sábado, 25 de agosto de 2007

Mariano Meiraldi: El ritmo del vientre

“Me gustan las mujeres viles, las perras borrachas, con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas de maquillaje barato. Me gustan más los pervertidos que los santos”.

Charles Bukowski



Sorbió un trago de whisky, y pitó un 43/70. Luego apretó play en el grabador y se puso a bailar un tema de Los Iracundos; con el vaso en la mano y el pucho entre los labios recordó momentos de su juventud, imágenes del pasado, historias lejanas que la conmovían.

Para salir había elegido ropa interior de encaje rojo, y una fragancia dulce, como a jazmín. - ¿Quién sabe? Quizás hoy tengo suerte – pensó mientras se vestía con un jean extremadamente holgado y un sweter blanco que le dibujaba bien los senos.

No era la misma que a los veinte años, pero con cincuenta, y bien llevados, aún estremecía a los pendejos calentones que revoloteaban a su alrededor. – La experiencia cuenta – se repetía una y otra vez mientras luchaba contra el cierre del pantalón que no se dejaba abrochar.

Bajó las escaleras del departamento y atravesó un estrecho pasillo. El barrio estaba frío y oscuro; la soledad invernal de las calles inquietaba. No tenía una figura esbelta, pero tampoco era un matambre enfajado.

El bar estaba vacío y silencioso. Se sentó en la mesa, pidió una medida de Criadores y un poco de música que la relaje. – Los pibes de ahora no son como los de antes. En mi época si les bailabas te aplaudían, te tocaban, se tocaban, y te decían piropos. Ahora son fríos, cagones. Te miran sin decir nada y después se pajean en sus casas. Son medios maricones. Virgos asexuados que se franeléan entre ellos – meditaba con un flujo de resentimiento mientras la cantina se poblaba.

De a poco empezaron a circular jóvenes de diferentes edades, mozalbetes trajeados que desfilaban con tragos en sus manos. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro, y dejó al descubierto la falta de un diente en su dentadura. La sangre le hervía, temblaba. Un jadeo profundo e inaudible la agitaba; el whisky se evaporaba.

La voluptuosidad de su abdomen inició la danza del vientre al ritmo de Los Redonditos de Ricota. Como una experta cazadora largó el señuelo. Movimientos pélvicos convulsivos y rostro enloquecido de placer eran su mejor cebo.

Recorrió el bar con la vista en busca de la presa que mordería el anzuelo. Meneando la cola y humectándose los labios con la lengua se dirigió hacia un grupo de chicos que sonreían y aplaudían los movimientos de ella.

Danzó un ritmo excitante y rozó con las manos sus pezones erectos, invitando a que la toquen. Indefensos, los niños la miraban temerosos y sin saber que hacer; la situación los sobrepasaba.

Con el torso al aire, y desprovista de todo prejuicio empezó a ordeñarse los senos sin obtener ninguna leche. De inmediato tomó la mano de uno de los chicos y la sumergió dentro de su sexo. Chorreaba, y la cara se le desencajaba. Aullaba e invocaba al demonio, dios de los placeres y protector de la lujuria.

El cierre de su pantalón se abrió, y de a poco lo bajó hasta descubrir su adiposa cadera. Los niños corrieron desesperados para todos lados. Uno de ellos fue la víctima; quedó atrapado entre los cantos de la mujer, que en cuestión de segundos dilató su ano a tamaños inimaginables y lo devoró. Del niño no quedó más rastros que un par de zapatos náuticos imposibles de digerir.

Mariano Meiraldi
kira_baleno@yahoo.com.ar