jueves, 17 de diciembre de 2009

Posse: Un Ministro de Educación de lo más perverso

Leyendo el diario y otras cosas en internet, acabo de descubrir que el
hombre que dice que hacer huelga es como ponerles a los chicos un revolver
en la cabeza escribió un libro sobre el suicidio de su hijo... que se pegó
un tiro en la cabeza con su revolver.
16 años tenía el chico.
No siente culpa este hombre, que dice que el problema fue que su hijo
pasó de vivir en el paraíso de Venecia a tomarse el subte a la mañana en
París. Le preguntó dónde estaba su arma, se la mostró. "Es demoníaco
engañar así a un padre", dice el demonio. Lo había engañado el muchacho
de 16 años: le había dicho que quería saber dónde estaba el arma porque
temía que alguien entrara a robar. Demoníaco. Un tiro en la cabeza.(y en
su libro no ahorra detalles .,como por ejemplo contar que barrió su
sangre y la tiro por el piletón de la cocina)
Ministro de Educación...
Sólo puedo sentir un escalofrío y la sensación de presencia de lo sinestro
en toda su dimensión.



RENUNCIA INMEDIATA DE ABEL POSSE

AL MINISTERIO DE EDUCACION

DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES


Quienes trabajamos en el ámbito de la educación queremos expresar nuestro más enérgico y contundente repudio a la designación de Abel Posse como ministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires. La decisión tomada por Mauricio Macri coloca al frente de la cartera educativa a un personaje que ha desplegado de manera extendida concepciones antidemocráticas y fascistas, que se vuelven aún más trágicamente dramáticas cuando quien las sostiene no es solamente un ciudadano común sino el funcionario que debería asegurar la plena vigencia del derecho a la educación de nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes.

No se trata sólo de que el designado ministro tenga nulo conocimiento del área para la que fue convocado. Se trata de que Posse reivindica el accionar genocida de la última dictadura, cuestionando los juicios a los represores y la transmisión de la memoria sobre el pasado reciente a las nuevas generaciones, una tarea pedagógica fundamental de toda sociedad democrática. Se trata de que Posse propone profundizar el accionar represivo sobre los y las docentes que realizan huelgas en reclamo por mejores condiciones de trabajo, y sobre los niños, niñas y jóvenes en quienes –afirma- la entidad "asesino" prevalece sobre "la edad biológica". Se trata de que Posse sostiene concepciones contrarias a la igualdad de género, afirmando supuestas limitaciones obvias de las mujeres. Estas y otras afirmaciones ignoran cuestiones sociales y político-pedagógicas elementales del área que Posse ha asumido, expresan posiciones inaceptables acerca de los sujetos hacia quienes debe dirigir su accionar, y suscitan alarma ante la concepción de política educativa que pone de manifiesto el Gobierno de la Ciudad con esta designación. Porque, seamos claros: no es una "nueva equivocación" de Macri, ni es una decisión aislada.

Posse no puede ni debe ser ministro de educación porque criminaliza a los estudiantes, a los docentes que se movilizan, a la lucha por la vigencia y ampliación de los derechos humanos, a los sujetos en condiciones de pobreza y desocupados. Los abajo firmantes creemos que la educación supone siempre una tarea orientada a la construcción de sociedades más plurales, democráticas, igualitarias y justas, y resulta un derecho cuya plena vigencia y promoción requiere de un compromiso político y pedagógico irrenunciable para con nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes. En este sentido, las decisiones políticas de la Ciudad y por ende, la designación de Posse resultan absolutamente inaceptables para cualquier sociedad que se proponga promover y extender el alcance de dicho derecho y combatir la exclusión y la discriminación.

Por ello, nos sumamos a otras expresiones y acciones de rechazo y convocamos al conjunto de la comunidad educativa, gremios docentes y demás organizaciones sociales y políticas democráticas, agrupaciones estudiantiles y universidades nacionales, a repudiar la designación de Abel Posse como Ministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires.

Para adherir a esta carta, envíe su mail a:

rechazoaposse@gmail.com

Escribiendo en el asunto:

SU NOMBRE Y APELLIDO - firmo la carta



Solicitamos reenviar y difundir




Juan Ramón Nuñez: De la Oculta al Palacio real de Inglaterra



“Un espejo para que nos veamos a nosotros mismos”


El hombre que fue distinguido por el rey Juan Carlos gracias a su trabajo comunitario en “su” FM La Milagrosa tiene una historia para contar. Todos lo felicitan, pero no se conforma: “Tenemos la radio pero, en la villa siguen las mismas necesidades que antes”, dice.

Por Emanuel Respighi


Hay historias que, se suele decir, hablan por sí solas. Relatos a los que cualquier tipo de mediación o de interpretación no hacen más que contaminar innecesariamente. Son aquellas historias, reales, palpables, que emocionan por el solo hecho de escucharlas y saber que no pertenecen al plano de la ficción. Vidas que transforman el escepticismo reinante en esperanza, la desidia en compromiso, el abatimiento cotidiano en ilusión. La vida de Juan Ramón Núñez es una de esas historias que nos ponen en caja. Una demostración de que no todo está perdido. Dado en adopción al año de haber nacido, amante de la radio, tuvo que sufrir dos preinfartos, el robo del dinero juntado con esfuerzo para comprar una emisora en Misiones, haber llegado a pesar 32 kilos y cartonear durante cuatro años para finalmente cumplir el sueño que lo obsesionaba desde chico: tener una radio propia al servicio de la comunidad. Ahora, al frente de La Milagrosa, la emisora que en FM 100.9 del dial se emite desde la Villa Nº 15, más conocida como Ciudad Oculta, pareciera estar disfrutando de la recompensa a tanto empeño. No por nada este cartonero, padre de ocho chicos, fue reconocido recientemente como “Emprendedor del año” a nivel mundial, por Youth Business International, una entidad que premia a jóvenes que se sobreponen a diversas dificultades en pos de un objetivo social.
De Ciudad Oculta al Palacio Real de Inglaterra, la vida de Núñez es un ejemplo de esfuerzo y dedicación, capaz de transformar kilos y kilos de cartón y botellas en una radio comunitaria. Claro que antes de viajar a Londres y recibir de manos del mismísimo rey Juan Carlos la distinción, cuya imagen recorrió el mundo, hay una historia plagada de vicisitudes que vale la pena conocer.


Sueño interrumpido
Núñez nació en Corrientes y con menos de un año su mamá lo dio en adopción a una familia sustituta en Misiones, donde se crió en una estancia cercana al pequeño pueblo de Campo Grande, a 250 kilómetros de Posadas, junto a su hermano. Su vida no era muy diferente de la de cualquier chico criado en un pueblo: ir a la escuela rural y luego trabajar en el campo. “Era una chacra: plantaba, sembraba, labraba la tierra”, recuerda ante Página/12. Desde siempre supo que vivía con una familia sustituta, ya que la gente que lo crió respetó su apellido. “Decidieron adoptarme legalmente porque siempre consideraron que mi papá no me había abandonado, ya que murió apenas nací. Por esa razón, nunca dejé de ser Juan Núñez”, remarca con muestras de agradecimiento, a la vez que reafirma su identidad.
Entre las tareas escolares y los trabajos en la chacra, durante su niñez Núñez se entretenía escuchando la radio, único medio de comunicación al que tenía acceso. “Escuchaba radio AM, pero sólo los partidos de fútbol y los radioteatros... Había que racionalizar las pilas para que no se consumieran”, cuenta. Entre los relatos de José María Muñoz y Víctor Hugo Morales, el sueño de hacer radio se iba haciendo cada vez más grande. Al punto que a su primogénito le puso José María de nombre, en homenaje al “relator de América”. “A los 9 años ya quería relatar fútbol y me imaginaba que a los 35 años iba a tener mi propia radio”, dice. “Era un sueño imposible: así como muchos chicos quieren ser astronautas, yo me imaginaba al frente del micrófono”, admite. No faltaba oportunidad para que Juan, en cuanto evento o fiesta del pueblo hubiera, agarrara el micrófono e hiciese uso de la palabra. Donde había un micrófono, Juan estaba presente.
Cuando a los 17 años se enteró de que se había inaugurado una emisora en Campo Grande, fue a conocerla y quedó alucinado. Sentía que la oportunidad de su vida estaba cerca. “Obviamente –comparte– no tenía cabida, porque no era más que un pibe que venía del campo. Hasta que hablando con un productor tabacalero, que me conocía de las fiestas parroquiales, me ofreció pagarme un programa de información exclusiva para productores tabacaleros.” Al mes, el director de la radio (FM Oasis) lo contrató como locutor oficial de la emisora y a los seis meses se fue a trabajar a una radio ubicada en El Soberbio, en la frontera con Brasil. Hasta que en 1989 viajó a Iguazú, donde trabajó conduciendo ciclos propios hasta el 2003. Allí, apenas arribado, se casó y tuvo dos hijos. Pero el destino empezaría a ponerle obstáculos. “A los 23 años quedé viudo, con un nene de casi 3 años y una nena de un año. Fue un golpe muy fuerte para mí y para los chicos”, recuerda.
Sin posibilidades de bajar los brazos, Núñez trabajó nueve años como periodista deportivo y luego armó una productora independiente que producía una tira deportiva y un programa social, en el que ayudaban a costear el viaje de chicos enfermos que necesitaban viajar a Buenos Aires a operarse. Era un programa muy escuchado. Por esa época, Juan comenzó a ahorrar la plata que podía, con la idea de tener la radio propia. “Sentía que mi trabajo era utilizado políticamente por los dueños de las radios, que eran propiedad de intendentes o diputados que capitalizaban esas campañas solidarias para su propio provecho político”, señala.
Entre sueldos y festivales solidarios, desde 1993 hasta 2003 Juan ahorró 16 mil pesos. Las muertes de su primera esposa y de su hermano por problemas cardíacos, que él también tenía, habían hecho que Juan se obsesionara con tener su propia radio lo antes posible. “Como no sabía hasta cuándo iba a estar, me había concientizado en que tenía que utilizar lo que sabía hacer para ayudar a la gente a través de la radio. Si vivía para verlo, mejor.” En su búsqueda, Juan consiguió que en Misiones le vendieran una radio por el dinero que había juntado. Sin embargo, el destino le jugaría otra mala pasada. “Dos días antes de firmar la compra fui a casa a contar el dinero y la plata no estaba. Había desaparecido el dinero y la única persona que sabía de su existencia era un amigo mío”, cuenta, aún con angustia. Ese mismo día tuvo que ser hospitalizado por un preinfarto, por el cual habría de estar internado durante dos semanas. Plan que no cumplió porque se fugó del hospital antes de que le dieran el alta para ir a buscar a quien le había robado el dinero. No iba a llegar muy lejos. “Cuando estaba frente a su casa me volví a descompensar y quedé tendido en la calle. Me agarró un segundo preinfarto y un cuadro de deshidratación tal que me hizo terminar con 32 kilos en el hospital.”


Perdido en la ciudad
El dolor por el sueño arrebatado y los problemas de salud le hicieron a Juan tomar una decisión drástica. “Estaba anímicamente destruido. Había perdido los ahorros de diez años, me los había robado un amigo de confianza, el sueño de la radio estaba lejísimo y tenía seis hijos que mantener. Sentía que recuperarme de ese golpe en Misiones era imposible. Necesitaba cambiar de aire.” Así fue que junto a su segunda mujer decidieron en 2003 viajar a Buenos Aires. Llegaron a la estación de Retiro con cuatro chicos, dos bolsos y 120 pesos. No tenían a dónde ir. “Llegamos a las 6 de la mañana y hasta las 2 de la tarde dimos vueltas por la estación a ver qué hacíamos. Hasta que en una vieja agenda de mi mujer, que había vivido en Buenos Aires, encontramos el número del padre de una amiga de su hija y lo llamamos: vivimos en su casa un mes”, cuenta. Por esa época, Núñez trabajó como personal de seguridad privado custodiando supermercados chinos (¡con menos de 40 kilos!) por 300 pesos, hasta que un compañero suyo fue baleado y su esposa le pidió que abandonara ese trabajo.
Sin trabajo, apenas con los 400 pesos que entre él y su esposa juntaban por un curso de capacitación estatal, Núñez comenzó a pagar la casa que hasta ese momento alquilaban en Ciudad Oculta. Todo el dinero iba destinado a la adquisición de la vivienda: se alimentaban como podían o iban a comedores. En ese entonces, un vecino le propuso trabajar de cartonero. “No sabía qué juntar en la calle, no tenía ni idea, pero no me quedaba otra opción que hacerlo porque tenía que salir adelante”, subraya. Renegando de la radio (“sentía que por ella casi había perdido la vida”, era la idea que lo perseguía en aquel entonces), Juan sólo pensaba en mejorar las condiciones de vida de su familia. Al poco tiempo de “cartonear”, se dio cuenta de que “trabajando –subraya una y otra vez– se podía hacer diferencia” (ver aparte).
Así fue como el bichito de armar una radio volvió intempestivamente. La ilusión se ponía en marcha otra vez. Empezó a pedir presupuestos de equipos de radio y planificó que trabajando como cartonero, en tres años podía juntar la plata para cubrir los costos y montar una radio. Su esposa no quería saber nada, decía que era un delirante. “Hasta que le demostré que no estaba loco: en dos semanas compré una computadora y al mes tuve la plata para festejarle los 15 años a mi hija mayor”, recuerda. El esfuerzo no fue menor: durante esos años salía a la calle cuatro veces por día, desde las 5 de la mañana hasta las 22. Hacía casi 200 pesos diarios. “Trabajaba –cuenta– por etapas: dos meses para adquirir la consola, un mes para el micrófono... Lo último que compré fue la antena y el transmisor, porque quería estar seguro de cumplir las metas y porque el resto de las cosas me servían para hacer otros trabajos”, cuenta. Así fue como mientras iba comprando distintos equipos, creó una empresa productora de luz y sonido para fiestas y eventos (The Sound of Light).
En esa época, nadie dudaba: era el loco del barrio. Pero su esfuerzo pudo más y a los dos años –uno menos de lo previsto– logró comprar todos los equipos. El 1º de septiembre de 2007 el sueño se hizo realidad: a las 11 de la mañana, la radio comenzó a transmitir. El destino –otra vez– quiso que no fuese él quien hablara por primera vez sino su ahijado: Núñez era el único capacitado para manejar el control. La Milagrosa (FM 100.9) ya era un hecho. “Eramos muy devotos de la Virgen de la Medalla Milagrosa e inclusive durante mucho tiempo comimos en su comedor. Y un día, cartoneando en un volquete, debajo de una pila de diarios encontré una imagen de la Virgen que hoy tenemos en el estudio de la radio. Sentí que ella siempre me ayudó y no dudé en ponerle La Milagrosa a la radio.”
A dos años de su puesta en marcha, la radio ya es parte medular de la vida cotidiana de Ciudad Oculta, sea como compañía casera o como medio que poseen los vecinos para comunicar sus problemas y tratar de resolver sus necesidades (ver aparte). No hay premio, dice Núñez, que iguale ese logro. “Ahora estamos más vinculados como comunidad”, señala, sin ocultar su orgullo por la tarea realizada. Sin embargo, es consciente de que ni los premios ni el reconocimiento los pueden conformar. “Tenemos una radio –subraya–, pero en la villa seguimos teniendo las mismas necesidades que antes. El objetivo no está completo.” Y se despide agradeciendo, con humildad pero con la fortaleza anímica para continuar desafiando su propio destino.


Puente de comunicación
Funcionando en el mismo patio en el que durante cuatro años acopiaba cartones, la radio supo modificar la vida de mucha de la gente que vive en la villa, haciendo colectas solidarias, incentivando la creación de bibliotecas populares, organizando talleres. Estructurada como una cooperativa, La Milagrosa transmite diariamente de 6 a 23, con programas de todo tipo realizados por los habitantes de la villa. “La única condición para ser parte de la programación es que todos comprendan que la radio debe ser una vidriera para que los demás vean lo que nosotros hacemos y un espejo para que nos veamos a nosotros mismos”, dice Núñez, que de lunes a viernes a las 9 conduce Llamalo como quieras. Tras el premio recibido, la idea que desvela a Núñez es que La Milagrosa logre un mayor alcance. “Como no tenemos Internet porque ninguna empresa telefónica nos quiere instalar una línea, la única manera de crecer en penetración es a través del aire”, se lamenta. Por suerte, ya no está solo en su cruzada: enterado de su historia, Lalo Mir le acaba de donar una nueva antena transmisora con la que la radio llegará a casi toda la ciudad de Buenos Aires. “La radio debe ser el puente de comunicación entre los que más tienen y los que menos tienen. Quien no entiende esta idea no puede ser parte del proyecto”, afirma.


Puertas que se cierran
Lejos de la demonización que los grandes medios suelen hacer de quienes trabajan en la calle con lo que otros desechan, Núñez cuenta que cartonear es un oficio “tan digno y respetable como cualquier otro”. Incluso, su experiencia le hace pensar que se trata de una tarea bien remunerada. “El cartonero que labura, gana bien”, dispara. Y cuenta su recaudación en los cuatro años que caminó la calle. “Los dos primeros años salía sólo dos veces por día, porque mientras tanto hacía un tratamiento médico por mi problema cardíaco que me impedía hacer fuerza. En aquel entonces, por día llegaba a hacer entre 60 y 100 pesos, entre cartón, plástico y cosas que la gente tiraba y luego revendíamos en la feria de Mataderos y en la del barrio”, señala. Para ganar más, Juan acopiaba en el patio de su casa y lo vendía directamente en la fábrica, donde pagaban hasta cinco centavos más por kilo que lo que le daban los depósitos del barrio. Claro que se trata de una labor muy sufrida, con muchos estigmas para quienes la ejercen. “Lo peor de ser cartonero –reflexiona– es salir a la calle y ver que las puertas se te van cerrando. El cartonero es discriminado por todos, sin excepción. Iba a buscar laburo y cuando decía que vivía en Eva Perón al 6600 las entrevistas terminaban inmediatamente. Pero yo salía a la calle con total dignidad: sabía que como cartonero no estaba robándole nada a nadie..”


Emanuel Respighi
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Cristina Villanueva: Cuba



En un mundo desalmado una pequeña certeza.

Deseo de internarme a través de las callejuelas en el alma de Cuba.
Desenvolver los papeles de regalo con que se envuelven las ciudades,
los países, para ser mostrados en trazos simples a la comprensión de
turistas ávidos y apurados. Quiero entrar. Sé que ella al menos tiene alma
todavía.



Pequeñas crónicas.

Cuando volví de Cuba.

La Habana está tan linda, el mar penetra en los ojos como una caricia.
La música y las palabras lo invaden todo.
En este marco se hizo el Primer Encuentro Internacional de Cultura,Arte y Turismo Cultur Ar que unió a plásticos, músicos, cuentacuentos y mujeres viajeras.


Intenso, pleno de experiencias.

A mi me pasó que siempre en mis anteriores viajes a Cuba hubo un momento de un llanto aborbotonado, colorido de emociones, sin tristezas. Como si llorando se pudiera celebrar la alegría de estar vivo, la vitalidad. Un llanto que no se puede llorar a solas que busca el abrazo del otro, juntarse, expresar.

Esta vez, me dije, habitante de un mundo violento, no te va a pasar Cristina. Todo cambió, el mundo, Cuba y vos cambiaste nena. Ya no te pescará esa explosión de sentimientos.
Me equivoqué. Cuando conté en el hogar donde viven adultos mayores, cuando vi como reaccionaron a mis historias, esa emoción me ganó. Como me gusta explicarlo todo, quería ponerle palabras a eso casi intrasmisible. A lo mejor lo que me parecía maravilloso era que estaban vivos y abiertos a todo, al juego, a la picardía, a la reflexión. Tan distintos a los que tantas veces me escucharon en mi país en lugares que parecían una antesala para esperar la muerte... Tan diferentes a los que el año pasado visité en Barcelona. Algunos esbozaban la palabra amor como explicación. Pienso que es algo distinto que incluye el amor pero abarca más. Me pasó también en mi primera visita al neuropsiquiátrico de La Habana en el año 1983, donde tratan a los internados como personas. A las personas que más lo necesitan les dan más. Es tan sencillo.
En una sociedad donde lo único que importa es el dinero y el consumo, cuando la gente deja de estar por algún motivo en la cadena productiva se desmerece, se cae.

Cuando me fui, vi en el piso los pedazos de plástico. Por el momento mi alma no iba a necesitar la cobertura con la que uno se recubre (sin darse cuenta) para soportar tanto maltrato en las grandes, violentas ciudades.

Caminé pateando los restos de mi envoltura como una niña jugadora. Ah, me olvidaba: cuando uno se recubre para no sentir el dolor también se le desluce la alegría.

Cristina Villanueva
libera@arnet.com.ar

Días de Radio, un cuento de Ernesto Pierro



DIAS DE RADIO (*)

Aquella noche venían a cenar el tío Beto y la tía Ramona. Yo los quería mucho, especialmente al tío Beto que, como era mecánico, vestía siempre un mameluco engrasado que alguna vez habría sido azul. Aquel mameluco tenía unos bolsillos enormes que el tío Beto llenaba de caramelos cada vez que venía a visitarnos. A mí me daba rabia tener que repartir esos caramelos con mi hermanita menor -la Cloti-, pero la tía Ramona se encargaba de vigilar que no me quedara con más de los que me correspondían.
La abuela Antonia había amasado tallarines toda la tarde. Me dejó que la ayudara a cortarlos a pesar de las protestas de mi madre, que estaba muy enojada porque mi cuaderno era un desastre, y yo esa mañana había faltado otra vez al colegio para ir a jugar un desafío contra los del barrio de La Quema. También la enojaba tener que cubrirme ante mi viejo, que si se enteraba de mis rateadas agarraba el cinturón o la chancleta y me dejaba de cama.
Como la abuela me defendió y pude cortar los tallarines, mamá se vengó no dejándome escuchar a Tarzán: se pegó a mí como las figuritas al álbum justo en el horario del programa, para vigilar que al menos hiciese los deberes. Mientras tanto la Cloti aprovechó la situación, y junto a esa amiguita narigona que tenía, se puso a jugar con aquellos autitos rellenos con masilla que yo quería tanto, borrando a propósito de a poco, las líneas de tiza con las que yo demarcaba el circuito para las carreras.
¡Pero bien que mi mamá prendió la radio más tarde! Y eso que justo habían llegado el tío Beto y la tía Ramona, pero mamá por nada del mundo se perdía ¡Qué pareja!, con Blanquita Santos y Héctor Maselli.
Esa vez el tío no vino con el mameluco sino empilchado con sombrero y todo, aunque igual trajo chocolatines, que a Clotilde y a mí nos encantaban y que mamá nunca nos compraba porque decía que después nos venía la colitis.
Mi papá llegó como siempre a la hora del Glostora Tango Club, que no dejaba de oír ni cuando le agarraban esos ataques de tos que lo volteaban. Además, él solía decir que tenía 4 amores: su familia, Rácing, los hermanos Gálvez y De Angelis. Con el sentimiento por Rácing y por los Gálvez no había mayores problemas, porque mientras papá escuchaba las transmisiones de Curcu o de Sojit, mi vieja cebaba mate y jugábamos los cinco (la abuela también se prendía) a las cartas o a la Lotería. Pero en cambio con el fanatismo por De Angelis la cosa era distinta, porque a mamá la ponía triste que papá lo usara como excusa para irse cada tanto a milonguear.
Los Varese golpearon la aldaba justo cuando la abuela Antonia estaba por servir los tallarines. Los Varese vivían al lado de casa. No sé que problema habían tenido con su aparato de radio, así que venían a escuchar Los Pérez García con nosotros. Como la abuela siempre cocinaba
de más, los tallarines alcanzaron también para ellos. Los Varese tenían un hijo algo mayor que yo con el que a veces me peleaba, sobre todo si me ganaba a las bolitas, pero esa noche me puso contento compartir la cena con él, y que le gustara como a mí la banana pisada con miel, que
paladeamos mientras oíamos "Son cosas de esta vida".
Después de la cena, como era 29 de junio, salimos todos a la calle, porque ya se había hecho hora de encender la fogata de San Pedro y San Pablo que, como todos los años, se armaba sobre el empedrado a partir del cordón de la vereda de mi casa, que estaba en una esquina. Creo que esa noche no faltaba nadie del barrio rodeando esa montaña de ramas que yo había ayudado a formar y a cuidar. En los días previos había sido mi refugio preferido, y me había sentido un héroe custodiando una fortaleza, cada vez que me había tocado vigilar que nadie se llevara
ramas de allí. No había dejado mi lugar de custodia ni cuando ésta me vino a tocar justo a la hora de "La pensión del campeonato".
Como siempre, algunos vecinos habían llevado papas para ponerlas luego en las brasas, aunque ese año se quedaron con las ganas de asarlas.
La fogata creció majestuosa, hasta alcanzar al enorme muñeco que estaba puesto en la cima. Se reía y se cantaba con una alegría sincera y contagiosa. Don Pepe tenía la guitarra en sus manos. Don Frutos había llevado su bandoneón, y a mí me ponía muy feliz saber que al rato iba a ver bailar a mamá con papá y al tío Beto con la tía Ramona. Pero de pronto, una chispa traviesa se propuso arruinarnos la fiesta, y el grito de ¡fuego!, ¡fuego!, empezó a crecer como la llamarada que salía de mi casa.
Días después yo le haría notar a mi padre que en aquel momento le oí decir todas esas palabras que, bajo pena de severa paliza, nos tenía prohibidas a la Cloti y a mí. Palabras que acompañaron a la orden terminante de no movernos de al lado de nuestro madre, que ya nos cubría con sus brazos.
Así que mamá, Clotilde, la abuela, el hijo de los Varese y yo, apoyados en la cortina del almacén de Don Andrés -que estaba frente a casa-, miramos como todos los vecinos, junto a papá y a los tíos, corrían de aquí para allá con baldes y palanganas. Los bomberos -a los que ví entonces por primera vez de tan cerquita- llegaron pronto, y lo primero que hicieron fue levantar aquella pesada y oxidada tapa de Obras Sanitarias de la Nación que estaba amurada en la vereda (esa misma tapa que, junto a otros chicos, yo levantaba cuando llegaban los Carnavales, porque ni bien la sacábamos salía disparado de allí un enorme chorro de agua, con el que jugábamos hasta que algún vecino llamaba a la Policía). Conectaron inmediatamente una enorme manguera, y entraron a casa por la puerta y las ventanas. En un ratito nomás la llamarada trocó en humareda y luego en historia, y entonces volvieron a la calle y se dedicaron a apagar las llamas de la fogata, desoyendo las súplicas de los más chicos, que tratamos de hacerles entender que ya que el fuego de mi casa se había apagado, la fogata se podría dejar como estaba. Al rato nomás partieron, y tras ellos, volvieron a sus hogares los amigos y vecinos, incluídos Don Pepe y Don Frutos.
En casa el fuego solo había chamuscado unos pocos muebles de la sala; pero de eso me enteré después, porque lo primero que hice al entrar fue ir corriendo desesperado hacia la cocina, para asegurarme de que el aparato de radio no se hubiera quemado, ya que al haberme quedado sin fogata ni fiesta, al menos no quería perderme a Marianito Bauzá en "La virgencita de madera", que esa noche, desde el teatro, transmitía Radio Porteña.

Ernesto Pierro
ernestopierro@hotmail.com
(*) Días de Radio obtuvo una Mención Especial en el Certámen de Cuentos de Utedyc 2009.

La muerte lenta de Víctor Jara



Por Manuel Délano


Cansados y con sus manos entrelazadas en la nuca, los 600 académicos, estudiantes y funcionarios de la Universidad Técnica del Estado (UTE) tomados prisioneros por los militares golpistas iban entrando al Estadio Chile, un pequeño recinto deportivo techado cercano al palacio de La Moneda. Un oficial con lentes oscuras, rostro pintado, metralleta terciada, granadas colgando en su pecho, pistola y cuchillo corvo en el cinturón, observaba desde arriba de un cajón a los prisioneros, que habían permanecido en la universidad para defender el Gobierno del presidente socialista Salvador Allende. Era el 12 de septiembre de 1973, día siguiente del golpe militar, en el alba de la dictadura de 17 años encabezada por el general Augusto Pinochet.
Con voz estentórea, el oficial repentinamente gritó al ver a un prisionero de pelo ensortijado:
—¡A ese hijo de puta me lo traen para acá! -gritó a un conscripto, recuerda el abogado Boris Navia, uno de los que caminaba en la fila de prisioneros.
"¡A ese huevón!, ¡a ése!", le gritó al soldado, que empujó con violencia al prisionero. "¡No me lo traten como señorita, carajo!", espetó insatisfecho el oficial. Al oír la orden, el conscripto dio un culatazo al prisionero, que cayó a los pies del oficial.
—¡Así que vos sos Víctor Jara, el cantante marxista, comunista concha de tu madre, cantor de pura mierda! -gritó el oficial. Navia rememora. Es uno de los testigos del juez Juan Fuentes, que investiga el asesinato del cantautor, uno de los crímenes emblemáticos de la dictadura, porque Jara fue con su guitarra y con sus versos el trovador de la revolución socialista del Gobierno de Allende en Chile. Por su impacto y la impunidad en que están los culpables, el crimen de Jara es en Chile el equivalente al asesinato de Federico García Lorca en España.
"Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente", cuenta a este periódico el abogado Navia.
Los prisioneros se habían quedado pasmados mirando la escena. Cuando el oficial, conocido como El Príncipe y hasta hoy no identificado con plena certeza, se cansó de golpear, ordenó a los soldados que pusieran a Jara en un pasillo y que lo mataran si se movía. El autor de canciones como El cigarrito y Te recuerdo Amanda, que Serrat, Sabina, Silvio Rodríguez y Víctor Manuel han incorporado en sus repertorios, entró así al campo de prisioneros improvisado por los militares donde vivió sus últimas horas.
Muchos recordaron a Jara con emoción esta semana, cuando su viuda e hijas y la fundación que lleva su nombre organizaron el funeral que no pudo tener en 1973, la despedida popular que merecía, para sepultar los restos del cantautor, exhumados en junio por orden del juez y devueltos a la familia después de una nueva autopsia, que confirmó las huellas de bala y torturas.
El ensañamiento con Jara fue uno de los signos de la dictadura de Pinochet (1973-1990), que truncó con brutalidad el Gobierno de Allende y los sueños socialistas, dejando un reguero de más de 3.200 muertos y desaparecidos, alrededor de 30.000 torturados y decenas de miles de exiliados. El Chicho, como era conocido Allende, un médico socialista y masón, había llegado a la presidencia en 1970, en su cuarto intento, con el 36% de los votos, encabezando la Unidad Popular, la coalición que reunía a la izquierda chilena en un arco multicolor.
Con un programa que ofrecía reforma agraria, medio litro de leche diaria para los niños y la nacionalización del cobre, principal riqueza de Chile, en manos de empresas norteamericanas, la victoria de Allende en las urnas, la primera de un marxista en Occidente en plena guerra fría, sorprendió a Estados Unidos e insufló esperanzas en muchos países, incluidos los opositores de Franco en España. Un irritado presidente Richard Nixon ordenó en la Casa Blanca intensificar las acciones desestabilizadoras.
Pero en Chile se vivían tiempos de efervescencia. Las movilizaciones sociales iban en ascenso y con Allende en La Moneda, el Gobierno ganó apoyo en las urnas en lugar de perderlo. El cerrojo norteamericano se apretó con el embargo de las exportaciones de cobre, en réplica a una nacionalización en la que Chile resolvió no indemnizar a las empresas expropiadas por haber obtenido ganancias excesivas, mientras la oposición de centro y derecha se reunió en una coalición contra Allende, y la izquierda más radicalizada comenzó a desbordar al Gobierno acusándolo de reformista. La lucha política se exacerbó.
El Gobierno socialista concitó una amplia adhesión de artistas e intelectuales. En los tres años de Allende, Chile vivió un destape cultural como nunca antes y Víctor Jara fue uno de los protagonistas. Hijo de inquilinos campesinos, conoció de la explotación y miseria en su infancia y juventud. Aprendió música por la intuición de su madre. Cuando ella falleció, viajó a Santiago a estudiar teatro. Como director teatral recibió premios de la crítica y la prensa por sus montajes e hizo giras por dos continentes.
Mientras estudiaba dramaturgia, comenzó a tocar y componer con el grupo Cuncumén. Después trabajó con la pléyade del folclor chileno: Quilapayún, Inti Illimani, Ángel e Isabel Parra, Patricio Manns, Rolando Alarcón. Violeta Parra, la autora del universal Gracias a la vida, fue una de las que descubrió tempranamente el talento de Jara como compositor e intérprete.
Militante comunista, Jara defendió a la Unidad Popular con su guitarra, hizo canciones de protesta, pero sus obras mayores, aquellas más sencillas e imperecederas, son las que brotan desde la tierra y de la pobreza de las barriadas periféricas de Santiago, las fuentes de su saber. Víctor creía que "la mejor escuela para el canto es la vida", recuerda su viuda, Joan Turner, en Un canto trunco, las memorias de Jara. Nombrado embajador cultural por Allende, prefería compadrear en una peña popular a los cócteles de diplomáticos.
Durante el paro de octubre de 1972, con el que la oposición quiso poner de rodillas al Gobierno, junto con decenas de miles de personas, Jara salió a realizar trabajos voluntarios para impedir que la economía se detuviera. En la vorágine escribió Manifiesto, su testamento musical: "Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón".
Con la inflación desbocada, desabastecimiento y mercado negro, el transporte paralizado y con el mayor partido opositor, la Democracia Cristiana, cerrando las puertas al diálogo para encontrar una salida, a Allende casi no le quedan opciones, y muchos creen que un golpe militar es inminente. Resuelve que el martes 11 septiembre llamará a un plebiscito que decidirá si sigue o no en el poder. Enterados, los militares adelantan el golpe militar para ese martes.
El escenario que había escogido Allende para pronunciar este discurso que podría haber cambiado la historia es la sede de la UTE. Nunca llegó. Enterado de la sublevación militar, Allende acude con sus colaboradores más cercanos a La Moneda, a defender la democracia. Dispuestos a todo, los militares bombardean el palacio y Allende, que sólo saldrá sin vida de ese lugar, pide a los trabajadores que permanezcan en sus puestos, pero que no se dejen provocar, y anticipa en su lúcido discurso final que otras generaciones superarán ese momento.
En asambleas por facultad, la comunidad de la UTE resolvió permanecer en la sede universitaria, como pidió Allende. Entre ellos, Víctor Jara, que trabajaba en extensión en la universidad e iba a cantar en el acto de Allende. Habla dos veces por teléfono con Joan y cree que volverá a casa al día siguiente. Esa noche anima a los estudiantes en su último recital, mientras en todo Santiago suenan las balas de los militares.
Al día siguiente, los militares instalan un cañón frente a la universidad y disparan a la rectoría mientras un centenar de soldados vacía sus cargadores. No hay resistencia: estaban desarmados. Rompen puertas y cerrojos y toman prisioneros a los 600 que permanecían ahí.
El infierno está a un par de kilómetros, en el Estadio Chile, rebautizado en democracia como Estadio Víctor Jara. Ahí el cantautor queda tendido en el suelo. A un estudiante peruano que confunden con cubano le cortan una oreja con un cuchillo. A un profesor de ciencias sociales que llevaba pruebas recién corregidas de sus alumnos le piden las dos mejores notas, las entrega y lo obligan a que se coma las hojas. Los amenazan con barrerlos con "las sierras de Hitler", ametralladoras de gran calibre cuyas balas cortan los cuerpos. Un obrero grita: "¡Viva Allende!", y se arroja desde las graderías, muriendo desangrado. En el recinto caben apretadas 2.000 personas, pero hacinan a más de 5.000 prisioneros.
El Príncipe tiene visitas de oficiales y quiere exhibir a Jara. Un oficial de la Fuerza Aérea que está con un cigarrillo le pregunta a Jara si fuma. Con la cabeza, niega. "Ahora vas a fumar", advierte, y le arroja el cigarrillo. "¡Tómalo!", grita. Jara se estira tembloroso para recogerlo. "¡A ver si ahora vas a tocar la guitarra, comunista de mierda!", grita el oficial y pisotea las manos de Jara, relata Navia.
"Cuando llegaron más prisioneros y los soldados fueron a recibirlos, Víctor se quedó sin custodia. Entre varios lo arrastramos adonde estábamos y comenzamos a limpiar sus heridas. Llevaba casi dos días sin comida ni agua", dice Navia. Un detenido consigue que un soldado le regale un tesoro: un huevo crudo. Se lo dan a Jara. Con un fósforo, el cantautor perfora el huevo en ambos extremos y lo sorbe. "Nos dijo que así aprendió en su tierra a comer los huevos", recuerda.
A Jara le vuelven las energías. "Mi corazón late como campana", dice. Y habla, de Joan y sus hijas. Dos detenidos logran salir libres gracias a contactos. Varios escriben mensajes breves para que avisen a sus parientes de que están vivos. Víctor pide lápiz y papel. Navia le pasa una libreta pequeña de apuntes, que hoy conserva la Fundación Jara como pieza de museo. Escribe con dificultad sus últimos versos: "Canto que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero".
Repentinamente, dos soldados lo toman y arrastran, y Jara alcanza a arrojar la libreta. Navia se queda con ella. Comienza una golpiza más brutal que las anteriores, a culatazos. Otros prisioneros lo verán con vida horas después. Un conscripto, José Paredes, confiesa 36 años después que jugaron a la ruleta rusa con Jara antes de acribillarlo en los subterráneos. Es el único procesado vivo en el caso. El otro, el jefe del recinto, el coronel Mario Manríquez, falleció. La primera autopsia, en 1973, revela 44 disparos. La nueva, en 2009, confirma que Jara murió por múltiples impactos. Pero Paredes se retracta de su confesión.
Al anochecer del sábado 15 de septiembre trasladan a los prisioneros del Estadio Chile al mayor recinto del país, el Estadio Nacional. "Al salir al foyer para irnos, vemos un espectáculo dantesco. Hay entre 30 y 40 cadáveres apilados, y dos de ellos están más cercanos. Todos están acribillados y tienen un aspecto fantasmagórico, cubiertos de polvo blanco, porque cerca estaban apilados unos sacos de cal para hacer reparaciones, que cubre sus rostros y seca la sangre. Reconozco a Víctor en primer lugar, y después al abogado y director de Prisiones Littré Quiroga", relata Navia.
A Jara le han quitado el chaquetón que otro prisionero le había pasado porque tenía frío. Esa noche, los soldados arrojan seis de estos cadáveres, Jara entre ellos, junto al Cementerio Metropolitano, en el acceso sur de Santiago. Una vecina reconoce al cantautor y avisa para que lo recojan. Cuando el cuerpo llega a la morgue, un trabajador de este servicio, que era comunista, también reconoce a Jara y avisa a su esposa Joan para que lo sepulte antes de que lo sepulten en una fosa común.
El cuerpo del cantautor está junto al de cientos de víctimas en un mesón de la morgue, al final de una fila de jóvenes. Sólo tres personas acompañan a Joan en el funeral semiclandestino que se celebró en el Cementerio General de Santiago, donde fue inhumado en un humilde nicho. Jara está en su cenit creativo, poco antes de cumplir 41 años, y quienes tronchan su vida no saben que lo están haciendo más universal, a él, pero también a ellos mismos. [fontanamoncada]

Manuel Délano
Fuente: © El País

Libros: Nick Carter, de Mario Levrero



NICK CARTER (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo)
de Mario Levrero
(Mondadori, Buenos Aires, 2009, 160 páginas)

Por Germán Cáceres

Primero hay que aclarar que Nick Carter es un detective creado en 1886 por John Coryell, y que aún hoy perdura. Empezó como un folletín que se publicó en pulps y en dime novels, para luego pasar al cine, a las historietas y a la televisión. En estos ciento veinte y tres años de vigencia contó con muchos autores, pero el más prolífico fue Frederick Marmaduke Van Rensselaer Dey (1862-1922), al que se deben la friolera de unos mil episodios. El héroe era extremadamente respetuoso con las mujeres y no fumaba ni bebía.

La presente versión de este personaje muestra todo lo contrario. Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) —un escritor de culto y asiduo lector de folletines y novelas populares—, figura entre los más brillantes miembros de esa galería de autores uruguayos a quienes el crítico Ángel Rama llamó “los raros”, porque su poética resulta inclasificable y no ha dejado escuela (el más conocido de ellos es Felisberto Hernández). Contemporáneamente tiene un compañero de ruta, el Juan José Millás de Los objetos nos llaman, que se declaró admirador del universo del creador de Las hortensias.

La nouvelle se inicia con el detective sentado en un sillón y escuchando con atención a su cliente, Lord Ponsonby, mientras observa en un enorme espejo a su propia imagen que se desplaza en forma libidinosa y devora a una precoz lolita de once años. Y hay más disparates: así, resuelve casos difíciles interpretando las pesadillas que sufre Tinker, su ayudante —al que tiene guardado en un bolso—, y utiliza un vocabulario freudiano que alude al superyó, a la libido y a la primera infancia; en tanto mira por TV Las aventuras de Nick Carter, manosea una muñeca inflable para luego vestirla elegantemente y bailar con ella un vals de Strauss en la versión de Eugène Ormandi; su secretaria es una ninfómana que no le da tregua, y de la que guarda los fetos en frascos de su museo personal; describe monstruos marinos que parecen caricaturas de los invocados por Lovecraft, y siguen las extravagancias.

Levrero propone una estética experimental y de vanguardia que, más allá de rendirle homenaje (y a su vez parodiar) la novela policial, intenta romper los mismos límites de la literatura al escribir en primera y tercera persona y dirigirse al lector y al mismo Nick Carter. Se observa en su estructura giros surreales, un gusto por el absurdo, el mundo onírico y el erotismo desbordado, que lleva a pensar que por momentos se están narrando los sueños del detective en una clave que evoca los filmes de Richard Lester. Por supuesto que en el texto anidan múltiples lecturas más allá de la risa desopilante que provoca: en un tramo dice “Y tú, lector, que te apiadas del vacío de Nick Carter, ¿qué me puedes decir de ti mismo? De tu enigma, de tu identidad. ¿No te has dado cuenta de que también a ti te han asesinado? A ti también te han clavado un cuchillo en la espalda el día mismo en que naciste. Pero en tu ceguera le llamas vida a tu vida, a eso que arrastras, como tantos lectores, infectando el mundo”.

La prosa de Levrero es sencilla, de frases cortas y estilo directo. Pero su perfección revela que ha sido trabajada obsesivamente. Por suerte, la obra de este notable escritor está llamando la atención editorial y de la crítica especializada.

Germán Cáceres

Teatro: Ten piedad de mí



TEN PIEDAD DE MÍ
Por Germán Cáceres


Autora: Bea Odoriz. Elenco: Leonor Manso, Ingrid Pelicori, Héctor Bidonde, Pablo Pollitzer, Pochi Ducasse, Jorge Sánchez y Carla Baglivo. Instrumentistas en grabación: Mandred Kremer – Manuel de Olaso. Colaboración coreográfica: Florencia Gleizer – Ximena Barrionuevo. Vestuario: Cecilia Zuvialde. Diseño gráfico: Petre. Diseño de iluminación: Fabricio Ballarati. Escenografía: Ariel Vaccaro. Fotografía: César Daneri. Asistencia de dirección: Lautaro Mackinze. Dirección: Bea Odoriz. Los sábados a las 23.15 en la sala Raúl González Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.


No hay una historia con desarrollo, sino la simple convocatoria a un almuerzo (un puchero) para festejar el cumpleaños de una mujer mayor (Pochi Ducasse), que es asistida por dos maestras de frontera devenidas mucamas, una seria y sobria (Leonor Manso) y la otra alegre y festiva a la que le gusta bailar (Ingrid Pelicori). Ambas están atemorizadas porque el hijo de la anciana está dispuesto a llevársela y a vender el departamento que habitan, y las dos criadas se quedarían literalmente en la calle. Al puchero asisten personas que apenas se conocen entre sí y que tampoco tienen trato con las tres señoras citadas: un hombre mayor traumatizado (Héctor Bidonde) y su extraño empleado (Jorge Sánchez), un cantante (Pablo Pollitzer), y una joven elegantemente vestida de verde (Carla Baglivo). Y nada más.

Sólo transcurren situaciones, que encuentran a los personajes en plena crispación: el señor mayor sufre de accesos de pánico y violencia mientras su empleado sostiene una relación sadomasoquista con él; la mucama sobria está pendiente del desalojo y maquina incluso un asesinato para evitarlo; los comportamiento de la criada alegre son ridículos y caricaturescos; el cantante no habla sino interpreta en alemán piezas de J.S. Bach y la mujer vestida de verde está dispuesta a mantener relaciones con cualquiera de los hombres que están en escena.

Pero pronto el espectador percibe que estos seres están acosados por la desolación y la angustia, que sólo desean arribar a la paz eterna para huir de este mundo que los trata con crueldad implacable. Las mucamas añoran la tranquilidad del campo, el goce de la naturaleza, el contacto con las cosas íntimas y bellas de este mundo. Además, campea en todo momento la omnipresencia de la vejez y de la muerte. En vez de incorporar a su vida cotidiana ese esplendor de la naturaleza, estos torturados personajes han internalizado la devastación del paso del tiempo, lo que los ha llevado no sólo a la más espantosa soledad sino a la sordidez y a la agresión. Sin rumbo ni objetivos, durante el almuerzo se entregan a la bebida, a comer desaforadamente, al torpe manoseo sexual, excesos que funcionan como vías de escape. Y la clave de este exigente drama se encuentra en la celestial música de Bach que propone el fin de los sufrimientos con la siguiente invocación: “Ven dulce muerte, ven sagrado reposo/ Ven y guíame hacia la paz/ Ya que estoy cansado del mundo”.

Bea Oderiz demuestra poseer un gran sentido de la teatralidad al escribir este texto tan renovador que descansa en la labor del elenco para expresarse. Su puesta en escena es, además, sobresaliente, sobre todo en la dirección de actores. Leonor Manso está magistral en sus silencios, en los movimientos escénicos y en esa máscara inescrutable que impone a su personaje. Ingrid Pelicori aporta la triste alegría de su desdichada criada, que sólo aspira a danzar para alejar su desamparo. Brillante y personal la composición de Héctor Bidonde, que pasa de la inacción a la mayor brutalidad. Compenetrada Pochi Ducasse en esa moribunda que, resignada, sabe que está a las puertas del fin de su vida. Excelente la voz de Pablo Pollitzer, que presta bellas contorsiones a su cuerpo siguiendo el ritmo de la música. Suelto y ágil Jorge Sánchez en ese misterioso empleado del que se ignora qué tipo de trabajo tiene. Carla Baglivo otorga convicción a un personaje frívolo y asolado por la desilusión.

La escenografía de Ariel Vaccaro demuestra capacidad de síntesis y de sugestión en el pequeño escenario de la sala. La inteligente y profesional iluminación de Fabricio Ballatari es un aporte fundamental. El vestuario de Cecilia Zuvialde revela talento y un compenetrado estudio de los personajes.

No siempre se puede asistir a una obra tan notable y tan óptimamente representada.

Germán Cáceres