domingo, 1 de abril de 2007

Mónica Russomanno x 2

MUJER FELIZ

Había yo concurrido a una charla dada por un psiquiatra. La charla trataba sobre la felicidad. El psiquiatra definió el grado de felicidad como el nivel de aceptación en la relación de la persona con sus aconteceres; la familia, los amigos, el trabajo, las diarias ocupaciones.
Ocurrió que la mujer sentada a mi lado era una persona feliz, y, para mi dicha, esa mujer feliz me había otorgado el alto y honorable título de amiga.
Ahora bien, cómo es que esa mujer es una de esas raras personas que han incurrido en la extraña fortuna de ser felices. Habría que hacer un estudio, pero no está en mi mano más que el esbozo de una descripción, incompleta y externa como todos los intentos de aproximación al misterio.
Esa mujer que gozosamente confirmaba cada rasgo presente en las personas felices camina con los pies hacia afuera como una bailarina. No es un dato anecdótico. Como no puede ir por la vida con los brazos abiertos, va por ella con los pies abiertos, abarcando con un abrazo desde la tierra al universo y sus criaturas.
Es de esa clase de gente que una quiere tener cerca cuando el cielo resplandece, y que una necesita cuando llega el otoño y el deshojarse de las ilusiones. Tiene la incomparable capacidad de estar, de estar para quien la necesite a la hora del mediodía o de la medianoche, de callar, reír o hablar, de consolar sin mentir, de sonreír en silencio, de llorar lágrimas de sal y música melancólica por una amiga en desgracia.
Es hija, madre y hermana, es esposa y amiga. Es decir, que ejerce con solvencia todos los posibles modos de caricia y de estar en el mundo con y para otros. De su marido ha dicho “lo quiero tanto”, y no se me ocurre frase más modesta y más hermosa.
Que haya amamantado a sus tres hijos y a sus siete sobrinos la colocan en el terreno de la Pachamama, de las Venus Esteatopigias, de todas esas deidades que desde el inicio de los tiempos dieron leche y vida a los humanos. Que pueda narrarlo con bellas palabras es un encanto añadido.
Es, entonces, una especie de maga.
Si el timbre de su voz lo evoco en la frase ¡Qué-buéno!, así pronunciada, ¡Qué-buéno!, en las situaciones en que una se daría a todas las maldiciones que recuerde o pueda inventar. Si esa mujer dice qué-buéno cuando se pone a cocinar a las once de la noche, y al otro día tiene que madrugar para ir al trabajo. Si dice que hace falta or-ga-ni-za-ción, sabiendo que nadie le hará caso, y no se enoja. Si extiende su afecto como una manta infinita que abriga a todos y a todo. Si hace todo eso, debe de ser, y es, una mujer feliz.
Descubro entonces que la felicidad no es una cuestión de sucedidos, fortunas o resguardos. La mujer feliz deja que la felicidad le retoñe en los pechos y la regala. No protege con muros su jardín, lo abre a los visitantes. No guarda su felicidad en una cajita de sándalo e incienso, la derrama, y al derramarla crece.
Es feliz porque nos hace felices. Y hacemos cola para sentarnos un ratito a su lado en la hamaca.
No puedo decir que Edurne sea un hada. Es una mujer de verdad, y una mujer feliz. No hay mayor magia que esa.


NUESTRA INFELICIDAD


Nuestra felicidad no nos pertenece. La creamos no con las herramientas que nos son propias, sino con las que nos prestan. Y no depende como el siglo quiere hacernos creer de lo que poseemos, sino de lo que damos.
Puede ser una ingenuidad, pero ciertos antiguos saberes son tan ingenuos como el que un abrazo es más necesario que el pan, y que la sonrisa del amado calienta el alma en el invierno.
La felicidad no es una carcajada necesariamente. Sucede en una capa más profunda y es capaz de serenar los océanos del infortunio.
Para ser feliz es necesario ser generoso. Saber dar y saber recibir.
Una mujer que cocina para su hombre, el padre cansado que se fuerza a estar un ratito más a pesar del dolor de cintura, el muchacho que resigna unas tardes a acompañar la tragedia de su amigo. Hallan todos ellos una felicidad de melodía a media voz, la tranquilidad de estar donde hacen falta.
Pero necesitan, para poder ejercer su cometido de acompañantes, la retribución del reconocimiento.
Trabajar por la felicidad de alguien que nos ignora es un sendero que desemboca en la angustia. Y aquí acostumbramos considerar tonto a quien no requiere alguna clase de paga, y acostumbramos denigrar los trabajos desinteresados. Si no se pide nada a cambio, pensamos que debe de ser algo que no tiene valor.
Es cierto, no tiene precio. Es inapreciable lo que unos hacen por otros cuando se atreven a dar desde las entrañas, cosa nada fácil.Una mujer que acaricia a su hombre dormido es feliz. Una señora que pone la mesa con las mejores tazas para recibir a sus amigas. Un hombre que enseña a su vecino cómo cambiarle el líquido de freno al automóvil es feliz.La felicidad florece bajo los techos de chapa, estalla en el patio de una escuela, se enciende en una oficina. No tiene edad ni condición social. La llevan los privilegiados que son capaces de convidar con lo que tienen.
Quien es feliz porque lo envidian, retrasa unos momentos el salto hacia el abismo. Quien se alegra por el llanto de alguien, detiene un minuto solamente el roer de las orugas. Mentirá ser feliz el malvado, se mentirá a si mismo, hará la pantomima, montará su obra teatral. No hemos de darle fe. No le creeremos.
Pero mientras tanto todo nos lleva a la desdicha. La veneración del cinismo, la confusión de maldad con inteligencia, el mandato de arrebatar lo que no está fijado al suelo. Todo nos lleva al blindaje y la desconfianza. O somos ladrones, o tememos ser despojados.Creemos que poseemos lo que guardamos, y somos esclavos de lo que nos negamos a dar.La mujer no quiere ser usada, y se niega el privilegio de atender a su hombre. El hombre no quiere que la mujer lo domine, y se niega el privilegio de atenderla. Aferrados a nuestras mezquinas posiciones, amurallados todos, profunda, dolorosamente infelices. Pero eso si, indiscutiblemente dueños, patrones y propietarios de nuestra infelicidad.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com