lunes, 22 de marzo de 2010

Un Poema de Gioconda Belli por el Día de la Mujer



Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres,
¡Qué poco es un solo día, hermanas,
qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!
De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos
-toda la atropellada ruta de nuestras vidas-
deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como a la Princesa Diana que no vio, ni oyó
las floridas avenidas postradas de pena de Londres)
Nosotras queremos ver y oler las flores.
Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras
en vez de machos,
Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris
Y de los que nos vendaron los pies
Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
Y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas
Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir
a riesgo de nuestras vidas
Queremos flores del que se protege del mal pensamiento
obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo
Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas
Y nos encerraron por locas
Flores del que nos pega, del que se emborracha
Del que se bebe irredento el pago de la comida del mes
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos
Flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras
Y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos
donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;
arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,
de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuánto nos corresponde.
El jardín del que nos expulsaron.

Gioconda Belli
(Enviado por Cristina Villanueva)

Rolando Revagliatti: A 100 años de la Declaración del Día Internacional de las(s) Mujer(es)



A 100 años de la declaración del Día Internacional de la(s) Mujer(es)

Adhiero a quienes prefieren referirse al Día Internacional de las Mujeres. Ésta es una selección de diez textos que concebí a partir de filmes (y en un caso, inspirado en el personaje principal de una película protagonizada por Sharon Stone).

Rolando Revagliatti


“Rosa Luxemburg”


Apuntan a ese fuego

de la paciencia


que derriba espartaquista que no excluye


la serenidad


Apuntan a ese fuego


que despierta


desatado a ese fuego que arma


y deriva en las luchas que vendrán


Apuntan a esa Roja

bandera a los tilos apuntan con genocidio

a los herrerillos con lo único que conocen


apuntan a la música


Apuntan


con inflamados militares


A ese jardín de presidio


disparan


a la cabeza


Así se mata


lo que no cesa de nacer.


“ROSA LUXEMBURG” (“ROSA LUXEMBURGO”) de Margarethe Von Trotta.




“Mina Tannenbaum”

Son de un modo los deseos cuando se realizan


y de otro cuando se cristalizan


Son de un modo las cosas que no pasan


cuando no pasan


Cuando pasan


las cosas que no pasanson de otro.


“MINA TANNENBAUM”, filme dirigido por Maurice Dugowson.



“Madame Bovary”


Oírlo


Rodolfo


oírlo


presintiéndome


oírlo vaticinar


que habría de amarlo


Rodolfo


oírlo


antes de besarme


poseyéndome


oírlo


durando en mi cuerpo


Rodolfo


y oírlo en su carta


excluyéndoseme sofocame inflama


oírlo


al clímax


Rodolfo


muriendo en mi espejo.


“MADAME BOVARY”, filme dirigido por Claude Chabrol.




“Eva Perón"


Apuestan fuerte los descamisados


y los militares


Apuestan su fuego la bastarda con su ética peronista


y los oligarcas


El poder de la Abanderada es tan grande


como sus contreras


La vida por la mujer del balcón


Gana por muerte La Muerte en el ’52:


Dios y Perón son contreras.


“EVA PERÓN”, filme dirigido por Juan Carlos Desanzo.




“Miroslava”


Voló a México


la palomita checoslovaca


(en la RKO)


Voló en española México


Con alas checoslovacas


fue que voló


Vuela también regresando


a Checoslovaquia


Vuela mejicana yendo la palomita


a ese Ensayo filmado


por don Luis Buñuel.


“MIROSLAVA”, filme dirigido por Alejandro Pelayo.




"The Lonely Pasion of Judith Hearne"


- Deja ya de hacer eso, Yudy - Sí, tía, en misa


Corazón Sagrado


el hipo


y que Dios la guarde


-Deja ya de hacer eso, Yudy - Sí, tía, me cortejan


Corazón Sagrado


recibo gardenias


del más amoroso


y que Dios la guarde


- Deja ya de hacer eso, Yudy - Sí, pero no del todo, tía


sólo un vasito


Corazón Sagrado


clavo un clavito


y que Dios la guarde


- Deja ya de hacer eso, Yudy- Sí, tía, hasta cierto punto


dejo ya Corazón Sagrado


y un martillito derramando el whisky


y que Dios la guarde


sobre mi alma


- Deja ya de hacer eso, Yudy - Sí, pero había un sexogenitales, tía


Corazón Sagrado


cuelgo el cuadrito


y en mi cuerpo


y que Dios la guarde


- Deja ya de hacer eso, Yudy -Sí, tía, una señal


en mi cuerpo esperaba


Corazón Sagrado


la ginebra


y que Dios la guarde


-Deja ya de hacer eso, Yudy - Sí, dejo, tía


en el atrio mi cuerpo


la esperaba


Corazón Sagrado


otra gardenia


y que Dios la guarde


- Deja ya de hacer eso, Yudy - Sí, tía, dejo ya la tierra


que no arrojé sobre la tumba de mi madre


cómo nola arrojaré sobre su propia tumba


Corazón Sagrado


y que Dios la guarde.


“THE LONELY PASSION OF JUDITH HEARNE” (“LA PASIÓN SOLITARIA DE JUDITH HEARNE”) de Jack Clayton.



Sharon Stone


¿Dará Sharon con un verdadero hombre?


Hace mucho que rueda sin dar con uno verdadero


Nunca abundaron


Nunca abundaron


los de su talla


Y a míya en su Lejano Oeste


unos bandidos


me asesinaron.




"Mrs. Skeffington"


Rozan los pretendientes


también atisban y se ofertan


halagan los pretendientes


también ensalzan y se postran


con flores rozan los pretendientes


y con suspiros


Sentir el sinsentido


prisionera de la ausencia


la pretendida


mirar o sólo contar con dos ojos en la cara


No sabría morir de pasión de amor ni por


[instantes


encorsetada por su matrimonio


afán de propia inmarcesibilidad


Señora Inmarcesible.


“MR. SKEFFINGTON” de Vincent Sherman.



“Mary Reilly”


En la guarida que ella


es de sí misma


aguarda la inoculación


Es ella también de las tinieblas:


sabe a dónde


la llevarán ahora


por última vez


Muerde


roe en el presente


quien fue mordida


atacada en el pasado


el queso ufano


predecible:


ella es con los dos


hombres una mujer


El extenso prepucio de la anguila


arrastra a la fregona


fisgonaal sueño con la anguila.


“MARY REILLY” (“EL SECRETO DE MARY REILLY”) de Sthephen Frears.



“Anna”


Hace unos 444


años que nací


Hace unos 250


años que soy actriz


Hace unos 200


que fui estrella del cine checo


Empecé a tolerar esta copia


arrasadora de mí misma


hace unos instantes


Hace unos 1500años que mi bebé nació en prisión


Hace unos 1499


años que él murió


Suplanto a unas 80


actrices titulares


de mis escarnecidos


personajes.



“ANNA” de Yurek Bogayevicz.



El 8 de Marzo de 2010 se cumplen 100 años del Día Internacional de la Mujer. La propuesta presentada en Copenhague (1910) por Clara Zetkin y Kathy Duncker, fue uno de los inicios para tomar esta fecha, no solo como festejo sino como Día de Reflexión de los Derechos de las Mujeres a nivel mundial.



Rolando Revagliatti


http://www.revagliatti.net


http://rolandorevagliatti.blogspot.com


http://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti

Cristina Villanueva: Punto de lectura



Angélica Gorodischer

Estoy leyendo en la librería en un diván. Casi sin darme cuenta me voy quedando sola. Sé que se acerca el momento del cierre, cuento las hojas que faltan para terminar el cuento de la Gorodisher. No sé si llego y el alma se acelera. Es una hermosa sensación de suspenso, disfrutar antes que den las doce o antes de la muerte, disfrutar el placer clandestino del libro. Ahora se ha dado vuelta todo, se revuelve la narración y el personaje sometido triunfa. La justicia poética llega cuando me avisan que se termina, el tiempo, pago la cuenta, junto los libros y me voy. El poder, las mujeres, los oprimidos, la justicia, el deseo de saber, de saltar los encierros, revivido en esa lectura. Vuelvo al patio de mi infancia cuando, con los ojos brillantes del voyeur, penetraba esa colección, todos los libros iguales vestidos de verde, todos me llevaban lejos de lo permitido, todos me hacían pensar, imaginar, rebelar de la sujeción a tantas fórmulas no compartidas. Como triunfar en la vida ese era el nombre del cuento de Angélica. Ahora lo sé triunfar en la vida es escaparse por una rendija del destino prometido.

Cristina Villanueva
libera@arnet.com.ar

Miriam Cairo: Prometeo XX: Subcultura



EL ALIMENTO SERPENTINO

En fin, más difícil de explicar resultan las manchas de manteca. A veces quisiera vivir tranquila sin inventar cosas. Sigo un tratamiento saludable para ello. Tengo prohibido leer ciertos libros. Hay autores desaconsejables, según los expertos. En vez de libros debo leer los diarios de la mañana: aunque el panorama político también tiene sus confusiones. De todos modos, según los especialistas, la realidad siempre es más conveniente. La realidad es lo que realmente importa. Lo dicen todos los seres reales. Entre las restricciones, además, tengo prohibido beber mi ron rubí, en cambio puedo consumir sin restricciones cualquier licor que se compre en los negocios afines: es una manera de contribuir con el mercado interno. El tratamiento me prohíbe también ciertas preguntas. En fin, hay que mandar más hombres al espacio porque Dios no piensa descender hacia nosotros. ¿Quién puede creer todas las cosas que pasan? Estas y otras disquisiciones de burdel, tampoco me están permitidas. Según mi tratamiento, la lectura empeora las cosas. Pero yo creo que el problema no está en los libros o en los diarios. El problema está en las palabras. La manteca untuosa, proteica, de las palabras. Y aunque en los diarios haya unas pocas palabras, repetidas hasta el hartazgo, el peligro no es menor, porque una palabra llama a la otra. El tratamiento debería prohibirme también la manteca, porque la manteca de las palabras me alimenta serpentinamente. Me unta serpentinamente. Me lubrica serpentinamente. Me humecta, me facilita, me cosmogona serpentinamente.

LA GENTE REAL

Lo mejor es alejarse de las palabras y acercarse a la gente para cerciorarse de los hechos. La gente sabe bien lo que es la realidad. Con sólo preguntarles a ellos es suficiente. Si la gente dice: llueve, llueve. Si dice: hay democracia, hay democracia. Si dice: la manteca se come, la manteca se come. ¿Cómo se come la manteca? En mi casa, ciertas noches, la manteca es juguetona. Hay que tener cuidado. Si sos la única que no come la manteca con la boca, el tratamiento te está curando poco. Es necesario relacionarse con la gente. Mi mundo sin gente es muy ilimitado. El tratamiento indica que si invento una palabra más estoy lista. Pero llevo tiempo practicando. No se trata de las palabras sino del asombro. De la noche. De las torres gemelas. De los billetes sucios. De las pequeñas estatuas de terror. Los seres reales tienen las cosas bien claras. Hay que aprender de ellos. La gente pasa por la vereda caminando. Qué suerte tienen. Si ellos dicen: mañana es siete de marzo, mañana es siete de marzo. En fin, frente a mi casa hay otra casa. Y hacia los costados, hay otras casas. Hacia arriba está el cielo y por debajo el asfalto. Todo está tan ordenado que dan ganas de llorar. Es una especie de enfermedad. Llega un momento en que semejante orden no podría ser más aterrador. Los diarios no informan al respecto, aunque creo que de vez en cuando los seres reales sienten lo mismo. Pero no es saludable sentirlo muy a menudo. Yo lo siento muy a menudo, por eso estoy en tratamiento.

LOS LIBROS MALDIPOSTAS

Soy Susan Sarandon. Enemiga número uno de mi propio imperio.
Yo fui la primera que escribió en contra de Obama. No le tuve fe desde el principio.
Ah, qué joda
El hermano de Prometeo es Epimeteo. Uno adelante, otro atrás. San Expedito en medio de las cosas urgentes. Susan Sarandom ¿es más real que María Kodama? Se me siguen confundiendo las cosas. Parte de mi curación es matar palabras. Para ello me recetaron el uso sistemático del diccionario. Cuando me empieza a merodear una palabra tengo que ir inmediatamente a su sepulcro. Si no está allí, efectivamente esa palabra es un fantasma, o un polisón, o un prófugo, o una invención. Debo deshacerme de ella. No creer en ella. No nombrar con ella. No divulgarla, porque para curarme es necesario no caer en la invención de palabras. Más aún, el tratamiento es muy estricto y los expertos creen que yo cometo un error mayor que el neologismo, por eso me exigen que no le dé rumbos nuevos a las palabras que ya tienen su destino: la pajarera es una jaula de pájaros. Queda prohibida toda analogía con el cofre inguinal. El crepúsculo puede ser del amanecer o del atardecer pero nunca una parte del cuerpo humano. Y así sucesivamente. Las palabras reales nombran mundos reales. La gente real hace real al mundo. Si me esmero, dicen los expertos, yo también podré tener un lugar entre ellos. Los seres reales son muy importantes y seguros de sí mismos. Yo trato de convencerme de que tienen motivos. Aunque a veces me conmueven sus ideas pasteurizadas, sus caderas débiles, sus caricias paspadas, sus modales de iceberg. Además, para ser real, me aconsejan leer sus libros, usar sus deliverys, ver con sus miradas. Entonces, decaigo. Creo que no lo podré hacer, que me faltan agallas, porque ellos palmean a Caparrós, reverencian a Aguinis, coquetean con Andahasi, pero maldiposta: yo no puedo separarme de mi Cheever.

LOS BIENES GANANCIALES

Cuando invento palabras, me pasan cosas extraordinarias. Sobre todo, cuando invento las que ya están inventadas. No lo revierto. Sólo la manteca de las palabras, salpicadas con el ron rubí puede hablar de la fortaleza de los débiles. Pero la gente real lee palabras reales sobre el águila que desperdicia su amor en una cucaracha. Sin embargo, no todas son asociaciones descabelladas en mi vida. Yo también tengo muchas cosas reales: nunca me acosté con una prostituta, por ejemplo. Sin importar lo bueno que hubiera sido. Posiblemente, debido a mi fama heterosexual. Hazte fama y échate. Quién sabe. Pero hay formas muy bonitas de inventar la noche en que una cucaracha hace el amor con el águila sin desperdicios. Está comprobado que una adicción sólo puede ser remediada por otra adicción. Según el tratamiento es más sano inventar la noche que inventar palabras. Yo me esmero. Sigo el tratamiento de mi rehabilitación a rajatabla pero los seres reales a veces parecen un malentendido. Son seriecitos. Trabajadores, cuando hay que trabajar. Veraneantes, cuando hay que veranear. Amantes, cuando hay que amar. Pero si para ser real hay que andar por el mundo con semejante cara, titubeo. Cuando digo estas cosas, los expertos en el tratamiento me hacen ver que el problema no es la cara de los seres reales, sino las palabras. Dicen que mi proceso de invención es indebido. Como la fabricación de ciertas sustancias (el ron rubí, la manteca palabra). Para reforzar el proceso de mi cura, me han dado la opción de guardarme las palabras prohibidas en una jaula, para consumo propio, bajo el argumento de que, por ellas nadie daría un peso, en cambio por las palabras reales podría recibir un diez por ciento de derecho de autor. Esto comprueba la teoría de que todo ser real tiene su precio, pero, el diez por ciento ¿no será mucho?

Miriam Cairo
cairo367@hotmail.com
Fuente: Contratapa Rosario12, 6/3/2010
http://www.pagina12.com.ar/

Miryam Arcerito: La reja de la Señora Nidia



Venían avanzando por el barrio. Fue entonces que decidió enrejarse. Primero los Peralta, un mes después le tocó a la familia Rodríguez.

-Es una ruleta rusa –les había comentado Nidia con impotencia a los verduleros de la cuadra contigua una semana atrás. Comenzó con las ventanas, siguió con el balcón, y para no quedarse corta con los miedos, apostó fuerte y cerró toda la casa con rejas negras hasta los dos metros. Ni siquiera “el Apache” (como lo llamaba ella), un ovejero alemán criado a fuerza de duros y pelados huesos, con su estirpe de guardián, podía darle la tranquilidad que tanto buscaba.

Sí, puso las rejas aunque hubiese tenido que gastar incluso el último peso ahorrado en la cajita de los viajes. Nidia tenía dos cajas de ahorro: una de madera para los viajes, que guardaba en la alacena de la cocina entre ollas, sartenes y jarros; y la otra, una de tela, que ella misma había forrado y escondía entre sus ropas en un cajón del ropero, esa, era para los pequeños imprevistos. No creía en los Bancos. La última vez que consiguió ahorrar unos pesitos se los “encorralaron”, y luego la devaluación le comió hasta la esperanza. En los abogados tampoco creía: quién le hizo la sucesión de los padres se quedó casi con la mitad de todo; y el que lo defendió en el conflicto laboral a José -su marido y compañero de toda la vida-, le perdió el expediente y luego emigró a España sin decirle ni hasta luego. Justamente por motivos que ahondaban en la realidad, y por aquellos enraizados en el instinto, mejor cuidaba de sus propios intereses sin depender de nadie.

Romelia, la vecina con quien salía a caminar, ya le había pagado un curso de defensa personal a la hija; y el esposo se había convertido, por obra y gracia de la necesidad, en asiduo frecuentador del Tiro Federal. Sabía además por infidencias de Patricia, la hermana del almacenero de la esquina, que don Carlos también se había armado. Poco a poco, ante la inoperancia de quienes decían velar por la seguridad, habían creado los más osados y decididos una comisión de defensa en la Sociedad de Fomento. Entre algunas propuestas que prosperaron estaba una especie de cadena telefónica: y Nidia se encontraba en el quinto lugar de la lista. Quedaron de pegar los números de teléfono de cada uno: en la heladera, como un imán de propaganda y al primer llamado acudir todos los vecinos al auxilio. Así lo hicieron. Tanto por el ímpetu de responder a la palabra empeñada como para preservar lo más importante que tenían: ellos mismos. Durante un largo tiempo funcionó. Se cuidaban las espaldas, estaban atentos, se movilizaban cuando alguno se encontraba solo.

Dos días antes del hecho, un jueves de Julio, Nidia había recibido una encomienda de su nuera que vivía en Esquel: con dulces de la zona, un abrigo de lana tejido a mano por ella, sumando la infaltable grapa para José. Pese a los regalos, íntimamente nunca ella le perdonaría a Nora, su nuera, que se llevase a su único hijo tan lejos y que sus únicos nietos (Damián y Paula) ha quienes veía cada tres o cuatro años, crecieran casi sin reconocer a sus abuelos. En la cartita que incluía el envío, comentaban que quizás la próxima Navidad la pasasen juntos, estaban pensando en visitarlos para fines de diciembre. Pero Nidia había aprendido con los años a esperar sin desesperar, a entender sin comprender, a creer sin exigir; y más: a amar sin pretender.

Aquella mañana se presentó soleada. Los nubarrones del día anterior se desvanecieron entre las estrellas y una luna llena testimoniaba un día radiante, cálido. El viento gélido propio de la época parecía haber mudado de escena. En su jardín los árboles de siempre aparecían desnudos y sin vida, como esperando ansiosos lo próximos frutos y el verdor que les devuelve para vestirse la primavera: faltaban dos meses y yapa apenas para la época del año más querida por Nidia, aquella sería su primavera número setenta y siete. Salió entonces a caminar con Romelia. Lo hacía todos los miércoles y sábados temprano adelantándose a la fajina cotidiana con el humor del buen andar. Sus años sólo le pesaban en algunas articulaciones que le marcaban el cambio climático, sobre todo cuando el frío de la mano de la humedad se acentuaba. Almorzó con José como todos los mediodías: verduras, frutas y ocasionalmente algo de carne. Se cuidaban, comían sano y hacían los deberes que les indicaba el médico: nada de sal, poco de azúcar y de grasas. Pero José, en vez de pasear hacia ningún sitio, prefería las bochas y el ajedrez con los viejos amigos del club. A la tarde, retomaron sus actividades: novelón o tejido para Nidia; un libro, la radio o el jardín para José. Cenaron una sopa, se permitieron un helado de postre aprovechando el hermoso día, y unos minutos más tarde bebieron un tecito de tilo: como lo hacían cada noche pretendiendo un buen dormir.

-Acordáte viejo de cerrar la puerta del patio, y dejálo afuera al Apache –dijo Nidia gritando desde su cuarto.

Él solía quedarse un rato más mientras bebía la grapa y completaba las palabras cruzadas. Pero no sintió ruidos extraños. Ni siquiera atinó a ladrar el bravo ovejero -nadie se explica por qué. Tal vez José olvidó otra vez cerrar la puerta pese a los pedidos de su querida compañera. La conjeturas entre los vecinos y curiosos fueron demasiadas después de acontecido el hecho. Que entraron por el patio; quizás por la ventana del baño; que eran conocidos o desconocidos, acaso el pintor o el albañil que les hizo aquél arreglito; o los muchachos de la otra cuadra con pinta de sospechosos; que no funcionó la cadena telefónica… etcétera. En fin, ¡se dijeron tantas cosas!

Ella intuyó algo extraño. Apenas intentó levantarse ya le habían apuntado con el arma diciéndole que matarían a su esposo sino colaboraba. No lo pensó dos veces. Les entregó sus dos cajas de ahorro celosamente atesoradas: una ya estaba vacía gracias a las rejas, sin embargo quedaba la de los imprevistos para saciar la voracidad extraña. Les pidió que se retirasen sin hacerles daño y con los electrodomésticos que quisieran. Uno de ellos se río. Gritaba, cantaba y reía como loco. Los imaginó drogados como decían en las noticias. Porque no entendía la maldad natural, menos las injusticias; más, aún creía en los premios y castigos y en ser artífice de un destino bien cuidado. Cuando ellos huyeron por una bocina oportuna, que dejó de sonar cuando se perdían sus huidizas sombras, encontró a José tendido sobre la mesa como quien se entrega al descanso con el simple desenfado del cansancio. Y, de no ser por el hilo de sangre que recorría sus sienes, nada le hubiera hecho pensar en algo grave.

Nidia lloró con el dolor profundo y agónico del amor mutilado. Se quedó quieta, quebrada de dolor, a su lado, compartiendo un interminable silencio. Lo abrazó. Apoyó la cabeza sobre su brazo inerte extendido en la mesa. Mientras, aturdida en el propio desamparo escuchaba como si viniese de otros mundos el festejo de sueños ajenos, pues la televisión estaba prendida y se sucedían las noticias como un eco: era otro aniversario de la Independencia; todavía continuaba la euforia por el campeonato mundial de fútbol y el festejo de los tanos; una asociación invitaba a una cena de agasajo; y un nuevo desfile de modas se promocionaba para el próximo sábado. ¡El mundo seguía girando tan ajeno a su dolor! Y ella quedó ahí, atrapada junto al mejor sueño que había vivido. A su apache mutilado, a su José dormido, a sus cajas de ahorro pisoteadas, a su vida.

La encontraron los vecinos la tarde siguiente: inexplicablemente tiesa. Sin rastros de herida física y con sus labios sellados sobre las manos de su amor.

Afuera, la tarde bordeaba la noche, los vecinos rumoraban en las esquinas, y las enormes rejas recién pintadas brillaban con el último haz de luz del generoso febo.

Miryam Arcerito

Alfredo Di Bernardo: Teoría de los pararrayos



La siguiente no es una hipótesis con pretensiones científicas. Tampoco una especulación meramente literaria. Se trata de un intento acaso descabellado de ordenar en palabras una impresión que me sobreviene de vez en cuando, sólo para buscarle mediante la escritura un sentido posible, una significación -tal vez ilusoria- que la vuelva razonable.
Para plantear la cuestión debo partir de una premisa inquietante pero irrefutable: vivimos acechados constante y sigilosamente por la tragedia. Si se me permite y perdona una metáfora tan elemental, podría decirse que la vida consiste en atravesar un bosque recorriendo un sendero en cuyos márgenes, oculta entre el follaje, mora una criatura impredecible que, a cada rato, puede irrumpir en nuestro camino y arrastrarnos sin previo aviso al territorio del dolor y el espanto. Un ser que no es maligno ni deliberadamente cruel sino tan sólo irreflexivo y ciego, lo cual lo torna sin dudas mucho más temible. Sabemos de su existencia, sí, pero en cierta forma nos comportamos como si no lo supiéramos. Y es entendible que así ocurra: quizás esa negación sea el único medio con que contamos para no quedar paralizados por el miedo en mitad de la travesia. Sabemos también que estamos expuestos a ese peligro en forma inevitable, pero ese saber no suele ocupar nuestros pensamientos cotidianos. Es un saber que opera como un trasfondo imperceptible de nuestros actos, algo que permanece latente, quizás aun más latente que la certeza de nuestra propia finitud. El costado terrible de la vida, la dimensión horrorosa que ésta puede adquirir en cualquier momento, son confinados al rincón más recóndito de nuestra conciencia. Sabemos que la criatura anda suelta pero si no pensamos en ella es como si no existiera. Y si no existe, estamos a salvo.
El recurso es válido y funciona con suma eficacia. Pero un buen día llegan hasta nosotros aciagas noticias y las defensas erigidas manifiestan de golpe toda su endeblez. Un tío sufre un infarto, al hijito del vecino le diagnostican una enfermedad terminal, un amigo tiene un grave accidente con el auto. un compañero de trabajo o de juerga se muere. Primero es la incredulidad, el cómo puede ser si estuve con él la semana pasada; después la consternación, esa presencia opresiva en el pecho que recorta de nuestro vocabulario toda palabra que no esté manoseada por los lugares comunes. Y entonces, experimentamos un fenómeno cargado de ambivalencia. Por un lado, la certeza de que esta vez la bomba estalló muy cerca, más de lo habitual, la atemorizante comprobación de que en la lotería metafísica que rifa desgracias teníamos un número demasiado parecido al que salió sorteado provoca en nosotros -los que seguimos sanos, los que seguimos vivos- el retorno brutal de lo que había sido relegado, la reaparición de nuestro desamparo esencial ante la fragilidad de la condición humana. Y simultáneamente, está el alivio algo culposo de saber que el espanto nos ha rozado sin lastimarnos, la comprobación egoísta y tremenda de que al dolor se lo llevan otros a quienes, por unos días, unos meses o tal vez para siempre, la vida se les pondrá patas para arriba mientras que nosotros continuaremos atravesando el bosque por el sendero como hasta ayer, con normalidad, con la misma aburrida y maravillosa normalidad de todos los días.
Es en momentos así cuando me sobreviene esa impresión de la que hablaba al principio. La proximidad de ese sismo existencial que sacude la rutina de los otros me conmociona, y no puedo dejar de sentir que esa persona que acaba de ser agredida por la muerte o la enfermedad ha actuado como un pararrayos, atrayendo hacia sí una energía destructiva que andaba circulando en el ambiente y que bien podríamos haber sufrido aquellos que, de un modo u otro, tenemos una conexión con la víctima providencial. Siento que de alguna incomprensible manera, sin ninguna intención, sin vocación de sacrificio, sin la menor predisposición natural al heroísmo, esa persona nos ha salvado. Somos afortunados; nos ha sido concedida una prórroga durante la cual no moriremos, no nos sucederán cosas terribles. Como si hubiera un sistema de cupos para la tragedia, distribuidos vaya a saber con qué antojadizo criterio, y esa desgracia cercana pero ajena hiciera disminuir de manera considerable las probabilidades matemáticas de que, al menos por cierto tiempo, la criatura la emprenda con nosotros.
Es muy posible que estas sean divagaciones sin fundamento, más próximas al pensamiento mágico que al reino de las verdades objetivas. Imposible conocer cómo funcionan realmente estos asuntos. Quizás termine de atravesar el bosque y me muera sin saberlo. O quizás lo comprenda todo, de una vez y para siempre, el día en que me toque a mí ser el pararrayos de otra gente, el garante inconsulto de su salud o su supervivencia.

Alfredo Di Bernardo
Crónicas del Hombre Alto (n°59)
http://cronicasdelhombrealto.blogspot.com/

Ana Silvia Mazía: Cuatro Poemas Breves



Risas

Risas como flores

como trombas

como alas

como tambores

Risas de ja

de je

y de ji.

De soltar todo

De tembromé

De mejodí.

Risas de alzar en el aire

de volar

de correr.

Risas como lágrimas

como coles

como ríos

como soles.

Risas de fuego

de nieve

de agua

de arena.

Risas de porquesí

de puro vivir.





Fotos


Fijan tiempo edad

acarician suavemente

abrazan

me cuentan de dónde vengo...

¡pero no saben decirme a dónde voy!



No tengo más

No tengo más

que

esta

gozosa conciencia

de mí.

¡Y es mucho!





Fin


De golpe

la casa queda

vacía

blanca

luminosa

La luz inunda

TODO

Ahora, un fragor

Se apaga la luz

FIN.


Ana Silvia Mazía
http://www.diariodeunadiariera.blogspot.com/
http://www.radioyentesdelmolino.blogspot.com/