domingo, 21 de febrero de 2010

Libros: Río vertebral, de Juan Armando Rojas



Por Daniel Montoly

Río vertebral/Vertebral River (Pecan Grove Press, 2009) la re-edición bilingüe de Río vertebral del poeta Juan Armando Rojas (Ciudad Juárez 1969, México) nos arrastra con ella a la deriva serpentina y, con la embriagante seducción del lenguaje, nos adentra en esa gruta al descubierto, a ese micro-mundo cósmico de la frontera México/Estados Unidos. Sin lugar a dudas la historia actual de México se gesta en esa franja fronteriza. En este libro la frontera no es meramente una barrera divisoria entre dos cosmovisiones del mundo que en diversos sentidos se contraponen; en el lingüístico, cultural, religioso, social etc. En esa parte de nuestra América la definición de “historia” suele ser más violenta y real que en ninguna otra parte del planeta, porque no pretende formularse un documento para la posteridad, no, en su definición viven e interactúan diariamente miles de seres humanos.


Río Vertebral de Rojas Joo plasma en versos un mural lingüístico, heterogéneo en su composición, pero homogéneo en su significado social y en la dimensión de lo humano. Observemos como ejemplo el poema titulado “El Puente”, donde el poeta canta para la historia lo que la misma se censura o no se atreve a revelar; la relación compleja entre ambos extremos; el Norte rico y el Sur emergente que se abre paso entre los grandes desafíos de la modernidad. En este poemario encontramos la configuración de un paisaje subjetivo sustentado en la reflexión que a los ojos foráneos podría parecer inhóspito, crudo y árido. Sin embargo, en esa belleza contraproducente -a juicio de algunos- está intrínseco un lenguaje de símbolos, donde cada elemento trasciende la dimensión que lo sostiene como forma. Y una vez se transforma en sustancia, el ser transfronterizo lo decodifica en su existencia para poder asumirse como parte íntegra de la misma y lograr el objetivo: producir un diálogo y exploración de ese espacio donde se produce la subalternidad y los sujetos se desarrollan en la hibridez y diversidad de los discursos, según propone José David Saldívar en su Border Matters. Esto fenómeno incluso sucede cada día cuando miran el sol, aspiran el aire peculiar de esa zona u observan el paisaje que testimonia el enfrentamiento de dos mundos diametralmente opuestos, que no por ello dejan de estar interconectados entre sí a través del flujo migratorio, comercial, cultural e informativo.


En el poema “El puente” el poeta traza o describe un bosquejo en tiempo real de una escena trágica que acerca al lector a la realidad sociopolítica que estremece los cimientos fundacionales de la nación mexicana como muchos años antes logró el famoso muralista mexicano, Diego Rivera, en su conocido mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.” De modo similar Juan Armando Rojas Joo numéricamente va describiendo los elementos que componen la escena para mostrarnos una totalidad que sociológicamente muestra la alienación de la sociedad transfronteriza, sumida en la disparidad de valores. Por un lado están los valores propios de la sociedad mexicana, como la religiosidad católica, el espíritu colectivo, la solidaridad, las ricas tradiciones aportadas por los pueblos originarios, la fuerte presencia del nacionalismo, entre otros. A ello se contraponen los valores de la sociedad norteamericana, como el énfasis en la individualidad, la búsqueda desenfrenada de la riqueza a toda costa, la desintegración de la familia, la pérdida de la Fe teológica para dar paso a una cristiandad de carácter sociológico y, por último, el rechazo radical a cualquier influencia de la cultura o visión de los pueblos indígenas. En estos versos del poema “El puente” podemos ver cómo el poeta pone de manifiesto esta realidad cuando escribe:


Un río

dos países

dos culturas


Con el arribo de la globalización económica y la implementación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte; México se transformó en una especie de sótano industrial, en el cual las grandes corporaciones norteamericanas trasladaron su producción para sacar provecho de la mano de obra barata, libertad arancelaria como también de la apertura del mercado a través de las privatizaciones de parte de las empresas estatales. Lo que aceleró el empobrecimiento de amplios sectores del campesinado y el florecimiento de una violenta subcultura basada en el narcotráfico. Los versos que transcribo más abajo corroboran la presencia de este fenómeno criminal a lo largo de la frontera, incentivado por la demanda de estupefacientes en los Estados Unidos.


Cuatro por cuatro, por cuatro por cuatro

se multiplican/ las maquilas


Tres toneladas de coca confiscadas en el puente.


Dos cholos riñen por una virgen.

Uno muere.


Rio Vertebral es un poemario articulado en treinta y tres composiciones que nos brindan la voz de un poeta que alcanza la madurez de ciudadano poeta transfronterizo, como puntualizara en el prólogo del libro el crítico peruano, Julio Ortega. La poesía de Juan Armando Rojas trasciende el contexto de los lindes acostumbrados o de los encasillados fáciles, ya que su poesía apela a la universalidad del símbolo, porque, poéticamente, el desierto o la frontera no son marcos específicos en un punto determinado, sino códices que nos inducen a la meditación del hecho poético. De ahí que estamos frente a una obra cuyo mensaje es inherente a cualquier ser humano sin importar su ubicación geográfica. Esta obra ubica a Rojas entre los destacados poetas latinoamericanos del Siglo XXI, por la audacia y coraje de su discurso, la plasticidad de las imágenes, el fundamento humanista presente en sus versos, aún más, por demostrar que la poesía es la síntesis reflexiva de la aprehensión del mundo real. En otra parte del libro nos dice el poeta:


Confieso haber llegado a este santuario

A hurtar la lluvia

A disecar la noche


El poeta en su voz admite la responsabilidad del hurto que hace en el orden que guardan las cosas en ese santuario para hacer de ellas una realidad sustantiva, trascendente a la naturaleza objetiva. Toda poesía termina siendo un hurto reciclado por el filtro de la impresión, ese que el entorno proyecta en el sujeto que la testimonia. Pero la belleza sutil está en ese reconocimiento mismo que el poeta hace del hecho sacro representado por el paisaje. Él no pretende profanar el santuario, aunque termina siendo transformado por él a partir de la observación como si fuese un fenómeno cuántico.


¡Yo sé dónde se esconde este diluvio!


En este verso el poeta se nos revela como aquel que después de “saquear la realidad” se asume en ella como ente capaz de develar su naturaleza cósmica, revelando así el secreto orden del fenómeno aprehensivo, ahora transmutado en sustancia iluminadora. No es casual que haya escogido la palabra “diluvio” en medio de un desierto donde el agua no sólo representa la vida y el desafío, sino también un paradigma que, a pesar del espíritu de destrucción que simultáneamente conlleva, produce el génesis de la existencia, es decir, el elemento destructor de la materia conlleva al principio creador.


Un escenario azul se extiende por la arena.


Vemos aquí la belleza cromática y simbólica del lenguaje poético del poeta transfronterizo Juan Armando Rojas transformando al desierto en un espejo que refleja el misterio de lo desconocido, belleza que invita al lector a emprender con él ese viaje al centro del desierto, al que generalmente se teme y se asumen como un ente hostil e impredecible:


Sobre las manos tersas de la arena

Crece el árbol del monzón.


Nuevamente el poeta nos sumerge en el lenguaje visual del símbolo que trasluce la resistencia de la naturaleza ante la mirada hostil que de ella hace quien la desconfía y al que terminará salvando por su carácter redentor. Estos dos versos me remitieron a hacer un paralelismo subjetivo con una litografía del artista belga, Jean Michel Folón, donde figura la imagen de un árbol que descansa en un fondo colorista y en cuyas ramas sobresalen cientos de ojos. Río Vertebral articula dos elementos vitales para la existencia del ser humano; el río que representa el signo vital del agua, así como las vértebras, elementos que hacen alusión a la parte neuro-ósea en torno a la cual giran las funciones esenciales del cuerpo humano. Esta excelente obra poética publicada por Pecan Grove Press, San Antonio, Texas, en edición bilingüe y con una cuidadosa y esmerada traducción al inglés hecha por la poeta y crítica literaria, Jennifer Rathbun, remiten al poeta como a la traductora a las categorías de pioneros de una poesía fundamental para comprender lo complejo factores que componen el micro y macro universo, esa frontera entre Estados Unidos y México. Río vertebral es una poesía de testimonio. Este testimonio cumple con la certeza de arrebatarle al tiempo su individualidad para sobrevivir a los embates del mismo, lo que indudablemente convierte a este libro en una obra fundamental para acercarnos a la postmodernidad imaginaria, desfiladero en el cual dos mundos colindan bajo una constante ebullición socio-política. La frontera, contrario a lo dicho por Carlos Fuentes, no es “esa cicatriz,” sino la herida que aún permanece latente en los rostros comunes de ambos lados, ya sea divididos o unidos, pero siempre a través de un hecho violento, incluyendo el nacimiento del arte, o a través de “ese invento imaginario del hombre extranjero.” Como hace mucho tiempo dijera un líder Touareg, refiriéndose a la división territorial del desierto del Sahara como fruto de la colonización por parte de las potencias europeas. Los invito a nadar juntos hasta los márgenes de la poesía, de manos de uno de los poetas que sin duda se ha convertido en marco de referencia para la nueva generación de escritores.


Daniel Montoly
Delaware, Ohio a 24 de enero de 2010

Maimará: Territorio libre de analfabetismo



Buenos Aires, 15 feb (PL) La aplicación del programa cubano de alfabetización "Yo, sí puedo" permitió hasta hoy declarar libres de analfabetismo a cuatro municipios argentinos, informó la presidenta de la fundación Un mundo mejor es posible, Claudia Camba.

Maimará, una localidad enclavada en el centro de la Quebrada de Humahuaca, en la noroccidental provincia de Jujuy, acaba de alcanzar esa condición con la graduación de 30 personas de entre 28 y 70 años de edad.

Con esta cifra suman 242 los alfabetizados en Maimará, donde se redujo la tasa de iletrados de 8,89 a 1,32 por ciento, precisó Camba y destacó que, por primera vez, esta labor fue desarrollada por siete gestores sociales comunitarios.

Para mediados de este año esperamos poder declarar también libre de analfabetismo a Huacalera, en la propia zona de la quebrada jujeña, anticipó.

A la ceremonia de graduación, celebrada el viernes último en el salón parroquial de Maimará, asistieron entre otros el embajador de Cuba en Argentina, Aramis Fuente, y la titular de la Fundación Juanita Moro y concejal de San Salvador de Jujuy, Carmen Peña.

Durante su visita a Jujuy, el diplomático cubano se entrevistó con el intendente Raúl Jorge y el presidente del Concejo Deliberante, Juan Carlos Abud, y señaló que el programa de alfabetización "Yo, sí puedo" ha beneficiado a cerca de siete mil 200 jujeños.

Además refirió que unos 200 jóvenes de esa provincia estudian en la Escuela Latinoamericana de Medicina, en La Habana, y precisó que tres ya graduados ahora realizan su especialización en oftalmología, tras lo cual regresarán a Jujuy para ejercer su profesión.

Los otros departamentos proclamados libres de analfabetismo en Argentina como resultado de la aplicación del método cubano fueron Fray Mamerto Esquiú, en Catamarca, y General Lamadrid, en La Rioja, el pasado año, y Tilcara (Jujuy) en 2006.

El novedoso programa se introdujo en esta nación sudamericana a partir del año 2003 y de entonces a la fecha aprendieron a leer y escribir alrededor 18 mil personas en 12 provincias.

Ver video Canal 7: http://www.youtube.com/watch?v=63Tr1_xc8bg

arc/mpm

Fuente: http://www.prensa-latina.cu/index.php?option=com_content&task=view&id=162820&Itemid=1


Homenajes: Eduardo Kimel


Imagen: Arnaldo Pampillon


Un luchador de la libertad


La perseverancia de Kimel en la defensa de la libertad de expresión, quien había sido condenado por calumnias por un juez que no investigó la masacre de los sacerdotes palotinos, derivó en la despenalización de calumnias e injurias en casos de interés público.

A los 57 años falleció el periodista y escritor Eduardo Kimel. Kimel fue el impulsor de la eliminación de los delitos de calumnias e injurias en casos de interés público. A raíz de su investigación sobre el asesinato de tres sacerdotes palotinos y dos seminaristas en 1976 durante la dictadura, que publicó como La masacre de San Patricio, se le inició un juicio y lo condenaron por calumnias a un juez. Su perseverancia detrás de la defensa de la libertad de expresión llevó a que, después de cerca de dos décadas de idas y vueltas judiciales, se revocara el fallo y recientemente se promulgara una ley que despenaliza la figura de calumnias e injurias en casos de interés público.
Tras una vasta carrera periodística, Eduardo Kimel se desempeñó en los últimos años como editor responsable en la agencia alemana DPA. Pero su logro más importante fue consecuencia de su lucha por la libertad de expresión. “Este proceso fue muy largo pero valió la pena. No por una cuestión personal, sino por lo que tiene que ver con la memoria colectiva. En estos años hubo muchos compañeros que me acompañaron”, aseguró Kimel en 2006 cuando presentó su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Al año siguiente, la CIDH falló a su favor y en noviembre del año pasado el Congreso sancionó la ley que despenaliza las calumnias e injurias en casos de interés público. Habían pasado ya largos años desde la publicación de su libro La masacre de San Patricio que le valió una denuncia por calumnias e injurias de parte del juez Guillermo Rivarola y finalizó en 1995 con una sentencia de un año de prisión en suspenso y el pago de veinte mil pesos (la misma cantidad en dólares en tiempos de la convertibilidad).
El libro se publicó en 1989 y contenía una investigación en la que Kimel recogió más de cincuenta testimonios de fuente directa y relataba el asesinato de tres sacerdotes –Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau– y dos seminaristas –Salvador Barbeito y Emilio Barleti– de la orden palotina el 4 de julio de 1976 por una patota militar en plena dictadura. Allí detallaba la investigación de la causa por parte de la justicia que encabezaba el juez Rivarola y que nunca llegó a echar luz sobre los hechos. En su investigación –que más tarde se hizo película también– el periodista se pregunta: “¿Se quería realmente llegar a una pista que condujera a los victimarios?” y asegura que “la actuación de los jueces durante la dictadura fue, en general, condescendiente, cuando no cómplice del régimen dictatorial”. Además Kimel destaca que “en el caso de los palotinos... una serie de elementos decisivos para la elucidación del asesinato no fueron tomados en cuenta” y concluye: “La evidencia de que la orden del crimen había partido de la entraña del poder militar paralizó la pesquisa, llevándola a un punto muerto”.
En 1991 Rivarola inició la causa contra Kimel por calumnias e injurias y en 1995 la Justicia condenó al escritor, pero al año siguiente la Cámara de Apelaciones anuló el fallo y lo absolvió. Sin embargo, fue la Corte Suprema (la de la mayoría automática en tiempos del menemismo) en 1998 quien aceptó un nuevo recurso del juez, revocó el fallo, lo giró a la Cámara y condenaron nuevamente a Kimel. A fines del 2000, el CELS y el Centro de por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil) demandaron al Estado argentino ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por “violar el derecho a expresarse libremente y utilizar ‘los delitos contra el honor’ para criminalizar la labor de la prensa. En 2006 la Comisión decidió presentar el caso ante la CIDH en 2006 luego de que las sugerencias que había realizado al Estado no fueron escuchadas y en 2008 emitió el fallo a favor del periodista.
Luego de una larga enfermedad, Eduardo Kimel falleció el miércoles por la noche y fue enterrado ayer. La secretaría de Derechos Humanos de la Nación difundió un comunicado en el que destacó que “la lucha judicial de Kimel por hacer efectivo el derecho a la información fue decisiva para que durante el año 2009 se convirtiera en ley la eliminación de los delitos de calumnias e injurias, en casos de interés público”.

Permalink:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-140134-2010-02-12.html




Cuando un amigo se va... Eduardo Kimel: un hombre de ley

En memoria de la muerte del periodista argentino Eduardo Kimel, hombre clave en la lucha por la libertad de prensa en Argentina y América Latina.

Por Omar Mouzakis

Un poco de historia

En 1989, Eduardo Kimel publicó el libro La masacre de San Patricio, en el que se investigaba el asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos por parte de esbirros de la última dictadura, hecho ocurrido el 4 de julio de 1976 y perpetrado en la iglesia sede de esa congregación, cita en el barrio de Belgrano.

La rigurosa investigación de Kimel ponía en tela de juicio la actuación de las autoridades encargadas del proceso judicial, y personalmente la del juez Guillermo Rivarola. En 1995, el sinvergüenza del juez, que no había encontrado a nadie culpable por la masacre, en cambió demandó a Kimel por calumnias e injurias.

Kimel apeló y gano, pero la Corte Suprema adicta al menenismo desestimó la apelación y ratificó el fallo del juez, que consistía en una condena de un año de prisión en suspenso y al pago de una indemnización de 20.000 dólares, por parte del periodista.

Kimel siguió empecinadamente adelante y presentó su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que tras 17 años de proceso falló a su favor:

Dijo entonces, Eduardo:

"Este proceso fue muy largo pero valió la pena. No por una cuestión personal, sino por lo que tiene que ver con la memoria colectiva. En estos años hubo muchos compañeros que me acompañaron, pero quiero recordar especialmente a mi esposa, Griselda Kleiner, ya fallecida. Ella estuvo al lado mío, jamás me abandonó. Era una luchadora social, cordobesa, protagonista del “Cordobazo”.

De nuevo, ahora

No sé, la sensación es extraña, Eduardo. Tener que escribir una nota sobre vos hablándote en tiempo pasado. Me niego. Reconocer que estés muerto más que duro, es para mí un ejercicio casi grotesco, un algo que no tiene lógica ni explicación. Porque es un absurdo pensarte muerto. Y encima así, de repente, dejándonos a todos con tres cuartos de narices.

¿No será otra de tus humoradas, esta? ¿Una muestra más de ese, tu sarcasmo, que sabías disparar como dardos que dejaban estupefacto a tu interlocutor?

Y encima yo escribiendo una nota sobre vos, en la que quiero dejar constancia de lo mucho que te quiero y de lo mucho que te admiro como persona, como amigo, como compañero, como hermano de la vida, como hombre íntegramente comprometido con las mejores causas, como pensador de criterio, como talentoso periodista y como maestro de futuros periodistas (ojalá haya aunque sea uno que alcance alguna vez así fuese la altura de una uña de tu estatura de saber y de tu gigantesca integridad ética).

¿Ves? Hablo en tiempo presente.

Y escribo esta nota sobre vos.

La escribo consciente de que esta vez la devolución que tantas veces tuve de tu parte, esta vez no es posible. No tendré la suerte de que la corrijas y la edites antes de ser publicada; preciando la justa medida a cada párrafo, intercalando en su lugar la coma omitida, rasurando el exceso de adjetivación, o de sequedad o desmesura, o elogiando la frase que encontraste adecuada.

De vos no tengo recuerdos, me niego a tenerlos: tengo presencia, tengo ejemplos, tengo tu afecto siempre franco, renovado y explícito. Tengo el eco de tu voz profunda, casi de la de un cantor de sinagoga; la imagen de tu andar desmañado, casi a los tropezones; el sonido estentóreo de tu risa; sigo compartiendo con vos los almuerzos de los sábados, sentados a la “mesa de los periodistas” en el fondín de la calle Junín, casi Santa Fe, que servían como prólogo a tu programa en “La voz de las madres”, en la cual yo también levanto una pequeña tribuna gracias a tu generosidad.

Hablando de Madres, conocí a la tuya, Eduardo. Una altiva y digna dama judía, sabedora también de genocidios, destierros y discriminaciones ¿Sabés que te compara con el soldado Carrasco? Dice que fue necesario el sacrificio del soldado Carrasco para terminar con el servicio militar obligatorio, del mismo modo que fueron necesarios 17 años de padecimientos de tu parte para que la libertad de expresión ganase la batalla de ver eliminadas las sanciones penales por los delitos de calumnias e injurias.

Tiene razón, tu vieja.

A instancias del Poder Ejecutivo, a poco de concluir el 2009, la derogación de las sanciones penales para los delitos de calumnias e injurias se convirtió e ley.

La propia presidenta Cristina la llamó Ley KIMEL. Así será conocida para siempre.

Estabas orgulloso; te llamé, te felicité, hicimos una nota celebratoria en “La voz de las Madres”. Unas noches después brindamos, y los dos y otros amigos levantamos también la copa por Griselda.

Te extrañaré horrores, hermano. La vida te extrañará horrores.
Siempre que me pregunten diré: Eduardo Kimel fue un hombre justo, un hombre sabio, un tipo tierno y afectuoso que a veces encubría su ternura con un gesto huraño. Fue un hombre alegre. Y apasionado. Gran polemista. Sarcástico. Irónico. Jamás necio ni sectario.

Eduardo Kimel, serás siempre mi hermano.

Omar Mouzakis
Escrito por Corresponsales El Paradiario 14
http://www.elparadiario14.cl/admin/render/noticia/19183

Martín Granovsky: El Negro y Tomás



Por Martín Granovsky


Duro oficio definir qué es el oficio. Imposible, casi. ¿Es lo que uno hace habitualmente? ¿Un arte especial que aplica trabajando? ¿La búsqueda de la perfección que surge de la construcción cotidiana? ¿Algo que carece de teoría y se aprende de otros y en la práctica? ¿Un instinto que no es sólo instintivo, porque nace de la experiencia acumulada? ¿Un saber? ¿Un conjunto de habilidades? ¿Un saber hacer?
Algo es seguro: los que ejercen un oficio con honestidad intelectual suelen reconocer a sus pares, y sobre todo a los buenos, con la misma naturalidad de un perro cuando se da cuenta de que otro animal también es un perro. Incluso pasa con los periodistas, y eso que los periodistas somos vanidosos, egocéntricos, cabrones, intrigantes y narcisos. Pero, como en la tribu, cuando se muere un viejo podemos ser indulgentes, tiernos y hasta precisos con la vida del que se murió. La muerte de un viejo periodista hasta produce un milagro: cada miembro del oficio rompe un secreto que nunca juró mantener y cuenta a los mortales unos cuantos detalles sabrosos de la vida en una redacción, uno de los sitios más adictivos del mundo donde, pese a tanta solemnidad reinante hoy, a tanto heroísmo impostado, el que tiene vocación se divierte y aprende, goza y sufre la presión del cierre, el ping pong constante de la ironía, la regular instantaneidad del producto final sobre el que trabajó y la charla entre.
Dos viejos de la tribu se murieron seguido. El sábado se murió José María Pasquini Durán, el Negro. Antes se había muerto Tomás Eloy Martínez. Dos tipos distintos, claro, pero dos tipos del oficio.
Eran muy curiosos. Les gustaba tener siempre el último dato, desde un amor de redacción hasta la peripecia exacta de un político o un escritor.
Eran buenos narradores orales. Disfrutaban contando y mirando la reacción de los demás ante un suspenso cuidadosamente armado, una maldad con el grado exacto de astringencia o una palabra bien puesta, como esos jujeños de la Quebrada que dan la sensación de tener todo el tiempo del mundo para uno. Hablando eran encantadores, palabra que, para no dejarlos como viejitos ingenuos, porque de bobos no tenían nada, se relaciona con encanto y también con encantar.
Eran buenos lectores. Y variados. El Negro, más política que novela. Tomás, más novela que política. Pero los dos política y novela, y cine, y teatro, radio el Negro, que la hizo y bien con sus Historias en estudio a comienzos de la democracia, como Tomás con la tele. Y los dos, todo el tiempo, comentaban las novedades sin arrogancia. Más bien usaban el estilo del curioso que a su vez quiere despertar curiosidad.
Eran escépticos más de forma que de fondo, con cierto cinismo analítico pero sin esos cinismos impresentables en su actitud ante la vida. Al analizar hechos, podían distanciarse como un cirujano. La aparente insensibilidad sólo era un intento de no hacer subjetivos los datos, o al menos de ponerle un límite a la subjetividad, pero ellos, como todos los periodistas, tenían ideas y corazón. Sólo que ambas cosas, ideas y corazón, funcionaban como el motor inicial. Parte del oficio era disimular los engranajes, ocultar los tornillos y dejar que la combustión se notase por el resultado. Parte del oficio es, todavía, eso mismo: arrancar del corazón y de la curiosidad y luego ser riguroso ante los hechos para asociar y narrar con la menor indignación explícita posible y la mayor destreza que se tenga a mano.
Eran tipos que transmitían el oficio. La ventaja es que el periodismo no tiene dogmas, y que los pocos códigos corporativos son tautologías donde está bien lo que yo digo que está bien, es decir, códigos muy poco respetables y por lo tanto prescindibles. Con lo cual, si la transmisión oral es abierta y generosa, está en cada uno absorber lo que quiere y cómo quiere. Al principio el proceso es más adolescente: se aprende, también, por oposición, sea abierta o quede adentro. Luego, como en cualquier proceso de aprendizaje, cada quien alcanza grados mayores de libertad y, a veces, de responsabilidad en su práctica cotidiana. Si uno dejó de ser adolescente, ejercerá contra uno mismo la oposición que antes apuntaba sólo a los viejos de la tribu.
Cuando Página empezó, en 1987, el Negro y Tomás eran muuuuuuuy grandes. Habían pasado los 45. A esa edad, en general, la base del oficio periodístico ya está adentro. Pero por suerte los oficios no tienen límites ni jubilación, y ellos lo ejercieron hasta el final, curiosos y zumbones, serios y con capacidad de relajar. Se agradece.

Martín Granovsky
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/

jueves, 18 de febrero de 2010

Homenajes: José María Pasquini Durán


José María Pasquini Durán
Imagen: Sandra Cartasso

Una voz que se hizo oír

Su carrera abarcó exactamente medio siglo, desde sus comienzos en periódicos sindicales. En el exilio y en el país, como profesor, escritor y columnista, fue siempre un maestro, alguien que ayudó a entender lo que pasaba, con rigor y honestidad. Una despedida a un amigo y un colega indispensable.

Por Carlos Rodríguez

“En casi todos los medios de difusión del país existe censura previa. Un amplio arco de grupos y personas, desde las Madres de Plaza de Mayo hasta Pacho O’Donnell, pueden dar fe de ello. No es de ahora el hábito. Cuando en 1976 se instaló el Proceso en el Estado, los censores militares sólo necesitaron actuar durante dos semanas; en los años subsiguientes la mayoría de las empresas periodísticas le cuidaron la espalda, expulsando del circuito comunicacional a las voces disidentes.” La mejor forma de recordar, y homenajear, a un periodista brillante –y el Negro José María Pasquini Durán lo fue– es dejar que sus textos hablen por él. Y qué mejor, en el caso de Pasquini, que comenzar la nota del adiós con el párrafo que abrió su primera columna de opinión en Página/12, en el número uno del diario, que salió a la calle el martes 26 de mayo de 1987. Ayer, después de una larga enfermedad, el Negro Pasquini falleció, pero sus pasos cansinos y su voz potente todavía resuenan en las viejas redacciones de este diario, en el piso doce de Perú 367, y en la planta baja de Belgrano 673. Y sus enseñanzas nos acompañan a todos los que lo conocimos.
Pasquini Durán había nacido en Salta, en 1939. En 1960 comenzó a trabajar como redactor “free lance” en periódicos sindicales, entre los que se destacó el diario de la CGT de los Argentinos, la organización liderada por Raimundo Ongaro. Entre los periodistas que hicieron esa publicación memorable figuraba Rodolfo Walsh, asesinado por la dictadura militar que se instaló en el país a partir del 24 de marzo de 1976. Luego, el Negro fue prosecretario de redacción de la revista Panorama, publicada por Editorial Abril, y llegó a secretario de redacción del diario La Opinión, dirigido por Jacobo Timerman.
En otros momentos de su carrera, dirigió y condujo programas periodísticos en la televisión y en la radio. Durante la dictadura militar 1976-1983, fue director latinoamericano de la agencia IPS, con sede en Roma. Además, cumplió actividades académicas en las universidades de La Plata y Buenos Aires, dictó conferencias y participó de seminarios en el país y en el exterior durante más de treinta años. Fue consultor de Unesco, del Sistema Económico Latinoamericano, del Pacto Andino, del Fondo de Población de Naciones Unidas, de World Association for Christian Communication y del Consejo Latinoamericano de Iglesias.
A lo largo de su vida realizó trabajos en Bolivia, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Guyana, Italia, México, Nicaragua, Panamá, Perú y Venezuela. También publicó libros, entre ellos Comunicación, el Tercer Mundo frente a las nuevas tecnologías, Precisiones sobre la radio en Argentina –en coautoría con Wa-shington Uranga–, Ilusiones argentinas y Transiciones. Finalizada la dictadura militar, Pasquini trabajó primero en la revista El Periodista de Buenos Aires y a partir de 1987, en Página/12.
En 1974, antes de la muerte del general Juan Domingo Perón, el Negro Pasquini tuvo un breve paso por editorial Atlántida, cuyos dueños tenían la intención de sacar una primera revista Somos, que iba a jugar en favor de la jaqueada democracia de entonces. Fallecido el General, el proyecto, del que participaba también Carlos Somigliana como jefe de la sección Cultura, quedó trunco y la revista, con el mismo nombre, recién salió después del golpe militar. Por supuesto, con otro personal y con una línea ideológica totalmente opuesta a la idea original.
En este punto es bueno volver a esa primera nota de opinión de Pasquini en Página/12, que tenía como eje la movilización de los trabajadores de Clarín que habían denunciado, ante la Justicia, la intención del diario de publicar una solicitada, con cinco mil firmas, en apoyo al general Jorge Rafael Videla. El manifiesto fue prohibido, en cinco diarios, por el juez Martín Irurzun. En el párrafo final, Pasquini dejaba sentada una advertencia: “A los fundamentalistas civiles que acusan de comunistas a los trabajadores de prensa, más les valdría anotar el siguiente hecho: nadie guarda memoria del senador Joe McCarthy, quien terminó sus días internado en un sanatorio para alcohólicos desquiciados”.
Durante 23 años, el Panorama Político o las notas de opinión de Pasquini Durán fueron leídas, apreciadas y discutidas en lugares de estudio, partidos políticos o en organizaciones sociales. Cinco meses después de la caída del gobierno de Fernando de la Rúa, el Negro recordaba los sucesos de fines de 2001: “Así como la paz no es la simple ausencia de la guerra, tampoco la democracia puede ser la mera presencia de los ritos y las instituciones formales. De vez en cuando, tal vez en menos ocasiones que las necesarias, contingentes mayoritarios del pueblo intentan recuperar los auténticos contenidos y legitimidades de la relación entre las bases y las cúspides”. En junio de 2001, en una charla que dio en la ciudad de Rosario, ante estudiantes de periodismo, sostuvo que “sin duda hay un futuro” para los que abracen la profesión.
“Sin duda hay un futuro –insistió–, pero no es un futuro que está dado, sino que es un futuro a construir y por lo tanto, se hace difícil imaginarlo en las circunstancias en que vivimos (junio de 2001), en las que pareciera que no hay ninguna chance de construir nada”. Les expresó a los jóvenes que el alcance de los objetivos “depende del grado de compromiso que tengamos y del que logremos de la sociedad, con este oficio que nos compromete a todos”.
Rescató entonces la figura de Rodolfo Walsh, “de quien tenemos que ver cómo se la arreglaba para poder sobrevivir sin renunciar a sus creencias, a sus principios y a su oficio”. Recordó que Walsh “a veces se las arreglaba mejor y otras peor, es cierto, pero siempre vivió del periodismo, su oficio durante la mayor parte de su vida”. Sostuvo que “con ese mismo ingenio y con esa misma perseverancia es como tenemos que resolver las cosas. No hay otro modo de tomar ejemplos si no es así”.
Pasquini Durán, junto con su amigo Osvaldo Soriano, fue uno de los grandes hacedores de este diario. Fue el Negro el que despidió los restos del Gordo Soriano, a quien definió entonces como “un patriota que estudió en las raíces de la historia nacional los sentidos de nuestra grandeza y nuestra miseria, un patriota que pudo adivinar en la mirada de hombres y mujeres de todo el mundo un igual sentido de patria”. En las palabras que usó para despedir a Soriano, se reflejaba fiel su pensamiento y sus prioridades: “Venimos a despedir a un hombre honrado y en esta época el calificativo es casi revolucionario. Soriano era un hombre honrado”.
Lo mismo se debe decir del Negro Pasquini, un redactor de lujo, un periodista informado y lúcido hasta el final de su vida, un jefe de redacción implacable. Era también un Negro calentón, furibundo cuando se enojaba y a la vez entrañable, por esas mismas razones. Los que lo conocimos lo seguimos viendo recorrer la redacción palmo a palmo, palmeando espaldas, dando indicaciones, repartiendo sabiduría.

Carlos Rodríguez

lunes, 1 de febrero de 2010

La Máquina de Escribir y El Año del Bicentenario



"La Máquina de Escribir" convoca a quienes deseen expresar sus ideas sobre el Año del Bicentenario desde el cuento breve, la poesía, el ensayo, la opinión, la ilustración, la fotografía, el humor, etc. etc.


Los trabajos serán seleccionados por nuestra redacción para ser publicados en el blog de "La Máquina de Escribir" en Mayo de 2010.
Deberán ser enviados por mail hasta el 31 de Marzo de 2010 inclusive a:
lamaquinadeescribir2010@gmail.com

Los mismos tendrán que ser acompañados por una breve síntesis del autor (lugar y fecha de nacimiento y/o residencia, trayectoria, obras publicadas y dirección de correo electrónico o página web).

Los esperamos.
Muchas Gracias.

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Marcela Bublik: Salinger, McCullers...





Imágenes: Salinger y Mc Cullers

Por Marcela Bublik

Cuando tenía 16 años, en una revista de la sala de espera del dentista, leí un cuento. Se llamaba “Justo antes de la guerra con los esquimales” y me fulminó como un rayo.
Tiempo después tomé “Nueve cuentos” de la biblioteca de mis viejos. Mientras lo devoraba, enamorada y conmovida, encontré ese cuento y descubrí a Salinger.
Durante más de diez años busqué “El cazador oculto” por muchas librerías de Buenos Aires, sin éxito. Hasta que un librero que sabía, me enteró de que ese título se trataba de una de las traducciones-adaptaciones de “El guardián entre el centeno” y lo compré. Ya no volví a quedar desamparada de Salinger. No más que el desamparo (y el amor) que puede provocar sentir que tantos rincones de mí misma entraban en sintonía con la familia Glass.
En una Feria del Libro encontré “Franny y Zooey”. A partir de esos tres libros mi hija y yo empezamos a humedecer la mirada y entrecortar la voz cada vez que decíamos “Salinger”. Los libros fueron y vinieron varias veces de su casa a la mía.
Hace un par de días, ante la noticia de la muerte de don Jerome D, me anoticié de la existencia de “Levantad, carpinteros, la viga del tejado”. Salí corriendo a primera hora de la mañana siguiente a mi librería habitual, a buscar los cuatro libros.. No sé si los nueve cuentos del guardián de Franny y Zoey están en una caja que todavía no desembalé, o en casa de Gaby, o en la de alguien a quien los he prestado y sabiamente no los devolvió, pero fui a comprarlos raudamente, antes de que todo el mundo salga a desabastecer de Salinger las librerías (como sucede cuando muere un escritor). De todos modos, pensé, si encuentro los que tenía, se replicarán en la biblioteca de mi niña, o serán obsequiados a algún corazón que los necesite.
En una de las tres librerías en las que hice el acopio, se me metió en el camino “El corazón es un cazador solitario”, de Carson McCullers. Menos mal que me resistí al impulso de comprarlo y a cambio, mi librera-amiga me puso delante de los ojos una edición de cuentos y novelas breves de McCullers con el nombre de “El aliento del cielo”, que engrosó inmediatamente mi bolsa. Al llegar a casa, mientras hablaba por teléfono y miraba distraídamente el estante de mi biblioteca a la altura exacta de mis ojos, me salió al encuentro la vieja edición del corazón cazador solitario. La que leí hace muchos años y volveré a leer en cualquier momento.
Esta mañana, ando saltando de Carson a J. D, y me falta el aire por la emoción que ambos me provocan.
Recomiendo, recomiendo… de más está decirlo....

Marcela Bublik