martes, 23 de junio de 2009

La poesía de Mario Jorge de Lellis



Mario Jorge de Lellis:
El trabajo de la poesía (vivir en estado manifiesto)

Por Rodolfo Edwards

Hay ciertas obras de arte que dejan cicatrices en el receptor. Quizás porque tocan alguna fibra íntima provocan un estado de exaltación, una ebullición interna y obligan a levantar la vista buscando la línea del horizonte. Se nos infla el pecho y, como en un trance sonambulista, acompañamos al artista y su obra en un sidecar invisible, sintiéndonos parte de la cosa, partícipes y cómplices del acto en cuestión. En el caso de la poesía, las palabras se reproducen en alguna víscera del lector haciendo brotar esos fluidos internos que los fisiócratas llaman emoción. Qué importante que sigue siendo que un poema emocione. Tal vez esto suene desubicado en estos tiempos ostensiblemente anómicos pero qué bueno es emocionarse, escupir una lágrima, ese transparente y caprichoso catarrito del corazón y mandar a paseo al correlato objetivo de Eliot y a los fríos números de las preceptivas y las toscas academias. A un buen poema hay que montarlo a pelo, se deben sentir los ritmos, las palpitaciones, los sonidos que bajan y suben de tonalidades, los pies deben caminar descalzos por el suelo lleno de esos versos largos, medianos o mínimos, que se esparcen desparejos como la vida. Aclaro que no me gusta toda la poesía, es más: me gusta muy poco de la poesía. Pero para la inteligentzia queda bien decir que uno es “ecléctico” o “cosmopolita”. Yo no soy ecléctico, me gusta un solo tipo de poesía: la que conmueve, la que sorprende e importuna, la que shockea, como una buena hembra, como una comida rica, como un trago fuerte. Todo el resto es gabinete, masonería, solipsismo, indoor games. Un poema es un organismo vivo, un artefacto reluciente y decidor que puede lucir en el ajuar de la dama o del caballero, entre los enseres de la cocina o en el revistero del baño, siempre y cuando tenga ese “touch”, “el ángel” que invocaba Lorca.



Del poeta Nicolás Olivari alguna vez se dijo que sus poemas eran “iracundos, sentimentales y populares”. Esos tres calificativos definen campos infinitamente fértiles y productivos que el sistema poético argentino, su rancia estirpe, solemne y estreñida, se ha encargado de marginar desde sus púlpitos nacarados. De ese cúmulo de textos que conforman mis escrituras sagradas, elijo uno que me parece muy relevante e ilustrativo en esta guerra civil: “Canto a los hombres del pan duro”, del poeta Mario Jorge de Lellis, quien escribió la mayor parte de su producción entre las décadas del cuarenta y del cincuenta (se recomienda leerlo muy despacito, saboreando cada palabra).



CANTO A LOS HOMBRES DEL PAN DURO



Nacen, se reproducen, después mueren.

De cobre son y el cobre los golpea.

Llevan de cobre el corazón y la camisa.

Llevan de cobre las mujeres recias.

Llevan de cobre el ojo y los abuelos.

De cobre son y suenan.



Nacen, se reproducen, después, mueren.

Y es de cobre el vapor del caldo escaso,

de cobre el duro tálamo, la higuera,

el defendible hinojo,

la charla sobre el pan, el hasta cuándo,

las mesas de hule roto, la impaciencia

por ver caras alegres, frutillas, casas propias,

amigos bajo el sol, bajo la siesta.



Nacen, se reproducen, después, mueren.

Fueron cadetes de la industria,

albañiles de andamios,

fabricantes de cosas inútiles modernas,

paladines del aire y del martillo,

fregadores de pisos, humo de chimeneas.



Nacen, se reproducen, después mueren.

¿Quién obtuvo sus sangres?

¿Quién destinó sus vértebras?

¿Quién los puso de gallos en la aurora

caminando y gritando, pateando y acatando,

hirviéndoles la sangre compañera?



Yo los he visto hastiados hasta decir no quiero,

los he visto matando en frigoríficos,

matando en primaveras

en que todo nacía sin motivo aparente

como nacen las flores;

lo he visto con bolsas,

moverse, trabajando, cuando era

la hora de comer,

la hora egregia del amor y del descanso;

los he visto trepados a las torres,

trepados a las viejas torres,

dándoles cal, charlando con los ángeles,

mirando un punto de la tierra,

un solo punto vivo

al cual pertenecían

y por el cual hilaban sus días, sus esencias.



Los he visto volviendo a sus hogares

con la honradez al hombro, mirándose las piernas,

detallándose niños y costumbres,

algunas cosas que suceden,

pisándose las huellas,

hollándose los marzos, los octubres,

los panes sin almuerzo, las amargas cosechas

del frío, las amargas recolecciones para otros

y las amargas siembras

del cobre que resuena en el alma

como un gran acordeón tocando a fiesta.



Yo sé que nacen, sí.

Yo sé: se reproducen. Yo sé: se mueren.

Sé que suenan a cobre, sé que suenan

a rasgadoras fiebres, a pan hermoso y triste.

Tienen hijos de cobre, muy sonoros;

tienen mujeres recias,

cigarrillos baratos en los dedos,

hondas causas vitales manchando sus ojeras.



Están aquí y allá.

Suenan, resuenan.



Son de una gama gris.

Andan y trepan.



Naturalmente cobres, naturalmente solos,

tienen el sol cerrado sobre la mano abierta.

Y un día caen trizados por el tiempo,

con unos ojos amplios hacia el norte

y un pan duro indicando sus presencias.



Son esos hombres duros como el cobre.

Suenan, resuenan.





Las cuestiones estrictamente formales quedan en segundo plano cuando la contundencia del mensaje adquiere una absoluta nitidez. Pero igual podemos hablar del impecable fraseo de De Lellis, su sentido musical siempre alerta, la cantarina fluencia, los contrapesos dentro de un mismo verso, las inesperadas asociaciones sustantivas, los adverbios que dinamizan y airean el poema historizándolo, y esos latigazos que hacen de cada verso una sentencia, una proclama. En definitiva un buen poema es aquel que elige las palabras correctas, lo que es muy arduo, no se logra fácilmente. Reaccionarios de toda laya siempre se encargaron de bajar línea en contra de una fuerte tradición de la poesía argentina que privilegiaba el decir popular. Aprovechando sus lugares de poder vienen limando mentes y espíritus de varias generaciones para convertirlos a su credo de vileza y desprecio. Si a un poeta se le ocurre escribir un panfleto, ¿qué hay de malo en ello? Apenas un artista expresa claramente sus ideas en un texto, tocan pito, largan los perros y estas larvas lo condenan a la papelera de reciclaje. Los poetas sociales siguen siendo señalados como parias, como lúmpenes. Y el sacrilegio consiste en haber cambiado el “yo poético” por el “nosotros poético”. La escolar dicotomía entre forma y contenido parece que nunca fue zanjada: los “formalistas” siguen siendo los porongas y a los “contenidistas” le ponen el sayo de “boludos”, cuando esa división es falaz y maliciosa: hay buena poesía y mala poesía, no hay vuelta que darle, pero como los malos son mayoría, suelen ganar por simples cuestiones aritméticas. La resistencia es fatigosa y larga pero siempre aparecerán voces de los subsuelos, bruñidas de bronca y barro. Todo arte que no rebota en los arrabales y en las oscuras tramoyas de la injusticia para erguirse luego, gallardo y cantor, será un arte pobre, para pocos, estéril y misántropo.



“Canto a los hombres del pan duro” es la puesta en acto de una serie de elementos esenciales de toda gran poesía: vivir en estado de manifiesto, aplicar la experiencia del mundo en la obra como una vacuna para inmunizarse de los virus profesorales, de los castradores, de los buchones que señalan a la oveja que se les escapa del rebaño. Meter el dedo en la llaga, buscando la verdad y encontrarla en una calle cualquiera, desnuda, malherida, pero irredenta. Una radical urgencia vibra en el poema “Canto a los hombres del pan duro” y aun hoy puede darse el lujo de hacer un “fuck you” a los cínicos relativistas. Obsérvese las similitudes de este poema de De Lellis con “Construcción”, aquella enorme canción del brasileño Chico Buarque, otro notable poeta que honró a su tribu. Poetizando la ingrata circunstancia de un laburante, Buarque dice como cosas como éstas:



Sentóse a descansar como si fuese un pájaro,

Y flotó en el aire cual si fuese un príncipe,

Y terminó en el suelo como un bulto alcohólico,

Murió a contramano entorpeciendo el sábado.



Las palabras de disponen como ladrillos de una construcción hasta lograr la canción perfecta. Las implacables acentuaciones esdrújulas al final de los versos unidas a una música estruendosa y machacante sostenida por una sesión de vientos, derivan en una plegaria laica, redonda y rotunda. Golazo. Es realmente improbable que Buarque haya leído a De Lellis, pero igual el tiempo los hermana, los junta en la misma mesa imaginaria de los justos.



“Pan duro”, se llamó un grupo de poetas formado a mediados de la década del 50 del siglo pasado, donde militaron Juana Bignozzi, Juan Gelman y Humberto Costantini. Mario Jorge de Lellis se llamó un legendario taller literario en el que hicieron sus primeros pasos poetas hoy de fecunda trayectoria como Irene Gruss, Leonor García Hernando, Jorge Aulicino y Daniel Freidemberg. Incluso pasaron por aquel taller narradores como Marcelo Cohen y Jorge Asís. Sin ningún lugar a dudas De Lellis formateó a la denominada “Generación del 60”, por ese incontenible impulso vitalista que se derramó generosamente sobre su obra. Así lo recordó su amigo Isidoro Blaisten: “De Lellis era un estupendo creador verbal, capaz de soliviantar los menudos sucesos, darlos vueltas al revés y producir siempre algo inesperado”. Por más que lo sigan ninguneando, la poesía de Mario Jorge de Lellis siempre se erguirá fresca y lozana sobre estas ruinas.

Rodolfo Edwards

4 comentarios:

Mercedes Sáenz dijo...

Felicitaciones por este material de punta a punta!!!! Excelente. Abrazos Mercedes Sáenz

Cecilia dijo...

Este texto de Edwards fue escrito especialmente para ser publicado en la revista digital El interpretador. Sería bueno citar la fuente.

Saludos

La Máquina de Escribir dijo...

Gracias Cecilia por ayudarnos a saber donde fue publicada esta excelente nota. Damos fe que quien nos la envió no citó la fuente. Disculpas a la revista digital "El interpretador".
No es nuestra intención publicar notas sin citar las fuentes, pero en este caso nos fue enviada sin ese dato.

Marcelo dijo...

Isidoro Blaisten y Mario Jorge De Lellis tomando vino en un bar de Tacuarí y Rivadavia:

En eso entró un sujeto raro y antiguo, con un sombrero hongo empotrado hasta las cejas. Despaciosamente, fue mirando con severidad todo el salón. Cuando nos vio se acercó un poco y nos estudió con una insistencia torva, casi despreciativa. Y se fue. Con la misma dignidad con que había entrado, dio media vuelta y se fue.
Nos miramos en silencio. Entonces Mario dijo:
- Inspector de angustiados.