viernes, 18 de junio de 2010

Emir armando a Maradona



Todos los Diegos posibles confluyen en este film que llega aquí a dos años de su estreno en Cannes. El ídolo, el santo y el ángel caído se suman a las propias peripecias del realizador de Underground en busca de la esencia maradoniana.

Por Horacio Bernades

Tarde, pero oportuno. Con intención de filmar un documental sobre Diego Maradona, Emir Kusturica pisó por primera vez Ezeiza en 2005, en momentos en que el actual técnico de la Selección entraba y salía de clínicas de rehabilitación, no sólo para practicarse aquel famoso cinturón gástrico. Los tumbos del astro durante el período no facilitaron el rodaje, con lo cual Maradona by Kusturica terminó estrenándose en Cannes tres años más tarde. A partir de allí el documental del cineasta bosnio se desvaneció de la atención pública, llegando al punto de no estrenarse en salas de cine en Argentina. Lo cual es al menos curioso, tratándose de quien(es) se trataba. Ahora, en el preciso instante en que la Selección del Pibe inicia su participación en el Mundial de Sudáfrica, el sello AVH lanza finalmente en DVD Maradona por Kusturica.
Maradona por Kusturica podría llamarse también Maradona con Kusturica, Kusturica sin Maradona y hasta Santa Maradona, como el tema de Manu Chao. Maradona por Kusturica, porque a lo largo de los 90 minutos de metraje el realizador de Underground multiplica los intentos de armar un Maradona, a partir de todos los Maradonas posibles. Kusturica compara al 10 con Falstaff (por el peso y volumen adquiridos a fines de los ‘90), con un personaje de Sergio Leone o de Sam Peckinpah (“de los que huelen a revolución y a pólvora”), con los Sex Pistols (por su condición de punk en pantaloncitos), con el héroe sumerio Gilgamesh (mito entre los hombres) y, desde ya, con los protagonistas de casi todas las películas del propio Kusturica, por su tendencia al ruido y la furia. Maradona con Kusturica, porque tras infinidad de gambetas el realizador bosnio logra que Diego se siente frente a él, para una entrevista que intercala a lo largo del metraje. Y hasta lo lleva a Sarajevo, donde se da el gusto de jugar un cabeza con él.
Kusturica sin Maradona, por esos tiempos de espera, en los que el cineasta de nombre internacional debe someterse a la Suma Voluntad de Su Alteza Imprevisible (momentos que constituyen lo más fuerte y original del documental). Santa Maradona, finalmente, porque Kusturica rinde cuentas del culto mientras se rinde a él. Las estaciones del culto incluyen al Diego-ídolo, que putea en el palco de la Bombonera como un hincha más. El Diego político, que manifiesta contra la visita de Bush (“un asesino”) y contra Joâo Havelange, además de cantar la gloria de Fidel y probarse, en Cuba, su gorrita verde. El Diego-héroe popular, que en su regreso a Nápoles genera un caos de órdago. El Diego-showman, cantando Maradó junto a Los Piojos. El Diego-santo, consagrado en los desternillantes ritos y ceremonias de la inspiradísima Iglesia Maradoniana. Y está el Diego-ángel caído y resurrecto, perdiendo kilos y saliendo de la rehabilitación.
El que Kusturica no llegó a filmar fue Diego Chupala. Otra vez será.

Horacio Bernardes
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