido Zygmunt Bauman arguye que lo que define a la modernidad son las relaciones “líquidas” de las que es fácil escurrirse, y añora los antiguos tiempos de solidez, en Flirtear-Psicoanálisis, Vida y Literatura, Adam Phillips reivindica el flirteo como forma de atracción habilitada, no sólo desde el punto de vista sentimental sino incluso con las ideas, con los mismos esquemas teóricos de una época que no deja de ofrecer opciones para todos los gustos. Entonces ambos intentan hallar respuestas que tienen que ver con las relaciones humanas. Concretamente, con el amor. “Los dos hablaban de lo mismo, pero desde diferentes verbos, esto es: con acentos teóricos diferentes. Vivimos como dice Phillips, pero en el fondo aspiramos a lo que dice Bauman”, sostiene Russo. Y partiendo de esta hipótesis, da pie al cruce entre ideas de diferentes críticos y sus propias conclusiones personales para trazar un mapa de los vínculos entre hombres y mujeres “emocionalmente frágiles” que huyen del sufrimiento. “Hay un cansancio en el aire, ganas de ir hacia una fragilidad que todavía no tiene forma. No la del sexo débil, más bien una necesidad de fragilidad andrógina que puedan compartir ambos sexos”, dice. Si en el desfile de autores citados, la elección puede resultar arbitraria (Foucault, Berger, Rosa Montero, Roxana Kreimer), la explicación es simple: “No tiene ningún eje más allá de lo que yo ya tenía leído y me iba rebotando a medida que iba escribiendo. Son cosas que guardo en el disco rígido y van saliendo a medida que escribo. Foucault, por ejemplo, para mí más que una lectura es un punto de vista. Una vez que uno lo lee empieza a usar sus textos como puntos de vista. Yo al menos los uso así: puede ser en una nota sobre política o en una reflexión sobre hombres y mujeres, son maneras de ver el poder”.

LA PROPIA VIDA
La efectiva fórmula es ir mechando experiencias propias que irrumpen para mostrar la intimidad más guardada y tocar algún nervio del sentir colectivo. ¿De ahí esa exposición radical que la lleva a hablar de la sexualidad de su madre, sus propias relaciones de pareja, la primera vez que vio una porno, el dolor por la pérdida, incluso a hacer un capítulo entero en base a sus cadenas de mails con los alumnos del taller de escritura que dicta? Sí, pero no es únicamente por eso: “Tengo una especie de intuición: cuanto más subjetivo y de entraña es un pensamiento, más lo voy a poder compartir con la gente. Cuanto más de adentro viene más fuerte pega, y eso ya no está bajo mi control”. Claro que esta suerte de exposición feroz viene a jugar un rol bien distinto del auge de lo autobiográfico que de un tiempo a esta parte está copando las novedades editoriales. Porque si Russo da cuenta de las situaciones más viscerales de su vida, no es para aferrarse a ellas con uñas y dientes. “Voy a contar algo muy personal”, dice en uno de los capítulos, abriendo el juego. “Algo que no me hubiera animado a contar en una contratapa periodística, pero que en el contexto de este libro puede encontrar su sentido amplificador, que es por lo único que públicamente uno, cuando viene del periodismo, puede admitir la primera persona”. Y acto seguido, el momento en que se enteró de la muerte de su marido deja paso al cuento de una mujer que pierde 50.000 pesos en el Hipódromo. “Expongo situaciones vitales pero las uso como disparador para pensar otras cosas”, reflexiona a posteriori. “En esta escena, que es una de las más fuertes, metí una ficción mía que tiene que ver con la idea de la pérdida, que está en la muerte, en el juego, en la falta. Es eso irreparable que te hace desestructurarte y después rearmarte de otra forma.” Es que tal vez sea justamente esa voluntad de rearmarse (de reubicarse) lo que aparece como matriz del libro. Algo así como escapar al fin de los rótulos y escabullirse en las líneas de fuga, el vaivén justo entre el amor verdadero y un poco de aire. “En la vida necesitamos dos o tres vínculos verdaderamente sólidos, entendidos como una comunión absolutamente incondicional. Todo lo demás va y viene”, sentencia Russo, dejando entrever aquello que se hace evidente pasando los primeros capítulos: no es equitativa con ambos autores. “Cruzo lo de Bauman y lo de Phillips pero tomo claramente partido por Phillips”, bromea. Porque si bien admite que el logro de Bauman fue ponerle palabras a un sentimiento de época, también señala que lo que el hombre parece haber olvidado es definir de qué tipo de solidez hablamos cuando anhelamos la fórmula de la felicidad. “Ahora hasta Katja Alemann tiene un Kabaret Líquido. Del texto de Bauman se habló en Ciencias Sociales y en Para ti, cubre un espectro muy amplio. El gran hallazgo fue haber encontrado una palabra para definir algo que estaba circulando y con lo que rápidamente millones de personas se identificaron, que es la sensación líquida. A eso le saca el jugo: ‘el amor líquido’, ‘la sociedad líquida’, tiene toda la línea de la liquidez como marca registrada. Un gran acierto, porque refleja una verdad. Ahora, teóricamente y existencialmente yo me identifico más con Phillips. Para mí Bauman aparece en el mundo intelectual como alguien podría aparecer en la tele diciendo: ‘¿Dónde hemos dejado nuestros valores? Ya no hay solidez’. Si bien es cierto que necesitamos de esa solidez, yo creo que lo más tentador de esta época, lo más asociado a la libertad y a ciertas dosis tolerables de locura, es lo que sostiene Phillips”. ¿Un tipo de solidez compatible con el flirteo? Por qué no. Por qué no pensar que a lo mejor estamos yendo hacia un formato distinto de relaciones posibles. Esas que en definitiva, como todo, no son más que una construcción cultural. En palabras de la propia Russo: “El amor romántico no es la única ni la mejor ni la inequívoca forma del amor. Quizá lo que no sepamos es cuál le sigue, cómo se construye, cómo se codifica y en qué consiste la gloria de un nuevo amor que selle los pactos necesarios y que al mismo tiempo eche sus raíces no en la pasión, sino en la amistad”.

Violeta Gorodischer
Fuente: Suplemento "Radar", Diario "Página/12", 02/03/2008
http://www.pagina12.com.ar/