sábado, 10 de noviembre de 2007

Cristina Villanueva: Respuestas a "En viaje"

Por lo injustamente atacada que es Cuba de todas las maneras posibles y
como he recibido respuestas a mi primer texto, decidí enviarlas como un
collar de solidaridades.
Cristina Villanueva


Cristina:
Gracias por ese escrito, pero le agregaría más.
Te diría que yo todos los dían ando en guagua y camino largas distancias.
En mi trayecto me encuentro la embarazada que va a consulta, el niño
hacia la escuela, los adultos a sus obligaciones y los ancianos a sus
labores. Vivimos preocupandonos y ocupándonos de los problemas ajenos con
el único afán de ayudar y ser solidarios. No media pago alguno y es común
que alguien te lleve la bolsa pesada en la guagua y te den la mano cuando
vas a bajar sin conocerte.
Puede ser que en el camino encuentres a una persona que te hace la
historia de su vida para comentarte los avatares por donde pasa pero en
realidad quisiera orir otra peor para solidarizarse en los problemas.
Los cubanos vivimos en la calle, las personas se sientan en los muros de
las aceras para charlar del día, se busca conversación en las colas para
hacerlas más entretenidas. Se mueven cuando oyen una música sonar y hacen
un chiste de sus carencias materiales.
No se si hay otro pueblo similar al nuestro, tampoco puedo afirmar
rotúndamente que somos únicos en el planeta. Pero si te puedo decir que
somos la mezcla del mar, el calor y el azucar. Si a eso le agregamos que
somos un producto del blanco, el negro, el chino y hasta el árabe
obtenmos como resultado final un cubano actual fruto de una evolución
histórica.
Un beso bien grande Cristina y un abrazo bien fuerte
Nuria



lsita, transmitile a Cristina que su mensaje es muy lindo. Así es allí.
Yo, desde 1991, viajé a Cuba 8 veces, fuí a distintos lugares, conocí y
tengo amigos muy queridos. Me encantó leer sus palabras. Un abrazo, Naum





APLAUSOS A MI AMIGA ACLAMADA DESDE LOS BALCONES DE LA HABANA CCON EL
INOLVIDABLE"!!!!!CRISTINA" Y "LOS GIRASOLES!"
BESOS EMOCIONADO POR SENTIMIRNTOA COMPARTIDOS.
-
Cuando estuve con mi amiga es cierto que gritaban desde los balcones
Cristina. Algunos sabrían mi nombre por oirlo de boca de mi amiga muy
extrovertida y otros no sé cómo.Recuerdo que cuando lo oía pensaba que en mi
barrio de casas baajas casi nadie me llamaba cristina y sentía que esa era
mi casa.Te nombran mucho más de lo que nosotros hacemos. Siempre lloré
cuando me fui.Es el lugar dónde se guardan algunas cosas buenas de la
humanidad en vías de extinción como la solidaridad.
Cuidemosla
cris

Querida Gladys, te agradezco tus mensajes y la verdad es que me asombro de
mí mismo por la receptividad emocional que me causas, son lindos todos,
pero estos me llegan más al alma y me siembran de cariño por lo nuestro,
cada vez más...me llega este en situación compleja pues debo socorrer a
mi madre y hermana debido a cierto dilema constructivo, el techo de su
casa hubo que desmontarlo y volverlo a montar y a medias se había quedado
y ello agravó la situación familiar, allá corrimos y con una "ponina"
hemos resuelto en parte, pero ahora debo volver a convocar -como hermano
mayor- a los demás para entre todos contribuir a solucionar eso...como
ves. así, en penurias materiales pero con el alma en vilo -peor están
nuestros orientales por las aguas, pensamos- pero ellos y nosotros
encaramos, como dice tu amiga, con la frente en alto y hasta riéndonos un
poco del estado de las cosas...somos la "cultura de la resistencia" y la
solidaridad entre nos...ayer me impactó, por ejemplo la señora que en
Oriente, en la provincia Granma, por tener una buena vivienda, sólida y en
parte alta a donde no llegaban las aguas desbordadas del río, sacó todos
los muebles al patio porque llenó cuartos y salas de las personas que
acogió como evacuadas y todas sus cosas las brindó y abrió sus despensas y
en 48 horas mantuvo hasta la llegada del apoyo del gobierno a todos, y
hasta se sumó al hambre y la fatiga como ellos y al insomnio de las madres
por sus hijos...y reía orgullosa mi heroína de pueblo, y lloraba abrazada
a las mujeres agradecidas y a los hombres que en silencio miraban como yo
la escena...y yo también me emocionaba con esa escena desde la sala de mi
casa a varios kilómetros, como ahora leyendo este mensaje tuyo, que te
agradezco tanto.

besos de despedida afectuosa
gerardortega



Cristina Villanueva
pluma@velocom.com.ar

Mónica Russomanno: Alberto Pereyra

Alberto era un niño en campo de mandarinas, niño entre niños de risas veloces y cabellos duros de polvo y río de llanura. Palangana y agua calentada en las ollas que limpiaban los cuerpitos morenos en fila, tan parecidos todos, los siete hermanos y la princesita, la niñita de trenzas el corazón de papá la muñequita de ojos oscuros.
Alberto era uno entre los “nosotros”, uno en el montón que iba a la escuela, uno entre los que ordeñaban las vacas en la madrugada de escarcha. Uno de los Pereyra era Alberto, el tercero. Y así se llamaba él mismo, el tercero de los Pereyra, y no hacía falta más para situarse en el mundo en esas épocas, cuando proporcionarse una genealogía y una justificación era decir “soy el tercero de los Pereyra”, y agregar si venía al caso “y vivo allá a tres kilómetros al oeste de la forrajería”, dedito apuntando a la casa llena de camas, la casa de la cocina generosa y el jardín de mamá y los árboles de cítricos que atraían las comadrejas.
Alberto fue el niño entre los niños, el hermanito confundido en el montón, el tercero. Uno de los que saltaban del armario para asustarla a la Susana, uno de los que le robaban a papá un cigarrillo negro para fumarlo allá en el montecito con asco y algún amigo. Uno de los que se alisaba el pelo para ir al baile los sábados, primero demasiado chiquito, después demasiado tímido. Pero siempre uno de los que iban, uno de los que hacían, uno más de la bandada de los Pereyra que celaba a la Susana con su vestido de falda peligrosa y tanto pretendiente en alpargatas.
El problema vino cuando Alberto no fue más un niño entre los niños, cuando los hermanos se fueron emparejando y fueron dejando la casa en yunta, fueron trayendo hijos que repetían los pelos chuzos y las sonrisas de antes, y hasta la Susana se fue a la ciudad a estudiar.
El tercero de los Pereyra fue deviniendo en el hijo de los Pereyra. El único que seguía allí en la casa, haciendo lo que podía con los animales y el campo, demasiado para uno solo ahora que el padre ya empezaba a mostrar el paso de los años en la espalda encorvada.
Vino la soledad y las maledicencias. De a poco lo fue persiguiendo la murmuración de la gente del pueblo, y una vez escuchó de lejos “el puto”. Era demasiado limpio, era demasiado amable, se supo que se planchaba las camisas, y alguno alguna vez había visto o había creído ver que miraba a algún muchacho en la despensa.
Alberto se ocupaba de sus padres. Los otros fueron haciendo su vida y haciendo hijos. El hombre triste les preparaba un asado cuando venían a la casa. Nadie le preguntaba nada para no incomodar, y él casi no hablaba. Para los Pereyra ahora ya no era el tercero, ahora era el tío. Solterón, agregaban a veces como si hiciera falta agregar algo.
No tuvo amor en ese tiempo largo. Sufrió en una época por un peón del otro campo, pero desde lejos y con la certeza de que sólo le estaba permitido hablarle del tiempo o la parición de las vacas. Hizo todo lo que la desesperación le impuso, buscar pretextos para acercarse, pasar como al descuido; todo lo que la necesidad le impuso hasta que la burla le congeló el alma. “Che, acá el Pereyra te busca”, risotadas. El calor y el color que le subieron a la cara lo dejaron para siempre del otro lado del alambrado.
Alguna vez fue a la ciudad e incurrió en besos culpables, se sentía sucio, feo, torpe, extraño, ignorante. Quería que lo advirtieran pero se moría de miedo de que lo mirasen con desdén. Algún encuentro le dejó tema para pensar en su cama solitaria en el campo. Y para llorar, sobre todo, y para anhelar, más que nada.
Primero murió el padre, una noche de agosto en que hacía tanto frío que la costura de los pantalones, congelada, desollaba los muslos. Unos años después, la madre.
Entonces se volvieron a juntar todos los hermanos y había que vender para repartir.
Alberto tenía cuarenta años, su ropa cabía en un bolsito junto con las fotos y el peine. Susana le ofreció quedarse en su casa por un tiempo, pero en la habitación de los chicos mucho lugar no hay, un tiempito nomás y me los mirás mientras nosotros trabajamos. Podés usar tu parte de la herencia para hacerte una piecita en el fondo, también. Niñera gratis, empleado, cocinero. Tío solterón. El tercero de los Pereyra, alguien sin definición ni puesto propio, una extensión estéril de la familia. Alguien que se utiliza y sirve y después se presta a otro o se deja en un rincón para que se vaya apagando.
Y casi cae Alberto. Casi dice que si y vuelve a vivir de prestado. A punto estuvo, y la sorpresa fue cuando iba a decir si y dijo no. Él mismo se aturdió de pura sorpresa y puro miedo y mucha ilusión que le saltó desde el estómago y le llegó a los ojos alelados. Duro del miedo dijo que no y se fue con el bolso y la raya al costado, prolija, y el saco de botones grandes, y los zapatos de pasear por el pueblo.
La billetera en el bolsillo trasero del pantalón, una revista, las caras de los padres en un álbum de cuero. Unos dibujos de los sobrinos con el agujero de haber estado pinchados en el ropero.
Se tomó el tren y se fue a la ciudad, pero a la grande. A la de veras, a esa ciudad de rascacielos y tiendas y teatros, la ciudad de la noche iluminada donde uno no es ni el tercero de los Pereyra ni el tío solterón. La ciudad donde uno no es nadie, puede ser todo, donde la sombra no es fiel.
Se podría pensar que no podría contra la vorágine, las multitudes, el inabarcable trabajo de buscar medio de vida y habitación. Pero él había podido abandonar la casa, el pueblo, y ahora que estaba solo tenía el temible abismo y la maravillosa libertad. Nada que perder.
Hizo lo que sabía hacer, se hizo cuidador de ancianos. Las manos morenas de venas en relieve lavaron brazos lechosos y pusieron cucharas en bocas desdentadas. Comenzó, de a poco, a ser feliz.
Y lo conoció a Mario. Enfermero.
Al principio no creyó que fuera cierto que uno de veras pudiese amar y ser amado. No a los cuarenta y uno, no sin experiencia, no con los pelos canosos y el hablar lento de campesino.
Él, que era el tío solterón, el tercero de los Pereyra, ahora es Alberto. Y Alberto y Mario son esos que cada noche se abrazan un instante que dura entre dos segundos y una década, maravillados por ellos mismos, escandalosamente acostumbrados a la placidez del amor.
Ahora Alberto Pereyra es Alberto.



Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Publicado en "Inventiva Social", Noviembre de 2007
inventivasocial@yahoo.com.ar

Miriam Cairo: Epístolas

I.
Estimada narradora:

A esta altura de los acontecimientos comprendo que maneja información confidencial. Resulta harto evidente que usted está al tanto de mis viajes desesperados a pueblos inhóspitos, de mis visitas al Ideal y de que además de un hombre soy una felicidad que se desnuda al son de la garganta de Martirio. Entiendo que usted me ve como un animal sangrante y dulce, atado y turbio. Yo mismo me siento presa de una voluptuosa mansedumbre que usted, encendidamente, interpreta. La feliz soberanía con que su escritura se hace dueña de mi existencia, se me presenta como una irresistible crueldad, como un peligro que en su amenaza me cobija. Reciba esta carta como testimonio de mi asombro y del desasosiego que experimento toda vez que usted me presenta en sus muestrarios de niebla. Atentamente.
El lector que se lee a sí mismo


II.
Estimado lector que se lee a sí mismo:

Apelo a su generosidad para que tenga a bien responder a mi desesperada carta. Espero pueda comprender mi desazón. A esta altura de mi vida ya no quiero desayunar frutos secos en un desierto de cenizas, no quiero perder noches junto a una futura llorona o a una poetisa aficionada y fingidora: sólo ansío toparme con esa clase de mujeres que desde este diario llaman "culonas". Recurro a usted para que me informe cuáles son los lugares que ellas frecuentan, cómo podría identificarlas, qué clase de bebidas prefieren, qué películas miran, cómo duermen, dónde tropiezan. Si hago este pedido, algo flojo y casual, es porque quiero que me borren de sus libretas, las rubias platinadas, las modosas ejemplares y las tetonas súper star. Yo apenas necesito ver cómo es la vida de alguien que no está muerto. Me despido de usted apelando a su solidaridad. Esté seguro de que con la mínima información brindada habrá contribuido para la reconstrucción de la vida erótica y emocional de un semejante. Muchas gracias desde ya.
El vecino de la esperanza


III
A quien le quepa el sayo:

Nuestros desayunos son más plácidos cuando después de haber recorrido todas las noticias del diario, nos encontramos en la contratapa con textos rebosantes de un saber enciclopédico o fuertemente sostenidos por las correctas maneras literarias del siglo XIX. Por el contrario, cuando desde la última página se nos alude de manera tan evidente, quedamos sin aliento. Se comprenderá que no es fácil verse al descubierto en publicaciones que no consentimos. Consideramos que algunos de estos narradores nos miran como conejas de laboratorio. Nosotras, a esta altura, nos sentimos un poco paranoicas. Cuando vemos a alguien solo, en la mesa del bar, escribiendo desaforadamente en sus cuadernos, huimos apremiadas, para no dar oportunidad de que nos conviertan en palabras. Sin pretender la censura, solicitamos que cierta gente deje de meterse en nuestros pensamientos, en nuestras fantasías y en nuestro virtuosismo, porque no estamos dispuestas a ser, impunemente, protagonistas públicas de tan descalabradas mañas.
Las modosas ejemplares


IV
Estimados lectores:
Ruego se haga caso omiso a aquellos que me culpan por sus desvelos porque yo no soy más que la mensajera que a su vez, se envía en el mensaje. Las esposas que han descubierto, como acontecimiento deslumbrador, la frotación solitaria de sus humedades desfloradas, son responsables de sus actos. Los esposos, que se debaten entre el amor y el deber, también son responsables de sus actos. Las vecinas que cayeron en la magia negra y clavan alfileres en la luna, para que las culonas repriman su gemido de animal que vive, son responsables de sus actos. Los lectores que construyen su felicidad al son de una melodía, son responsables de sus actos. No es mi escritura la que imita a la vida sino que sus vidas imitan mi escritura. Yo no prometo más moderación que la omisión de nombres propios. Prueba de ello son mis personajes "A mayúscula" y "B mayúscula", pero no puedo abolir los arrebatos eróticos de mis mujeres porque son el estigma de la insubordinación femenina. Aguardo la señal de su perdón.
La narradora narrada

Miriam Cairo
cairo367@hotmail.com
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el seis: ciudad de locura 14

YO SOY EL ARTE/YO SOY EL PROXENETA DE LA PARCA.

Aten.

EL SEIS.

Postscripum: Los d.a. y (cr.) son míos exclusivamente
.


El aire de mi ciudad
son bocanadas
de larvas negras
y viscosas

El aspecto de mi ciudad
es un arcoiris imaginario
que cubre los
colores pálidos
grisáceos
y negros

Los hombres de mi
ciudad
son seres desollados
que caminan autómatas
hacia el despeñadero
más cercano

Los rostros de las mujeres
de mi ciudad
tienen bruñidos
tótems y símbolos
lágrimas milenarias
¡ah!... y una tristeza
lapidaria

Los cuerpos de las
prostitutas de mi ciudad
tienen tatuado
en su hermosa epidermis
todo el dolor del mundo
que extirpan a sus
tristísimos clientes

Las nubes de mi ciudad
son extrañas y caprichosas
en todas sus formas
sólo se ven demonios
lujuriosos
látigos ardientes
en las espaldas
de los hombres
y uno que otro
ángel degollado

Baco es el dios más venerado
en mi ciudad
en procesión de
"estruendoso silencio"
los fervientes devotos
cual seres dopados
llenan de alcohol
sus abismales gargantas
esperando quizá
que una sola gota
del éxtasis divino
les bañe el alma
y desaparezca la nostalgia
y la pena

Las calles de mi ciudad
son los intestinos
de algún antiguo demonio
donde los transeúntes
como orates
buscan sus respectivas
cajas de electrochoques


EL SEIS
poetaelseis@yahoo.com.mx

Analía Pascaner: ¿Quién es?

Mis pies contagian la pereza a ese sol que aún no salta sobre las montañas. Vislumbro un espléndido día: el cielo lucirá radiante, la gente disfrutará del prematuro calor y serán esas mismas personas quienes expresarán en el verano, agobiadas por cuarenta y tantos grados: “qué sofocante, ni un solo día fresco tuvimos en invierno”.

Camino sin prisa reteniendo en mi alma el cielo gris que disfruté días atrás. Miro el rostro de las personas que cruzo. Me vuelvo y observo cada gesto, me detengo y examino cada palabra. Busco algo que me resulte familiar.

No lo veo, no lo puedo hallar. No lo sé encontrar, no sé dónde buscar. ¿Qué conozco de él? ¿Acaso sé quién es? No sé su nombre ni el lugar del planeta que recibe diariamente sus pasos. Mis ojos están vendados, ando a tientas sin saber si algún día lo encontraré.

Cierto acontecimiento lejano detuvo el tiempo mientras nuestras miradas se fundieron en una extraña sensación de deseo y urgencia. Luego el atropello: gritos y empujones, corridas y sirenas me abrumaron dentro de una realidad inesperada. Su mano me arrastró lejos de allí y nos hallamos solos, arrancando nuestras ropas, expulsando los pensamientos, desatando suspiros, explorando ocultos rincones, convulsionando la sangre, estallando de pasión. Y una vez en calma, sus dedos pasearon por cada milímetro de mi piel, me miró con dulzura, me besó con ternura y desapareció tan rápidamente que a nada pude atinar. Salí corriendo y me mezclé entre la multitud, lo busqué en cada rostro y en cada mirada. Nunca más lo volví a ver. Jamás tuve la certeza si estuvimos juntos o sólo fue una jugarreta de mi imaginación. Sin embargo, al evocar aquel instante mi corazón sale de sus límites, mi respiración se torna incontrolable, mi piel se eriza pensando en sus manos, mi cuerpo se estremece ante el deseo.

Nada sé de él. Tal vez está tan cerca mío como lo siento siempre: cuando necesito cerciorarme que no camina junto a mí, o cuando le escribo miles de palabras que jamás leerá, o cuando mi mente se enmaraña en esta obsesión.

Aprieto el recuerdo de ese encuentro, extiendo las palabras escritas, escondo los sentimientos dentro de mi corazón. Sólo eso tengo, sólo eso conservo de él. Sensaciones fugaces rondando mi vida. Un momento que no consigo olvidar… o tal vez no quiero olvidar.

Hoy reniego contra aquél recuerdo que se apoderó de mí. Hoy necesito liberarme de esa persona adherida a mi vida y a pesar de ello muy cerca de él estoy ahora mismo, observando y mirando con la impresión de que realmente está a mi lado.

Camino sin prisa para encontrarme con un hombre. Doy vuelta a la esquina expectante por esta reciente relación que debiera rescatarme. Pocos pasos me separan del bar donde veré a esta persona que conocí hace algunos días y ejerce cierta atracción sobre mí. Alguien se topa conmigo, levanto la vista mientras murmuro una disculpa y de pronto el tiempo se detiene en esa mirada, en esos ojos que jamás creí ver nuevamente. Observo más adelante, aquel hombre ya está esperando sentado al lado de la ventana a escasos metros de allí. Regreso a esos ojos que están frente a mí, esos ojos que esperé todos mis días, esos ojos que se llevaron todos mis sentimientos hace tanto tiempo atrás. Le regalo mi sonrisa más valiente mientras él toma mi mano entre la suya y caminamos presurosos en sentido opuesto al bar.


Invierno de 2003

Analía Pascaner
analiapascaner@gmail.com
www.convozpropiaenlared.blogspot.com

Silsh: Desolados

No sé si vocifero por las calles
esta desolación
que invade vecindarios.

Me aprieto a mi paraguas
con ternura
para evitar que amputen
las dos gotas de sueños
que aún palpitan.

¿qué hacer con este grito
entre tantos disfraces de colores?

Miro como se inventan
mecánicas aldeas en sus globos.
Las soledades crecen

brotan de esos zapatos
que se arrastran
a un costado de la señal
húmeda de futuro.

Y frases remanidas se hacen eco
para sumar la voz
restando alguna culpa
a este pequeño mundo de cobardes.


© Silsh
(Silvia Spinazzola)
Argentina
silsh@silsh.com.ar
http://www.silsh.com.ar

Andrea Fabiana Marques Vilardo: 2 Poemas

Convivencia



¡Anda!

Busca Otro Sitio

Donde Anclar Tú Verdad

Salvo

Que Sin Imponerla

Exista En Este Lugar.






La Forma Del Amar




Ven

En La Forma

Que Escogieras



Quien Te Ama

Todo Sabe



Solo Escucho

Lo Repite:

El Amor

Ni De Nombres

Ni De Formas

Lo Distingue



Sabe Que Ama

Quédate

Lo Escucho



Aunque Se



En La Forma

El Amar

Es Sin Nombre

Es Sin Cuerpo



Es Amor.




Andrea Fabiana Marques Vilardo
ipocampus_@hotmail.com
http://samadhi20.spaces.live.com/