martes, 14 de abril de 2009

Virginia Edit Perrone: Trazos de marzo



Metáfora...., quiso definirla,
Texto, Diccionario, Academia,
y quedó sembrada de su propia violeta.



A trasluz, mientras la orillo, mi
sombra me hace su propia
sombra.



El árbol de la siesta duerme mi
infancia en el lugar que ya
no visito.



Suelto lo que nunca tuve y
recupero mis manos.


Las hojas del otoño viajan
solas, y cenizan las tardes.



Una despedida que se dice
a sí misma, como otra hoja
viajando su ceniza.



No puedo beber de la copa
que soy. Aquí mi vid.



Otra vez Ulises ocultado
de sus ojos espera su
tramo de eternidad.


Penélope desanda las cuentas
del Amor y se vuelve ovillo.


El niño pecho sin pájaros muerde
su propia simiente, y espera.
En el Mundo no hay destino para
todos, -le dicen.



Soy este debajo, tan Letra, tan
desguarecida, sólo conquisto mi
cuerpo haciéndome Palabra.



Un durazno arranca su carozo
y cae herido de sueños, herido
dulce en sus orfandades.



El rayo del amor curva toda
perpendicular,
los cuerpos comban sed en
océano.



Empujo insistente mi carne, le doy
cuerda a este pájaro de palabras,
y canto.


De repente nacía. Les dije:- sopa,
mamadera, Amor. Algo estuvo bien,
y vinieron las Palabras.


Zurcir días plegados sin planisferio
y lloverse otoños hasta
desembarcar octubre.



Luna adentro, toda hierba y
balcón, soy la misma,
soy adentro.


Mi barril gitano guisa
amores de viento,
amores de fuego.


Mira desde la foto la intemperie
que no fui. Me mira nena, pregunta
de futuro, y yo, tan hoy, violeta,
tan gracias Papi.


Suerte marinera la del nudo,
enlaza sal mientras tu barca me
navega.


Me empuja, la Poesía me
empuja borde, acantilado,
y ni siquiera tiene bautizo
la muy anónima.


Adán la busca huyendo, arranca
todas las manzanas, desdice la violeta.
Y Eva es su tinta, su destierro.


Virginia Edit Perrone
http://virginiaperrone.blogspot.com/

Miguel Angel de Boer: Contramaestre, mar y viento



A mi padre: Dn.Wietze (Guillermo) Klass (Claudio) de Boer (*)



El mar alguna vez se le prendió del costado, haciéndolo vicioso de horizonte, tiempo después de haber aprendido, en el campo, a disponer del paisaje. Tal vez por eso tenía los ojos tan profundos, de sal, de tiempo y de distancia, éste hombre del que estoy hablando.

El mar es un conquistador de espíritus. Estemos cerca o lejos, siempre nos alcanza. ¿Cómo entonces a él no lo iba a encadenar con sus anclas de ausencia?

Casi toda su vida le dió el contramaestre, en el vientre salobre y desnudo del muelle, donde olían los barcos a petróleo y se esparcían, entre las nubes, los cuentos y las carcajadas.

¿Cómo dudar entonces, que le dolió el descanso, que odió que lo jubilen, que le quitaran lo suyo, esa dulce poesía que le encontró al trabajo?

Pero disimulaba. Hablaba de libros, sueños, hacía proyectos, se la pasaba contando. Pero ¿Quién no lo sabía?¿A quién le cabían dudas que mucho del gigante estaba templado en algas, en mangueras y viento, ese mismo viento que, de joven, solía acompañarlo cuando recorría leguas al galope para ver a su amada?

Hay una forma antigua de ser grande, hay algo que llevan estos tipos que crecen por dentro, un modo de juntar los pedazos de su vida y las arman en esa mezcla rara que llamamos alma. Y eso asoma. En la locura de treparse a las torres, de pararse en las proas de las lanchas burlándose de las tormentas, danzando, de no frenarse nunca ni con la edad ni con nada, menos aún si de ayudar se trata. Le salía por los poros al grandote tozudo e ingenuo. Convencido que la vida era para vivirla y que Dios estaba de su lado pasara lo que pasase.

Por eso, hasta la muerte, cuando vino a tumbarlo, tuvo que pedirle permiso, invitándolo respetuosamente a subirse a su coche de gusanos y olvido.Y sólo porque él aceptó, ya cansado, pudo llevarlo. Ya había fracasado otras veces, sabiendo con quien se enfrentaba, mientras él se divertía, jactándose con sus anécdotas, riéndose, aún de las penas.

Por eso es preferible no decir nada. Es mucho tamaño, mucho esfuerzo para poder apreciarlo con palabras.

Por eso mejor callarse y recordar al hombrón en silencio. Así no queda el vacío, sino el amor que él nos dejó por siempre. Eterno.

Miguel Angel de Boer

17/06/99
Comodoro Rivadavia, Chubut
Argentina



(*) Nació en 1912 y falleció el 4 de abril de 1974.

Carlos Carbone: Cazadores



El camarógrafo se acerca al león

es encantador ver el entusiasmo por su toma

cada vez mas cerca de su presa.


El poeta se acerca al poema

es encantador ver el entusiasmo por sus palabras

cada vez mas cerca de su presa.


El camarógrafo sigue al león.

El poeta sigue al poema.


El león merodea y de reojo mira

a su presa.


El poema merodea y de reojo siente

el calor de su presa.


El camarógrafo se queda sin aliento

cuando el león avanza sobre él.


El poeta se queda sin aliento

cuando el poema entra en él.


El león salta sobre el camarógrafo.


El poema salta sobre el poeta.


El camarógrafo huye.


El poeta no.


Carlos Carbone
ccarbone71@gmail.com

Fabio Morábito: La lenta furia



Una de las novedades abril de Eterna Cadencia Editora.
Un verdadero descubrimiento: La lenta furia, de Fabio Morábito.

Fabio Morábito, extraordinario narrador, poeta y traductor mexicano es publicado por primera vez en la Argentina.
La lenta furia es una colección exquisita de relatos tejidos con un lenguaje del todo particular y una atención propia de un orfebre sobre sus artefactos siempre pequeños, metáforas de la enormidad latente en cada partícula del universo.
Un autor que no podía seguir faltando en las librerías argentinas.

Desconcertantes y fascinantes, los relatos de este libro revelan el hervor descomunal que se oculta tras la apariencia tranquila de las cosas, esa suerte de temblor que recorre las existencias empeñado en localizar “los puntos débiles y las capas más blandas, siempre en busca de la lisura que agrietar, de la suavidad que desfondar”.
Un niño que sale a jugar con otro a quien no soporta; un joven fastidiado por el tedio de unas vacaciones en casa; una patrona convencida de que las sirvientas son todas unas ladronas; un turista varado en una aldea; unas madres que en época de celo se trepan a los árboles para acechar a sus presas; un hombre cuya única afición es huir; una familia de diligentes traductores que termina aniquilándose; un padre que no se resigna a la insustancialidad de su vida; todos ellos proyectan un mundo donde se respira un aire ominoso, siniestro y hasta fantástico.
Un puñado de cuentos estremecedores, de prosa exquisita y transparente, que recuerdan las verdades insustituibles y elementales de la vida.

Biografía
Fabio Morábito nació en Alejandría, Egipto, en 1955. Es narrador, poeta y traductor. Hijo de padres italianos, vivió su infancia en Milán y a partir de los quince años en México. Es autor de Lotes baldíos (1985), De lunes todo el año (1992) y Alguien de lava (2002), en poesía, y de dos libros de ensayos, El viaje y la enfermedad (1984) y Los pastores sin ovejas (1995). Caja de herramientas (1989) participa tanto del ensayo como del poema en prosa y fue traducido al alemán y al inglés. En narrativa, ha publicado La vida ordenada (2000), También Berlín se olvida (2004) y Grieta de fatiga (2006, de próxima aparición por esta editorial), además de un libro para niños, Cuando las panteras no eran negras (1996). Paralelamente, ha traducido del italiano a diversos autores, como Eugenio Montale, de quien publicó la poesía completa en 2006. Acaba de salir en España su primera novela: Emilio, los chistes y la muerte.

Fuente: http://eternacadencia.wordpress.com/2009/03/31/la-lenta-furia/

Delfina Acosta: Historia de amor



Era caída la tarde. Pude saber que llegaba a casa porque el portón rechinó.
El perro de la casa lo recibió festivamente.
Yo le dije el mimo al que lo tenía acostumbrado cuando abrí la puerta: “Pero si vas a resfriarte con el fresco de la calle”
Los hombres son niños. Y son las mujeres quienes los transforman en adultos.
Ellos están acostumbrados a convertirse en gente mayor - recién - cuando se enamoran y deben aguardar bajo la farola de la cuadra, golpeados por los insectos de luz, que el reloj de la iglesia dé las ocho, para encarar la noche de luna llena.
Es entonces cuando el alma de los murciélagos se apodera de los hombres, y comienzan a merodear alrededor de tu casa, para después convertir su amor en aquel golpeteo incesante de la rama del boj contra los vidrios de tu ventana.
Si lo sabré yo.
Mario entró. Me dijo que estaba bonita.
- Tienes un brillo especial en los ojos. ¿Entonces has leído “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”? - me preguntó, mientras besaba mis mejillas.
- Todavía no - le contesté.
Debo contar que me amaba. Me reprochaba que no le permitiera besarme más tiempo, aunque le explicaba que la cuestión era que no me mordiera la lengua. Lo adoraba.
Me miraba en el espejo y esperaba que el espejo me mirara para empezar a dibujar una especie de grabado artístico sobre mis párpados.
Así, cuando cerrara los ojos, subida sobre el piano, mientras él golpeaba las cuerdas con los macillos, Mario sabría sacar el verdadero espíritu de Chopín de esas teclas de marfil.
Sólo faltaba que perdiera la salud y se muriera en víspera del otoño para que nuestro amor se convirtiera en una tragedia de esas que se llevan a la pantalla de cine o de aquellas otras que cuentan las madres religiosas a sus hijas, para echarles miedo encima y espantar al primo pobre, el inesperado pretendiente de la familia.
Un último sol de oro, el sol crepuscular, intentaba levantar el ánimo de la tarde, posándose sobre las rosas amarillas de los canteros de mi jardín y sobre aquel chorro de agua que salía de las fauces de un león por cuyas melenas trajinaban lagartijas amarillas.
De golpe, el sol se desplomó. Había oscurecido.
Mario bajó la tapa del piano. Pero ya no era él.
Había muerto.
No recuerdo qué ocurrió luego; sólo sé que semanas después, cuando el viento soplaba con fuerza en las calles y hacía rechinar el portón, yo me encontraba contando las cucharadas de azúcar que revolvía en mi té de tilo, y en mi otro té, el de las semillas de manzanilla, buenas también, según decían, para los nervios.
El perro se volvió tristón.
Un día él vino de nuevo a casa.
Caí semi-desvanecida sobre la alfombra.
- ¿Pero cómo has hecho? - le pregunté.
- Ah..., creí que tú lo sabías mejor que yo. Me has invocado, Margarita. No has hecho más que llorar y llamarme durante mi ausencia, cuando estaba...
- No digas esa palabra.
- Se quedaron con la propiedad de San Telmo mis hermanos María y Alberto, de modo que tendré que vivir aquí, por un tiempo, y dormir sobre el sofá. Haré el café para los dos esta vez - me dijo muy animado.
Me sentí conforme al escucharlo resolver con tanta simplicidad su muerte y su permanencia en la casa.
Cada noche, cuando me levantaba para asegurarme de que las barretas cilíndricas de hierro estaban corridas, lo encontraba escribiendo con entusiasmo.
¿Qué podría escribir un hombre muerto?
Me figuraba que tendría poco apetito. Pero todas las mañanas se servía un tazón de leche de cabra acompañado con rosquillas untadas con dulce de higos. Como a las nueve y media tomaba más de cinco o seis tazas de café.
Almorzaba en una pieza, que funcionaba como ático. Un almuerzo importante: tortillas de arroz con una guarnición de ensalada rusa, y otra vez, un café espeso y caliente.
Al principio no me incomodó que dejara los cubiertos sucios en el lavadero, y que la leche hervida se añadiera como costra a las mesas de la sala y del comedor.
Pero luego me saturaron tantas cáscaras de huevos, tantas semillas de cítricos arrojadas fuera del basurero que atraían a las cucarachas, las cuales, una vez reventadas por mis zapatillazos, atraían a su vez a las hormigas.
Me sentía disgustada.
Tantas cosas no funcionaban bien en nuestra relación.
Y Mario era el menos interesado en escuchar los planteamientos que le hacía.
- Pero es que ya no puedo. Estoy cansada de lavar los platos sucios - le grité una tarde de fina llovizna sobre los bulbos de los crisantemos.
El viernes 23, a la noche, cuando me levanté para ver si los cerrojos estaban corridos, no lo encontré. Hallé sobre la mesa sus papeles, medio barridos por un gesto desesperado.
Era su diario. No quería leerlo porque sabía que ésa era una de sus tantas estrategias para volver a la vida y empezar a discutir, a aflojar, a fingir indiferencia, a pedir perdón.
Y yo ya no estaba en condiciones de discutir con un muerto.


Delfina Acosta
delfina@abc.com.py

3 breves poemas de Jorge Isaías



UN OTOÑO

Primero era el Otoño,
el dulce Otoño y sus silencios oscuros,
sus hojas caídas
sobre el patio.
Después los árboles
limpios,
con muñones lejanos
clavando el cielo taciturno.
Los pájaros fueron
nada más que sucios claros
ennegreciendo el aire.
Alguna que otra flor ascendía
dando olor a la tarde.

Yo remontaba mi parco
barrilete por el cielo.


EL MAÍZ QUE NO SEMBRAMOS

El maíz que no sembramos
fermenta dentro nuestro
y su aborrecido alcohol
insiste
deplorando de cielos.

El maíz que no sembramos
germina sin verdecer
en su hojita leve y solitaria;
aduce otra indolencia
olvida otros perdones
y nos aquieta
pudriéndonos de a poco.



LA POESÍA

Todo incauto supone
que la poesía
es papel en blanco
y una máquina eléctrica.

Todo ingenuo
supone
que la llama hace el fósforo.

La poesía brilla
debajo del barro.


Jorge Isaías
De su libro UN VERSO RECORDADO
Ediciones LA CACHIMBA Rosario
Diciembre de 1988
jisaias46@yahoo.com.ar
Enviado por Rubén Vedovaldi

Werner Herzog y el peso de los sueños



Werner Herzog tardó casi veinticinco años en dar a imprenta Conquista de lo inútil, el diario de filmación de Fitzcarraldo, una película obsesiva acerca de una obsesión. Y en sus páginas –traducidas para Entropía por Ariel Magnus– el cineasta detalla, además de la locura de intentar pasar un barco por sobre una montaña de la selva amazónica, sus obsesiones con la naturaleza, los sueños y ellenguaje poético, que convierten este diario febril en una verdadera obra literaria. A continuación el traductor cuenta la trastienda de llevar las visiones de Herzog al castellano.


Por Ariel Magnus
"Quiero alentarlo a traducir con total libertad algunos tramos del texto”, me escribió Werner Herzog en su primer mail, “porque el tono poético es más importante que lo preciso de la descripción. Sobre todo bien al final, donde hablo del remolino de palabras, elegí en mi idioma palabras que siempre tuve en la cabeza por su sonoridad. Traducidas directamente, estas palabras pierden sin embargo su resonancia. En ese caso deberíamos buscar juntos palabras que a mí me parezcan maravillosas en castellano, como por ejemplo murciélago”. El mail es de fines de 2007. En los meses subsiguientes le fui mandando la traducción por partes, ya que Herzog domina el castellano y se había ofrecido a leerla y eventualmente corregirla. Casi un año más tarde, cuando ya le había mandado el libro entero, Herzog me mandó su segundo correo, disculpándose por no haber podido mirar la traducción (había estado filmando la secuela de Bad Lieutenant, en este caso con Nicolas Cage en lugar de Harvey Keitel, y de inmediato se había ido a Venecia para poner en escena el Parsifal, me contó culposo, como si yo le hubiera pedido explicaciones). En este segundo mail vuelve a insistir sobre el “remolino de palabras”: “Habría que buscar, en completa libertad respecto al original, palabras que en castellano tengan un sonido extraño y misterioso. Me ocuparé de esto en los próximos días y le mandaré propuestas”. Herzog empezó a filmar en Etiopía y luego de nuevo en San Diego y después en Kashgar, por lo que las propuestas nunca llegaron. Tal vez fuera mejor así, porque no sé si me hubiera animado a traducir las palabras originales por otras distintas, por ejemplo murciélago, aun cuando me lo pidiera el autor.
Estos y otros pocos mails, aunque no muy útiles para los aspectos más prácticos de la traducción, sí lo fueron para mí desde un punto de vista conceptual. En primer lugar, porque pintan a Herzog tal como lo imaginaba y admiraba, es decir como un tipo obsesionado con una idea, un detalle mínimo en donde se juega de alguna manera el espíritu de toda su obra. Fitzcarraldo es sin ir más lejos la historia de una obsesión, tanto la historia que se cuenta en la película como la realización de la película misma. Por eso cuando el proyecto se estanca y aún no se ha decidido la incorporación de Klaus Kinski, Herzog se pregunta por qué no actuar él mismo de “Fitz”. “Me atrevería a hacerlo –asienta en su libro–, porque mi tarea y la del personaje se hicieron idénticas.”
Esa obsesión, que en la película Fitzcarraldo es erigir una ópera en la selva amazónica y en la filmación se concentró en la necesidad de cruzar un barco por encima de una montaña, adquiere para Herzog la forma y el valor de una metáfora (metáfora de qué, nadie lo sabe, Herzog tampoco). Un cineasta que basa en la metáfora la fuerza narrativa de sus películas más que cine parece estar haciendo literatura. Tanto más literario se encargará de ser entonces al escribir un libro, y eso es lo que distingue este diario de filmación de cualquier otro: aunque llevado adelante durante el rodaje, fue concebido como un libro en sí, con sus propios objetivos, imágenes y metáforas. Que de la traducción de ese libro a Herzog le importara ante todo el tono poético de ciertos pasajes no hacía más que confirmar su ambición literaria, sin la cual Conquista de lo inútil sería un mero documento de época.
Cosa que naturalmente también es. Como su autor demoró casi un cuarto de siglo en darlo a la imprenta, los personajes que aparecen (desde Coppola hasta –para quien preste atención– Olmedo y Porcel) y las anécdotas que se cuentan (la muerte de John Lennon, una visita al set donde Kubrick está filmando El resplandor) pertenecen ya a la historia del mundo, además de la del cine. Crónica de lo accidentado que puede ser el rodaje de una película, estos “paisajes interiores”, como los llama Herzog, son efectivamente un viaje al interior de un realizador solitario y muchas veces al borde de un ataque de nervios (“Por un momento se apoderó de mí la sensación de que mi trabajo, mi visión, me destruirían –escribe en octubre de 1979, cuando aún le quedaban dos años por delante–, y por un segundo me permití una mirada sobre mí mismo que de otra forma no consentiría jamás: por instinto, por principio, por un impulso de supervivencia; una mirada nacida de una curiosidad más bien material: si mi visión no me había destruido ya. Me tranquilizó saber que aún respiraba.”)
Como documento, personal e histórico, Conquista de lo inútil es insoslayable. Sin embargo, creo que el tema principal del libro no es ese, sino la selva. Como Fitzcarraldo, con la ópera y el equipo de rodaje, con cruzar el barco por la montaña, el Herzog escritor está obsesionado con la descripción del mundo vegetal que tanto lo atrae como lo repugna. Más allá del principio y algunas saltos al mundo civilizado (donde básicamente Herzog no hace más que pasarla mal), el libro transcurre casi íntegro dentro de la jungla, tratando de subsumirla a palabras. Una y otra vez Herzog se detiene a describir el río, el ruido de los pájaros, la lluvia, el calor, las actividades de los insectos y los otros animales, los hábitos de los indios. Recién hacia la mitad nos explica (o al fin entiende él mismo) qué une el tema central del libro con el tema central de la película: “Aquello que ya no es concebible ni por el más exótico cálculo de probabilidades aparece en la ópera como lo más natural, en una poderosa transformación de todo un mundo en música. También los grandes sentimientos de la ópera, que con frecuencia son despreciados por hiperbólicos, a mí por el contrario me parecen reducidos al mínimo, condensados a lo arquetípico de los sentimientos, sin posibilidad de seguir siendo concentrados en su esencia. Son axiomas de sentimientos. Eso es lo que une a la ópera con la jungla”.
Otro tema central del libro, y otra apuesta fuertemente literaria, son los sueños. Herzog cuenta varios, sin señalizarlos como tales. Contar los sueños como si fueran parte de la realidad es una forma deliberada de poner la realidad al nivel onírico al que parece pertenecer por momentos, por ejemplo cuando Herzog se mete con su moto dentro de un cine o los actores locales le ofrecen, con toda seriedad, asesinar a Kinski. Bien mirado, todo ese grupo de personas tratando de pasar un barco por arriba de una montaña en el medio de la selva amazónica es una imagen contra la que no cualquier fantasía nocturna puede competir. Por eso cuando Herzog se refiere a su proyecto como a su sueño, la trillada palabra adquiere su verdadero peso. “Yo dije que sí –cuenta que contestó cuando, fracasado el primer tramo de la filmación, los productores le preguntaron si estaba con ánimos para empezar todo de nuevo–, de lo contrario sería alguien que ya no tiene sueños, y sin ellos no querría vivir.”
Podemos discutir si Conquista de lo inútil es literariamente un buen libro o no, pero al menos podemos discutirlo, cosa que no creo que se pueda hacer con muchos diarios de filmación. Tardé tres años en encontrar la editorial donde me creyeran esto, y no es casualidad que haya sido Entropía, que se dedica principalmente a publicar autores noveles, un meritorio suicidio editorial acaso equivalente a los suicidios fílmicos del joven Herzog. Con la invalorable ayuda de Juan Nadalini discurrimos el espinoso camino de conseguir que Herzog nos cediera los derechos (a pesar del entusiasmo con que la agencia española que se los maneja intentó impedirlo) y de aplicar a la beca del Instituto Goethe, poca cosa en realidad si se lo compara con la harto más espinosa tarea de descifrar ciertos pasajes de su libro.
Herzog dijo hace poco en una entrevista que Conquista de lo inútil es mejor que todas sus películas juntas. Sin atrevernos a tanto, en Entropía coincidimos, después de leerlo ya no sabemos cuántas veces, aunque siempre con el mismo placer, en que sin dudas compite con Fitzcarraldo. La idea fue trasladarlo del alemán al castellano por el lugar que pedía Herzog en sus mails, el más difícil: su espíritu literario. Tal vez la imagen del barco pasando de un río al otro por arriba de una montaña sea también una metáfora de la traducción.

Ariel Magnus
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3411-2009-04-09.html