domingo, 25 de julio de 2010

Myriam Arcerito: Juan y Alma



Me transporto al regazo de una bella historia que un día me contaron. Una historia de amor adolescente en plena dictadura. ¡La imagino! Estoy en la cuadra del Bar Unión: hay una mesa frente a la ventana, el ponche caliente, la mano cálida de Juan acariciando la de Alma. Afuera casi comienza el verano, la humedad se hace pegajosa en la docta, y la política cubre cada rincón de incertidumbre…

A pocos meses de la dictadura él le declaraba su amor entre ansiedades y libros. Tenía un nombre simple de batalla:”Juan”, y ella un segundo nombre que -por esas cosas de la adolescencia- no le gustaba usar:”Alma”. Él lucía despreocupado y revolucionario, jugaba a ser intelectual: recitaba a Hegel y a Spinoza. Eran tiempos de dogmatismos encendidos en la “facu”, por ello todos erigían la mejor verdad como bastión de lucha; ¡de Einstein ni hablar!: que sabría él de lo absoluto, su teoría de la relatividad era cosa de “híbridos”. En aquél tiempo… sí ¡todo era “absoluto”!: el amor, los sueños, la idea de una sociedad más justa, las camisetas políticas. Juan le explicaba cómo iban a hacer la revolución, ella lo escuchaba con inspirada atención; admiraba su discurso mientras la enamoraban sus rulos castaños, sus labios dulces y gruesos, sus manos cálidas, su mirada convincente y la pasión que ponía en el discurso. Su insistencia por persuadirla y ese modo militante de quererla.
Antes de conocerlo… apenas había sentido en su piel un par de sensaciones mínimas robadas por algún beso de un noviecito del secundario, que quedaron dormidas hasta que llegaron las manos, los besos, las miradas de Juan. Ambos crecieron a la par que se agitaban los vientos del horror. Conocieron a fondo sus virtudes e íntimos defectos, también el lugar donde nacieron, en qué camas dormían sus ímpetus juveniles, los padres que los criaron con abnegado amor; los amigos de la infancia y los que compartieron después. Jamás se borrará en sus mentes: la risa de José festejando el show de Carlos que los entretenía en cada encuentro; la sonrisa de Emilio; Chiquilín de bachín…” cantado por el más romántico del grupo; ni las interminables arengas doctrinarias y/o académicas en las que concluían sus reuniones o improvisadas peñas; en fin, los amigos que se fueron y los que llegaron más tarde, o aquella canción de María que les erizaba hasta la mismísima médula y hablaba del regreso del líder. Tampoco las calles ni las plazas ni los bares que los vieron transcurrir exultantes de ilusiones. Transitaron de la mano desafíos y miedos; vieron a la Argentina salir campeón -en una época siniestra-; casi hubo guerra con los hermanos chilenos; no obstante creían con fervor en la esperanza democrática cuando recién despuntaban los veinte y ya diagramaban en sus corazones el futuro. Leían Puebla, Jauretche, Marechal, Scalabrini, José María Rosa; asistían a escondidas a las misas de Perón y Evita, año tras año. El vestía jeans; ella vestía jeans. Él reivindicaba el folklore, y ella se emocionaba con las reuniones de amigos y las notas de guitarra que acompañaban cánticos eufóricos. Él amaba las tertulias políticas mientras Alma manchaba cada apunte o libro con interminables mates lavados. Eran los setenta aún: ya había pasado el mayo francés, Woodstock, ya se habían hecho famosos y desmembrado los Beatles, Vietnam parecía tan injusto como ajeno, ya había cantado Bee Gees: “run to me”. Juan no quería que ella escuchara música foránea, se enojaba a veces, decía que eran los resabios burgueses de una crianza despolitizada. Alma asentía refunfuñando: “es que las costumbres calan hondo” –le decía ella-; en realidad le agradaba su coherencia ideológica y si él lo afirmaba… entonces estaba bien.
Al rock nacional lo habían lapidado; la Negra Sosa era mala palabra; Piero ni soñaba con cantar “..país… país…” Tampoco acaso importe si Sandra Mihanovich se había animado con “Puerto Pollensa”. Es pasado. Es sólo historia dicen…
Pero en la memoria y en la piel, en los grandes recuerdos que el tiempo nunca borrará: todavía Juan y Alma se pierden por las callecitas de la docta subiéndose al barrilete de su juventud, de su amor, de sus viejos ideales de revolución queriendo cambiar el paradigma de un mundo desigual; y con ellos, otros jóvenes, muchos más: son miles, van por las calles, por la universidad, por los campos, por el cielo. Se perdieron tras “aquellos sueños e ideales de identidad”, aunque reivindicaron la trascendencia de sus anhelos junto a ellos.

Él dejó de ser Juan para Alma, hasta este instante de recuerdo e inspiración en que la historia se hace eco de mis sentidos y nace sola y auténtica a través de la palabra. A ella, según me reveló, ya no le molesta más que la llamen así, “Alma”, al contrario, confiesa que lo usa como seudónimo de poemas olvidados en su escritorio. Con el tiempo ellos abrazaron diferentes metas y los caminos los llevaron a diversos puertos. Pero de ellos; y de quiénes ya no están; como de quiénes también fuimos testigos o protagonistas: es aquél pedazo de historia, de sueños; “¡de nunca más!”.

Hoy, somos, a veces, un diluido ejemplo de tanta ilusión, de tanta lucha inacabada: esforzándonos día a día en crear nuevas utopías que ameriten aquellas pasiones e ideales. Otras veces, hoy sólo somos lo que pudimos ser, luego de haberse desvirtuado durante décadas la promesa implícita de construir una mejor comunidad.-

Myriam Arcerito
Mar del Plata, Argentina