domingo, 2 de marzo de 2008

Marina Dragonetti: La caverna del silencio


Hace mucho tiempo ya que vivo en este hueco, tantos años que ya olvidé seguir contando. Sólo la humedad y unas pocas líneas de luz se vislumbran por las aberturas de la tierra. Las hendiduras de las piedras aparecen como una parte más de este decorado lúgubre y gris que es mi morada. Siempre supe que jamás saldría de aquí, por lo cual procuro amenizar el ambiente a mi sola y única mirada. No tuve otra alternativa que adaptar, a medida que iba desarrollándome, mi físico a la estructura de la caverna: la longevidad de mis brazos y piernas se iban contrayendo a medida que chocaban con las paredes, el tono de la piel se confundía cada vez más con los tonos verduzcos y grisáceos de las piedras, y mis ojos se adaptaron sin más a la oscuridad profunda de las noches y a la que se hacía más leve por las tardes.

Hace mucho tiempo que dejé de sentirme humana, soy más parecida a un vegetal exótico y solitario que a un hombre. Lo único que me distingue de la especie vegetal son mis pensamientos. Desearía no tenerlos: son patéticos e insoportables. Mi reclusión, lejos de acallarlos, los exaspera, los revoluciona y mi mente se parece cada vez más a una selva urdida de pesadillas que me acechan en sueño y vigilia. Nunca podría ser feliz así, me dije. Me encontraba en el peor de los estados, a medio camino entre una vida pacífica y silenciosa bajo la tierra y una existencia de movimiento perpetuo: sufría de una inmovilidad muscular que me provocaba la más temible hiperactividad cerebral.

No necesito mucho más para vivir, y sin embargo se me hace tan difícil que me cuesta hasta el acto mismo de respirar. Mi vida entera gira en torno a estas cuatro paredes omnipresentes que habría testificado con indiferencia tantos momentos. Mis brazos y piernas se iban entumeciendo de a poco, y mi mayor esperanza era que algún día eso ocurriera también con mis pensamientos, que se fueran volviendo cada vez más perezosos hasta anquilosarse de manera perpetua, pacífica y silenciosa. Pero no, sigo aquí en medio de la inmovilidad y la desesperación. Lo único que deseaba era el silencio… sólo eso.

Sin embargo todo esto no era sino dicha comparado a lo que llegaría más tarde; luego comprendí que mi estado anterior era demasiado paradisíaco como para tener posibilidades de perdurar. Un buen día desperté de mi siesta habitual, siempre soñaba con ases de colores que entrechocaban entre sí, círculos amarillo, rojos, verdes que gravitaban sobre un fondo negro y terminaban por difuminarse en el espacio. Era como un maravilloso espectáculo de luces vibrantes que se manifestaba sólo para mí, y mis ojos cerrados como estaban, eran capaces de vislumbrar más color y luz que la mirada a ojos abiertos. Cuando mis pupilas se despejaron por completo vi a un hombre con un rostro de terrible bondad que acercaba su mano enrojecida a lo que quedaba de mi brazo. Intenté gritar, con desesperación exclamé un mudo grito que el hombre ni siquiera percibió. Sonreía con lástima y me sacó para siempre de allí, de mi hogar.

Cambié mi mundo subterráneo por una habitación no menos lúgubre y desolada. A veces las realidades se superponen y siento una opresión que sólo el cemento es capaz de procurar sobre mí. Cuando no logro conciliar el sueño intento recordar aquellos globos multicolores que se difuminaban en la oscuridad hasta no pensar en nada más, pero solo logro retenerlos por unos instantes. Intento recordar cuántos años pasaron de aquel episodio, pero el tiempo ha quedado definitivamente abolido para mí.

Marina Dragonetti
marinadragonetti@yahoo.com.ar