domingo, 1 de abril de 2007

La poesía de Griselda garcía Cuerva

Las caricias de la naturaleza

El ocaso se acerca
a las puertas de las almas,
las inunda de perfumes,
les regala su encanto.
En un clima hechicero
asoman los sentimientos,
florecen las fantasías,
las emociones pintan los labios.
Las ilusiones recorren caminos
y se encuentran con los sueños
que buscan un paraíso
con los colores de la esperanza.
La fragancia de las rosas
escala las montañas de la vida,
embriaga los corazones,
endulza las miradas.
Las caricias de la naturaleza
hacen brotar sonrisas,
borran las lágrimas,
despiertan los besos.

María Griselda García Cuerva
mg_cuerva@yahoo.com.ar

Gabriel Impaglione: A 31 años del comienzo de la tragedia en Argentina.

Argentina, 1976 A los treinta mil compañeros desaparecidos


He visto los hombres trepar a la sombra
tensando los arneses aún dormidos
y marchar unidos en el esfuerzo bestial
hasta montar el sol sobre la tierra.
Entonces salían de todas partes los niños y las madres
y luego los mercados llenaban las veredas
de silbos y manzanas.
La alegría de las gestas domésticas
coronadas por la dignidad del almuerzo!
He visto largas caravanas de obreros en el alba
marchar hacia el metal de la sirena.
Ágiles bicicletas con la vianda,
la radio colgando del manubrio.
Hasta que el estrépito de ráfaga
de cañón malditode horrorosa muerte
abrió un boquete en cada casa y entró la niebla negra.
Todo se retorció como un pez en la arena,
hasta ser tragado por el miedo. Desapareció la fábrica.
También el hombre.
Y los hijos, y los mercados con silbo, y las radios
que no fueron sino un espejo del infierno roto a veces.
La universidad de Luján fue clausurada.
Encadenaron la luz en los sangrientos sótanos,
persiguieron los brotes del canto asesinado.
El abrazo fue un código secreto
la patria un dolor ahogado bajo la tortura.
Y el sol deseo apenas musitado entre los nombres de los que ya no estaban.

De: Explicaciones con mar y otros elementos, poesia, Edit. UniService, Trento, Italia. Bilingue, 2007.
Gabriel Impaglione
impaglioneg@yahoo.es

Miriam Cairo: El revés de la trama

Con los ojos llenos de espinas, el esposo mira a la mujer que balbucea los títulos del noticiero, después de dos días de mutuo silencio. Faltan pocos minutos para el mediodía y él comprende que si ella aún no lo ha hecho, ya no se peinará.

Mientras almuerzan, con un disgusto inviolable impreso en el rostro, él la increpa. ¿Has estado con alguien? Ella sabe el alcance de su pregunta pero en todas las películas Molly Ringwald maneja muy bien esa clase de situaciones y ella también ha aprendido a hacerlo después de tantas madrugadas frente al televisor: sostiene que estuvo sola toda la mañana. No me refiero a eso, ruge él como un tigre. Le muestra el resultado de los análisis pedidos por el urólogo. Ella lee con pánico helado en las venas. El recuerdo de una escena de Daryl Mitchel la ayuda a borrar la idea de confesión de su cabeza. Negativo, negativo, negativo, es el resultado de las tres pruebas.

Busca una cara de inocencia entre todas las mujeres del cine que tratan de defenderse y con el rostro más inocente de Lola Gaudin dice que no entiende a qué se refiere. Él se pone de pie como una hiena. Tienen que hacerle más pruebas y el médico le preguntó si su esposa no habría estado con otro hombre. Repetir eso lo enfurece. Carraspea como si se hubiera tragado el estetoscopio. Ella se traba. Acuden en su ayuda Anna Paquin, Sara Crowe, Lucy Deakins. Todas inocentes. Por fin su gesto no deja dudas y se ofende.

Después del almuerzo, ella se pone de rodillas junto al jazmín. Quita la maleza que crece alrededor del tronco. Remueve la tierra. Se dirige al surco de zinias. Corta las pocas flores que aún están vivas y luego arranca de cuajo todas las plantas viejas. Se arranca la angustia que inmediatamente vuelve a crecer. Son las seis de la tarde. La mujer ya no se peinará.
Durante la cena, enumera otra vez las noticias del día. Si él estuviera atento escucharía: ya no te amo ¿por qué no te vas? Pero sigue distraído. Concentrado en su ira. No ha visto nunca una película donde pudiera aprender la dulzura o la discreción de Robin Sach.


Al día siguiente, todavía nerviosa, va en busca del rastrillo que fuera de su padre. En el jardín arranca los enrevesados claveles chinos para sembrar mejores pensamientos blancos.
Él llega al anochecer y otra vez su voz llena de piedras la sobresalta. Todo es posible: un abrazo asesino o un capricho infantil. Ella esconde el temblor entre las frutas que acaba de lavar. Contiene la respiración. Encuentra entre sus despojos una provisoria mirada de sensatez y se la pone en los ojos. Lo mira. Piensa en todo lo bueno que él tiene. Sus hijos no tendrán que avergonzarse nunca de un padre trabajador, recto, que no bebe alcohol y es fiel a su esposa. No sucederá lo mismo con ella. Ahora el espanto se le quiere salir por la boca o por los ojos cuando suena el teléfono. Él se precipita para interceptar una llamada que pudiera ser para ella. En ese momento el pánico salta como un vómito y ella lo toma por las patas aprovechando la distracción del esposo. Lo arrastra hasta el baño. Mientras llena la bañera para ahogarlo, él golpea la puerta y dice que debe volver a la oficina. Ella forcejea unos minutos más sobre el cuello del pánico pero no consigue matarlo.


El hombre?niño no quiere estar solo. Mujer e hijos en el auto deben acompañar al hombre?hiena que va al volante. Antes de llegar él se da cuenta de que olvidó una carpeta. Giro suicida en medio del boulevard. La mala vida que lleva le hace olvidar las cosas. El filo de las palabras que él pronuncia socava poco a poco todo equilibrio emocional. A medida que se acercan a la casa sus palabras hacen tajos de carnicero. Los niños presencian el espectáculo de la ira y el terror sin comer copos de maíz. Ella podría arrojarse del auto pero no sería responsablemente cinematográfico. Jean Smart tuvo dos dobles para ese episodio, además, asustaría a los niños. Ella no está preparada para una escena de acción.

El nuevo día la atraviesa como una daga. A pesar del pronóstico de buen tiempo la mañana es dominada por una intención asesina. Por la noche, en la habitación lo elude. Tiene el período. Retira la mano infanticida de la cintura. Quien se acuesta con niños amanece insatisfecha. Va a correr sangre.

Él gira entre las sábanas como un león hambriento. Como un niño castigado. A las dos de la mañana la despierta para avisarle que va a suicidarse. Antes va a declarar por escrito que no la quiere junto al ataúd. Ella no se conmueve porque a él no le salen los gestos de Ray Parq. Se revuelca en la cama reclamando que ella lo desnude. Necesita cariño, ruge. Quiere beber de los senos de ella. Con ojos extraviados se coloca encima y pregunta cuándo lo dejó de querer. Le aprieta el cuello con fuerza. Imposible dar fecha y hora. Imposible gritar. No tengas miedo dice él, con la boca llena de baba. Golpea con un puño la pared. El hombre?niño?hiena la suelta y se viste para ir a matarse. Luego se desviste y se duerme maldiciéndola.

A las cuatro de la mañana él se despierta y cree que ella está dormida. Ensaya una especie de relación sexual con su cuerpo inmóvil. Necrofilia. Coloca su miembro entre las piernas sangradas de ella. Al ritmo del llanto silencioso de la mujer, él alcanza un coito estremecedor. Retira el miembro lleno de sangre. Mancha las sábanas. ¿Viste con qué poco me conformo? Sí, dice ella.
Inmediatamente ella sale de la cama. Las películas son repetidas. Ya no las volverá a ver. Busca el rastrillo que fuera de su padre. En el jardín, todavía a oscuras, junta las hojas secas. Riega las semillas de pensamientos blancos. Sabe que no se ha peinado. Sabe que no se peinará.


A las siete él se acerca al jardín con el cabello engominado y dice que va a desayunar afuera. Cuando se da vuelta ella le clava la rabia y los afilados dientes del rastrillo en la espalda. Él se da vuelta y la mira atónito, indefenso. Ella vuelve a clavarle en el pecho, los dientes de todas sus rabias. Él grita. Las vecinas salen de sus casas. Ningún ruego la detiene. La inesperada bravura de Gena Rowlands se le instala en el cuerpo. Golpe tras golpe riega con sangre las semillas negras de los pensamientos blancos. Cuando por fin él, tendido en el suelo, deja de nombrarla, ella se detiene. Los primeros minutos de silencio la reconfortan. Toda película merece un gran final.

Miriam Cairo
cairo367@hotmail.com

Pequeña crónica naranja de Alfredo Di Bernardo

PEQUEÑA CRÓNICA NARANJA

El tipo estaba en el súper, haciendo las compras. Iba caminando como siempre, la mitad de la cabeza prestando atención a los artículos que necesitaba y la otra mitad perdida en plena navegación por los alrededores de Saturno. Cuando pasó ante la góndola de las bebidas, pensó en los 48 grados de sensación térmica del día anterior y recordó que se había quedado sin nada fresco para tomar en la cena (fresco y con sabor, claro; la botella con agua no contaba). Decidió entonces llevar una gaseosa que ya estuviera convenientemente fría. Se detuvo frente a los refrigeradores verticales de puerta transparente y, luego de efectuar un rápido sobrevuelo de reconocimiento, sus ojos fueron a estrellarse contra una botella que, rompiendo la uniformidad del conjunto, erguía con plástico orgullo sus dos litros y cuarto de placer anaranjado. No es que el tipo volviera a verla después de mucho tiempo. No fue lo mismo que si le hubiese ocurrido el prodigio de reencontrar, digamos, un envase de Pomelo 12 o de Spur Cola (de hecho, él veía botellas iguales a ésta todas las semanas, cada vez que pasaba frente a la góndola de las bebidas). Sucedió, más bien, que de golpe, así porque sí, lo tentó la idea de volver a probar, después de casi treinta años, el sabor de esa gaseosa cuya sola mención lo conducía invariablemente a remotas regiones de su infancia.
Abrió la puerta y rodeó la botella con su mano. La brusca sensación de frío en la palma se le mezcló con una duda inquietante. ¿Y si al tomarla descubría que ahora no le gustaba? Podía ocurrir que ya no la hicieran con el mismo sabor de antes. O que la siguieran haciendo igual, si, pero que el paso del tiempo hubiese alterado su paladar de manera imperceptible. "Ningún hombre baña sus labios dos veces en la misma gaseosa", se dijo, e imaginó que ninguna empresa del rubro habría contratado a Heráclito como creativo publicitario. Decidió disolver los temores. Cargó la botella en el canasto y se fue para el sector de las Cajas.
Mientras aguardaba su turno para pagar, pensó que nadie podría acusarlo de ser un consumidor compulsivo, vulnerable a las estrategias de mercado. Y es que esa marca no era tan popular como las otras. No aparecía auspiciando megarrecitales de rock, ningún equipo de fútbol llevaba su logo estampado en la camiseta; ni siquiera se la promocionaba mediante comerciales en la tele. Seguía siendo una especie de cenicienta en el reino de las gaseosas, la eternamente relegada, ésa que los clientes de los bares beben sólo cuando el mozo les informa amablemente que allí no sirven la que ellos acaban de pedir.
El tipo era incurablemente ansioso pero no por ello era un descontrolado. Sabía administrar su ansiedad; no le gustaba que el acoso de lo pendiente condicionara sus pequeños placeres cotidianos. Lo volvían loco las demoras provocadas por el azar o la voluntad ajena, pero encontraba cierto delicioso goce en postergar brevemente la concreción de ciertos deseos. Así que lo primero que hizo al volver a su casa, fue poner la botella en el congelador para desagraviarla del calor infame que la había maltratado en el trayecto. Después, prendió el ventilador, sacó el resto de los productos de las bolsas y se dedicó a acomodarlos sin mayor apuro en sus lugares. Fue al dormitorio, se quitó la ropa transpirada y se puso a ordenar el dinero. Dio un par de vueltas por la casa sin hacer nada en particular, y quiso seguir desviando su atención hacia otros asuntos pero comprobó que era imposible: ya no aguantaba más. Volvió a la cocina, abrió la heladera y sacó la botella. Estaba realmente helada. La apoyó en la mesa y la destapó con cuidado para evitar que la presión del gas generara un enchastre inoportuno. Respiró hondo y se llevó la botella a los labios. La fue empinando de a poco, hasta que sintió el dulzor anaranjado cosquilléandole en la boca. Y cuando el líquido empezó a circular por su garganta, el pasado se le vino encima como una ola mansa y refrescante: un atardecer soleado y caluroso, el puesto de bebidas en la playa, su papá alcanzándole la botellita de vidrio, él bebiendo su naranja con una pajita, una vaga sensación de alegría perfumando la escena. Alargó el trago lo más que pudo, como hacía siempre que tenía mucha sed. Lo alargó hasta que sintió que empezaba a ahogarse. Entonces, bajó bruscamente la botella y tomó aire, como quien regresa a la superficie después de haberse sumergido bajo el agua más de lo conveniente. Algo agitado, contempló el envase con gratitud y sonrio satisfecho. "Sigue tan rica como siempre, la Mirinda", dijo en voz alta, y se apresuró a guardar la botella de nuevo en la heladera.

Alfredo Di Bernardo
alfdibernardo@ciudad.com.ar

Un texto de Eduardo Lucio Molina y Vedia

La jauría


–¡Anacleto! ¡Anacleto!– azuzaba la pandilla de niños perversos al barrendero del Mercado Viejo.
–¡Qué miieeerda quieren...!– aullaba el anciano de voz aguardentosa, dándose vuelta hacia nosotros, tras detener su estéril esfuerzo por separar la grasa pegada al piso de baldosas acanaladas. Era una capa viscosa de sebo que formaba ya parte del suelo y, ablandada por los chorros de la enorme manguera, volvía resbaladizas sus botas de goma.
–¡Qué miieeerda quieren...!– repetía, alargando la sílaba tónica hasta darle especial dramatismo y expresión a la escena. El grito sonaba a insulto pero ocultaba un soterrado matiz implorante.
Éramos chicos y en grupo nos volvíamos oscuramente crueles. Tanto que nos bastaba gritarle su nombre y señalarlo para sumirlo en la burla y la humillación.
Llevaba sobre su cuerpo, aún fornido, la sucia ropa andrajosa que en aquella época marcaba su oficio y lo trabajaba por dentro una sombría desgracia, una desesperación sin nombre que no le daba resuello.
Yo iba con el grupo de “los reos de la placita” como los llamaba mi madre, en un tono que quería ser cariñoso, sin saber que algunos terminarían pronto baleados o en la cárcel por delitos menores.
Era el hijo del arquitecto del barrio, con chapa en la puerta y jardín.



Eduardo Lucio Molina y Vedia
eduluc_2000@yahoo.com.mx

domingo, 4 de marzo de 2007

Viviana Pelle: Un sueño y dos poemas

Un sueño

Me parece como que en realidad todo fue un sueño. Un bello sueño en el que me enamoraba de un hombre, como que si en realidad yo misma lo hubiese creado, su imagen, su mirada, sus manos, su voz. En un sueño a veces vemos personas que nunca en la vida hemos visto por eso creo que yo soy su inventora. Creo que fue un sueño tenerlo entre mis brazos, en mi boca; sus caricias suaves en mi piel. También fue un sueño que él tocara la guitarra y haberlo oído cantar en voz muy alta pero tan dulce como esa miel de abril labrada por abejas trasnochadas que se inclinan sobre el tronco de un árbol, aquél capaz de dar mucha sombra para que sea más fácil seguir soñando. Verlo feliz y que riera fue un sueño pero también aquella vez en que nos levantamos la voz y fuimos cayendo en un sueño mas pesado cuando tuve que dirigir palabras terribles en su contra y pesadilla fue cuando al hablarle le dije que se fuera tan, tan lejos de mi que el sueño tuvo que terminar mal porque él me dijo que no me amaba y ya me lo venía diciendo desde siempre de diferentes maneras; por eso mis furias y mi no entender, mi no entender que yo estaba adentro de un sueño. Y ahora entiendo, entiendo que no puedo volver a él. Que no puedo regresarlo simplemente porque todo fue un sueño. La realidad dice que no es posible poder volver a un sueño y cambiar una historia. Alguna vez ése hombre me dijo que tenía facilidad para despertarse de un sueño y regresar a él y ahora me doy cuenta de la razón por la cual nunca me enseñó a hacer eso. Si alguna vez me hubiese dicho que me amaba ni siquiera me acordaría de su sabio juego, ni tendría intención alguna de aprender esas raras técnicas que solo son reales en los personajes que pertenecen a un sueño.
La realidad dice que tengo que despertar de él, de ese sueño, y darme cuenta que él es un imposible, que no existe, que no es real y que todo fue un bello, dulce y final triste sueño.
(9/06/05)




Yo estaba el otro día en el hockey club
y pude ver muchos pájaros cantando
y otros que caían
Había nubes que oscurecían la noche
La luna lloraba estrellas
La hierba ya no era hierba ni era verde
y ví ángeles morir muy cerca del horizonte
adonde ya no quedaban alas para emprender un vuelo inolvidable
Otro día pude ver hombres ciegos,
de sus ojos caían muertos rayos sin color
nada decían y ya no suspiraban al oír cantar a las aves
de la madrugada del día de la noche
en que dejaron de ver todos los soles.






No me importa, yo lo sé
Como si él hubiese sentido por mí
un amor platónico como el de un niño
En el lecho se comportaba como un hombre
¿era un hombre o era un niño?
No lo sé, yo lo amaba
como una niña platónica a un niño platónico
En el lecho éramos una mujer y un hombre
Discordancia? vacíos?
Qué es todo?
Qué es el amor?
Qué es que lo que transforma al amor en algo real?
Cuál es el verdadero amor?
No me importa, yo lo sé,
yo lo amaba.
(18/02/07)



Viviana Pelle
rossopelle@ciudad.com.ar
http://vivipel.blog.terra.com.ar/

Mónica Russomanno: 2 ensayetes

TIEMPO DE MI

Hoy amaneció con lluvia, uno de esos días que los malos escritores describimos como grises. Pero es cierto que la lluvia calma y los cielos sin luces ni celestes reducen los gestos y aplacan los entusiasmos. Se agrisa, se enceniza, se cuela un género de monja de clausura en los ánimos, digamos en el ánima, por qué no, por qué temerle a la palabra ánima si no es fantasma tembloroso en el armario, si es la propia ánima, animalito asustado, recogido en un rincón húmedo de las propias clausuras y profundidades.
Afuera llueve y se desdibuja el mundo. Arrastra la lluvia los sonidos, llueve notoriamente hacia los suelos, se mojan las plumas de los pájaros y no hay redención para las canciones que quedan en el fondo de la garganta. Si, llueve sin viento, sin emoción, llueve sin ganas.
Decimos que hace un tiempo horrible; tiempo como eso que sucede afuera, el clima aquí en la ciudad o en el campo, esa cosa determinada por la estación, los vientos, las rotaciones de los astros. No el tiempo en horas y minutos sino el tiempo de sol o lluvia, un efímero tiempo de mirar por la ventana y decir “hace un tiempo horrible”. El tiempo de nuestro pequeño espacio alrededor. Tiempo de manga corta o pantalones largos, de lana o algodón. Un tiempo de temperatura y humedad, el que anuncian por la radio y que constatamos al través de los vidrios empañados.Alguno tendrá la coraza que provee un estado de dicha. No me ocurre hoy. Coincide punto por punto el tiempo de allá afuera con el que se me ha instalado por adentro. Me miro en el espejo, me digo “mañana saldrá el sol” y no lo creo.
Lo sabe el hornero que ya revuelve el palito en el barro para reparar su casa, la torcaza que busca ramitas para su nido endeble. Lo sabe la perra que se lame morosamente una pata. Lo sabe la mendiga de turbante, que ha dejado su bolsa bajo un alero, y pacientemente deja que el tiempo transcurra sobre ella. Los niños lo saben, haciendo planes para ir a pescar cuando escampe, para jugar a la pelota, para recuperar la vereda.Parece que sólo dudo yo de que mañana el cielo vaya a azularse gozosamente. Será que el tiempo de afuera es tiempo de mi. Ya va a pasar. Por hoy, me fundo en esta escala de grises, el tiempo gris me pertenece. Me digo gravemente “mañana saldrá el sol”. Hoy no, hoy me llueve.



ECLIPSE OCULTO

El eclipse sucedió allá lejos, muy lejos, tan arriba en esa luna familiar y extraña, la luna siempre la misma, presente en las noches que no vemos y en las que vimos.Se ha obscurecido la luna, se ha puesto roja, ha revelado su superficie convexa de esfera celeste. Allá detrás de las nubes, para otros ojos, para quien no se halle debajo de las nubes nocturnas que se empeñan en ser garúa para regalar un entramado sutil en los faroles.
Desde aquí y tras las ventanas hemos visto oscuridad y agua, hemos visto la textura móvil de las gotas minúsculas, y hemos apenas presentido que la tierra negó la luz del sol a nuestra siempre luna. Eclipse sin ojos, eclipse ciego.Sabemos con las yemas de los dedos, con los vellos sensibles del borde del espíritu, con un leve temblor de la piel sabemos que esta noche y para nadie la luna se vistió de largo, se puso pendientes, se engalanó y bailó con gasa transparente. Hoy la luna puso fanal a la bombilla, se soltó la cabellera, se recostó en los cielos y extendió rubor en las mejillas.Impúdica luna la luna a media luz. Luna de otoño, luna desvelada.
Horadan mis ansias esta lluvia y estas nubes. Detrás ha ocurrido el eclipse, y ya ha acabado. No lo vimos. Pienso que no veré muchos más. Recuerdo otros.Inclina a la meditación un hecho único y precioso. Nos deja a solas con los pasados en sepia y los mañanas de incertidumbre.
Siento la precariedad de mi silueta contra el negro de la noche. Ruego que me vea el hombre cuando ponga fanal a mi bombilla, cuando baile a media luz, cuando deje caer los velos.

Que no ciegue la lluvia a mi amor. Que no me oculten de él ni estas nubes ni otras aguas.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com