Los límites de tu nombre
perfuman el papel entintado
te invitaré a venir
en mi próxima carta.
Es tiempo de temblar
de conocerte
de atravesar la gloria prometida
en tiempo de párpados cerrados.
Mi tenencia austera naufraga
en este momento
con fragancia a tempestad.
Me siento acariciada
por hierbas de tu voz
ausente
penetrante
desconocida
me transformo en molécula
de destellos impresos
mientras de pie aguardo
nuestro juego de amantes.
Nélida Isabel Serra
nelidaisabelserra@yahoo.com.ar
domingo, 15 de julio de 2007
Carlos Carbone: El Juego final
El hombre
que abraza la noche
con sus venas
no esta perdido.
El hombre
que no corrompe el pan
y lo reparteno esta perdido.
El hombre
que lleva un pez dulce entre sus ropas
como un sueñono esta perdido.
El hombre
que a pesar de su condición de mártir
planta un árbol
no esta perdido.
El hombre
que descansa con un ojo abierto
como un guerrero Zulú
no esta perdido.
El hombre
que entienda el juego y lo deje jugar
tal vez
gane.
Carlos N. Carbone
ccarbone71@hotmail.com
que abraza la noche
con sus venas
no esta perdido.
El hombre
que no corrompe el pan
y lo reparteno esta perdido.
El hombre
que lleva un pez dulce entre sus ropas
como un sueñono esta perdido.
El hombre
que a pesar de su condición de mártir
planta un árbol
no esta perdido.
El hombre
que descansa con un ojo abierto
como un guerrero Zulú
no esta perdido.
El hombre
que entienda el juego y lo deje jugar
tal vez
gane.
Carlos N. Carbone
ccarbone71@hotmail.com
Cristina Villanueva: 3 cortos
Hilos sueltos
Un hilo flojo en la cordura,
anima.
Un hilo flojo en el Laberinto,
apena.
Un hilo flojo en la escalera,
resbala.
Un hilo flojo en la memoria,
vacía.
Un hilo flojo en el tul íntimo calienta.
Un hilo flojo en la palabra mata o resucita.
Todo depende del hilo,
del lugar en el que se desvanece
y de todo lo que pueda colarse en la apertura.
Pasaje
Pasar por el ojo de la aguja,
los camellos,
sentados en un mar amarillo, hacen lugar.
Del otro lado de la mirada
de las pestañas
conocedoras de la contraseña.
Cavar en el reino de los espejos,
Mariposa de viento,
Del otro lado siempre.
Entrar en las antípodas del mar.
Apenas un cielo agujereado en los ojos del nombre.
Nevada Buenos Aires
¿Qué hay detrás, debajo de la nieve, que es causa de esta fiesta?. Nos hablarnos con los que conocemos y con los que no. Como si la ciudad se hubiera hecho amiga y nos regalara lo extraordinario. Improvisamos, ya que nunca nos nevó. Sacamos a nevar al perro y al gato. ¿Mañana será el mar que vendrá a nosotros? ¿Nos volveremos jóvenes, antes del tiempo en que bajo lo cotidiano estaba lo siniestro ?. Me acuesto pensando porqué tanta alegría, tanta excitada locura, esta mezcla entre manifestación, cancha de football y poema. La respuesta queda en suspenso, como esas gotas de crema blanca que pintan Buenos Aires.
Cristina Villanueva
pluma@velocom.com.ar
Un hilo flojo en la cordura,
anima.
Un hilo flojo en el Laberinto,
apena.
Un hilo flojo en la escalera,
resbala.
Un hilo flojo en la memoria,
vacía.
Un hilo flojo en el tul íntimo calienta.
Un hilo flojo en la palabra mata o resucita.
Todo depende del hilo,
del lugar en el que se desvanece
y de todo lo que pueda colarse en la apertura.
Pasaje
Pasar por el ojo de la aguja,
los camellos,
sentados en un mar amarillo, hacen lugar.
Del otro lado de la mirada
de las pestañas
conocedoras de la contraseña.
Cavar en el reino de los espejos,
Mariposa de viento,
Del otro lado siempre.
Entrar en las antípodas del mar.
Apenas un cielo agujereado en los ojos del nombre.
Nevada Buenos Aires
¿Qué hay detrás, debajo de la nieve, que es causa de esta fiesta?. Nos hablarnos con los que conocemos y con los que no. Como si la ciudad se hubiera hecho amiga y nos regalara lo extraordinario. Improvisamos, ya que nunca nos nevó. Sacamos a nevar al perro y al gato. ¿Mañana será el mar que vendrá a nosotros? ¿Nos volveremos jóvenes, antes del tiempo en que bajo lo cotidiano estaba lo siniestro ?. Me acuesto pensando porqué tanta alegría, tanta excitada locura, esta mezcla entre manifestación, cancha de football y poema. La respuesta queda en suspenso, como esas gotas de crema blanca que pintan Buenos Aires.
Cristina Villanueva
pluma@velocom.com.ar
Mónica Russomano: Nos alcanza la vida
No quiero estar aquí, pero nadie quiere, supongo. Me dicen de mujeres golosas de sufrimiento, deseosas de hacer el oficio de santas, limpiar llagas y respirar pestilencias. Me dicen que no sólo lo hacen con resignación sino con felicidad. Pero no creo que lo disfruten realmente, será que dice eso la mala conciencia de los que las dejaron con el fardo y salieron corriendo. No creo que nadie quiera verdaderamente caminar por estos corredores impregnados de gritos.
Me bajé mal del colectivo, dos cuadras antes. Me regalé entonces unos minutos de demora y respiraba el aire frío de la madrugada y la soledad, y la paz de no estar aquí todavía. Caminé despacio, era a las seis que tenía que estar y me quedaban cinco minutos. En la calle había gente, alguno pasaba en bicicleta, hacía frío, me veía la respiración blanca.
No vale la pena robar cinco minutos, no me descuentan nada porque allá en la calle es como si ya estuviese acá. En estos días estoy acá aún cuando me caliento la comida en la hornalla de mi cocina o me baño en mi ducha. Avivé el paso.
En la entrada también me equivoqué. En vez de usar la puerta normal ingresé por la entrada de servicio. Se prendió la luz cuando pasé entre las bicicletas y las garrafas. Me miró el guardia. No me dijo nada, ya debe de entender estas cosas. Quizás no sabe nada de nada, pero de tanto ver sabe que los que entramos lo hacemos siempre por la puerta equivocada, aunque algunos usen esa de vidrio, la oficial. También se equivocan, porque vienen para algo que nunca es finalmente lo que esperaban.
Hay mucha gente. Afuera es de noche, pero los pasillos estos son como los gallineros, siempre es de día pero nunca es el día verdadero. Afuera cambian las horas y las estaciones, aquí el tiempo, la vida, las sonrisas, todo es artificial.
La gente transcurre sin ruido. Sentados, parados, caminando, todos tienen ese silencio de quien no quiere ser advertido. Sigilosos. Yo también camino con suela de goma y la sensación de que nos acechan.
Pasillo, escalera gastada, pasillos, peceras de vidrio con las enfermeras o los médicos que viven unas vidas ajenas. Ellos están habituados, charlan, se ríen, dicen que el sábado es el cumpleaños de la Martita, se pasan recetas. Y me acerco a la habitación deseando que esté dormido, que no se haya orinado, que no venga justo el médico, que las cuatro horas que empiezan ahora sean un paréntesis de nada entre el afuera que recién dejé y el afuera que me prometo y está tan tan tan lejos.
Se va la mujer que se quedó a la noche. Toma su bolsito y sale disparada. Huye y me deja acá, en la habitación en penumbras. Siento que me abandona a mi suerte, que me traiciona como un soldado que deja al compañero herido en la trinchera y corre a campo traviesa. Ahora me toca a mi estar para lo que pase o que ojalá, ojalá no pase.
Cambio la silla de lugar. La pongo contra la pared de enfrente, me saco la campera y el pulóver, con mucho cuidado me siento y recuesto la cabeza contra el muro.
Los tres hombres duermen. Alguno sufre, se queja en sueños. Otro tose y temo que se despierten pero no. Voy esquivando el desastre. Yo también dormito. Miro el reloj y me alegro. Pasó una hora, faltan tres y hasta ahora voy bien.
Viene la hija del señor de la derecha. Hablan quedo pero me alarmo igual. Que no hagan olas, que no enciendan el día. Prenden la luz del baño para anotar un teléfono en un papel. No, es la clave del cajero para que la chica saque dinero, hay que pagar los descartables. En ese momento son mis enemigos, los odio. Que apaguen esa luz, que no rompan la noche que se extiende y me va salvando.
La chica se va y todo se aquieta. Siguen dormidos. Alivio. Las enfermeras hablan fuerte detrás de la puerta, se escuchan los timbres que suenan en la salita reclamándolas. Son las ocho de la mañana pero aquí sigue la noche. Faltan dos horas.Empiezan los ruidos del desayuno. Se terminó la gracia concedida. En cualquier momento se abrirá la puerta y dejaré de ser invisible. Y se abre la puerta, la mucama prende las luces, corre las cortinas y deja las tazas con galletitas por ahí arriba, no hay mucho espacio.
La señora de la izquierda, que estaba debajo de una frazada como un bulto informe sale del capullo y le pone la mesita ladera al marido. Nos saludamos apenas. Sólo hay una bandeja para otro desayuno, menos mal que el hombre de la derecha no quiere tomar su té. Tomo la bandeja y despierto a mi padre. No es fácil. Tampoco es sencillo incorporarlo en la cama. Le doy vueltas a la manija de la cama ortopédica y por supuesto me equivoco, los pies se van alzando. Deshago lo hecho, le doy vueltas a la otra manija ¿para qué lado? Hay que probar, nada es conocido, hasta lo más sencillo se me dificulta y me hace consciente de mi inutilidad.
Le doy el té, come dos de las tres galletitas. Nunca le había dado el té así. En casa se lo ponía arriba de la mesa, le alcanzaba las galletitas, nunca había tenido que ponerme aquí tan cerca, tan de arriba, tan lejana y diferente. La boca tiene forma de pico, las bocas de los viejos se van haciendo puntudas en el medio. Me pregunto si siempre tuvo los ojos tan claros. Ahora la cara es puro ojos saltones, no se parece a él sino a mi abuela, su madre. O será que era la misma cama, las mismas sábanas, el mismo tubito transparente en el brazo, esa cosa de estar desapareciendo de a poco que deja algunos rasgos fundamentales y piel vacía.
Veo que el pañal está despegado en un costado. Cuando pasa la enfermera le pregunto si me puede ayudar a cambiarlo. Me dice que sí, pero cuando termine la ronda. Deseo que la ronda sea larga y vuelva cuando ya me haya ido. Falta una hora. El tiempo se comprime y se expande aquí. No tiene la lógica del afuera.
Espera al revés, esperar que no ocurra en vez de esperar que ocurra algo. Ese deseo fuerte que duele, desear con todo el cuerpo que se demore, que venga cuando me haya ido. Que no me obliguen a estar acá cuando venga con apuro y celeridad para ayudarme a cambiarlo. Yo no quiero, saben, no, no quiero. Pero ya aprendí que querer no significa nada.
La mucama limpia la habitación. Salgo y vigilo desde afuera, pero está tranquilo, dormitando después de comer, los pelos blancos formando una cresta sobre la cabeza. Mamá dice que tiene la cabeza con forma de rabanito, me acuerdo y me da risa a pesar de la angustia.Han abierto un poco las ventanas para ventilar. Me acerco a una en un pasillo y abajo en un patio interno hay macetas con arbolitos. Se los ve bien, altos y frondosos, pero es enorme la tristeza de esas macetas sobre las baldosas. Todo está sostenido con artificio aquí, gentes y vegetales. Ninguno en su lugar. A los arbolitos les falta tierra y a la gente morir en paz quizás. Recuerdo el horror que me siguió en sueños y en años cuando vi una película, de niña, donde recrearon “El caso del señor Valdemar” de Poe. Esto está lleno de señores Valdemar, entre la vida y la muerte, torturados, imposibilitados de un descanso, mantenidos en una zona de espanto. Sale una viejita en silla de ruedas de otra habitación, la acompaña el camillero, ningún familiar está con ella. Pero no se queja. No dice nada, se deja rodar con los piecitos diminutos sobre los apoyos de la silla. “Los brazos adentro”, dice el muchacho. Claro, los viejos se quieren agarrar a cualquier cosa, lo que sea. Se aferran.
Vuelvo a asomarme. Mi padre sigue sin moverse. Me quedan cuarenta y cinco minutos, pasa la enfermera y me dice que ya viene. Le agradezco y espero que tarde. Le dicen que tiene que bañar a una anciana de la “D”. Al lado. ¿Cuánto tardará? No tanto, seguro, pero quién sabe.
Ahora miro el reloj cada cinco minutos, cada tres, a medida de que se va acercando la huida el tiempo se hace más lento, se detiene casi. Espero que la enfermera no venga por un rato más. Pido poco, que se demore quince minutos, que aguanten las nubes y comience a llover justo cuando ponga la llave en la cerradura.
No, se larga la lluvia y me encuentra en descampado, siempre ocurre eso, viene la enfermera con la sábana y los guantes. No podía tener tanta suerte. Nunca tengo tanta suerte. Viene y yo tengo que fingir que la ayudo. Es lo que se espera. Yo misma le pedí que me ayude a cambiarle los pañales, me avergüenza decirle cámbiele los pañales, por favor, déjeme salir y pasar de esto. Entonces me paro al lado y estorbo, porque sólo puedo hacer los gestos aproximados, me falta solvencia.
Le saca los pañales, lo deja desnudo sobre la cama y quedamos desnudos todos en la habitación de pesadilla. Y no es para tanto al fin y al cabo. Con firmeza y celeridad lo lava, le saca la sábana, le cambia el pañal y lo deja listo y tapado. Ya está.
Pero yo no quería. De verdad que no quería verlo desnudo arriba de la cama, un animal asustado que se deja dar vuelta y colabora torpemente. No, no quería. Y no fue para tanto.
Justo entonces se abre la puerta y entra el relevo. Me puedo ir. Salgo por pasillos y escaleras y esta vez por la puerta correcta y piso las baldosas de la calle debajo de un cielo de veras, y me digo que no fue para tanto, que casi zafo y ojalá la enfermera hubiese tardado un rato más o mi mamá hubiese llegado un cuarto de hora más temprano, pero que al fin y al cabo no fue para tanto. Y una empieza a morir cuando estas cosas al fin y al cabo no son para tanto.Vuelvo caminando. Estoy cansada, regreso bajo las nubes iluminadas por la crueldad de la vida que nos alcanza.
Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com
Me bajé mal del colectivo, dos cuadras antes. Me regalé entonces unos minutos de demora y respiraba el aire frío de la madrugada y la soledad, y la paz de no estar aquí todavía. Caminé despacio, era a las seis que tenía que estar y me quedaban cinco minutos. En la calle había gente, alguno pasaba en bicicleta, hacía frío, me veía la respiración blanca.
No vale la pena robar cinco minutos, no me descuentan nada porque allá en la calle es como si ya estuviese acá. En estos días estoy acá aún cuando me caliento la comida en la hornalla de mi cocina o me baño en mi ducha. Avivé el paso.
En la entrada también me equivoqué. En vez de usar la puerta normal ingresé por la entrada de servicio. Se prendió la luz cuando pasé entre las bicicletas y las garrafas. Me miró el guardia. No me dijo nada, ya debe de entender estas cosas. Quizás no sabe nada de nada, pero de tanto ver sabe que los que entramos lo hacemos siempre por la puerta equivocada, aunque algunos usen esa de vidrio, la oficial. También se equivocan, porque vienen para algo que nunca es finalmente lo que esperaban.
Hay mucha gente. Afuera es de noche, pero los pasillos estos son como los gallineros, siempre es de día pero nunca es el día verdadero. Afuera cambian las horas y las estaciones, aquí el tiempo, la vida, las sonrisas, todo es artificial.
La gente transcurre sin ruido. Sentados, parados, caminando, todos tienen ese silencio de quien no quiere ser advertido. Sigilosos. Yo también camino con suela de goma y la sensación de que nos acechan.
Pasillo, escalera gastada, pasillos, peceras de vidrio con las enfermeras o los médicos que viven unas vidas ajenas. Ellos están habituados, charlan, se ríen, dicen que el sábado es el cumpleaños de la Martita, se pasan recetas. Y me acerco a la habitación deseando que esté dormido, que no se haya orinado, que no venga justo el médico, que las cuatro horas que empiezan ahora sean un paréntesis de nada entre el afuera que recién dejé y el afuera que me prometo y está tan tan tan lejos.
Se va la mujer que se quedó a la noche. Toma su bolsito y sale disparada. Huye y me deja acá, en la habitación en penumbras. Siento que me abandona a mi suerte, que me traiciona como un soldado que deja al compañero herido en la trinchera y corre a campo traviesa. Ahora me toca a mi estar para lo que pase o que ojalá, ojalá no pase.
Cambio la silla de lugar. La pongo contra la pared de enfrente, me saco la campera y el pulóver, con mucho cuidado me siento y recuesto la cabeza contra el muro.
Los tres hombres duermen. Alguno sufre, se queja en sueños. Otro tose y temo que se despierten pero no. Voy esquivando el desastre. Yo también dormito. Miro el reloj y me alegro. Pasó una hora, faltan tres y hasta ahora voy bien.
Viene la hija del señor de la derecha. Hablan quedo pero me alarmo igual. Que no hagan olas, que no enciendan el día. Prenden la luz del baño para anotar un teléfono en un papel. No, es la clave del cajero para que la chica saque dinero, hay que pagar los descartables. En ese momento son mis enemigos, los odio. Que apaguen esa luz, que no rompan la noche que se extiende y me va salvando.
La chica se va y todo se aquieta. Siguen dormidos. Alivio. Las enfermeras hablan fuerte detrás de la puerta, se escuchan los timbres que suenan en la salita reclamándolas. Son las ocho de la mañana pero aquí sigue la noche. Faltan dos horas.Empiezan los ruidos del desayuno. Se terminó la gracia concedida. En cualquier momento se abrirá la puerta y dejaré de ser invisible. Y se abre la puerta, la mucama prende las luces, corre las cortinas y deja las tazas con galletitas por ahí arriba, no hay mucho espacio.
La señora de la izquierda, que estaba debajo de una frazada como un bulto informe sale del capullo y le pone la mesita ladera al marido. Nos saludamos apenas. Sólo hay una bandeja para otro desayuno, menos mal que el hombre de la derecha no quiere tomar su té. Tomo la bandeja y despierto a mi padre. No es fácil. Tampoco es sencillo incorporarlo en la cama. Le doy vueltas a la manija de la cama ortopédica y por supuesto me equivoco, los pies se van alzando. Deshago lo hecho, le doy vueltas a la otra manija ¿para qué lado? Hay que probar, nada es conocido, hasta lo más sencillo se me dificulta y me hace consciente de mi inutilidad.
Le doy el té, come dos de las tres galletitas. Nunca le había dado el té así. En casa se lo ponía arriba de la mesa, le alcanzaba las galletitas, nunca había tenido que ponerme aquí tan cerca, tan de arriba, tan lejana y diferente. La boca tiene forma de pico, las bocas de los viejos se van haciendo puntudas en el medio. Me pregunto si siempre tuvo los ojos tan claros. Ahora la cara es puro ojos saltones, no se parece a él sino a mi abuela, su madre. O será que era la misma cama, las mismas sábanas, el mismo tubito transparente en el brazo, esa cosa de estar desapareciendo de a poco que deja algunos rasgos fundamentales y piel vacía.
Veo que el pañal está despegado en un costado. Cuando pasa la enfermera le pregunto si me puede ayudar a cambiarlo. Me dice que sí, pero cuando termine la ronda. Deseo que la ronda sea larga y vuelva cuando ya me haya ido. Falta una hora. El tiempo se comprime y se expande aquí. No tiene la lógica del afuera.
Espera al revés, esperar que no ocurra en vez de esperar que ocurra algo. Ese deseo fuerte que duele, desear con todo el cuerpo que se demore, que venga cuando me haya ido. Que no me obliguen a estar acá cuando venga con apuro y celeridad para ayudarme a cambiarlo. Yo no quiero, saben, no, no quiero. Pero ya aprendí que querer no significa nada.
La mucama limpia la habitación. Salgo y vigilo desde afuera, pero está tranquilo, dormitando después de comer, los pelos blancos formando una cresta sobre la cabeza. Mamá dice que tiene la cabeza con forma de rabanito, me acuerdo y me da risa a pesar de la angustia.Han abierto un poco las ventanas para ventilar. Me acerco a una en un pasillo y abajo en un patio interno hay macetas con arbolitos. Se los ve bien, altos y frondosos, pero es enorme la tristeza de esas macetas sobre las baldosas. Todo está sostenido con artificio aquí, gentes y vegetales. Ninguno en su lugar. A los arbolitos les falta tierra y a la gente morir en paz quizás. Recuerdo el horror que me siguió en sueños y en años cuando vi una película, de niña, donde recrearon “El caso del señor Valdemar” de Poe. Esto está lleno de señores Valdemar, entre la vida y la muerte, torturados, imposibilitados de un descanso, mantenidos en una zona de espanto. Sale una viejita en silla de ruedas de otra habitación, la acompaña el camillero, ningún familiar está con ella. Pero no se queja. No dice nada, se deja rodar con los piecitos diminutos sobre los apoyos de la silla. “Los brazos adentro”, dice el muchacho. Claro, los viejos se quieren agarrar a cualquier cosa, lo que sea. Se aferran.
Vuelvo a asomarme. Mi padre sigue sin moverse. Me quedan cuarenta y cinco minutos, pasa la enfermera y me dice que ya viene. Le agradezco y espero que tarde. Le dicen que tiene que bañar a una anciana de la “D”. Al lado. ¿Cuánto tardará? No tanto, seguro, pero quién sabe.
Ahora miro el reloj cada cinco minutos, cada tres, a medida de que se va acercando la huida el tiempo se hace más lento, se detiene casi. Espero que la enfermera no venga por un rato más. Pido poco, que se demore quince minutos, que aguanten las nubes y comience a llover justo cuando ponga la llave en la cerradura.
No, se larga la lluvia y me encuentra en descampado, siempre ocurre eso, viene la enfermera con la sábana y los guantes. No podía tener tanta suerte. Nunca tengo tanta suerte. Viene y yo tengo que fingir que la ayudo. Es lo que se espera. Yo misma le pedí que me ayude a cambiarle los pañales, me avergüenza decirle cámbiele los pañales, por favor, déjeme salir y pasar de esto. Entonces me paro al lado y estorbo, porque sólo puedo hacer los gestos aproximados, me falta solvencia.
Le saca los pañales, lo deja desnudo sobre la cama y quedamos desnudos todos en la habitación de pesadilla. Y no es para tanto al fin y al cabo. Con firmeza y celeridad lo lava, le saca la sábana, le cambia el pañal y lo deja listo y tapado. Ya está.
Pero yo no quería. De verdad que no quería verlo desnudo arriba de la cama, un animal asustado que se deja dar vuelta y colabora torpemente. No, no quería. Y no fue para tanto.
Justo entonces se abre la puerta y entra el relevo. Me puedo ir. Salgo por pasillos y escaleras y esta vez por la puerta correcta y piso las baldosas de la calle debajo de un cielo de veras, y me digo que no fue para tanto, que casi zafo y ojalá la enfermera hubiese tardado un rato más o mi mamá hubiese llegado un cuarto de hora más temprano, pero que al fin y al cabo no fue para tanto. Y una empieza a morir cuando estas cosas al fin y al cabo no son para tanto.Vuelvo caminando. Estoy cansada, regreso bajo las nubes iluminadas por la crueldad de la vida que nos alcanza.
Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com
Mariano Meiraldi: Títeres del demonio
"¿Qué sería de la vida si no tuviéramos el valor de intentar algo?"
Vincent van Gogh
La historia que voy a contar le sucedió hace tres años a una vecina. Ella, una anciana pequeñísima de tez pálida y arrugada, y manos manchadas por los años, dio a luz innumerables personajes con los que en cada presentación atrapó, en su red de inquietantes y fantásticas historias, a un público muy variado.
Como ella, muchos son los titiriteros, que con objetos reciclados y una habilidad en escena digna de entretener a niños y adultos, dan vida a pequeñas criaturas. Muñecos estáticos y sin forma que con una dinámica y sensual movilidad hacen emocionar a cualquiera.
Más conocidas aún son las historias de títeres que con el deseo de sentir como los humanos esperan por años a que el hada madrina, con un toque de su vara, los convierta en seres capaces de amar y odiar.
Pinocho fue el más conocido. Hijo único de Gepetto, un carpintero, que con una tabla de propiedades mágicas, y con la ayuda de un hada madrina convirtió una simple madera en un niño travieso y desobediente.
Sus títeres, de apariencia tierna y angelical, por las noches se mezclaban en promiscuas orgías. Disfrutaban formando imágenes de sombras monstruosas en las paredes. Correteaban por toda la habitación e intentaban desclavarse entre ellos. Violaban a los ositos de peluche que descansaban en la repisa, y se masturbaban sobres libros infantiles.
Cuando despertaba, la anciana encontraba todo hecho un revuelo. Ropa colgada del ventilador. Ositos de peluche agujereados. Libros de cuento manchados y desparramados por toda la habitación, y títeres en posiciones que jamás imaginó ubicar. Según contó una tarde, era sonámbula. “La edad no viene sola”, dijo mientras relataba como hallaba su cuarto todas las mañanas.
Más allá de no creer en hadas y en seres superiores, los títeres de mi vecina ansiaban ser humanos. Remplazar la madera por la carne, las varillas por hueso, pero por sobre todo sentir.
Lo que vi una mañana cuando entré a su casa fue realmente aterrador y hasta nauseabundo. Golpeé durante veinte minutos la puerta y nadie atendió. Como habíamos quedado en encontrarnos, con insistencia y desesperación comencé a patearla con intención de derribarla. Un pálpito en mi interior advertía algo malo.
La casa era muy antigua. El zaguán, largo y angosto, comunicaba a las habitaciones. Me asomé en todos los rincones que pude, inclusive en el baño, pero no hallé nada. Sólo un lugar faltó para que me quedara tranquilo, y este era su pieza.
Con suavidad abrí la puerta y muy lentamente avancé hasta el centro del cuarto. Cuando levanté la vista no lo pude creer. Las paredes se encontraban teñidas de un rojo intenso, y el olor a frigorífico me erizó la piel.
Recostada en la cama, descuartizada como si la hubiese atacado una manada de hienas hambrientas, y rodeada de títeres de rostros irónicos y desencajados, temblaba mostrando vestigios de una triste agonía. Los miembros inferiores se hallaban trozados en pequeños pedazos y ordenados a un lado de la cama. En su torso, escrito a sangre y gubia, una frase proclamaba el horror: “matar es vivir”.
Mariano Meiraldi
kira_baleno@yahoo.com.ar
Vincent van Gogh
La historia que voy a contar le sucedió hace tres años a una vecina. Ella, una anciana pequeñísima de tez pálida y arrugada, y manos manchadas por los años, dio a luz innumerables personajes con los que en cada presentación atrapó, en su red de inquietantes y fantásticas historias, a un público muy variado.
Como ella, muchos son los titiriteros, que con objetos reciclados y una habilidad en escena digna de entretener a niños y adultos, dan vida a pequeñas criaturas. Muñecos estáticos y sin forma que con una dinámica y sensual movilidad hacen emocionar a cualquiera.
Más conocidas aún son las historias de títeres que con el deseo de sentir como los humanos esperan por años a que el hada madrina, con un toque de su vara, los convierta en seres capaces de amar y odiar.
Pinocho fue el más conocido. Hijo único de Gepetto, un carpintero, que con una tabla de propiedades mágicas, y con la ayuda de un hada madrina convirtió una simple madera en un niño travieso y desobediente.
Sus títeres, de apariencia tierna y angelical, por las noches se mezclaban en promiscuas orgías. Disfrutaban formando imágenes de sombras monstruosas en las paredes. Correteaban por toda la habitación e intentaban desclavarse entre ellos. Violaban a los ositos de peluche que descansaban en la repisa, y se masturbaban sobres libros infantiles.
Cuando despertaba, la anciana encontraba todo hecho un revuelo. Ropa colgada del ventilador. Ositos de peluche agujereados. Libros de cuento manchados y desparramados por toda la habitación, y títeres en posiciones que jamás imaginó ubicar. Según contó una tarde, era sonámbula. “La edad no viene sola”, dijo mientras relataba como hallaba su cuarto todas las mañanas.
Más allá de no creer en hadas y en seres superiores, los títeres de mi vecina ansiaban ser humanos. Remplazar la madera por la carne, las varillas por hueso, pero por sobre todo sentir.
Lo que vi una mañana cuando entré a su casa fue realmente aterrador y hasta nauseabundo. Golpeé durante veinte minutos la puerta y nadie atendió. Como habíamos quedado en encontrarnos, con insistencia y desesperación comencé a patearla con intención de derribarla. Un pálpito en mi interior advertía algo malo.
La casa era muy antigua. El zaguán, largo y angosto, comunicaba a las habitaciones. Me asomé en todos los rincones que pude, inclusive en el baño, pero no hallé nada. Sólo un lugar faltó para que me quedara tranquilo, y este era su pieza.
Con suavidad abrí la puerta y muy lentamente avancé hasta el centro del cuarto. Cuando levanté la vista no lo pude creer. Las paredes se encontraban teñidas de un rojo intenso, y el olor a frigorífico me erizó la piel.
Recostada en la cama, descuartizada como si la hubiese atacado una manada de hienas hambrientas, y rodeada de títeres de rostros irónicos y desencajados, temblaba mostrando vestigios de una triste agonía. Los miembros inferiores se hallaban trozados en pequeños pedazos y ordenados a un lado de la cama. En su torso, escrito a sangre y gubia, una frase proclamaba el horror: “matar es vivir”.
Mariano Meiraldi
kira_baleno@yahoo.com.ar
Oswaldo Roses: 2 Poemas
( LO QUE SÓLO TÚ SABRÁS)
Amor:
He inventado amarte más allá del cielo
porque paso tras paso,
deseo tras deseo,
día tras día
veo cómo te quiero de memoria;
y es así este germen bendito,
y es así este valor:
allí donde tú eres el aire que respiro,
allí donde tú eres el árbol que me alimenta
y la desnudez
que me desencadena
con las olas de la sonrisa y del frenesí,
con las llamas de tus caricias
hacia el hipermundo,
hacia el corazón de la esperanza sin apenas norte,
hacia la locura interminable.
He logrado inventarte
a la forma
de la más enceguecida palabra
traspasando el cielo,
como una noche sólo el sí reinando
con tu musical sangre,
como una noche sólo el Amor reinando con tu fe
o tu aparición más bella;
y es así el destino,
y es así el inmune hablarte de sinceras lágrimas del recuerdo total,
y es así la muerte
jugando a saltos encantados de felicidad
por los parques de la verdad de nuestro invencible
esperarnos hasta la misma
luz.
¿ TÚ ?
Un puñado de tierra en mi esperanza
sin volumen quizás, a pan bendito,
la irremediable lumbre a su ultranza
y a su presagio audaz y a su infinito.
La libertad del tiempo a cuerpo abierto,
la matemática de lo que olvido,
a tercios délficos en ti, al desierto,
a la crueldad de todo lo perdido.
Eres porque me eres a razón
pulcra, sí, como un relumbrón de rosa,
a razón pulcra y a ley de corazón.
¡Oh!, ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¡tú!, ¡qué hermosa
eres en lucidez de la pasión
y en protonéctar de la misma cosa.
Oswaldo Roses
oswaldo_roses@hotmail.com
http://leerlosojosalmundo.blogspot.com/
Amor:
He inventado amarte más allá del cielo
porque paso tras paso,
deseo tras deseo,
día tras día
veo cómo te quiero de memoria;
y es así este germen bendito,
y es así este valor:
allí donde tú eres el aire que respiro,
allí donde tú eres el árbol que me alimenta
y la desnudez
que me desencadena
con las olas de la sonrisa y del frenesí,
con las llamas de tus caricias
hacia el hipermundo,
hacia el corazón de la esperanza sin apenas norte,
hacia la locura interminable.
He logrado inventarte
a la forma
de la más enceguecida palabra
traspasando el cielo,
como una noche sólo el sí reinando
con tu musical sangre,
como una noche sólo el Amor reinando con tu fe
o tu aparición más bella;
y es así el destino,
y es así el inmune hablarte de sinceras lágrimas del recuerdo total,
y es así la muerte
jugando a saltos encantados de felicidad
por los parques de la verdad de nuestro invencible
esperarnos hasta la misma
luz.
¿ TÚ ?
Un puñado de tierra en mi esperanza
sin volumen quizás, a pan bendito,
la irremediable lumbre a su ultranza
y a su presagio audaz y a su infinito.
La libertad del tiempo a cuerpo abierto,
la matemática de lo que olvido,
a tercios délficos en ti, al desierto,
a la crueldad de todo lo perdido.
Eres porque me eres a razón
pulcra, sí, como un relumbrón de rosa,
a razón pulcra y a ley de corazón.
¡Oh!, ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¡tú!, ¡qué hermosa
eres en lucidez de la pasión
y en protonéctar de la misma cosa.
Oswaldo Roses
oswaldo_roses@hotmail.com
http://leerlosojosalmundo.blogspot.com/
Luis Alberto Esmail: Afuera
Afuera
Salgo y no vuelvo.
Salgo a recorrer un poco
el aire
y desenvuelvo, desenredo,
desmadejo
los trastornos
incontables de mis dedos
y las paredes.
Dejé adentro- allá en las cosas-
los olvidos más queridos.
Los recuerdos que tramé
cuando llegaste;
el amor por el vacío sin palabras
y el futuro impostergado:
el futuro y tu desgano.
Salgo y no vuelvo o ya había salido
cuando aún no lo pensaba
todavía.
Pero el cuerpo se me fue
por la escalera y no cayó ni se detuvo
y no habían puertas
ni otros ojos.
No habían rastros.
Yo salí
o nunca estuve.
Y las cosas se deshacen
en las manos
cuando vienes.
Y no hay más vuelta
ni hay más caminos,
cerré ya todo
y ya no hay nadie.
Y no hay más vuelta.
Luis Alberto Esmail
tete_367@hotmail.com
Salgo y no vuelvo.
Salgo a recorrer un poco
el aire
y desenvuelvo, desenredo,
desmadejo
los trastornos
incontables de mis dedos
y las paredes.
Dejé adentro- allá en las cosas-
los olvidos más queridos.
Los recuerdos que tramé
cuando llegaste;
el amor por el vacío sin palabras
y el futuro impostergado:
el futuro y tu desgano.
Salgo y no vuelvo o ya había salido
cuando aún no lo pensaba
todavía.
Pero el cuerpo se me fue
por la escalera y no cayó ni se detuvo
y no habían puertas
ni otros ojos.
No habían rastros.
Yo salí
o nunca estuve.
Y las cosas se deshacen
en las manos
cuando vienes.
Y no hay más vuelta
ni hay más caminos,
cerré ya todo
y ya no hay nadie.
Y no hay más vuelta.
Luis Alberto Esmail
tete_367@hotmail.com
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