martes, 18 de septiembre de 2007

Cristina Villanueva: Desde el Jardín de Uriarte

Pinturamúsica, la voz se amontona en la oreja ante de circular el
laberintoenigma.

La imagen del sonido detona en rojo, se derrama, se abre a cielos pequeños
como cachorros del paraíso.

La voz pasea la piel en extendidas olas hasta llegar a la compartida
perfección del silencio.


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Esquinas con veranos rotos, abuso de un calor sin respiro. Buenos Aires en
clave de bolsas de basura revisadas minuciosamente como si buscaran los
restos de una civiliación perdida. Caballos extraviados de algún cuento
atropellandonos y la sortija ¿cúando ?. Tangos llorando un ayer en lugar de
esperar un mañana. La luz, un reflector sin piedad sobre espejos dormidos
mucho tiempo. Las llanuras prometidas, los paraisos, una histerica que al final
no se deja. Un miedo en la punta del crepúsculo que siempre se enrojece de
heridas y el amor y la furia.


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El estremecimiento de lo extraño la cruza cuando recorre la Plaza de Mayo desierta.
¿Dónde las plazas de sus edades sucesivas, la multitudes, el pueblo?. Se pregunta mirándose las marcas del país en la piel.
A veces se da esa fusión que sucede en al amor. Ir a una marcha envuelta en el cuerpo único, gritos, canciones, hamacada en todos. Otras veces como sucede cuando el amor termina (casi siempre después de un muerto o de algo muerto) ha vuelto sola, la manifestación se desgrana en cada uno con su miedo, su vulnerable vida a cuestas. Y el cuerpo de todos y la fiesta arrojados, rotos, con sangre pegada.


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El deseo no tiene edad pero

hay que tener una mente capaz
de saltar un largo espacio

Una vez que te fuiste
En el borde

Quedarte sin nada

Nada que se mida
Ninguna verdad
Ni certeza


Sólo un alboroto

Un racimo
Un casi

se desanuda
en vos

En vos


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El 11 de septiembre, ese dolor que nunca cura

La noticia estaba por llegar a través de la radio. Hasta ese momento en la cocina de mi casa acunaba en la panza a mi primera hija y a los sueños con que la esperaba. Cuando la recibí, lloré como pocas veces en mi vida Había estado en enero en Chile y recordaba a los que conocí. Una señora que me contó su orgullo de invitarme a la merienda, por primera vez en su casa había manteca. Contra eso se alzaron con un odio tan feroz, no sólo por el acceso a ciertos bienes de los que nunca los tuvieron, sino contra la dignidad de ser iguales y merecedores, ahora reconocida. Cuando los que manejan los hilos de poder designan a unos como humanos y a otros como descartables están ejerciendo violencia, una VIOLENCIA PRIMERA, SIMBÓLICA, CONTRA LOS CUERPOS, CONTRA LA POSIBILIDAD DE SOÑAR. Si se rebelan contra esta violencia, los violentos para ellos son los que no admiten ese orden perverso. Lo de Chile era distinto la unidad popular, había ganado las elecciones y caían todas las máscaras. Recuerdo el último discurso de Allende, palabras dichas antes de morir, portadoras de una ética del amor y de la lucha. El tiempo no gasta la intensidad de esa voz, siempre lloré al escucharlo, espero no dejar de hacerlo nunca. Los “adalides de la democracia” que posibilitaron el golpe en Chile contra un gobierno legalmente elegido, siguen sembrando muerte y tienen nuevos proyectos, siempre en nombre de la libertad, no nos acostumbremos.

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Me acaban de llamar para ofrecerme una tarjeta dorada, sería bueno tener una con la que se abran deseos. Una que juegue al resplandor. Una que tenga el sabor de ciertos dulces lejanos y la mullida tibieza protectora que dura tan poco y se busca incansable. No hay caso, lo dorado o lo adorado, con flecos de sol sobre lo que sentimos, no está en venta ,no necesita tarjeta de crédito, se descubre o se crea.



Cristina Villanueva
pluma@velocom.com.ar