viernes, 18 de junio de 2010

Libros: El Acorazado Potemkin en los mares argentinos, de Horaciuo González



ISBN 978-950-563-973-1 • $37,00 • 160 PÁGINAS • EDICIONES COLIHUE • COLECCIÓN: PUÑALADAS

Basado en el género de "recordar lo que se ha leído", Horacio González inquiere por la suerte de los libros celebratorios del Centenario -1910-, y escribe el suyo, preguntándose por algunos temas que flotan en las conversaciones habituales: ¿cómo recordar las recientes militancias?, ¿hay una secreta noción de decadencia nacional?, ¿la actividad de lector está en peligro?, ¿tienen sentido las autobiografías? Precisamente, al comentar algunas de ellas, el autor de este libro dirige su interés hacia el modo en que las oscuras astillas brotan de la memoria personal, autobiográfica, cuando se perciben nuevamente las rendijas abiertas de la historia. Se examinan escritos de Lugones, Rojas, Halperín Donghi, Sebreli, Viñas, Rozitchner, Saer, Piglia, pensando en cómo la figura del militante o del profesor fue recogida en ellos. Mientras tanto, el mitológico acorazado Potemkin navega por las aguas de estos escritos, dejando la estela de su silueta severa: quizás reclama que toda interpretación acepte recoger, de los lugares más inesperados, los pedazos en que pudo lacerarse una pasión política.

Horacio González. Sociólogo, docente, investigador y ensayista, nació en Buenos Aires en 1944. Es Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires (1970) y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de San Pablo, Brasil (1992). Se ha dedicado a la docencia en universidades del país y el exterior desde 1968. Actualmente se desempeña, además, como director de la Biblioteca Nacional. Entre sus obras más importantes se encuentran: Arlt. Política y locura (1996); Restos pampeanos. Ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX (1999); Retórica y locura. Para una teoría de la cultura argentina (2002); Perón. Reflejos de una vida (2008) y El arte de viajar en taxi. Aguafuertes pasajeras (2009).


Prólogo del libro:

Decido escribir un libro sobre la actualidad argentina, pero percibo de inmediato que se escapan las condiciones necesarias para hacerlo. ¿Cuáles serían estas? Un puñado de ideas aguerridas, habilitación cabal de nuestra autoconciencia, elaborada argumentación, serenidad reflexiva y sobre todo la facultad de demostrar palpablemente algo escurridizo: la pasión política como señora del juicio intelectual y moral, como reina de la crítica.
No es que no haya algo de eso. Siempre creemos, imprudentes, que están nuestros anaqueles preparados. Pero quizás la experiencia subyacente, la verdadera, está encerrada en un ánfora que no deja escapar nada sin entremezclas ni deformidades. El material utilizable sale a la manera de una memoria desconcertada, que se atropella a sí misma. Opto entonces por ser fiel a ese trastorno. Escribo sobre un trasfondo histórico, pero visto a través de una experiencia lectora muy heterogénea. Se me aparecen unas imágenes del pasado militante jaspeadas por libros que fueron surgiendo de improviso. Como si los libros fueran los “entes vivientes” de los que hablara Gramsci. Mal leímos en la universidad y recién ahora, sin plan establecido, leemos con la verdadera zozobra del lector clásico. Finalmente aparecen sin que se los reclame los cimientos de una biografía en las jornadas oscuras en que creíamos ser apenas lectores. Pero esos librejos eran absorbidos biográficamente, según el lugar, el tiempo y la edad en que eran leídos.
Con los libros leídos, sin ser librescos, puede escribirse una biografía. Pero tampoco escribí una biografía, para la que se necesitan las dotes especiales de un Martínez Estrada o de un Jauretche, que son autores eminentemente autobiográficos pero poseen el sortilegio que permite recubrir una vida en otras envolturas. En los trapos de las prédicas públicas y los llamados a los contemporáneos para que recreen su vínculo con los enigmas de la época. No obstante, un lector es una vida. Y creo que lo mismo valen un libro, como la reseña de ese mismo libro que alguna vez leímos, como una nota periodística, como la información en una etiqueta de un vino, como la publicidad en el subterráneo o como la pobre efemérides rememorativa que nos asalta repentinamente con un asunto calcinante o irresuelto del pasado. Sin duda, estoy siguiendo el viejo rastro de las historias intelectuales pero dispuesto a hacerlo bajo el imperio de lo meramente vivido, de la superficie agrietada de la existencia frente a la cual ni tenemos adquiridos derechos autobiográficos ni podemos sustituirla a ella por nada que pueda escribirse mejor con las consignas del ensayo.
Como prueba de que las piezas sueltas exigen un montaje, puse estas líneas bajo el amparo no de un héroe literario ni de un término de por sí fiel a lo que aquí se expresa, sino de un film, que es a la vez un objeto drásticamente comprensible y una reminiscencia artística y política del siglo que ha pasado. El acorazado Potemkin. Al verlo navegar por aguas argentinas, sé que acarreo las piezas de este libro hacia una zona inverosímil, pero también las dejo llevar por el soplo de lo inadvertido. Cuando una maquinaria extraña cruza lo que admitimos como familiar y propio, siempre podremos tener la suerte de percibir más de lo que nos correspondía. Arriesgo definir una forma de la dicha: percatarse alguna vez que recibimos más de lo que nos incumbía. Horacio González

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