miércoles, 13 de mayo de 2009

Boris Vian, un hombre con mil cosas que hacer

Boris Vian

Por Ramón Mas

Intentar reconstruir la figura de Boris Vian en todas sus facetas es una aventura que supera la capacidad de absorción de cualquier devoto temerario. Su talento hiperactivo fomentó la dispersión de una obra que debe entenderse como un tic nervioso, algo natural que, a ritmo de bop, sucedía allá donde pisaba. Trompetista y actor, pero sobre todo escritor, Boris Vian paseó su comprimida existencia entre la facultad de ingeniería, el colegio de Patafísica, las primeras caves de Jazz, teatros y rodajes de todo tipo, e incluso los despachos del sello discográfico Phillips, del que fue director artístico.
Con su gesto elegante y un cierto descaro emocional, Boris Vian dejó tras de si retazos de una obra tan difícil de recopilar como de unificar. Nunca impuso jerarquía alguna entre sus inquietudes creativas, ya fuesen pictóricas, musicales o de ebanistería, pero si por alguna le recordamos cincuenta años después de su muerte es sin duda por la literaria. En ella encontramos traducciones excelentes, novelas inclasificables, conferencias didácticas, poemas-bomba y poemas-broma, crónicas de Jazz puramente hedonistas, guiones de cine vocacionales, letras que se anticipan al estallido de la chanson, incursiones en la literatura negra que escandalizaron a toda Francia y hasta algún acercamiento a la opera y el teatro.
Solo hay que dar una mirada rápida al Saint-Germain-des-Prés de posguerra, del que Boris Vian fue considerado príncipe por la prensa de la época, para cerciorarse del bullicio que se movía a su alrededor. Sartre, Simon de Beauvoir, Raymond Queneau o Albert Camus frecuentaban el club Tabou; allí la orquesta de los hermanos Vian incitaba al baile, además de las habituales visitas de Charlie Parker, Miles Davis y otros grandes del Jazz estadounidense. Por si tanto nombre ilustre supiera a poco, en el mismo barrio deambulaba la Internacional Letrista de Debord, recién escapada de las garras de de Isidore Isou y formando el embrión de lo que pronto se convertiría en la Internacional Situacionista. Pero en las caves, esas cuevas subterráneas donde los nuevos escritores franceses se deshacían de los arcaicos clichés de la intelectualidad gala, Vian era la estrella, el centro de gravedad gracias al cual un filósofo francés y un saxofonista de Nueva Orleáns podían emborracharse codo con codo. Y cuando aprovechando aquella juventud de posguerra que tan bien vendía en los periódicos, a alguien en Editions Toutain se le ocurrió sacar una guía de Saint-Germain-des-Prés, ¿a quien llamaron? Pues al que mejor conocía la vida subterránea, el príncipe de los trogloditas. Boris Vian cumplió con su parte, no así la editorial, y a pesar de los anuncios de su inminente publicación aparecidos en 1950, la guía no vio la luz hasta 1974, quince años después de la muerte de su autor.
El novelista
En julio de 1946, Jean d’Halluin, amigo de Vian y editor de oficio, le pide consejo sobre autores americanos que puedan tener éxito en Francia. Es la literatura que está de moda y necesita algo que le asegure vendas para evitar la bancarrota. “¿Un best seller? Dame diez días y te fabricaré uno”, y así lo hizo. Del 5 al 20 de agosto, Boris Vian aprovecha unas vacaciones en la Vendée para escribir Escupiré sobre vuestras tumbas, una novela negra protagonizada por un afro-americano de piel clara que, haciéndose pasar por blanco, se venga del asesinato racista de su hermano. Era pura provocación, y lo firmó bajo el pseudónimo de Vernon Sullivan, un autor americano de raza negra que supuestamente el propio Vian había traducido al francés. El libro vendió moderadamente hasta que se hizo pública una denuncia por atentar contra las buenas costumbres, una vez servida la polémica las cifras crecieron exponencialmente. Tres años después, con problemas de salud y cansado de arrastrar juicios, Boris Vian confesaba la autoría del libro. Pero los juicios todavía se alargarían dos años más, y el espectro de Vernon Sullivan le perseguiría hasta la tumba. A pesar de las vendas astronómicas, Boris Vian nunca quiso considerar J’Irai cracher sur vos tombes como una obra literaria, se limitaba a decir que se trataba de una broma.
Lo cierto es que el revuelo levantado alrededor de las obras de serie negra ensombreció sus verdaderas novelas, las que firmó con su propio nombre y cuya forma y contenido era absolutamente genuino. Estos libros, tan solo cuatro si dejamos a un lado Vercoquin et le Plancton y Trouble dans les andains, ambas novelas de formación, son La espuma de los días, El otoño en Pekín, La hierba roja y El arrancacorazones. Cuatro piezas irreverentes de una belleza e imaginación difícilmente equiparables a ningún autor del siglo XX. Resulta paradójico que las obras más personales de un autor sean también las más fantasiosas, pero eso forma parte de la desconcertante grandeza de Boris Vian; tampoco por ser tremendamente divertidas dejan de ser trágicas. Discípulo avanzado de Jarry y Rabelais e hijo bastardo del Carroll de La caza del Snark, Boris Vian creó un mundo propio que bebe tanto del teatro del absurdo como de la literatura de ciencia ficción norteamericana de los 50’s.
La literatura de Boris Vian es una fiesta de la inventiva ante la cual palidece incluso el desparpajo surrealista. Entre sus páginas podemos encontrar a toda clase de personajes tan difíciles de concebir como de olvidar, des de un arqueólogo excavando en busca de líneas de fe a un filósofo con clubs de fans, un perro existencialista con cargos políticos, un psicoanalista hueco o batallones de curas armados con lanzahostias. Pero también gran variedad objetos fantásticos como el inolvidable pastel que se puede pinchar en un tocadiscos de L’Écume des jours. Además, como expresa de forma magistral en La espuma de los días, tal vez su novela más redonda, los estados de ánimo de los personajes alteran el mundo físico en el que se desenvuelve la trama, de modo que el decorado es tan protagonista como lo que en él sucede. No obstante, lo que más abunda en la obra de Boris Vian, y esto incluye los guiones, las variedades, el teatro o las novelas de serie negra, son las mujeres bonitas. Él mismo lo confiesa sin rodeos en un célebre prólogo escrito en 1947: “En realidad, sólo existen dos cosas importantes: el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleáns o de Duke Ellington.”
Hay en toda la obra de Boris Vian una intención premeditada de huir de lo convencional, pero no por ello estamos hablando de libros incomprensibles o de difícil acceso. Más bien al contrario, su escritura es ágil y sin rodeos, ahora bien, nunca sabes hacia donde se dirige. “En fin, no conté mis amores en una primera novela, mi educación en la segunda, mis purgaciones en la tercera ni mi vida militar en la cuarta; solo he hablado de cosas que ignoro por completo. Esta es la verdadera honestidad intelectual. No se puede traicionar el tema cuando no hay tema- o cuando no es real.” Tal vez fuera este desconocimiento del tema lo que hizo que público y crítica ignoraran durante años las cuatro obras maestras de Boris Vian.
Sin embargo, y por suerte para nosotros, cincuenta años después de su muerte la obra de Boris Vian es constantemente reeditada y tratada con el respeto que se merece. Actualmente, aquello que en 1951 le escribía a su segunda esposa Ursula respecto el rechazo de “L’arrache-coeur” por la editorial Gallimard, “Qué raro, cuando escribo en broma parezco sincero y cuando escribo de verdad, creen que bromeo…” y que tubo mucho que ver en que dejara de escribir novelas con poco más de treinta años, no es más que una anécdota a pie de página.
El guionista secreto
Si hay algún modo de expresión literaria que Boris Vian practicó de manera constante hasta su muerte a los treinta y nueve años, esta es sin duda la de escribir guiones. Desde su más tierna adolescencia sintió una fuerte atracción por el cine, hasta el punto de escribir y dirigir cortometrajes caseros con sus hermanos. Pero nunca se atrevió a dirigir en serio por aquello de “Cuando sea tan sencillo mirar como filmar me pondré manos a la obra, pero depender de demasiada gente, caramba. No tengo ganas de mandar a la gente…”, en cambio si que probó suerte como guionista. Decenas de guiones, la gran mayoría de ellos jamás realizados, escritos en colaboración con Pierre Kast o excepcionalmente con Raymond Queneau, que están publicados en castellano bajo el título Calle de las Arrebatadoras.
Es en 1953 cuando, libre de toda acción judicial y hastiado por el fracaso de sus verdaderas novelas, decide convertir la obra de Vernon Sullivan, Escupiré sobre vuestras tumbas, en un guión de Boris Vian. Para ello rehace varias veces el guión, peleándose de forma casi obsesiva con un libro que aparte de dinero solo le había aportado problemas, e intentando encontrar algo realmente suyo en la gamberrada inicial. Hasta que en 1958 una productora cinematográfica se interesa por la historia. Vian, tal vez pecando de inocente pero también porque no le quedaba un franco, vende los derechos y automáticamente queda aparcado del proyecto. El texto es ofrecido a otro guionista y se realiza una película que poco o nada tiene que ver con la que Boris Vian llevaba proyectando desde hacía cinco años. A partir de este momento por lo único que se pronunciará será para exigir que quiten su nombre de los títulos de crédito. Irónicamente, y de un modo absolutamente literario, el 23 de Junio de 1959 Boris Vian acude a regañadientes a un pase privado de la película. Están el director y el productor, él procura comportarse amablemente con ambos muy en contra de su estado de ánimo, ocupa su butaca y se apagan las luces. A los pocos minutos de proyección Boris Vian muere a causa de un edema pulmonar que llevaba años arrastrando. Noël Arnaud, autor de Las vidas paralelas de Boris Vian, dice así “J’irai cracher sur vos tombes nunca habrá sido obra suya. El fantasma de Vernon sullivan habrá perseguido, con su maldición, a Boris Vian, hasta el fin.”

Ramón Mas
Fuente: Literaturas.com
http://www.literaturas.com/v010/index0905revista.asp