domingo, 21 de febrero de 2010

Mario Capasso: Dos Cuentos



Fotocopia

Cuando a Vicente ya le dolían las piernas, escuchó la voz del hombre apostado del otro lado de la ventanilla. La pregunta lo sorprendió y, algo apesadumbrado, contestó que no, que no tenía una fotocopia, que cuando él preguntó no le habían dicho nada al respecto, que entonces dónde se podía sacar una. Y luego agregó, que por favor lo esperara, que volvería pronto, que hágame la gauchada de no cerrar, que la cola había sido larga, muy larga, y no quisiera repetirla, ¿sabe?, dijo.
Vicente salió del edificio y dobló hacia la derecha, así le habían indicado, saliendo a la derecha, ahí nomás, antes del par de columnas. Sí, en efecto, tal como le había dicho el hombre de la ventanilla, allí estaban ubicados los dos locales tan iguales y que anunciaban el mismo servicio. Eligió uno y entró. Le causó una buena impresión. No había clientes a la vista, tan sólo los dos empleados detrás del mostrador. Vicente los miró y llegó rápidamente a la conclusión: sin dudas acá trabajan bien, se nota que tienen experiencia, que se dedican a esto desde siempre.
Los empleados no se movieron durante un buen rato, parecían estudiarlo, medirlo, pesarlo.
–Por favor, quédese quieto un momento. Sí, eso, eso, así está bien –le dijo uno, justo cuando Vicente empezaba a sentirse un tanto descompuesto.
Hubo una luz entonces, y un ruido.
El que había hablado, pareció anotar algo.
–Listo, quedaron muy bien, ya pueden irse –dijo el otro.


del libro"Piedras heridas", Ediciones Corregidor, año 2005.



Tarde y fastidio

De dónde le vendría esa idea, la tarde como un fastidio de sol, si la mañana había transcurrido en el departamento con aire acondicionado, la botella y el cenicero bien a mano, con algunas fotos sobre el sillón y otras desparramadas por el piso. Si allí adentro había mirado por primera vez en años esa película de vacaciones los tres, rescatada vaya a saber cómo y para qué. Y si recién había estacionado el auto flamante y sólo lo separaba una cuadra hasta llegar a la plaza y ahí nomás, cruzando. Pero al sol debía sumarle el humo de los escapes entrándole como si fuera una novedad arrastrándolo a toser sin reconocerse en la tos, como si el que tosiera fuese aquel perro yéndose quién sabe adónde, o esa estatua condenada a permanecer, o el árbol que ahora le sirve al perro y ensombrece una parte de la estatua. Tosía pues, y resultaba absurdo, como absurdos se le antojaban los pensamientos de los últimos tiempos mientras caminaba siempre tan elegante por fuera, tan traje de corte inglés y corbata de seda, la piel bronceada a propósito en sesiones de doce minutos sin fastidio. Pero qué hacer ahora y aquí con los recuerdos, a quién recurrir cuando se descubre la soledad adentro, si ya es tarde y los muertos no pueden oír lo que no quiso, y los padres se fueron y no les ha preguntado si el abuelo era bueno o jugador o borracho. O si la guerra los había hecho andar descalzos antes que uno, buen hijo que había hecho carrera, les pagara el mejor lugar para verlos poco en horas de visita cada vez menos. La calle se mostraba entonces como la tarde misma, se diluía en un fastidio de gente al sol y de vehículos que echaban humo a su paso y él llegaría con demora y no importaba, pues temprano sólo llegan los perdedores, los que bajan la vista cuando entra para ser insultado en silencio, pues así lo reciben aquellos sobre los cuales lo ignora todo, y si alguna vez les rescató por casualidad algún nombre lo olvidó al instante por un asunto urgente que reclamaba atención. Es así nomás. Uno entra al banco por costumbre o para huir de los fantasmas, porque desde hace, ¿cuánto?, ¿y antes?, cómo era antes que no era lo mismo que ahora, cuando despilfarra su indiferencia contra clientes y subordinados, a los que ve y les da la mano y cuando aprieta el puño no hay fuerza, hay apenas un gesto blando, tan blando como inútil. Y puesto a decidir en su puesto debería hacerlo todo de nuevo, repetir cada movimiento como la primera vez, aunque hoy los pensamientos absurdos intentan trabarlo. Pero no hay salida que valga, debe resignarse a recibir a esas damas o a esos caballeros que lo tratan con cortesía, pues lo saben portador de las llaves del banco, aunque ya está cansado de lo que tanto le gustaba, cuando le pasaban un sobre blanco o gris o qué diferencia hay, si servía para comprar la felicidad a largo plazo y bajos intereses. Los señores gerentes son poderosos en ese instante, cuando negocian un expediente y lo firman o no, y si lo firman estampan sello y sonrisa y apretón de manos. Pero por qué maldición le toca atender justo hoy, con estos recuerdos como animales infatigables, a la señora que ya ve venir, con joyas hasta en las piernas para impresionarlo y chico rubio a su lado, y un velo se descorre en alguna parte e imagina que a lo mejor el chico podría parecerse, y se pregunta por qué no le aceptó esa vez la invitación para jugar al dominó y le dijo no al hijo, si el cansancio derivaba apenas de unas copas o de alguna secretaria a deshoras. Y por qué se negó a mirar cada día el cuaderno de clase e ignoró los dibujos en las paredes, y cuando los quiso mirar no encontró los cuadernos y las paredes se habían desmoronado, y ya no existía el hijo, existe quizá un ser desconocido, con barba y anteojos le pareció una vez a lo lejos, cuando no se atrevió a cruzar la calle. Entonces el hijo es un milagro crecido sin él, cómo ha podido ser sin él y ahora es sin él no sabe dónde. Y no hay remedio, se inclina y firma la solicitud de señora enjoyada con chico rubio y piensa que todo es lo mismo, la vida no tiene garantía y pase el que sigue, y si no sigue nadie mejor, porque alguien se acerca con bandeja y un café no pedido y lo saluda, cómo le va, señor, y él no adivina si ya le ha respondido algo o si acaso debe contestarle con la seriedad de antes pero no de ahora, cuando los recuerdos vuelven y lo llevan a una escena de allá lejos en el tiempo, te acordás Irene, en una mesa en un bar en una mañana con fastidio de sol en las mejillas de ella que dice no comprender cuando él le ha dicho ya es muy tarde, cómo tarde, te resistís Irene, y uno inventa algo para justificar palabras que se le descuelgan de la boca, fatales y huecas, como si un eco repitiera lo que no hubiera debido decir. Pero ya es la hora, el tiempo se ha cumplido y corresponde irse, aunque antes se impone la impostergable reunión para darles oportunidad a dos o tres de los que más lo odian de que le rindan cuenta y pleitesía y le recuerden que defienden con su honra y dedicación los intereses del banco. Ellos no saben de su desinterés de hoy por los intereses y tampoco que sólo le importan ahora las deudas contraídas en su vida y de las cuales no acierta a distinguir la caja para pagar. Y después existe de nuevo la calle, donde ya no asoma el sol y donde el humo ya no lo hace toser aunque el fastidio sigue firme adentro del que camina entre la gente, y la gente lo empuja a mirar una iglesia y a pensar si Dios alguna vez amenazó con decirle algo y Él tampoco tuvo tiempo. Entonces la tarde casi noche es una larga caminata hacia el bajo, rumbo al puerto, para qué. Y cuando llega la vida es un embrollo y hay una brisa y un barco alejándose, e imagina que quizás un rato antes y ese barco le hubiera servido aunque tal vez aún, porque ve sus luces yéndose y la memoria es un fastidio sobre el escalón que parece no acabarse y es un abismo de padres que se fueron antes de y de hijo que creció sin y de amor de Irene abandonada en una y el murallón es sólo un salto y entonces ya no es más ni la brisa ni el grito.


Cuento incluido en el libro “El futuro es un tropel absurdo”
Año 1999.

Mario Capasso
http://www.textos-en-escombros.com.ar/

Diana Poblet: El rey del desierto



Imagen: Diana Poblet

Arribó en avión un sábado 23 de enero, vistió nuestra casa de gala cotidiana, le puso guirnaldas a la alegría y volvimos a tener un nieto en los ojos.

Venía de la región del viento, era un hombrecito del desierto que miraba y miraba sin comprender las arboledas y al verdor espléndido del parque le llamó selva. No cabía tanto verde en sus ojos de chino, todo era nuevo y ajeno. Forastera su mirada de asombros.

Finalmente seríamos nosotros los asombrados mientras lo observábamos esta tarde cuando comenzó a llover.

Abrumaba su seriedad ante el descubrimiento, su conmoción nos recordó aquella vieja canción de Creedence Clearwater Revival “¿Has visto alguna vez la lluvia? ”…

En tres años y cinco meses el hombrecito del desierto jamás había visto llover.

Era su primera vez.

En un alboroto de silencios lo llevamos a la plaza siendo testigos de su júbilo cuando el agua comenzó a chorrearle por el pelo mientras levantaba sus manitos para atraparla. Regresó con la ropa mojada y sin palabras que pudiesen describir aquel instante. Quedó escaso su vocabulario y decidí escribirlo para que no se lo borre la ausencia.

El hombrecito del desierto más árido del planeta vivió la lluvia desde la Plaza Congreso y ahora la llevará a Atacama adentro de sus ojos.

Regará sus propios bosques imaginarios, creará sus propias selvas y el desierto ya no será tan desierto porque él aprendió la lluvia y ella le habló al oído, le contó de las semillas, de los pájaros, de las albahacas y le arrulló el sueño con un sonido acompasado y nostálgico, casi un tango de Piazzolla.

febrero y 2010

Diana Poblet
http://diana-poblet.blogspot.com/

Joan Mateu: 3 breves



Imagen: www.dominioceleste.blogspot.com/

Las gotas

Empezaron a corretear por aquella superficie lisa y transparente haciéndose un poco más grandes.

Estaban en la parte superior de aquel cristal empañado muy cerca la una de la otra. Se miraron y casi al unísono empezaron una carrera por la superficie lisa deslizándose hacia la parte inferior de la ventana. Jocosamente se cruzaban y las estelas que dejaban conformaban un dibujo que parecía un corazón.
Las dos gotas se amaban desde hacía más de un cuarto de hora, cuando empezaron a formarse por el contraste entre el frío de la calle y el calor de la habitación.

Súbitamente se separaron, cada una hacia un costado, pareciendo que no se iban a encontrar más, pero con un rápido giro volvieron al centro y se unieron en una sola, justo en el momento que llegaban a la parte inferior.

Su vida fue efímera pero tan intensa que no se hubieran cambiado nunca por aquel señor que, dentro de la habitación, contaba monedas de oro, tan abundantes como su soledad.




Jack


Desnudo de cintura para arriba y sentado en la camilla del consultorio, miraba al médico que me observaba visiblemente desconcertado.

- ¿Qué quiere que le haga? - dijo mirándome a través de una gafas de montura de pasta.
- Tiene usted que operarme. No puedo seguir así - dije con voz nerviosa.
- Pero, por favor, ¿de qué quiere que le opere?
- Debe usted extirparme el Jack lo antes posible.
- Pero... es que no entiendo.
- Doctor, la operación es urgente. Se está apoderando de mí. Debe usted operarme de urgencia, porque si tardamos no habrá solución y todo se repetirá.

El médico me miró como si estuviera loco, no entendiendo nada de lo que le decía. Suspiró y dando media vuelta se dirigió a su mesa.
Vi claramente que no iba a ayudarme y mi indignación creció. Mientras estaba de espaldas a mi, la cara me fue cambiando, mis facciones se fueron endureciendo y mi odio creció. Tomando un bisturí de la bandeja del instrumental, Jack, que ya se había apoderado de mí, lo destripó.




El príncipe hechizado


Aa pesaar de ser el gaallaardo Príncipe aazul, y laas mozaas me aalaabaan por mi bellezaa, todo el reino se ríe de mi.
Mis paadres nuncaa teníaan que haaber discutido con el Haadaa Maadrinaa, pero haay que reconocer taambién que hechizaarme paaraa que repitiera laa AA no tiene ni pizcaa de graaciaa.


Mónica Russomanno: La fe de los incrédulos


Cuando arrecian los malos tiempos y no alcanza el placard del dormitorio para esconderse, cuando pasan esas cosas que nos desgarran la tela y despintan las paredes. En esos decisivos tiempos difíciles de expectación y desánimo, de sueño revuelto y de dolor, cuando la vida es una mesa que nos ponen con la base en el suelo y los apoyos al aire. Entonces.
Justo entonces. Justo en lo más alto o lo más bajo, en el punto justo del vértigo. Entonces hay quien enciende velas a los santos, reza a San Expedito, acude a su Pastor o simplemente ora en lo recóndito. Y encomienda su alma a su Dios, y cree en lo justo y lo destinado a cumplirse desde lo desde siempre decidido desde siempre escrito, desde lo eterno.
Y es la paz del espíritu, el aplacarse de las pasiones. Es la resignación y lo horizontal. La oración, el pedido, el agradecimiento por la prueba que encaja como una pieza necesaria en el rompecabezas de lo Eterno. El alma puede descansar, las manos se aquietan en el regazo, un ser paternal o maternal extiende su velo sobre la criatura frágil.
Pero y qué hay de los incrédulos. Qué de aquellos que no tienen la dirección a dónde enviar sus reclamos, sus lágrimas certificadas, su carta documento de protesta e intimación.
Qué pasa con quienes en lo alto del trapecio, con las manos resbalosas, saben que en el otro trapecio no hay ninguna figura alada para recibirlos. A quién le piden clemencia. A nadie.
Es propio de la condición humana sin embargo esa cosa oscura de torcer la lógica. Y se ven arrojados los incrédulos a una maraña sospechosa de cábalas, supersticiones, costumbres propiciatorias. No encenderá una vela a un santo, pero se alegrará de que yendo al sanatorio un perro defecaba de frente; es buena señal. No rezará a San Expedito el hombre de ciencia que no cree en fantasmas ni Espíritus Santos, pero no usará la remera roja en este día, que le resulta agorera y atracción de catástrofes indecibles. No acudirá a ningún Pastor la señora racional que mantiene que el cosmos es caótico y casual, pero le dará una moneda a un mendigo para prevenir maldiciones soterradas.
Será que somos tan pequeños, tan efímeros, tan frágiles, que alguna magia nos hace falta para enfrentar un mundo tan adverso.
No me burlo entonces ni de los mantras ni de los rosarios, ni de los sermones ni de las procesiones. Son recordatorios de que le tenemos miedo a nuestra propia muerte y pánico a la desaparición de quienes amamos.
Si alguna fe tienen los incrédulos, no se la quiten. Que eludan las escaleras, que no se den a la traición de los gatos negros, que no pisen las juntas de las baldosas o que usen la pulserita roja en el bracito gordo del bebé. Es una oración en lo recóndito. Aunque no hubiese quien la reciba. No burlarse, digo nuevamente, de una oración en lo recóndito.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Libros: Río vertebral, de Juan Armando Rojas



Por Daniel Montoly

Río vertebral/Vertebral River (Pecan Grove Press, 2009) la re-edición bilingüe de Río vertebral del poeta Juan Armando Rojas (Ciudad Juárez 1969, México) nos arrastra con ella a la deriva serpentina y, con la embriagante seducción del lenguaje, nos adentra en esa gruta al descubierto, a ese micro-mundo cósmico de la frontera México/Estados Unidos. Sin lugar a dudas la historia actual de México se gesta en esa franja fronteriza. En este libro la frontera no es meramente una barrera divisoria entre dos cosmovisiones del mundo que en diversos sentidos se contraponen; en el lingüístico, cultural, religioso, social etc. En esa parte de nuestra América la definición de “historia” suele ser más violenta y real que en ninguna otra parte del planeta, porque no pretende formularse un documento para la posteridad, no, en su definición viven e interactúan diariamente miles de seres humanos.


Río Vertebral de Rojas Joo plasma en versos un mural lingüístico, heterogéneo en su composición, pero homogéneo en su significado social y en la dimensión de lo humano. Observemos como ejemplo el poema titulado “El Puente”, donde el poeta canta para la historia lo que la misma se censura o no se atreve a revelar; la relación compleja entre ambos extremos; el Norte rico y el Sur emergente que se abre paso entre los grandes desafíos de la modernidad. En este poemario encontramos la configuración de un paisaje subjetivo sustentado en la reflexión que a los ojos foráneos podría parecer inhóspito, crudo y árido. Sin embargo, en esa belleza contraproducente -a juicio de algunos- está intrínseco un lenguaje de símbolos, donde cada elemento trasciende la dimensión que lo sostiene como forma. Y una vez se transforma en sustancia, el ser transfronterizo lo decodifica en su existencia para poder asumirse como parte íntegra de la misma y lograr el objetivo: producir un diálogo y exploración de ese espacio donde se produce la subalternidad y los sujetos se desarrollan en la hibridez y diversidad de los discursos, según propone José David Saldívar en su Border Matters. Esto fenómeno incluso sucede cada día cuando miran el sol, aspiran el aire peculiar de esa zona u observan el paisaje que testimonia el enfrentamiento de dos mundos diametralmente opuestos, que no por ello dejan de estar interconectados entre sí a través del flujo migratorio, comercial, cultural e informativo.


En el poema “El puente” el poeta traza o describe un bosquejo en tiempo real de una escena trágica que acerca al lector a la realidad sociopolítica que estremece los cimientos fundacionales de la nación mexicana como muchos años antes logró el famoso muralista mexicano, Diego Rivera, en su conocido mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.” De modo similar Juan Armando Rojas Joo numéricamente va describiendo los elementos que componen la escena para mostrarnos una totalidad que sociológicamente muestra la alienación de la sociedad transfronteriza, sumida en la disparidad de valores. Por un lado están los valores propios de la sociedad mexicana, como la religiosidad católica, el espíritu colectivo, la solidaridad, las ricas tradiciones aportadas por los pueblos originarios, la fuerte presencia del nacionalismo, entre otros. A ello se contraponen los valores de la sociedad norteamericana, como el énfasis en la individualidad, la búsqueda desenfrenada de la riqueza a toda costa, la desintegración de la familia, la pérdida de la Fe teológica para dar paso a una cristiandad de carácter sociológico y, por último, el rechazo radical a cualquier influencia de la cultura o visión de los pueblos indígenas. En estos versos del poema “El puente” podemos ver cómo el poeta pone de manifiesto esta realidad cuando escribe:


Un río

dos países

dos culturas


Con el arribo de la globalización económica y la implementación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte; México se transformó en una especie de sótano industrial, en el cual las grandes corporaciones norteamericanas trasladaron su producción para sacar provecho de la mano de obra barata, libertad arancelaria como también de la apertura del mercado a través de las privatizaciones de parte de las empresas estatales. Lo que aceleró el empobrecimiento de amplios sectores del campesinado y el florecimiento de una violenta subcultura basada en el narcotráfico. Los versos que transcribo más abajo corroboran la presencia de este fenómeno criminal a lo largo de la frontera, incentivado por la demanda de estupefacientes en los Estados Unidos.


Cuatro por cuatro, por cuatro por cuatro

se multiplican/ las maquilas


Tres toneladas de coca confiscadas en el puente.


Dos cholos riñen por una virgen.

Uno muere.


Rio Vertebral es un poemario articulado en treinta y tres composiciones que nos brindan la voz de un poeta que alcanza la madurez de ciudadano poeta transfronterizo, como puntualizara en el prólogo del libro el crítico peruano, Julio Ortega. La poesía de Juan Armando Rojas trasciende el contexto de los lindes acostumbrados o de los encasillados fáciles, ya que su poesía apela a la universalidad del símbolo, porque, poéticamente, el desierto o la frontera no son marcos específicos en un punto determinado, sino códices que nos inducen a la meditación del hecho poético. De ahí que estamos frente a una obra cuyo mensaje es inherente a cualquier ser humano sin importar su ubicación geográfica. Esta obra ubica a Rojas entre los destacados poetas latinoamericanos del Siglo XXI, por la audacia y coraje de su discurso, la plasticidad de las imágenes, el fundamento humanista presente en sus versos, aún más, por demostrar que la poesía es la síntesis reflexiva de la aprehensión del mundo real. En otra parte del libro nos dice el poeta:


Confieso haber llegado a este santuario

A hurtar la lluvia

A disecar la noche


El poeta en su voz admite la responsabilidad del hurto que hace en el orden que guardan las cosas en ese santuario para hacer de ellas una realidad sustantiva, trascendente a la naturaleza objetiva. Toda poesía termina siendo un hurto reciclado por el filtro de la impresión, ese que el entorno proyecta en el sujeto que la testimonia. Pero la belleza sutil está en ese reconocimiento mismo que el poeta hace del hecho sacro representado por el paisaje. Él no pretende profanar el santuario, aunque termina siendo transformado por él a partir de la observación como si fuese un fenómeno cuántico.


¡Yo sé dónde se esconde este diluvio!


En este verso el poeta se nos revela como aquel que después de “saquear la realidad” se asume en ella como ente capaz de develar su naturaleza cósmica, revelando así el secreto orden del fenómeno aprehensivo, ahora transmutado en sustancia iluminadora. No es casual que haya escogido la palabra “diluvio” en medio de un desierto donde el agua no sólo representa la vida y el desafío, sino también un paradigma que, a pesar del espíritu de destrucción que simultáneamente conlleva, produce el génesis de la existencia, es decir, el elemento destructor de la materia conlleva al principio creador.


Un escenario azul se extiende por la arena.


Vemos aquí la belleza cromática y simbólica del lenguaje poético del poeta transfronterizo Juan Armando Rojas transformando al desierto en un espejo que refleja el misterio de lo desconocido, belleza que invita al lector a emprender con él ese viaje al centro del desierto, al que generalmente se teme y se asumen como un ente hostil e impredecible:


Sobre las manos tersas de la arena

Crece el árbol del monzón.


Nuevamente el poeta nos sumerge en el lenguaje visual del símbolo que trasluce la resistencia de la naturaleza ante la mirada hostil que de ella hace quien la desconfía y al que terminará salvando por su carácter redentor. Estos dos versos me remitieron a hacer un paralelismo subjetivo con una litografía del artista belga, Jean Michel Folón, donde figura la imagen de un árbol que descansa en un fondo colorista y en cuyas ramas sobresalen cientos de ojos. Río Vertebral articula dos elementos vitales para la existencia del ser humano; el río que representa el signo vital del agua, así como las vértebras, elementos que hacen alusión a la parte neuro-ósea en torno a la cual giran las funciones esenciales del cuerpo humano. Esta excelente obra poética publicada por Pecan Grove Press, San Antonio, Texas, en edición bilingüe y con una cuidadosa y esmerada traducción al inglés hecha por la poeta y crítica literaria, Jennifer Rathbun, remiten al poeta como a la traductora a las categorías de pioneros de una poesía fundamental para comprender lo complejo factores que componen el micro y macro universo, esa frontera entre Estados Unidos y México. Río vertebral es una poesía de testimonio. Este testimonio cumple con la certeza de arrebatarle al tiempo su individualidad para sobrevivir a los embates del mismo, lo que indudablemente convierte a este libro en una obra fundamental para acercarnos a la postmodernidad imaginaria, desfiladero en el cual dos mundos colindan bajo una constante ebullición socio-política. La frontera, contrario a lo dicho por Carlos Fuentes, no es “esa cicatriz,” sino la herida que aún permanece latente en los rostros comunes de ambos lados, ya sea divididos o unidos, pero siempre a través de un hecho violento, incluyendo el nacimiento del arte, o a través de “ese invento imaginario del hombre extranjero.” Como hace mucho tiempo dijera un líder Touareg, refiriéndose a la división territorial del desierto del Sahara como fruto de la colonización por parte de las potencias europeas. Los invito a nadar juntos hasta los márgenes de la poesía, de manos de uno de los poetas que sin duda se ha convertido en marco de referencia para la nueva generación de escritores.


Daniel Montoly
Delaware, Ohio a 24 de enero de 2010

Maimará: Territorio libre de analfabetismo



Buenos Aires, 15 feb (PL) La aplicación del programa cubano de alfabetización "Yo, sí puedo" permitió hasta hoy declarar libres de analfabetismo a cuatro municipios argentinos, informó la presidenta de la fundación Un mundo mejor es posible, Claudia Camba.

Maimará, una localidad enclavada en el centro de la Quebrada de Humahuaca, en la noroccidental provincia de Jujuy, acaba de alcanzar esa condición con la graduación de 30 personas de entre 28 y 70 años de edad.

Con esta cifra suman 242 los alfabetizados en Maimará, donde se redujo la tasa de iletrados de 8,89 a 1,32 por ciento, precisó Camba y destacó que, por primera vez, esta labor fue desarrollada por siete gestores sociales comunitarios.

Para mediados de este año esperamos poder declarar también libre de analfabetismo a Huacalera, en la propia zona de la quebrada jujeña, anticipó.

A la ceremonia de graduación, celebrada el viernes último en el salón parroquial de Maimará, asistieron entre otros el embajador de Cuba en Argentina, Aramis Fuente, y la titular de la Fundación Juanita Moro y concejal de San Salvador de Jujuy, Carmen Peña.

Durante su visita a Jujuy, el diplomático cubano se entrevistó con el intendente Raúl Jorge y el presidente del Concejo Deliberante, Juan Carlos Abud, y señaló que el programa de alfabetización "Yo, sí puedo" ha beneficiado a cerca de siete mil 200 jujeños.

Además refirió que unos 200 jóvenes de esa provincia estudian en la Escuela Latinoamericana de Medicina, en La Habana, y precisó que tres ya graduados ahora realizan su especialización en oftalmología, tras lo cual regresarán a Jujuy para ejercer su profesión.

Los otros departamentos proclamados libres de analfabetismo en Argentina como resultado de la aplicación del método cubano fueron Fray Mamerto Esquiú, en Catamarca, y General Lamadrid, en La Rioja, el pasado año, y Tilcara (Jujuy) en 2006.

El novedoso programa se introdujo en esta nación sudamericana a partir del año 2003 y de entonces a la fecha aprendieron a leer y escribir alrededor 18 mil personas en 12 provincias.

Ver video Canal 7: http://www.youtube.com/watch?v=63Tr1_xc8bg

arc/mpm

Fuente: http://www.prensa-latina.cu/index.php?option=com_content&task=view&id=162820&Itemid=1


Homenajes: Eduardo Kimel


Imagen: Arnaldo Pampillon


Un luchador de la libertad


La perseverancia de Kimel en la defensa de la libertad de expresión, quien había sido condenado por calumnias por un juez que no investigó la masacre de los sacerdotes palotinos, derivó en la despenalización de calumnias e injurias en casos de interés público.

A los 57 años falleció el periodista y escritor Eduardo Kimel. Kimel fue el impulsor de la eliminación de los delitos de calumnias e injurias en casos de interés público. A raíz de su investigación sobre el asesinato de tres sacerdotes palotinos y dos seminaristas en 1976 durante la dictadura, que publicó como La masacre de San Patricio, se le inició un juicio y lo condenaron por calumnias a un juez. Su perseverancia detrás de la defensa de la libertad de expresión llevó a que, después de cerca de dos décadas de idas y vueltas judiciales, se revocara el fallo y recientemente se promulgara una ley que despenaliza la figura de calumnias e injurias en casos de interés público.
Tras una vasta carrera periodística, Eduardo Kimel se desempeñó en los últimos años como editor responsable en la agencia alemana DPA. Pero su logro más importante fue consecuencia de su lucha por la libertad de expresión. “Este proceso fue muy largo pero valió la pena. No por una cuestión personal, sino por lo que tiene que ver con la memoria colectiva. En estos años hubo muchos compañeros que me acompañaron”, aseguró Kimel en 2006 cuando presentó su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Al año siguiente, la CIDH falló a su favor y en noviembre del año pasado el Congreso sancionó la ley que despenaliza las calumnias e injurias en casos de interés público. Habían pasado ya largos años desde la publicación de su libro La masacre de San Patricio que le valió una denuncia por calumnias e injurias de parte del juez Guillermo Rivarola y finalizó en 1995 con una sentencia de un año de prisión en suspenso y el pago de veinte mil pesos (la misma cantidad en dólares en tiempos de la convertibilidad).
El libro se publicó en 1989 y contenía una investigación en la que Kimel recogió más de cincuenta testimonios de fuente directa y relataba el asesinato de tres sacerdotes –Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau– y dos seminaristas –Salvador Barbeito y Emilio Barleti– de la orden palotina el 4 de julio de 1976 por una patota militar en plena dictadura. Allí detallaba la investigación de la causa por parte de la justicia que encabezaba el juez Rivarola y que nunca llegó a echar luz sobre los hechos. En su investigación –que más tarde se hizo película también– el periodista se pregunta: “¿Se quería realmente llegar a una pista que condujera a los victimarios?” y asegura que “la actuación de los jueces durante la dictadura fue, en general, condescendiente, cuando no cómplice del régimen dictatorial”. Además Kimel destaca que “en el caso de los palotinos... una serie de elementos decisivos para la elucidación del asesinato no fueron tomados en cuenta” y concluye: “La evidencia de que la orden del crimen había partido de la entraña del poder militar paralizó la pesquisa, llevándola a un punto muerto”.
En 1991 Rivarola inició la causa contra Kimel por calumnias e injurias y en 1995 la Justicia condenó al escritor, pero al año siguiente la Cámara de Apelaciones anuló el fallo y lo absolvió. Sin embargo, fue la Corte Suprema (la de la mayoría automática en tiempos del menemismo) en 1998 quien aceptó un nuevo recurso del juez, revocó el fallo, lo giró a la Cámara y condenaron nuevamente a Kimel. A fines del 2000, el CELS y el Centro de por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil) demandaron al Estado argentino ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por “violar el derecho a expresarse libremente y utilizar ‘los delitos contra el honor’ para criminalizar la labor de la prensa. En 2006 la Comisión decidió presentar el caso ante la CIDH en 2006 luego de que las sugerencias que había realizado al Estado no fueron escuchadas y en 2008 emitió el fallo a favor del periodista.
Luego de una larga enfermedad, Eduardo Kimel falleció el miércoles por la noche y fue enterrado ayer. La secretaría de Derechos Humanos de la Nación difundió un comunicado en el que destacó que “la lucha judicial de Kimel por hacer efectivo el derecho a la información fue decisiva para que durante el año 2009 se convirtiera en ley la eliminación de los delitos de calumnias e injurias, en casos de interés público”.

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http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-140134-2010-02-12.html




Cuando un amigo se va... Eduardo Kimel: un hombre de ley

En memoria de la muerte del periodista argentino Eduardo Kimel, hombre clave en la lucha por la libertad de prensa en Argentina y América Latina.

Por Omar Mouzakis

Un poco de historia

En 1989, Eduardo Kimel publicó el libro La masacre de San Patricio, en el que se investigaba el asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos por parte de esbirros de la última dictadura, hecho ocurrido el 4 de julio de 1976 y perpetrado en la iglesia sede de esa congregación, cita en el barrio de Belgrano.

La rigurosa investigación de Kimel ponía en tela de juicio la actuación de las autoridades encargadas del proceso judicial, y personalmente la del juez Guillermo Rivarola. En 1995, el sinvergüenza del juez, que no había encontrado a nadie culpable por la masacre, en cambió demandó a Kimel por calumnias e injurias.

Kimel apeló y gano, pero la Corte Suprema adicta al menenismo desestimó la apelación y ratificó el fallo del juez, que consistía en una condena de un año de prisión en suspenso y al pago de una indemnización de 20.000 dólares, por parte del periodista.

Kimel siguió empecinadamente adelante y presentó su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que tras 17 años de proceso falló a su favor:

Dijo entonces, Eduardo:

"Este proceso fue muy largo pero valió la pena. No por una cuestión personal, sino por lo que tiene que ver con la memoria colectiva. En estos años hubo muchos compañeros que me acompañaron, pero quiero recordar especialmente a mi esposa, Griselda Kleiner, ya fallecida. Ella estuvo al lado mío, jamás me abandonó. Era una luchadora social, cordobesa, protagonista del “Cordobazo”.

De nuevo, ahora

No sé, la sensación es extraña, Eduardo. Tener que escribir una nota sobre vos hablándote en tiempo pasado. Me niego. Reconocer que estés muerto más que duro, es para mí un ejercicio casi grotesco, un algo que no tiene lógica ni explicación. Porque es un absurdo pensarte muerto. Y encima así, de repente, dejándonos a todos con tres cuartos de narices.

¿No será otra de tus humoradas, esta? ¿Una muestra más de ese, tu sarcasmo, que sabías disparar como dardos que dejaban estupefacto a tu interlocutor?

Y encima yo escribiendo una nota sobre vos, en la que quiero dejar constancia de lo mucho que te quiero y de lo mucho que te admiro como persona, como amigo, como compañero, como hermano de la vida, como hombre íntegramente comprometido con las mejores causas, como pensador de criterio, como talentoso periodista y como maestro de futuros periodistas (ojalá haya aunque sea uno que alcance alguna vez así fuese la altura de una uña de tu estatura de saber y de tu gigantesca integridad ética).

¿Ves? Hablo en tiempo presente.

Y escribo esta nota sobre vos.

La escribo consciente de que esta vez la devolución que tantas veces tuve de tu parte, esta vez no es posible. No tendré la suerte de que la corrijas y la edites antes de ser publicada; preciando la justa medida a cada párrafo, intercalando en su lugar la coma omitida, rasurando el exceso de adjetivación, o de sequedad o desmesura, o elogiando la frase que encontraste adecuada.

De vos no tengo recuerdos, me niego a tenerlos: tengo presencia, tengo ejemplos, tengo tu afecto siempre franco, renovado y explícito. Tengo el eco de tu voz profunda, casi de la de un cantor de sinagoga; la imagen de tu andar desmañado, casi a los tropezones; el sonido estentóreo de tu risa; sigo compartiendo con vos los almuerzos de los sábados, sentados a la “mesa de los periodistas” en el fondín de la calle Junín, casi Santa Fe, que servían como prólogo a tu programa en “La voz de las madres”, en la cual yo también levanto una pequeña tribuna gracias a tu generosidad.

Hablando de Madres, conocí a la tuya, Eduardo. Una altiva y digna dama judía, sabedora también de genocidios, destierros y discriminaciones ¿Sabés que te compara con el soldado Carrasco? Dice que fue necesario el sacrificio del soldado Carrasco para terminar con el servicio militar obligatorio, del mismo modo que fueron necesarios 17 años de padecimientos de tu parte para que la libertad de expresión ganase la batalla de ver eliminadas las sanciones penales por los delitos de calumnias e injurias.

Tiene razón, tu vieja.

A instancias del Poder Ejecutivo, a poco de concluir el 2009, la derogación de las sanciones penales para los delitos de calumnias e injurias se convirtió e ley.

La propia presidenta Cristina la llamó Ley KIMEL. Así será conocida para siempre.

Estabas orgulloso; te llamé, te felicité, hicimos una nota celebratoria en “La voz de las Madres”. Unas noches después brindamos, y los dos y otros amigos levantamos también la copa por Griselda.

Te extrañaré horrores, hermano. La vida te extrañará horrores.
Siempre que me pregunten diré: Eduardo Kimel fue un hombre justo, un hombre sabio, un tipo tierno y afectuoso que a veces encubría su ternura con un gesto huraño. Fue un hombre alegre. Y apasionado. Gran polemista. Sarcástico. Irónico. Jamás necio ni sectario.

Eduardo Kimel, serás siempre mi hermano.

Omar Mouzakis
Escrito por Corresponsales El Paradiario 14
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