miércoles, 21 de abril de 2010

Myriam Arcerito: Otoño



Abril es un mes singular. Acaso porque el otoño da una sensación de adiós que invita a la nostalgia. Es una época en la cual mis pasos parecen crujir mientras van jugueteando con esas hojas secas que pintan diversos amarillos sin parecer muertas aún, y que comienzan a caer al compás de los primeros vientos fuertes que dan cuenta que el verano acabó. Hoy he salido a caminar porque es un domingo soleado, y en mi ciudad las intenciones de pasear casi siempre conducen al mar, pues el agua da una visión de paz, de grandeza. Y es común ver sobre su rítmico vaivén un destello de luz que brilla en el horizonte en la línea infinita entre el mar y el cielo: donde algunas nubes conglutinadas visten blancos intensos pretendiendo esconder el sol de a ratos. En ese contexto, o con un contorno de luces que se encienden al borde de la noche, la ciudad da una imagen expectante -a veces ajena- precipitando un suspiro de abstracción o deleite. Muchas veces, a lo lejos, unos veleros y barcazas dibujan un pintoresco detalle en la mansedumbre del celeste marino como si los hubiese pintado Quinquela. En verdad, esta costa pareciera tener el embrujo de las leyendas antiguas: de los mares embravecidos o calmos que esconden barcos hundidos con tesoros insospechados; o de promesas de amor de doncellas y príncipes devenidos seres de carne y hueso que van penando por culpa de amores huidizos de verano; o de playas colmadas de gente trasuntando alegrías que transmutan fantasmales en pleno invierno cuando los vientos gélidos acobardan y los cielos brumosos recuestan sus grises sobre las aguas para dejarlas sin presencia y sin límites: como si cayeran en un abrupto abismo. Otras veces, el mar semeja un enorme lago sumergido en su propio rumor solitario, inabordable, mostrando distintos tonos de turquesas, verdes o azules: ahí las aguas parecen detenerse en el tiempo encarnándose en la retina como una postal. En ocasiones, unas olas embravecidas se elevan y agitan ruidosas; pero hay otros momentos en los cuales las olas apenas se perfilan, y ninguna palabra ni frase ni verso podría sintetizar siquiera una pequeña parte de ese instante donde el mensaje visual se transforma en una imagen única. Mar del Plata es un milagro si la miras hacia el mar… o desde el mar… Entonces me digo, si la vida fuera esta mirada, esta impresión de maravillas rozando lo divino, si ninguna otra sensación la resumiera tan exquisitamente, no existirían los recuerdos que dan ganas de borrar, o de no borrar, para que la memoria nos permita no volver a repetirlos. Para que el horror no vuelva a espantarnos. Para que la vida gane.

Myriam Arcerito
(Fragmento de la novela "Como hojas al viento")